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4.22.2022

El patrimonio humano (2022)


Conferencia en el curso PAISAJES CULTURALES: El patrimonio Cultural como Herramienta de desarrollo, organizado por World Monuments Fund, proyecto ILUCIDARE (Horizon 2020).

Centro Botín ,  Madrid, 25-28 de Abril de 2022


Presentación

Buenas tardes. En primer lugar, quiero agradecer la invitación a participar en este seminario. 

Aunque ha sido algo precipitado, y aún estoy algo confuso sobre el objeto de mi intervención, intentaré aportar algunas reflexiones, o al menos contribuir a ellas, sobre los actores, dinámicas, roles y conflictos que configuran, transforman o conservan esos paisajes, culturales y en general patrimoniales, o patrimonializables. 

Así que vamos a hablar un poco de paisaje y un poco de paisanaje.


Paisaje y paisanaje

Estos días hemos asistido a un suceso muy propio de la Globalización y la Sociedad Telemática, por el que un hecho local, de impacto circunscrito a una problemática local y temporalmente acotada,  tiene alcance global. Una anécdota que se ha convertido en una batalla cultural de dimensión planetaria, al menos en el ámbito hispánico. 

Se trata de la boda entre dos miembros de las élites peruana y española, una representante de la burguesía local de segundo nivel y un representante de la aristocracia española de tercer o cuarto nivel. 

Ella es bisnieta de un emigrante, de un vasco que, fuese por hambre o huyendo del castigo isabelino por sus fechorías en las guerras carlistas, en 1872 llegó a Perú y terminó convertido en latifundista. Su hijo dedicó esfuerzos y algo de dinero a recuperar tradiciones y patrimonio cultural no sólo precolombino, sino sobre todo preincaico.


Y a la bisnieta le pareció de lo más natural impresionar a los aristócratas españoles utilizando un recurso cultural que su familia había contribuido a recuperar. Los novios hicieron su paseíllo entre actores que representaban una performance basada en aquellas tradiciones. Con ello se movía la economía local (el grupo folclórico que se ocupó de la animación, algún escenógrafo de la capital, técnicos de luz y sonido, etc.) y de haber salido bien quizás hubiese convertido a la ciudad en destino nacional para bodas. 

Pero salió mal. Una periodista, corresponsal de El País en Perú, tan indígena y postcolonial que se llama Jacqueline Fowks, licenciada en Periodismo en Lima y con cursos en la UNAM de México DF y en la holandesa Universidad de Groningen, en suma bastante cosmopolita, se encuentra con el asunto y convierte una representación de las batallitas preincaicas de los Moche en lo que denominó en su crónica un “espectáculo de esclavos”, que además alegre y tópicamente vinculó (¡cómo no!) al periodo colonial. Lo replica en Twitter, y ya el asunto se dispara, se convierte en “espectáculo racista con esclavos”, y el propio gobierno peruano interviene al estilo de López Obrador, convirtiéndolo en asunto de Estado. En suma, una simple boda con decorado se convierte en una de esas batallas culturales que con tanta facilidad hoy acontecen. Por un teatrillo que representaba escenas de una sociedad desaparecida casi mil años antes de que llegasen los españoles, incluso casi 700 años antes de la emergencia de la civilización inca.

Cuestiones a tener en cuenta siempre que abordamos recursos culturales, lo mismo tradiciones que prácticas o paisajes, porque todos los paisajes son culturales, tienen una Historia detrás que puede ser sujeta a debate ideológico-cultural, dependiendo de los contextos. 


Seguramente si una pareja equivalente hubiese organizado una boda con una ambientación romana en las Médulas de León, con esclavos mineros y esclavas palaciegas, nadie se habría sentido molesto culturalmente, porque aquí nadie les guarda resentimiento de los romanos, creo. Aunque si en el Trujillo español, cuyos berrocales, acotados de alambre de espino, conforman un hermoso paisaje que en estas mismas jornadas se ha presentado, para una boda similar se instalase en la plaza a una representación de la familia de Azarías, la de Los Santos Inocentes, con su Milana Bonita acompañando a los novios, quizás también se armaría la marimorena.

Y si hay desacuerdos culturales por la reinterpretación más o menos ahistoricista que pueda hacerse en el marco del aprovechamiento de recursos patrimoniales, es decir por valores, por elementos inmateriales, ¿cuántos más no habrá si la protección de esos paisajes que han sido valorados como dignos de ser patrimonializados, implica que los habitantes del lugar no pueden desarrollar actividades económicas que les aseguren la pervivencia?. Actividades, por lo demás, que no sabemos si unos siglos más adelante no constituirán a su vez, si llegan a ejecutarse, un valor patrimonial. 

Porque ¿se imaginan a unos ecologistas en el siglo I antes de Cristo (que quién sabe a su modo también los había entre los pobladores autóctonos) evaluando el destrozo paisajístico que Plinio el Viejo estaba haciendo en Las Médulas? Ese paisaje que hoy nos resulta tan exquisito tanto por su forma como por sus antecedentes funcionales, fue una auténtica barbaridad, un atentado ecológico de primer orden. Y ahí está. La mina de litio que actualmente se discute por su ubicación cerca de Cáceres, Patrimonio de la Humanidad, ¿podría llegar a complementar el stock patrimonial de la ciudad en uno o dos siglos, una vez que Natura haga de las suyas tras terminar la explotación? Es sin duda un asunto complicado.

Quiero empezar por tanto con esta reflexión sobre el paisanaje que no sólo fue actor en los procesos históricos que dieron lugar a la formación de determinados paisajes, o recursos patrimoniales en general, sino que lo sigue siendo en la actualidad en esos espacios. Un actor que puede ser crítico con determinados usos, o verse impactado en su vida cotidiana, sus actividades productivas o simplemente en sus valores. Pues vivimos en sociedades cada vez más fragmentadas e individualizadas en lo que se refiere a sistemas de valores, por lo cual los choques como el que refleja la anécdota a la que he hecho referencia van a ser cada vez más habituales. 

Salir de la rutina: algo más que playa y/o monumentos urbanos

Decía que había sido una invitación algo precipitada que acepté no menos precipitadamente, porque según he visto en el programa todos los participantes se dedican a la gestión y/o promoción de recursos patrimoniales, bien específicamente esos paisajes culturales, bien paisajísticos en general. Es decir, son expertos. Y yo no estoy en eso. Yo soy desde hace muchos años un oscuro profesor de Sociología en una universidad de provincias, en la periferia del Imperio. 

Así que vengo con unas notas precipitadas a un foro de auténticos expertos, no ya con el síndrome del impostor, sino como un auténtico impostor. Seguramente Pablo, como arquitecto moderno, se dijo de pronto, mecachis, nos falta el sociólogo, a ver alguno de esos de la escuela de Mario Gaviria, que al menos no son excesivamente aburridos. Pero lo que yo decía ayer por el camino, mi esposa y sin embargo colega y amiga que está por ahí puede dar fe, era “Voy a dar la vuelta, nos volvemos y me invento cualquier daño corporal”. Pero no me lo permitió. 

Porque a lo sumo puedo aportar percepciones, análisis, encuentros con el patrimonio en una praxis de lustros, pero de la que ya hace unas cuantas décadas. Aunque gracias a ocasiones como ésta y a algunos debates públicos, mantengo el pensamiento puesto a ratos en estos temas. Así que ya puestos, ojalá que estas notas sirvan como percepción precisamente de cómo cuestiones que hace treinta o cuarenta años nos parecían obvias, evidentes a algunos, pero no a la mayoría, hoy se asumen y pasan a formar parte de políticas públicas de primer orden.

Ahora nos parece lo más natural del mundo proteger con todo tipo de herramientas administrativas esos espacios que denominamos paisajes culturales. Nuestros técnicos, nuestros políticos e incluso muchos de nuestros empresarios se socializan, ya desde pequeñitos, en esos valores, que se transmiten desde el sistema educativo, desde los medios de comunicación de masas, incluidas ahora las redes sociales. 

Se destinan ingentes recursos a la conservación, gestión, promoción y explotación turística o artesanal de los recursos patrimoniales. La opulenta Europa no sólo está dispuesta a invertir, pues en el fondo se trata de inversión, en esos menesteres, sino que además financia también iniciativas, de forma altruista, en países lejanos. 

Como muestra de la concienciación existente contaré una anécdota. Hace un par de años advertí, ante la evidencia del derribo de la planta embotelladora de Coca-Cola en Badajoz, que la ciudad no tiene elementos de arqueología industrial, apenas una antigua “fábrica de luz”, lo que fue una central eléctrica en un azud, que además está en ruinas desde hace medio siglo. La planta de Coca-Cola fue, a mediados del siglo XX, uno de los primeros y escasos signos de modernidad no sólo en los hábitos de consumo (aunque fuese para mal) sino también como expresión arquitectónica de esa modernidad, y de la industrialización que nunca ha terminado de llegar a la ciudad. Decenas de miles de niños pacenses tuvieron su primer chute de excitante bebida basura en las visitas colegiales que se hacían a la única industria visitable de la ciudad. Pues bien, bastaron algunos comentarios sin mayor interés en redes sociales para que la promotora que la había comprado para hacer viviendas de lujo, e incluso particulares, corriesen a informar de que salvarían siquiera algunos arquitectónicos icónicos.

