7.21.2022

A, ante, de, bajo, con, contra, desde, durante, hacia, hasta, para, por, según, sin, sobre, tras Andalán (2022)


Un buen día de marzo me sorprendió leer un correo de Eloy Fernández Clemente, catedrático de Historia Económica en la Universidad de Zaragoza, y fundador y primer director de la revista aragonesa Andalán,  en la que hice de todo durante unos años. De todo. Me sorprendió porque en más de 40 años, desde que publiqué mi último trabajo en la revista, hacia 1982, no había tenido noticia alguna. Bueno, noticia sí, pero no comunicación. Porque había visto algún libro on line, algo de la celebración del 25 aniversario, pero información directa... Bueno, aquí lo dejé dicho.

Así que me sorprendió. Supongo que algunas líneas que circularon con ocasión de la muerte de un antiguo colega, Enrique Ortego (quien a pesar de haberse ido tan lejos, a Nicaragua, tenía mejor memoria que quienes se quedaron en Zaragoza, o quizás por eso) le estimularían. O no sé, sería la vejez, el caso es que EFC me escribió para decirme que a ver si quería colaborar con un bosquejo de lo que para mí significó Andalán, porque iban a celebrar el 50 aniversario. Pues vale, ya saben que nunca digo NO, aunque a veces me lo pida el cuerpo. O casi nunca.

Me sorprende, al hojear (que en web ya es ojear) el monográfico del cincuentenario, que mi memoria de compañeros colegas de la época no sea mutua. Sí parece que lo era en el caso de Enrique Ortego, con el que compartí algunos reportajes y del que volví a saber cuando murió hace unos años. Será que en Aragón jugábamos mucho de niños a "Fuera de mi castillo", y también se decía mucho aquello de "El que se fue a Sevilla perdió su silla". Pasa lo mismo con la tierra (si te vas, te la quitan) que con la memoria.

- Venga, llorica, ya pasó, ya pasó... -me dice no sé qué hemisferio cerebral.

Pues eso. Que esta vez se acordaron, y esto es lo que envié, que ahora está publicado aquí:


Esto será un tópico muy repetido en esta colección de memoriales, pero debo empezar por ahí: a mí Andalán me cambió la vida.

Nunca sabré si a mejor o a peor, si para bien o para mal, porque los caminos alternativos que en cada cruce no tomamos, a saber a dónde conducían. Yo que desde niño iba para periodista, y en ello estaba en Zaragoza, he terminado convertido en sociólogo y dando clases de Sociología en el far west, a 700 km de mi pueblo. Y eso empezó con Andalán.

Expatriado, aculturizado

Nací en Mallén (1956), un pueblo de frontera en el que al menos un tercio de la población tenía entonces apellidos vascones, de la Baja Navarra hoy francesa. No sé si fueron fugitivos de guerras de religión o banderías, o migrantes en busca de mejor fortuna, como los apellidos rumanos que hoy amplían el arcoiris gentilicio de mi pueblo.

Nací en una casa de pequeños agricultores en la que se usaba el comedor sólo en la fiesta de la cofradía, o cuando los terratenientes (los Monguilán, Arnedo, Escoriaza y no sé qué más, una macedonia de apellidos que resumíamos en “los monguilanes”) venían a cobrar la renta o a autoinvitarse a comer. Aquella burguesía “de Zaragoza, Aragón y Rioja” que vivía de rentas, y a la que en los 60’s el IRYDA ayudó a capitalizarse para sus inversiones inmobiliarias, ofreciendo a los renteros créditos baratos para comprarles la tierra.

De niño inicié un camino migratorio que no sé si ha terminado todavía, pues eso no se sabe hasta la muerte, pero en solitario, pues mi familia siguió atada al surco. A los 8 años a Santa Coloma de Gramanet, acogido por una rama emigrante de la familia, para hacer el Ingreso de Bachillerato.  Al año siguiente interno a Tudela, tres años, con lo que hice muy mía a la capital de La RiberaAcepté estudiar euskera (hacia 1968 y todo a plena luz, y pronto lo olvidé porque el euskera no es como montar en bici), porque los jesuitas estaban obsesionados con mis “ocho apellidos vascos”.

Luego inauguraron Instituto en Borja y pude volver a Mallén, para ir a diario a clase en autobús. Apenas dos cursos, porque nos engañaron y no pusieron el Bachiller Superior que habían prometido. Así que entonces tocó ir a Zaragoza de forma precipitada, con el curso empezando en el Xavierre y al año siguiente el recién implantado COU en el “nuevo” Instituto Pignatelli, el primer instituto mixto de Zaragoza, una auténtica cochambre con aspecto de cárcel soviética descascarillada, hoy convertido en palacio burocrático. Ambos cursos alojado en el Colegio Menor Baltasar Gracián.

Y enseguida de vuelta a Barcelona a estudiar periodismo, pero con truco: trabajando siete horas diarias en las oficinas de una gasolinera, en cuyas habitaciones para camioneros también dormía, en el arranque de la Meridiana. Luego comía de forma precipitada la escudella o las mongetes amb butifarra del cercano bar de obreros, cogía dos líneas de metro, un tren y un autobús de sardinas para ir a la UAB, en Bellaterra. Había que tener vocación no de periodista, sino de mártir. Así que más o menos a partir del segundo mes, pasé de ir, salvo en fechas imprescindibles. Después de comer, si fa sol a leer poesía al Parque de la Ciudadela, y si no a los cines de sesión doble. Luego a buscar libros y discos de segunda mano, escuchar conferencias, o correr un poco con el corazón bumbumbum en alguna mani.

Así que desde niño me he sentido forastero con motivo, y ninguna identidad ha enraizado en mí con fuerza. En mi proceso de socialización primaria se entremezclan caóticamente Mallén, Cataluña (la xarnega y la com cal), Tudela, Borja, Zaragoza, jesuitas, dominicos, el colegio menor, el catalán y el vasco, un verdadero lío lleno de contradicciones en los términos. Al menos me libré del seminario (aunque disfruté mucho de ser monaguillo) y de la OJE, que no es poco. Fue ya en el siglo XXI, tras décadas lejos, cuando por primera vez me produjo una cierta emoción escuchar una jota, y resulta que era navarra (“soñé que la nieve ardía”); ahora también me da cosa si por un casual escucho “Pulida magallonera”, que de Magallón venía la abuela Larralde que no conocí, y en Magallón ligué alguna vez y hasta dí mi primer y único concierto como cantautor (al contrario que otros de éxito, yo era consciente de ser flojillo).

No estuve mucho en Barcelona. El primer curso fue un desastre académicamente (me dejé dos, y con dos suspensos obligaban a repetir). Pero “profesionalmente” fue un buen año, pues conseguí mi primera exclusiva periodística: fue El Noticiero quien publicó la primera entrevista a Ramón J Sender en su primer viaje del exilio a España, pisándosela al Heraldo/Zapater. Me colé en su hotel la tarde siguiente a su llegada y conseguí camelarme a la señora Luz C. De Watts, quien lo acompañaba y filtraba periodistas. La entrevista era muy pobre, pero para mis 18 años recién cumplidos, y no haber leído de Sender nada más que algún artículo sobre él en Índice, tenía su mérito. Coll Gilabert le reservó Tercera Página, bajo el vigía de la Torre Nueva, y anuncio en portada.

Y el 74-75 fue peor. En casa se habían apretado el cinturón para que no tuviese que trabajar, pero además de empezar el curso más tarde por la nueva Ley de Educación, inmediatamente se pusieron en huelga indefinida los PNN’s. Y Bellaterra fue una juerga, pero al terminar el invierno mi padre dijo que había mucho quehacer en el campo, a casa hasta que las clases empezasen de nuevo.