Sin embargo, hace apenas cuatro décadas, hacia 1980, la Diputación de Zaragoza directamente nos rescindió unilateralmente el contrato de realización de unas Normas Subsidiarias Comarcales al equipo redactor, porque pretendíamos impedir que alguien se hiciese un chalet en la misma puerta del Monasterio de Veruela, junto a la cruz negra en la que Gustavo Adolfo Bécquer se sentó tantos días a esperar la diligencia que le traía la prensa de Madrid, a conversar con los campesinos y escuchar narraciones de leyendas, mientras su hermano Valeriano dibujaba escenas y paisajes. Nos echaron, por las buenas. 

Veruela sería sin duda, con un monasterio cisterciense del siglo XII, el primero en el Reino de Aragón, ubicado en el coqueto Valle del Huecha, una vega de huertas bimilenarias, en pleno Parque Natural del Moncayo, un candidato pienso que con todos los puntos para ser uno de esos paisajes culturales patrimonio de la Humanidad. Pero un cacique local, un militar de alta graduación que aseguraba a los quintos locales buenos destinos en la mili, el entonces servicio militar obligatorio, consiguió levantar al pueblo contra el equipo de planeamiento. Hoy, a tenor de lo que veo que hemos avanzado en protección del patrimonio, sería distinto. Seguramente habríamos ganado la batalla los técnicos, entre otras cosas porque ya no hay mili.

Yo dediqué algún esfuerzo a analizar y reflexionar sobre estos temas porque, aunque procedo del Periodismo, tras un encuentro circunstancial con Mario Gaviria, uno de los sociólogos españoles más reconocidos especialmente en el campo del urbanismo y del turismo, mi vida dió un giro y terminé en el planeamiento territorial y urbanístico y finalmente la Sociología. Con él trabajé de forma discontinua (entonces sí que éramos precarios, diré como buen boomer) durante una década, entre 1976 y 1986. 

Gaviria “trajo” a España, además de las primeras ideas ecologistas y la obra de Henri Lefebvre, una particular visión urbanística y territorial que ha tenido un gran impacto en muchos urbanistas, sobre todo entre arquitectos. Fue capaz de elevar a categoría de patrimonio a Benidorm, que era considerado en los años 70 como el colmo de lo hortera. Hoy está reconocido tanto por la Urbanística como por los estudiosos científicos del turismo, y se nomina a Patrimonio de la Humanidad.



Precisamente el último proyecto importante que hicimos juntos, entre 1984 y 1985, fue una investigación para la Secretaría de Estado de Turismo, en el marco de la campaña Todo bajo el Sol con la que España se presentó al mundo como un destino turístico maduro, moderno, serio y fiable. 

Había dos proyectos: por una parte un equipo de arquitectos y especialistas en Arte realizaban unos libros preciosos sobre espacios de interés paisajístico-cultural, del tipo de las Médulas, para promover el turismo de interior, de naturaleza y cultura. Mientras que el encargo a nuestro equipo era elaborar un diagnóstico, sobre el terreno, de los desafíos y límites de las principales de playa española, pero incluía un novedoso desafío que Gaviria propuso y a Ignacio Vasallo, el Secretario de Estado de Turismo, le pareció fantástico: escribir guías cultas de playa.

¿Se puede hacer eso? Se puede. Se trataba de recopilar por supuesto que las playas y calas, los chiringuitos, discotecas o los escasos hitos patrimoniales, pero tratando a la vez de empujar a los turistas más allá, hacia el entorno, hacia paisajes de interior que tuviesen algún valor, natural, histórico, cultural en el sentido antropológico, hacia antiguas huertas en Levante, hacia los viñedos y ruinas conventuales en Cataluña, hacia desiertos en Canarias, hacia las actividades de los agricultores, los ganaderos, los artesanos alejados de la línea de costa. Incluso buscamos para hacer los mapas no a una empresa de cartografía al uso, sino a artistas gráficos que plasmasen, a la manera de los planos dieciochescos, los valores del paisaje.


A mí me tocó hacer los informes y guías de Salou en Tarragona, Puerto de la Cruz en Tenerife y Maspalomas en Gran Canaria, y fue un año y medio muy placentero, la verdad, aunque muy complicado en lo personal.

Lamentablemente las guías quedaron en un cajón, porque con la campaña de marketing de Todo Bajo el Sol, la del sol de Miró que ha pervivido como icono, se fundieron todo el presupuesto en invitaciones a periodistas extranjeros, comilonas y cartelería. Y al final todo el rico material fotográfico y cartográfico recopilado, así como los textos, fueron regalados a una editorial privada que hizo una auténtica chapuza, recogiendo fragmentos en un infame corta y pega, inventando incluso autores que no habían escrito ni una línea y borrando a los verdaderos autores, para publicar unas guías vulgares para turistas vulgares. 



Pero aquella experiencia me fue muy útil. Entre 1990 y 1991 creamos para la Junta de Extremadura, desde la consultora que entonces dirigía, un inventario total de recursos patrimoniales de todo tipo de todos los municipios de la región. 

Tras ello nos encargaron escribir una guía turística (publicada en la editorial Folio de Barcelona con una tirada de 25.000 ejemplares) que era la primera sobre una una región que no se limitaba a ubicar y describir los principales recursos artísticos localizados en los puntos tradicionales de atracción turística, sino que recorría la totalidad de los municipios, incluyendo todo aquello con algún atractivo que pudiera ser patrimonializable: paisajes, espacios históricos, cultivos, prácticas culturales, tradiciones locales, festividades, gastronomía, etc. En base a aquel inventario sistemático pudimos construir indicadores de potencial turístico, para que las administraciones tuviesen una guía de en qué espacios, más allá de los tradicionales destinos de turismo monumental, sería más productivo hacer esfuerzos inversores.

Era costoso hacer ver entonces, a los responsables de Turismo, que había algo más que monumentos. Y que esos recursos olvidados podían ser objeto de consumo turístico, contribuyendo al desarrollo de territorios alejados de los centros turísticos tradicionales, que en el caso de Extremadura se limitaban entonces a Mérida, Cáceres, Trujillo y Guadalupe. Fruto de aquellas novedosas aportaciones fueron luego otros encargos de estudio sobre el impacto socioeconómico del Patrimonio, o de casos concretos. 

Ha pasado mucho tiempo de todo aquello, y obviamente, programas como el que apadrina este seminario, y cientos de proyectos de promoción de los recursos patrimoniales de todo tipo que desde los antiguos programas Leader los han convertido en algo no sólo aceptado, sino ahora perseguido por los responsables políticos a todos los niveles, de lo local a lo supranacional. También ha ayudado que tenemos unas masas de consumidores ansiosas, que ya no se conforman con el turismo de playa, quieren turismo experiencial y eso incluye la degustación no ya de los monumentos (que tradicionalmente ya atraían al turismo de interior a las élites cultas), sino también de paisajes, formas de vida, costumbres. Este turismo experiencial ha sido clave en los últimos años y lo seguirá siendo al menos a corto y medio plazo.

Productos humanos, también el paisaje

Ahora bien, ¿cuál es el problema? Es un problema que tiene una doble vertiente: demográfica, y cultural en el sentido sociológico o antropológico del término, no humanístico. El problema es que todos esos elementos no son únicamente producto de la población que ha vivido antes en esos territorios, sino también de la población que ha conservado y conserva los espacios, los paisajes, a menudo sin ser conscientes de ello, la población que transmite los saberes, los memes culturales. Y esa población está desapareciendo. 




Los espacios rurales se han despoblado, algunos están en trance de despoblación, otros muchos ya han muerto demográficamente. La España vacía lo estaba, y lo teníamos dicho, muchas décadas antes de que los periodistas de ciudad saliesen al campo, de excursión de fin de semana. Y el Patrimonio como recurso puede que llegue tarde a rescatar muchos de esos espacios, al menos en el sentido en que se plantea generalmente, como “recuperación de lo rural”.

Porque además esa población restante, o superviviente, no es ya la población que construyó funcionalmente esos recursos. Es otra, con otras necesidades, otros saberes, otros objetivos. No es una población rural, sino urbana, urbanizada, habitantes no en un mundo aparte, sino en lo que yo llamo la Ruralía, el jardín de la urbe global. Y eso plantea otro tipo de problemas.

En realidad todos los paisajes son culturales, producto de la interacción entre la población que los habitó, las fuerzas tectónicas y el èlan, el impulso vital de la naturaleza orgánica, es lo que yo llamo la naturaleza social de la Naturaleza. Hoy ya es asumido así, como lo evidencian desde 1992 las conocidas “Directrices para la Aplicación de la Convención del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural”. Pero ha costado que se entienda así. Y todavía cuesta, ahora a menudo en un sentido inverso.