Las clases ya no empezaron. Quienes pudieron permitirse aguantar allí de marcha tuvieron aprobado político en casi todas las asignaturas, pero quienes habíamos tenido que volver a casa tuvimos que examinarnos. Aquello agudizó mi percepción sobre las desigualdades sociales y sus efectos, pero tuvo la virtud de descubrirme que era una tontería volver a Barcelona, cuando a distancia podía ir sacando la carrera, y en Zaragoza no sería tanta carga para casa. Así que en cuanto acabaron las labores más fuertes del verano negocié una pequeña ayuda familiar, y con las perrillas que me sacaba de vez en cuando con tareas administrativas en la Hermandad de Labradores, más la propina que me pagaban por las crónicas locales en El Noticiero, me dió para vivir miserablemente en un piso de estudiantes en Zaragoza. Donde tuve un poco de la vida estudiantil que apenas había podido tener en Barcelona. Los primeros viajes a dedo a Bellaterra a buscar apuntes, a alguna tutoría obligada y a exámenes fueron duros, alguno de casi 24 horas, pero luego fui descubriendo que estábamos varios periodistas de Zaragoza en la misma situación, y compartíamos coche.

Mi padre, como presidente de la Hermandad Sindical de Agricultores y Ganaderos, había estado metido en la primera de las “guerras agrarias”, la del tomate de 1973. Aunque el protagonismo se haya atribuido luego a una UAGA y una UAGNa que no existían ni en la imaginación, fueron gentes de las Hermandades Sindicales quienes estuvieron dando la cara. Y al año siguiente lo arrastré a otra contra la Autopista del Ebro. Con la movilización, basada en manifestaciones en el pueblo y en una batalla jurídica asesorados por Ramón Sainz de Varanda, conseguimos que en Mallén el precio de las expropiaciones se multiplicase. Debieron ser mis crónicas como corresponsal sobre aquellas batallas lo que llevó a Luis Granell, a finales de 1975, a ofrecerme escribir un artículo sobre la autopista en Andalán. Y ahí empezó lo poco o mucho que hubo.

 

Zaragoza, hacia 1978 Fotografía: Georgina Cortés

Zaragoza, hacia 1978, Fotografía: Georgina Cortés

 

No fue mi escuela de periodismo

El encuentro con Andalán fue para mí un orgullo. Había estado suscrito un tiempo mientras estaba en Barcelona, y hasta creo recordar haber enviado alguna carta al director que quedó infausta.

Pero aquel primer contacto estuvo a punto de ser frustrante. Justo me había puesto a trabajar en mi reportaje, cuando Granell me llamó de nuevo y me dijo que “mira qué suerte, que está unos días en su casa al lado de tu pueblo, en Cortes, un sociólogo muy famoso que ha escrito sobre las autopistas”, que si no me importaba hacer el artículo con él. Y le dije que no me importaba, pero claro que me importaba, ¿mi primer artículo en Andalán y tenía que compartirlo?, era como un coitus interruptus. Encima acababa de leer un artículo de ese sociólogo, en un monográfico de Cuadernos para el Diálogo sobre la agricultura española, que me pareció muy ocurrente pero con el que no estaba de acuerdo prácticamente en nada.

Sin embargo ocurrió, como le pasaba a tanta gente, que Mario Gaviria me sedujo en nuestro primer encuentro. Se presentó una mañana en Mallén sin avisar, con un montón de garrafas en el coche para llenarlas en mi casa con el agua del Moncayo que bebíamos en Mallén, y de paso hablar del artículo. Yo lo tenía casi terminado, lo leyó y me dijo que lo firmaba conmigo tal cual, que lo enviase así, para qué perder tiempo. En vez de eso estuvimos discutiendo sobre su artículo en Cuadernos.

Pero, aunque como decía me sentía orgulloso de la llamada de Andalán, en puridad no puedo decir aquello que suele decirse de experiencias periodísticas tempranas: ni fue mi escuela de periodismo, ni me abrió puertas en mi “carrera”.