En planeamiento urbanístico y territorial tuve no sé si la suerte o la desgracia de que me tocase hacerlo en bastantes espacios sensibles, con importantes recursos patrimoniales paisajísticos, como algunos valles del Pirineo aragonés, el Parque Natural del Moncayo, la Sierra Urbasa o el Parque Nacional de Monfragüe. Aquello me permitió detectar una problemática que iba en una doble dirección: cuando nos planteábamos proteger determinados espacios por sus valores naturales o culturales, nos enfrentábamos a menudo a actores locales o externos digamos de naturaleza productivista, esto es que competían por esos suelos para otro tipo de usos, residenciales, ganaderos, industriales, y que entendían cualquier protección como una losa sobre el territorio, un freno al desarrollo. Pero a veces también encontrábamos otro tipo de actores, mucho más presentes y poderosos en la actualidad, que competían por el patrimonio paisajístico para usos que exigen la conservación absoluta y total en su actual estado, como si fuese un monumento arquitectónico. Volveremos luego a esa tensión permanente, porque es un tema complejo, que no siempre se entiende y se resuelve bien.

Definimos el espacio susceptible de ser protegido como aquel fragmento del territorio que contiene elementos (bien sea un ecosistema completo, una especie endémica en vías de extinción, una masa forestal autóctona importante, memoria de una batalla u otra una historia o una tradición detrás) dignos de ser preservados para las generacio­nes futuras. Pero eso implica una noción estática de la vida en general, y en particular de los ecosistemas. La superficie del planeta es fruto de incontables cambios climáticos, geológicos y ambientales a lo largo de millones de años, y se siguen operando. Y es un riesgo enorme intentar preservar como en formol el estado que algunos ecosiste­mas presentan en un momento dado de la evolución, es en cierto modo una decisión antiecológica, pues la vida implica cambio y muta­ción perma­nente. 

Y esto se complica cuando tomas conciencia de que no son siquiera el resultado de la evolución natural, aunque a veces lo parezca morfológicamente, sino de la interacción con los seres humanos en su inacabable proceso adaptativo a una Naturaleza que ahora la tomamos como amiga, madre, diosa, pero que durante la mayor parte de la Historia humana ha sido un lugar terrible al que temer y en lo posible dominar para sobrevivir. Ha sido adaptándolos a las necesidades humanas, domesticándolos, produciendo en suma, como los humanos que producido paisajes a los que hoy calificamos como Naturaleza. ­

En realidad, esa capacidad de producción es la esencia de todo paisaje cultural susceptible de protección. Se trata de espacios cuya conformación y estructura ecológica actual responde a las interacciones desarro­lladas con las comunidades humanas que los han habitado y explotado, salvo en el caso de algunos raros ecosistemas.

Los bosques pirenaicos que al visitante les parecen prodigio de la Madre Natura son producto también de los montañeses que los habitaron, e hicieron una progresi­va y continuada selección de especies y una ordenación territorial no planeada, ­en función de sus necesidades ganaderas y forestales. Lo mismo podemos decir de la Dehesa extremeña, y de tantos otros espacios mal llamados “naturales”. 

Es precisamente cuando dejan de responder a la función que los ha co-generado y conservado cuando se transforman en espacios frágiles. Pasan a cumplir una función para la que no fueron diseñados, que además se convierte en monocultivo productivo, como pueda ser el ocio y el turismo, y lo más probable es que terminen siendo pasto de las llamas. El nuevo bosque que surja (suponien­do que surja, es decir, que la erosión no acabe con la capa vegetal), cincuenta o cien años más tarde será distinto, y dependerá su conforma­ción del uso y función a que se destine por sus moradores o vecinos.


Y lo dicho de esas frondas, esos árboles singulares entre canchales y berrocales, puede aplicarse a los miles de kilómetros de sotos y vegeta­ción de ribera destruídos en los últimos años en todos los ríos españoles, sencillamente porque hace medio siglo perdieron por completo la función de suministro de madera, caza menor o protección contra las inundaciones que prestaban a los pueblos vecinos, de forma que tenían incluso antiguas ordenanzas municipa­les de protec­ción de esos espacios altamente productivos y funcionales. Como ocurre con tantos miles de Hectáreas de huertas milenarias que dejaron hace décadas de ser funcionales, porque a los pocos agricultores que quedan en muchos de los pueblos que hace milenios las construyeron, les empezó a resultar más descansado comprar en el supermercado que mantener la huerta. Y abandonado el riego y el cuidado de una huerta, lentamente se convierte en erial. 

Por eso he defendido siempre que la consideración de espacios protegi­bles no debe limitarse a los llamados “espacios naturales de interés”, que como he dicho casi ninguno es natural, sino que debe extenderse a todos los espacios que, producidos por la acción humana o por la interac­ción entre el hombre y la Naturale­za, se ofrecen hoy como ecosistemas complejos y a la vez frágiles, dignos de ser conserva­dos no tanto -o no sólo- por sus valores ecológi­cos, sino también y sobre todo por su importante función productiva. 

La protección no debería ser pues sinónimo de abandono productivo o bloqueo de actividades productivas, que conduce a su degradación ecológica y a la entropía destructiva. 

Y esta es la segunda parte. Pues decía que antes teníamos que enfrentarnos a menudo a actores que competían por los suelos dignos de ser protegidos para actividades productivas, y aún ocurre sin duda así en muchos casos. Pero ahora en otros muchos casos la conservación eficiente se enfrenta a otros actores que no querrían mover una piedra, ni permitir ninguna otra actividad que la propia observación por los especialistas, que parecen querer una Naturaleza fosilizada en lugar de viva, y a su servicio.

Así, sea desde la perspectiva del patrimonio natural o del patrimonio cultural, que ya hemos visto que yo meto en el mismo paquete, como producto humano, para los espacios protegidos, y en general para todos los territorios con valores de cualquier tipo, tenemos que tener en cuenta actividades eco-compatibles, pero siempre en dos direcciones: compatibles con el ambiente, con el paisaje, y al par compatibles con la población que aún las habita y las pretende seguir habitando. Y ello implica ciertas intensidades de uso, que hay que afinar milimétricamente, discriminando entre lo que se puede y no se puede hacer, porque si no se puede hacer nada, todo muere finalmente.




Si entendemos de esta forma compleja la dinámica ecológica y cultural del territorio, puede y debe irse mucho más lejos. De hecho la con­fluencia de actividades productivas puede generar nuevos espacios de interés ambiental, la transformación de ecosistemas pobres en ecosistemas ricos. 

En la Comunidad de Madrid tuvimos ocasión de proponer en los años 80 todo un programa de recuperación de los terrenos del Sur del Área Metropoli­ta­na, de ínfima calidad agronómica, totalmente deforestados, convertidas las orillas de los ríos en profundas y peligrosas graveras, mediante la acción sinérgica de distintas actuaciones: recuperación de los residuos sólidos orgánicos para la creación de capa vegetal, utilización de las aguas residuales para superar los déficits hídricos, repoblaciones forestales de función diversa, creación de polígonos de huertos familiares de ocio, etc. Hoy muchas de las graveras del entorno de Madrid, que constituían una agresión ambiental de primer orden, se han convertido en humedales de gran valor ecológico y paradójicamente son objeto de la máxima protección urbanístico-ambiental. Es un ciclo como el de Las Médulas pero que sólo ha necesitado medio medio siglo en lugar de veinte siglos. Y se extienden desde hace años los polígonos de huertos de ocio, también de iniciativa privada, que permitieron recuperar saberes y prácticas de tantos inmigrantes de zonas rurales. Hay ahora seguramente acumulados más recursos culturales agronómicos en los barrios de Madrid que en la mayoría de los pueblos semi despoblados y envejecidos. Porque ese patrimonio humano que el vaciado de la España interior arrancó de los pueblos se asentó y se conservó en los barrios de las ciudades. Muchas semillas de variedades de hortalizas singulares se han conservado porque los emigrantes las llevaron consigo y las reprodujeron en huertos clandestinos en los márgenes de colectores y autopistas de las áreas metropolitanas de Madrid, Barcelona o Bilbao.

Sobre el primer problema: la despoblación

Pero centrémonos en eso que se empeñan en llaman el mundo rural, aunque en realidad la mayor parte de los paisajes culturales reconocidos como tales son ya urbanos. 

Pues  en este ámbito, decía, tenemos un doble problema. Porque por un lado nos enfrentamos a la despoblación que puede conducir a la pérdida del patrimonio humano en el sentido de patrimonio cultural (hábitos, productos, tradiciones), así como la degradación de los paisajes. Pero además nos enfrentamos a la realidad de que la población realmente existente, la que resiste o llega nueva (pues el escaso crecimiento demográfico, cuando se da, se debe a la inmigración), no se ajusta al modelo de lo que a menudo entendemos que debería ser eso que llamamos población rural, que como insistiré luego, es algo que en realidad no existe como tal. 

En 2008, aproximadamente, se produjo el sorpasso de la población urbana sobre la rural, a nivel mundial. Sólo en algunos países del sudeste asiático, y en buena parte de África la población urbana está todavía por debajo del 50%. En concreto, en los países de los que estamos discutiendo en estas jornadas, en Perú el 78% de la población es ya urbana, y tanto en México como en España supera el 80%, con datos de 2020 del Banco Mundial.  

De hecho en España la situación es considerada por muchos analistas como dramática. Los municipios rurales son un 82% del total, sus términos municipales ocupan un 80% de la superficie, pero sólo acogen al 15,9% de la población. Pero es que si consideramos a los municipios más rurales en términos demográficos, los de menos de 5.000 habitantes, tan sólo acogen al 9,4% de la población. La población censada en municipios considerados rurales ha descendido un 7,1% en los últimos 10 años, mientras que la urbana ha subido un 2,1%. Una población más envejecida que la urbana, y más masculinizada, lo que lógicamente dificulta aún más las posibilidades de reproducción. Las mujeres siguen huyendo masivamente.



Pero, luego profundizaremos en lo sustancial, ¿qué demonios es un municipio rural o urbano? Arrastramos un problema serio de definición. Tenemos en el planeta más de 100 definiciones operativas y con consecuencias administrativas distintas, casi tantas como países. Ni dentro de la Unión Europea hay coincidencia en las definiciones: en España o Francia se consideran claramente rurales por debajo de 2.000 habitantes, mientras que en Eslovaquia son 5.000, y en Portugal (con un complejo sistema de freguesías o parroquias) 10.000. 

Algunos hemos optado hace mucho tiempo por romper con la dicotomía rural/urbano y hablar, recuperando a los viejos sociólogos de Chicago, de gradación, y poco a poco se ha ido imponiendo. La ONU finalmente ha optado por incorporar ese modelo, y ello permite que si se quiere seguir jugando con lo rural, haya al menos algún criterio discriminante claro. Pero no olvidando que culturalmente la urbanización del mundo está casi completada.

Sobre el segundo problema: la urbanización cultural

Y esto nos lleva a la segunda parte del problema relacionado con la población, con ese patrimonio humano. Está en trance de desaparición en las zonas rurales, pero además los que quedan ya no son aquéllos que contaron las novelas, las películas, las series de televisión, los informes antropológicos o sociológicos; aunque nos empeñemos en denominarlos así, ya no son rurales sino en términos estrictamente geográficos. 

De hecho, y aunque hay que moverse en convenciones, a mí no me gusta utilizar el concepto de mundo rural, de lo rural, porque es un término falsario cuando nos referimos a la población, a una comunidad. Yo prefiero hablar de la Ruralía como espacio social, e incluso para evitar confusiones prefiero utilizar para el envolvente de la Ruralía términos más concretos y operativos, como campo, pueblos, suelo rústico, espacios naturales si es el caso. Pero me resisto a “rural” porque lo rural no es un espacio geográfico sino un modo de vida, que ya no existe en nuestras sociedades. El rural es una forma de ser, un fondo cultural que marca y limita la forma de ser de las personas. Mientras que la Ruralía es más un espacio en el que vivir, una zona de la Urbe Global. Es, como el casco antiguo bohemio, los suburbios mesocráticos o el barrio obrero, digamos que otro barrio más, algo más distante geográficamente, pero a la misma distancia telemática del centro efectivo.

En la Urbe Global generada por la Sociedad Telemática, el tratamiento diferenciado de lo rural y lo urbano (tanto en un sentido sociológico como urbanístico) es un sinsentido. Aunque me costó entenderlo.




Al principio, en los años 70 y 80 del siglo XX, observamos un proceso de urbanización del campo que además sentíamos como una pérdida, como un impacto valorable en  términos negativos. 

Por lo pronto era evidente que el rural estaba dejando de ser lo que era. Aquellos señores enredados con letras de cambio, con complejos manuales de los tractores cada vez más sofisticados y los productos fitosanitarios con los que a la mínima se envenenaban, aquellas señoras que dejaban de hacer matanzas y conservas y las compraban en el supermercado recién llegado a la ciudad cercana, aquellos jóvenes que formaban grupos de rock duro en almacenes agrícolas, no eran rurales. Eran otra cosa, pero no lo que culturalmente había sido definido como Sociedad Rural. La mayor parte de los analistas que viven de estudiar el llamado mundo rural repetían entonces, y siguen repitiendo, que los rurales han cambiado. Pero no han cambiado. Son otros, y son simplemente urbanos.



Lo entendí mejor a finales de siglo, cuando ví emerger y pude comprender la naturaleza de la Sociedad Telemática, que me ayudó a ver que las funciones del espacio rural, o rústico, sólo pueden entenderse dentro de la ciudad, como una parte más de la ciudad, de la urbe global.  

Urbanísticamente veía que el suelo rústico, no urbanizable, se había venido haciendo urbano en su complejidad funcional y necesidad de ordenación detallada, y consecuentemente el conjunto de los territorios llamados rurales, a cuyos núcleos habitacionales llamamos pueblos, se iba insertando en el conjunto de lo urbano, mediante procesos culturales de asimilación, y acceso a las nuevas tecnologías e infraestructuras de comunicación e información.

La idea es simple: en el marco de la Sociedad Telemática, que nos permite superar las barreras espacio-temporales, las ciudades, pueblos, asentamientos poblacionales de todo tipo, pierden significación como hechos concretos al interconectarse plenamente. 







El campesino del siglo XIX apenas llegaba a relacionarse (salvo guerras) con nadie que residiese a más de unas decenas de kms de su pueblo. El rural del siglo XX ya articuló relaciones con las ciudades cercanas, a las que iba a comprar, a estudiar, a hacer gestiones. El urbanita global residente en un pueblo del siglo XXI tiene un potencial (potencial, no olvidemos, pues existen elementos como la fractura digital) de relación global.


La idea de urbe global implica la idea de que, salvo lo que llamo islas de ruralidad (vacíos, que pueden ser muy extensos, pero socialmente poco significativos), el conjunto de los asentamientos están tan interconectados que el espacio exterior de las ciudades pasa a ser espacio interior de la urbe global, un jardín terrenal común a toda la Humanidad civilizada.

Y es en este marco de jardín de la urbe global cuando tiene sentido todo lo que aquí se plantea: paisajes culturales, recuperación y repoblación… El territorio de la urbe global ni es el campo, ni mucho menos la Naturaleza; su capacidad funcional como recurso es muy superior.

Pero ahí hay gente. Poca, cada vez menos, y por eso para sobrevivir han tenido que desplegar una serie de estrategias, que a menudo pueden chocar con los intereses de protección y/o explotación de esos paisajes culturales. Aquí están los principales ejes de la supervivencia que se han ido asentando en el principio del siglo XXI.



Por tanto, si la Ruralía es un espacio en el que vivir, no un modo de vida como era lo Rural, han de caber gentes diversas (al contrario de lo que ocurría en el mundo rural, que formaba una comunidad indiferenciada), iniciativas que pueden competir en un momento dado con los agricultores, o los ganaderos, los agentes energéticos, o con los programas conservacionistas. 

Son muchas las demandas, muchas las posibilidades, pero eso implica tensiones, conflictos de intereses. Iniciativas en principio valorables como positivas por articular potencialidades de conservación del territorio generando recursos pueden convertirse en foco de conflictos al observarlas desde otras posiciones de interés, o desde valores contrapuestos.





Hemos visto producirse en los últimos años una auténtica gentrificación del campo, exactamente igual a la que se ha dado en los cascos antiguos de muchas ciudades. 

En la Garrotxa o el Ampurdán en Cataluña, en La Vera o el Jerte en Extremadura, en todo el Pirineo en general, los ejemplos son abundantes en España. Poblados (y no sólo en segunda residencia) por citadinos de origen que a menudo no toleran determinadas prácticas agroganaderas. En unos casos molestan los ruidos de tractores y maquinaria, los olores y sonidos de la ganadería, en otros casos llegan gentes que quieren ser más rurales que los rurales, y les molestan las prácticas no agroecológicas.

Pero claro, como ocurre en los cascos que ya no son “casco viejo” sino “centro histórico” cuando todo es ocupado por franquicias de multinacionales de ropa, bares chic para modernos y pisos de alquiler turístico (que aquello se termina convirtiendo en un desierto demográfico) del mismo modo si se acaba con las “molestas” actividades primarias, puede que el entorno tan estupendo que ha atraído a los nuevos pobladores deje de ser estupendo, cuando no un páramo quemado cada verano.

En suma, quiero dejar claro que no se trata de conservar como reserva espiritual del país. El patrimonio debe registrarse y conservarse, exhibirse y si es posible explotarse, pero de una forma profesionalizada, podríamos decir. Los pobladores no pueden ser ni el decorado, ni quienes sufren sólo efectos negativos de la protección. Recuerdo un paseo en Colombia por un hábitat indígena en el que la población me dió la sensación de que se sentía obligada a representar un papel que ya no querían representar, o no al menos como modo de vida impuesto que limite sus posibilidades de desarrollo personal y /o comunitario.


Quiero terminar con alguna nota más sobre el problema demográfico y su relación con la preservación tanto de espacios como de patrimonio cultural, humano. 

Como he señalado, la única posibilidad efectiva (porque los neorrurales son muy pocos, y aguantan poco) es mediante la repoblación con población inmigrante. Pero de esos nuevos pobladores, procedentes de Rumanía, del Magreb, del África subsahariana, de Latinoamérica, de Asia… ¿esperamos que asuman como identidad, como tradiciones, las que no son las suyas? 

Eso sólo será posible si, insisto, profesionalizamos la gestión, transmisión y comercialización de esos patrimonios humanos, sea territoriales que hay que conservar mediante actividades, sea culturales. 

¿Y cuándo tampoco haya inmigrantes que quieran irse allá? ¿Veremos un día humanoides como los únicos dispuestos a permanecer en determinados espacios, para cuidarlos y mostrar sus “ancestrales” prácticas a los visitantes?

En suma, todo lo relacionado con la supervivencia de paisajes y paisanajes se está tornando cada vez más complicado.


Bibliografía propia

Algunos textos míos en los que he venido reflexionando sobre algunos de los temas tratados aquí, y que abundan en los conceptos o propuestas teóricas citadas


La urbanización del mundo campesino. Usos y abusos en la modernización del medio rural (1983)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/1983/08/la-urbanizacion-del-mundo-campesino.html 

Perspectivas globales. Tendencias y desafíos planetarios entre los rurales (1992)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2016/08/perspectivas-globales-tendencias-y.html 

De lo rural a lo urbano (1995)

https://zenodo.org/records/16581250 

Turismo eco-rural y desarrollo local (1995)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/1995/09/turismo-eco-rural-y-desarrollo-local.html 

Hacia la urbe global. ¿El fín de las jerarquías territoriales? (1998)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2019/08/hacia-la-urbe-global-el-fin-de-las.html 

Modelos de desarrollo rural y sostenibilidad. Enfoques para la Europa Mediterránea (2000)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2000/08/modelos-de-desarrollo-rural-y.html 

Hacia la urbe global (2001)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2001/11/hacia-la-urbe-global-2001.html

Ruralía (2015)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2015/11/ruralia-2015.html 

Población, despoblación, repoblación (2017)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2017/10/poblacion-despoblacion-repoblacion-2017.html 

Elementos de Sociología de la Urbanización (2018)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/search?q=lo+rural+y+lo+urbano 


Como citar

Baigorri, A. (2022). Patrimonio humano. Zenodo. https://doi.org/10.5281/zenodo.17683437 



11.07.2001

Hacia la urbe global (2001)



El libro recoge básicamente mi tesis doctoral. Tiene una parte teórica en la que desarrollo una teoría de los factores de urbanización y de la conformación de una urbe global en el marco de la Sociedad Telemática. La otra parte se aplica al análisis del caso de la ciudad de Badajoz y su ubicación en el marco conceptual previo. Leída en 1999, la tesis (que obtuvo el Premio Nacional de la Real Academia de Doctores para tesis de Ciencias Sociales y Jurídicas) incorporaba un conjunto de trabajos previos, a través de los cuales entre 1982 y 1995 fuí construyendo una teoría consistente sobre la dicotomía urbano-rural y la Sociología de la Urbanización.


INDICE

  1. Introducción
  2. Primera Parte: DE LO RURAL A LO GLOBAL
    1. El análisis transdisciplinario de la ciudad y el territorio desde una perspectiva sociológica
    2. Regadío y urbanización
    3. La ciudad como artefacto
    4. La ciudad red
    5. La ciudad y el territorio de la red, en los albores del Tercer Milenio
  3. Segunda Parte: MESÓPOLIS TRANSFRONTERIZAS
    1. La medida de las ciudades
    2. De la ciudad intermediaria a la mesópolis
    3. Ciudades y mesópolis transfronterizas
    4. Ciudades y regiones en la frontera hispano-lusa: de ‘cul de sac’ a nodos esenciales
  4. Tercera Parte: LA FORMACION DE UN AREA MESOPOLITANA DE CARACTER TRANSFRONTERIZO EN BADAJOZ
    1. Las tres adaptaciones
    2. Badajoz, mesópolis transfronteriza
  5. Cuarta Parte: LA MESÓPOLIS DE BADAJOZ EN EL CONTEXTO IBÉRICO Y EUROPEO
    1. La permeabilización de las fronteras intracomunitarias y la extensión de la función mesopolitana
    2. de Badajoz en el territorio portugués
    3. La red urbana de Extremadura y Alentejo y el papel de la mesópolis pacense
    4. Ciudades que se mueven: bananas, arcos, diagonales y triángulos en la península ibérica y Europa
    5. La síntesis abierta





REFERENCIA

Artemio Baigorri (2001), Hacia la urbe global, Editora Regional de Extremadura, Mérida
Enlace al texto

11.15.1999

Jóvenes y ruralidad en Extremadura. Algunas reflexiones (1999)

Jóvenes y ruralidad en Extremadura. Algunas reflexiones

Artemio Baigorri

Conferencia en el Curso de Gestión de Programas Juveniles

Escuela de Administración Pública de Extremadura

Mérida, 15 de Noviembre de 1999


Esta intervención es precipitada. Se me ha convocado hace dos días, y apenas he podido hilvanar algunas notas, basadas en otras intervenciones recientes y en algunas reflexiones de urgencia. Si fuese un académico comme il faut debería haberme negado, porque no contamos con datos fiables sobre los que establecer conclusiones, y además yo no soy, ni quiero serlo, un especialista en juventud; la juventud es únicamente una variable en mi interpretación de la realidad social. Pero como cuesta decir no a los jóvenes, lo que haremos será plantear unas pocas cuestiones en torno a las cuales podamos hacer una reflexión colectiva. Básicamente, hablaremos de los dos conceptos que dan sentido a este encuentro: el de juventud y el de ruralidad. Pensando, por supuesto, en una perspectiva de largo alcance, atendiendo a las grandes tendencias.

La reflexión sobre el concepto sociológico de jóvenes, o de juventud, es muy importante, porque todas las políticas de juventud se diseñan según la amplitud social de dicho concepto, sobre el que por lo demás no existe ningún acuerdo en todos los ámbitos de la administración, ni existe unidad de criterios en los estudios sociológicos. Por ejemplo, ¿por qué desde los organismos que tratan con la promoción del empleo se considera ‘paro juvenil' al comprendido por debajo del límite de 25 años, mientras que los programas de promoción juvenil incluyen habitualmente hasta el límite de 30, y en programas de ayuda a la vivienda puede llegarse hasta los 35?. El problema no estriba en que uno pueda sentirse joven toda su vida, lo que por lo demás siempre me ha parecido patético; el problema es que no podemos hablar de los jóvenes si no hay un acuerdo general sobre qué fragmento de la población estamos hablando. Y es un auténtico problema cuando realizamos análisis sobre datos secundarios; porque, por ejemplo, la EPA sólo ofrece desagregados los tramos de 16-19 y de 20-24, pero no los de 25-29. Asimismo, cuando analizamos informes sobre la juventud, vemos que a menudo se hacen sobre límites diversos, por lo que entonces no hay posibilidad de comparación estadística fiable.

El primer problema lo tenemos en el límite inferior. ¿Debemos incluir la adolescencia en el concepto de juventud?. La evidencia nos muestra que sí, en la medida en que la sociedad se dirige hacia ella en tales términos (la publicidad, el mercado, la educación...); pero ¿cuándo empieza?. En el caso de las mujeres la aparición de la primera menstruación parece un signo claro, que por cierto ha descendido ya muy debajo de los catorce años. A partir de ese momento muchas chicas empiezan, no sabemos realmente en qué porcentaje, a hacer el tipo de cosas que generalmente entendemos que hacen los jóvenes, el embarazarse de forma indeseada (que no por falta de deseo), beber, fumar, ir solas a los conciertos de sus ídolos, acudir a las discotecas, lights o hards dependiendo fundamentalmente de su desarrollo volumétrico. Pero en el caso de los hombres los límites inferiores son más problemáti cos. En cualquier caso, debe fijarse en un tramo de edad oscilante entre los 13 y los 15.

Sin embargo, es más problemático todavía el límite superior. El problema no estriba en aspectos psicosociales, porque el problema último no es conocer cómo se sienten los jóvenes, sino determinar qué cosas puede hacerse por ellos desde las instituciones que se dedican a ocuparse de ese tramo de nuestras vidas en el que todavía no somos plenamente autónomos. Es decir, por decirlo con claridad, ¿hasta qué edad debe el Estado seguir ayudando a las familias a orientar, formar, entretener, en suma ocuparse de sus hijos?.

Respecto de ese límite superior, en la actualidad nos enfrentamos a un proceso de cambio social de carácter estructural, a una readaptación orgánica, en función del alargamiento de todos los ciclos vitales, y que por tanto influye entre otras cosas en un progresivo atraso del momento de incorporación al trabajo de los seres humanos. Partimos, en nuestra reflexión, de una evidencia irrefutable que nos aportan las ciencias de la vida: en términos generales, y aunque podamos encontrar excepciones, a medida que crece la complejidad de los organismos biológicos, su ciclo formativo, o periodo de inmadurez, se amplía. 

Debemos considerar, en primer lugar, que, en nuestras sociedades ricas y tecnológicamente avanzadas (y desde luego Extremadura lo es, en relación al conjunto mundial), las necesidades materiales básicas de cualquier familia están cubiertas; son ya muy escasos los jóvenes que deben buscar trabajo de forma imperiosa para que su familia pueda comer, como ha ocurrido históricamente.

En segundo lugar, la cantidad de conocimientos, saberes y hábitos que el ser humano ha debido asimilar antes de enfrentarse a cualquier ocupación son crecientes: un niño de 8 años podía incorporarse hace cien años, o hace incluso unas pocas décadas, a buena parte de las tareas agrícolas, o incluso a las minas... Hoy, a pesar de que en apariencia la tecnología simplifica nuestras vidas, los conocimientos que hay que dominar para ejercer cualquier oficio, e incluso para desenvolverse en la vida cotidiana, son mucho mayores. ¿Qué tiene de particular que, así como los humanos, en tanto que mamíferos más evolucionados, somos los que más tardíamente nos convertimos en seres orgánicamente autosuficientes, asimismo la evolución conduzca a un periodo cada vez más amplio de preparación para la autosuficiencia social?. El siguiente esquema quiere representar este  modelo.

 No vamos a elucubrar sobre las tendencias futuras de la sociedad; a los sociólogos (al menos a los que nos consideramos medianamente buenos) no nos gusta hacer proyecciones lineales de ninguna variable, porque son demasiadas las variables complementarias que entran en juego. Pero podemos jugar a imaginar como realidad aquella máxima que algunos, sin duda poco amigos del trabajo, pintaban en las paredes de Paris en 1968: "Vivamos de nuestros padres hasta que podamos vivir de nuestros hijos". Algunos casi lo han conseguido.

En cualquier caso, parece razonable el situar el límite superior de la categoría de jóvenes en los 30 años, en consonancia con el retraso en la edad de la emancipación que se viene produciendo, y que en modo alguno puede atribuirse en exclusiva a fenómenos como el paro o, según se pretende más a menudo, a epifenómenos como la carestía de la vivienda.

En diversas ocasiones se ha propuesto, y personalmente me parece hoy por hoy la solución sociológicamente más razonable, incluir como jóvenes a los comprendidos entre los 14 y los 30 años. Naturalmente, es evidente que no podemos hacer un paquete indiferenciado con ellos, por lo que puede ser aceptable la clásica distinción entre adolescencia, juventud y madurez, a conceptos más acordes con la realidad actual: adolescencia (hasta los 15 ó 16 años), juventud orgánica (hasta los 24 ó 25) y juventud funcional (hasta los 30). Los límites intermedios deberían ajustarse pensando en la eficiencia empírica, esto es, en la disponibilidad de fuentes primarias de información sobre cada tramo, puesto que es indiferente a efectos de programas de acción poner el límite un año arriba o abajo. Pero en cualquier caso ello implica, por ejemplo, en cualquier análisis de la juventud, la construcción de muestras elevadas para que podamos tener datos suficientemente fiables de todos los grandes subgrupos, pues de otro modo el hablar de la juventud para un continuum tan amplio dejaría de ser significativo.

Naturalmente, bajo los presupuestos que he puesto de manifiesto, no podemos estar de acuerdo con la creencia, extendida entre algunos investigadores, de que la juventud no se define tanto como un periodo de transición a la vida adulta, sino como una nueva etapa de la vida del individuo, plena y autónoma. Del mismo modo que me resulta propio de la metafísica el debate sobre si el ser joven es una edad, o una posición en el curso de vida. Más importante me parece hacer otro tipo de distinciones al tratar de la juventud. A menudo, el concepto juventud no es sino una estratagema de la razón para ocultar, o disminuir la importancia, de otro tipo de divisiones sociales bastante más determinantes que la edad. Me es indiferente si otorgamos mucha o poca importancia al concepto de clase social, o preferimos utilizar categorías como el género, o los grupos de status... Lo importante es que, con independencia de que, desde una perspectiva psicológica, o incluso microsociológica, las distintas edades conlleven niveles de madurez distintos, problemas de interacción  distintos, las grandes fracturas están no en la edad, sino en el acceso a los bienes, me es indiferente si queremos hablar del acceso a los medios de producción, o a aquellos bienes que hoy constituimos indicadores del bienestar y la riqueza. Las diferencias que repetidamente muestran los estudios sobre jóvenes nos alertan sobre la importancia de esas clasificaciones. ¿Cómo vamos a hablar del comportamiento, actitudes o necesidades de los jóvenes extremeños?. ¿Qué demonios tienen que ver los jóvenes de los barrios marginales con los de las zonas nobles de la ciudad, los hijos de jornaleros o pequeños agricultores con los hijos de grandes terratenientes o profesionales liberales?. ¿Que todos ellos tienen problemas de comunicación con sus padres, y un cierto toque de inseguridad?. ¿Que todos se enamoran y bajan el rendimiento de los estudios?. Sin duda, pero ése es un problema que atañe a los psicólogos, no a los sociólogos, por lo que solo me interesa en la medida en que soy padre. Me interesa más conocer las diferentes estrategias de integración en la sociedad, los distintos elementos utilizados para la construcción de su identidad, los esquemas excluyentes de ocupación del espacio que utilizan esos grupos sociales plenamente diferenciados, y a menudo enfrentados. En suma, me interesa, nos interesa, conocer qué persiguen, y qué capacidad de elección tienen para alcanzar lo que persiguen. Sobre todo, porque las estructuras sociales tienen bastante cerrado el campo de elección para muchos sectores de la población juvenil.

En cualquier caso, definamos como definamos el ámbito de la juventud, sobre lo que no hay asomo de duda es sobre el hecho de que cada son menos: es decir, la clientela de las instituciones especializadas en los jóvenes se está reduciendo, aunque la ampliación del concepto permita compensar provisionalmente la pérdida de efectivos. Y el hecho cierto es que se va a seguir reduciendo durante al menos los próximos diez o quince años, porque las bajas tasas de natalidad que se han alcanzado en España, y también en Extremadura, no terminan de encontrar el fondo de la curva.

No obstante, esa baja natalidad se compensa en una pequeña parte por el creciente flujo de inmigrantes, con elevadas tasas de natalidad; un dato a tener muy en cuenta, también en lo que se refiere a las políticas de juventud. En otros países, con mayor tradición y volumen de inmigración, hemos asistido a crecientes problemas de convivencia, y en nuestro país se han empezado a hacer visibles. Porque cuando no se logra integrar en la cultura local dominante a los llegados de fuera (integración que sólo se produce cuando se dispone de idéntica capacidad de acceso a los bienes), y a la vez no existe variedad cultural suficiente, ni equilibrio de fuerzas, como para que se generen situaciones de multiculturalidad real, no meramente discursiva, pueden generarse situaciones de radicalismo tanto por parte de la cultura receptora como por parte de la cultura exógena (Bloul, R. (1998). From moral protest to religious politics: Ethical demands and beur political action in france. The Australian Journal of Anthropology, 9(1), 11-30).

¿Y qué sabemos de esa quinta parte, aproximadamente, de la población extremeña, a quienes consideramos jóvenes?. Pues muy poco, realmente. A ciencia cierta, dado que como he dicho el último Censo (que aporta ciertamente mucha información) es de 1991, sólo conocemos su comportamiento en el mercado de trabajo, su orientación profesional. Del resto no sabemos nada; aunque, como he dicho en otro momento, podemos manejar la arriesgada hipótesis de que responden en términos generales a las características de la juventud española, y entonces sí podemos conocer muchas de sus pautas de comportamiento, actitudes, valores y necesidades.

Respecto a su posición en el mercado de trabajo, la tasa de paro, como tendencia, no ha dejado de incrementarse. Aunque hemos asistido recientemente a algunos leves descensos, seguía siendo en el último cuatrimestre de 1998 de un 50%, frente al 17% de 1977. Sin embargo, frente a las tremebundas tasas, las cifras absolutas muestran un  comportamiento más razonable. Mientras que el número de parados mayores de 25 años no ha dejado de incrementarse en términos absolutos, por el contrario las cifras de parados jóvenes vienen reduciéndose sistemáticamente desde hace una década. Exactamente desde 1986 en el caso de la cohorte de 16-19 años, y desde 1989 para la cohorte de 20-24 años. En el momento de máxima intensidad llegó a haber algo más de 50.000 parados de menos de 25 años en Extremadura, mientras que en el tercer trimestre de 1999 la cifra no es de 27.000. No olvidemos que 1983 el paro juvenil llegó a suponer casi un 63% del paro total, mientras que hoy su participación en el paro no llega al 26%. En 1991 ya pronosticamos que el paro juvenil iba a a dejar de ser uno de los problemas más graves de esta región, y que se seguiría produciendo una tendencia a la baja.

Respecto a las causas que están incidiendo para que el paro juvenil se reduzca hasta dejar de ser uno de los problemas más importantes del mercado laboral, tenemos un fondo económico, en la recuperación de la economía mundial y por extensión de la española que se viene produciendo desde 1995. Pero hay especialmente tres razones sociológicas más determinantes. La primera es el propio reflujo de la ola del baby boom. A partir de 1988, la población de menos de 25 años se viene reduciendo sistemáticamente, debido a la caída de la natalidad que se inicia en los años '70. Después de haber llegado a haber casi 192.000 jóvenes, ahora estamos en unos 150.000 y, según las proyecciones que en su momento realizamos, en el próximo Censo de Población del año 2.001 no creo que lleguen a 140.000; esto es, estaremos idénticas cifras que en 1977. Lógicamente, a medida que se reduce el número de jóvenes las probabilidades de que los recién llegados encuentren trabajo se multiplican.


Pero hay un segundo elemento, también de carácter sociológico, que está teniendo una gran incidencia y al que rara vez se le presta la debida atención. La práctica universalización de la enseñanza secundaria, y la extensión de la enseñanza superior a amplias capas de la población, que han realizado los últimos gobiernos -esperemos que sea un fenómeno irreversible- ha posibilitado que un importante contingente de jóvenes ni siquiera entren en el mercado de trabajo, porque optan directamente por ampliar su periodo de formación, sea a través de la formación reglada -haciendo cursos de postgrado en el caso de los universitarios, o pasando a Universidad entre aquellos que cuentan con Formación Profesional-, sea a través de los numerosos programas de formación y capacitación no reglada que se ofertan desde diversas instituciones relacionadas con la promoción del empleo. 

Sin duda la propia amenaza del paro ha promovido estrategias familiares tendentes a la inversión de tiempo y recursos en formación -esta cuestión ha sido muy estudiada para el caso de las mujeres-, pero obviamente si la oferta formativa no hubiese existido eso no hubiera sido posible. El gráfico muestra, de una parte, el fuerte incremento en el periodo considerado de la población mayor de 16 años inactiva por razón de estudios -es decir, población que opta por retrasar el momento de su incorporación al mercado de trabajo-, que pasa de 35.000 a en torno a 70.000 en la región. Y, en clara correlación, la fuerte caída de la tasa de actividad juvenil.

Pero volviendo a nuestros factores, el tercer factor es también de índole sociodemográfica. Aunque la población de 55 y más años viene incrementándose sistemáticamente -con una cierta ralentización a partir de 1992, ya que empiezan a alcanzar dicha edad las cohortes mermadas por la guerra civil-, y llega además en mejores condiciones físicas que las generaciones precedentes, sin embargo tanto el número de activos como sobre todo el de ocupados se viene reduciendo de forma sostenida. De una forma inconsciente, como si de un organismo se tratase, y en contra de las opiniones basadas en tópicos, los brazos más viejos están dejando paso a los más jóvenes. Aunque sin la universalización de las pensiones y la continuada mejora de las mismas que se ha producido en ese periodo muchos menos se habrían animado a hacerlo. El hecho cierto es que mientras en 1977 un 26% de los mayores de 55 años (71.000 personas) se declaraban activas, y veinte años después la tasa de actividad se reducía a un 13% (algo menos de 42.000 personas).

He advertido en repetidas ocasiones, y quiero insistir en ello, en que si no se producen aportes demográficos externos vamos a pasar de tener un problema de paro juvenil a sufrir un déficit crónico de fuerza de trabajo joven, y esto me parece mucho más preocupante desde la perspectiva del desarrollo social y económico de la región, y de su bienestar. Y todo esto debe llevarnos a reflexionar sobre dos cuestiones bien distintas: la primera, en torno a una política de cupos de inmigrantes más adecuada a las necesidades de la región, especialmente pero ya no únicamente en el sector agrario; la segunda, en torno a si la cultura formacional que hemos implantado en los últimos años, y que está llevando a muchos jóvenes a rechazar sistemáticamente los trabajos que estiman no se acomodan en cuanto a dureza o retribución a su status formativo, no debería ser reorientada hacia una revalorización del trabajo. Esto es importante, aunque insisto que estamos hablando solo de hipótesis, porque por ejemplo puede suponer fomentar algo menos la cultura del ocio (creativo o no), y algo más la del trabajo (siquiera a tiempo parcial). Lo cual, en modo alguno, supone una aceptación de las críticas a la creciente universalización de la enseñanza universitaria. Repetida mente, todos los análisis nos muestran cómo la población universitaria tiene muchas mayores probabilidades de encontrar trabajo que quienes cuentan con estudios medios, aunque sean de Formación Profesional, aunque el momento de plena incorporación al mercado de trabajo sea más tardío entre los universitarios.

De hecho, los datos que tendemos a nivel nacional nos muestran que los jóvenes españoles parecen tener una ética del trabajo menos relajada de lo que a veces podemos pensar quienes nos ocupamos de ellos. Los jóvenes no sólo piensan en y buscan el ocio, por muy creativo o solidario que sea, sino que como en todas las épocas buscan ir incorporándose al proceso productivo, como sea. A menudo, somos los adultos quienes, por un lado con nuestro ejemplo, y por otra parte obsesionados por la inversión formativa, les desanimamos de que tomen trabajos precarios, o a tiempo parcial, poco remunerados o no coincidentes con su status académico. Según los datos del CIS, el 61% de los jóvenes considera que su generación es amante del trabajo (CIS, 1999), y las experiencias que se van generalizando de prácticas de empresa en la Universidad, generalmente no remuneradas, es un ejemplo de que los jóvenes, como siempre, lo que buscan fundamentalmente es prepararse para ser útiles y ser autónomos. Después de la salud, la familia y la amistad, el trabajo aparece como el siguiente elemento al que los jóvenes otorgan mayor valor, considerándolo importante o muy importante, por encima incluso que a la educación, y por supuesto por encima del ocio.

Pero una vez más debemos volver a las desigualdades, y a la insistencia en que no debemos considerar a los jóvenes como un paquete indiferenciado. Cuando sobre datos empíricos relacionamos el status socioeconómico de las familias, tomando como indicador los ingresos mensuales, con la situación de los jóvenes, observamos con claridad cómo no sólo el paro, sino también la inactividad aparentemente voluntaria de las mujeres, se concentra en los grupos sociales económicamente más débiles. Vemos cómo los jóvenes en cuyos hogares se ingresan por encima de las 350.000 Pts mensuales no conocen el paro en ninguna de sus formas, ni siquiera ese curioso paro de quienes estando estudiando buscan un empleo, y que sin duda en la Encuesta de Población Activa aparecen como parados. En suma, aunque problemas como el paro juvenil afecten también a las clases medias, en donde se convierte en un auténtico problema es entre las clases económicamente más débiles.

Obviamente, la posición social está estrechamente relacionada con el nivel de formación alcanzado. Veíamos cómo, a pesar de los tópicos que se extienden sobre la materia, interesados en reducir la tendencia a la universalización de la formación universitaria básica, los universitarios conocen el paro en menor medida que aquellos que cuentan con niveles inferiores de formación. Pero es que los niveles de formación se siguen correlacionando, a pesar de los profundos avances hacia la universalización de la enseñanza media e incluso superior, con la posición económica de las familias. 

Es por todo ello un auténtico escarnio que, entre los jóvenes cuyas familias ingresas menos de 100.000 pesetas al mes, casi el 60% no haya logrado terminar ni siquiera la EGB. Y es también por ello una auténtica vergüenza que desde los grupos de poder se intente, por vías diversas y a cual más sibilina, convencer además a los grupos sociales más débiles de que no es entrando en la Universidad como sus hijos alcanzarán la integración social y un más eficiente ingreso en el mercado de trabajo. La Universidad ha sido, y esperemos que siga siéndolo, si dejamos a un lado las loterías, la explotación del hombre por el hombre y las actividades ilegales en general, el principal mecanismo de movilidad social vertical en los países avanzados.

Por lo demás, si no tuviésemos en cuenta esas profundas fracturas sociales, y tomásemos a la juventud como un todo, en realidad sobraría casi cualquier programa. Pues los datos de encuestas nacionales nos muestran que, en general, los jóvenes son relativamente felices, están a gusto con sus familias, consumen con fruición, se divierten, y estudian casi todo lo que quieren y aún más de lo que a veces quieren. Pensemos que, incluso en el peor de los casos, en temas sexuales, en más del 51% de los casos la opinión de los jóvenes coincide plenamente con la de sus padres; porcentaje que se eleva al 62% en asuntos de religión, y al 72% en cuestiones de ocio. Están felices en sus casas. Por lo demás, ven el futuro incierto, y optan por vivir al día (aunque no todos, sólo un 61 % de los casos), pero no es sino el temor que por ley natural les corresponde sentir ante el futuro, en el que (no todos) observan que tendrán mayores dificultades que hoy para trabajar, obtener vivienda o ganar dinero. En suma, la juventud española, y mientras no podamos comprobar nuestra hipótesis de asimilación, debemos creer que también la extremeña, vive en una Arcadia como nunca ha conocido generación alguna. ¿Para qué preocuparse, por tanto, si no nos paramos a pensar en las diversas juventudes que realmente existen, y a distinguir las profundas dificultades de todo tipo con las que algunos jóvenes se encuentran, y no precisamente en lo que se refiere al acceso al ocio?.

¿Qué quiere decir todo lo expuesto, desde mi punto de vista, en relación a vuestros intereses corporativos, como organizaciones de juventud?. Pues que, si mis apreciaciones son acertadas, es previsible a corto y medio plazo una menor atención por parte de la sociedad y las instituciones a vuestras demandas: sois menos, y estáis en una situación envidiable, ni siquiera el espantajo del paro es ya un problema social, en la juventud, que pudiésemos considerar grave. Por lo que intuyo que las políticas de juventud van a volver a ser, y deben serlo, en el sentido más universal, políticas de socialización. Vamos a ver en el futuro, seguramente, menos programas y proyectos orientados al ocio, a la creatividad o la iniciativa personal, y muchos más orientados a la prevención (de las enfermedades de transmisión sexual, de la drogadicción, etc) y a la promoción de la cultura del trabajo. Naturalmente, el previsible cambio de rumbo de las políticas de juventud abre más que nunca el campo al papel que la política y la ideología juegan en los procesos de socialización. Porque hacer viviendas, o equipamientos juveniles, puede tener color político pero es básicamente gestión; pero la socialización en valores sí que viene claramente determinada por la ideología.

Respecto al otro concepto, el de ruralidad, voy a aportar tan sólo una idea, muy esquemáticamente, para que si queréis discutamos sobre ella. Vengo trabajando en ello desde hace unos años, y puede expresarse fácilmente: lo rural lo existe. La urbaniza ción, como modo de vida, se extiende en el marco de la globalización telemática a todo el espacio planetario (por poner un ejemplo bastante evidente: ¿los casi 30.000 estudiantes de nuestra universidad, que residen casi todo el año en las principales ciudades de la región, son rurales o urbanos?). Por supuesto, hay espacios, fuera de las redes de interconexión de los principales nodos urbanos, que quedan más alejados de la red. Pero estamos hablando únicamente de distancias sociales, como las que afectan a las poblaciones de los barrios marginales de las grandes ciudades. Por ello me permito dudar de que puedan plantearse políticas de juventud rural, salvo en lo que tengan de adaptarse estéticamente al espacio físico en el que se desenvuelve la vida de quienes viven en núcleos de población de menor tamaño.

Voy a citar un par de datos de la más reciente encuesta del CIS, en 1997, que permite hacer ciertas distinciones entre jóvenes rurales y urbanos. Precisamente en esa encuesta apenas encontramos ciertas variaciones en función no de esa dicotomía ideal rural-urbano, sino simplemente del tamaño de los municipios, que únicamente confirma que el tamaño demográfico de las ciudades tiene una estrecha correlación positiva con el grado de liberalismo de sus habitantes. En este caso se muestra esta variación con las respuestas frente a cuestiones como la mejor forma de formalizar (o no formalizar) una pareja, y la mejor forma de organizar una familia. Así, vemos que, aunque la media de quienes entienden que casarse por la iglesia es la mejor forma de convivencia, se reduce ya a un 35% de los encuestados, sin embargo el porcentaje se reduce aún más en los núcleos de mayor tamaño.

Mientras que por el contrario a la pregunta sobre cual es la forma de organizar una familia, aunque la media de quienes creen que la mejor forma es que trabajen el hombre y la mujer, y que ambos se repartan igualitariamente las tareas de la casa, es ya bastante alta (un 79%), dicho porcentaje se incrementa en los núcleos mayores.

Creo que podemos discutir sobre las cuestiones expuestas. Por mi parte, sólo quiero insistir, como hago siempre que tengo ocasión, en el enorme riesgo que supone diseñar y ejecutar políticas de juventud, como se está haciendo de forma sistemática, sin disponer previamente de estudios sociológicos que cuenten con las suficientes garantías de metodología, objetividad e independencia. Escuchar a los jóvenes, en una democracia participativa, no es reunir a los cien o doscientos, o mil, que están en el ajo, para escuchar sus demandas, sino preguntar al conjunto del universo sobre el que pretendemos actuar; y ello sólo se consigue a través de la investigación social.


5.01.1998

De la terra ignota al jardín terrenal. Transformaciones en los usos y funciones del territorio en la urbe global (1998)




"Los usos del territorio y su relación con la ciudad dependen del modo de
producción dominante. Éste, entendido, no desde el reduccionismo marxista, sino como las eras tecnosociales propuestas por Geddes -a través de Mumford-, es un complejo que incluye las relaciones y medios de producción, pero también ciertas construcciones mentales y estilos de relación con la Naturaleza, entendida en su sentido amplio. En cuanto a la planificación urbanística, desde que existe, ni ha hecho nunca ni podrá hacer nunca otra cosa que prestar coherencia técnica e i¡jeológica a dichos procesos.
Desde antes del Neolítico, el territorio, como Naturaleza, se constituyó en una
terra ignota que, además de ofrecer recursos, sustentaba pavores. La  Revolución Industrial, por su parte, permitió descubrir, conquistar y dominar aquel mundo mágico que se extendía más allá de los caminos y los campos, incorporándolo al metabolismo de la ciudad. Sin embargo, la nueva Sociedad de la Información supone la conversión del territorio, de la Naturaleza, en un espacio multifuncional, tan complejo como las propias sociedades humanas, y llega a plantearse incluso la consecución de lo que constituyó un sueño eterno: el jardín del Edén.
En las tres últimas décadas, en el conjunto de los países desarrollados y, por
supuesto, en España, hemos vivido el cenit en la conformación del tipo de relaciones con el territorio que ha caracterizado a la sociedad industrial. Sin embargo, preocupados por los efectos -casi siempre negativos- consiguientes, hemos prestado escasa...."


Referencia:
Baigorri, A. (1998), " De la terra ignota al jardín terrenal. Transformaciones en los usos y funciones del territorio en la urbe global.", Ciudades, Num. 4, pp. 149-164
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1.11.1993

Pesimistas y optimistas (1993)




En el siglo XIII, Bacon concibió un plan de reforma basado en la preeminencia de las ciencias experimentales, del que proyectaba un futuro con automóviles, máquinas voladoras y hasta submarinos. Cuando los sabios se sientan insomnes bajo la luna, atisban el futuro.

Sin embargo, las proyecciones que se pusieron de moda en los años 60 (del siglo XX) no respondían a los insomnios de los sabios, a las resacas de la imaginación, sino al rechinar de las válvulas que alimentaban monstruos como el ENIAC. La existencia de máquinas de proyectar millones de datos hizo creer a los cuadriculados que bastaba con introducir los datos del pasado para obtener los datos del futuro. Desde las proyecciones optimistas de Khan para la Rand Corporation a las pesimistas de Meadows para el Club de Roma, todas olvidaron procesar, sin embargo, una serie de factores irnprocesables: desde el azar a la inconstancia del amor humano. Y hoy aquellas predicciones languidecen entre el polvo de los anaqueles más escondidos. Nos suenan tan huecas como las que hiciera Montesquieu, en el amanecer del Siglo de las Luces: 
«La tierra se despuebla todos los días. Si esto continúa.será, dentro de dos siglos, un desierto».

Así que no me tomo muy en serio esas previsiones, machacona e interesadamente repetidas estos días (hasta Hemández Sito ha ido a contarlas a los Telediarios de Madrid), que hablan de la pronta desaparición de casi un centenar de pueblos de la región. Animados por la seguridad con que el experto de tumo publicita sus pesquisas, algunos incluso abogan por la eutanasia, con el piadoso fin de ahorrar dineros en equipamientos públicos, y proponen liquidar por decreto a unos cuantos.

Ni siquiera el Desarrollismo franquista de los años 60 y 70, que apostó explícitamente por el despoblamiento rural, consiguió acabar con miles de pueblos serranos a los que sitió con pinos, prohibió sacar las cabras, suprimió escuelas y ayuntamientos. Hubo un ministro que mantuvo a su propio pueblo en las sierras riojanas sin carretera hasta que, prácticamente vacío, la necesitaron los guardas del ICONA. Para su oprobio eterno, hay ahora en aquel pueblo más familias censadas que hace veinte años.

¿Cómo no va a ser pues rentable, en período preelectoral, una proyección como las que nos ocupa? Van a decir que todas las guerras de la Historia no produjeron en Extremadura tantos despoblados como, según algunos sabios, van a provocar diez años de gobierno socialista. Allá quienes quieran jugar al juego de la matemática simple.


Yo imagino que las gentes de Gata, y otros parajes condenados por los sabios a desaparecer del mapa regional además de hacer lo que llevan haciendo desde hace siglos (adaptarse y sobrevivir), introducirán nuevos hábitos entre que se mueren y no. Tal vez en lo sucesivo sustituyan los habituales saludos por el ripio que, dicen, intercambian los cartujos al cruzarse: «Morir debemos»/« Ya lo sabemos».

Referencia:

Baigorri, A. (1993), "Informática y creación", Extremadura, 11/1/1993