No fue escuela porque desde los 15 años practicaba como corresponsal en Mallén de El Noticiero. Y entre 1971-73, mientras residía en el Colegio Menor era redactor del programa de radio escolar y de la revista colegial Alcorce, para la que entrevisté a Cecilia (un amor), Guillermina Motta (qué desvergüenza y qué piernas la Guillermotta) y otros cantautores. Incluso había adquirido de forma autodidacta ciertas “competencias” periodísticas que no se aprenden en la Facultad, como a colarme en el Teatro Principal y en las discotecas, para entrevistarlos.

Claro que mi escuela tampoco fue la Facultad de Ciencias de la Información, cuya licenciatura terminaría abandonando en 5º, a falta de tres o cuatro asignaturas. No deja de tener su aquel que casi lo único realmente útil que saqué de la Facultad fue el descubrimiento de la Sociología, a la que he terminado dedicado y que fue la carrera que sí terminé. Mi auténtico maestro de periodismo fue Vicente Calvo Báguena, aquel humilde periodista de pueblo, con las cuatro reglas que me repetía cuando visitaba El Noticiero.

Pero no era muy consciente de ello. El síndrome del impostor me ha acompañado toda mi vida y ahí sigue. Así, yo pensaba que debía fijarme en Enrique Ortego, con quien Larrañeta me puso a formar equipo una temporada para cubrir temas agrarios, pues creía que era un experimentado periodista, y resulta que según leí muchos años después en un texto del propio Enrique, era él el que andaba un poco perdido en lo del periodismo, y se consideraba aprendiz de mí y de otros. Hicimos unos cuantos viajes entretenidos en su coche.

Además, casi a la vez que en Andalán empecé a escribir en Esfuerzo Común, la revista de aquel oxímoron, los carlistas rojos, conocida entonces como Secuestro Común. En ella publiqué reportajes, artículos de opinión y alguna sección con seudónimo. Entre Vicente CalvoJavier Ortega y yo llenamos algún que otro número de la revista.

Y cuando me enteré de que Triunfo estaba sin "corresponsal" escribí a suerte y verdad incluyendo un reportaje, y Víctor Sanchez Reviriego me respondió a vuelta de correo diciéndome que sí y que lo que quisiera, de Aragón o de cualquier sitio, que fuese a que me hiciesen un carnet, el único carnet de periodista que he tenido nunca (en Andalán nunca nos lo hicieron a los precarios, al menos a mí). Eduardo Haro Tecglen me lo entregó, enorme y mayestático, cual príncipe austrohúngaro que entrega un nombramiento de cónsul. Entre mis reportajes para Triunfo está precisamente el que publiqué en mayo de 1978 con el título de “Quieren cargarse Andalán”, en defensa de la revista cuando fue procesada (seguro que no está en ninguna bibliografía sobre prensa aragonesa).

Y el verano en que Luis Granell me pasó la corresponsalía de Diario16 al irse de vacaciones conseguí colocar varias páginas completas. En 1979 estaba en la directiva de una Unión de Periodistas de Aragón surgida contra la carca Asociación de la Prensa, que estaba tomada por el Heraldo. Y desde Madrid me buscaron para incorporarme al proyecto del diario Liberación, que contribuí a lanzar, aunque ya estaba saliendo del periodismo y decliné unirme a la cooperativa. Osea que en paralelo a Andalán, donde sólo era un free-lance, iba construyendo una carrera profesional.

Pero viví muchas experiencias, tan valoradas hoy por el consumidor de vida

Lo que Andalán sí me dió fue experiencias vitales. Y hoy que la gente se mata por tener experiencias, agradecido estoy porque fue un periodo intenso y estimulante.

La primera, sin duda, fue la de conocer a Gaviria y su mundo (porque en aquella época había todo un mundo en torno a Mario). Recién publicado el artículo que firmó conmigo sobre/contra la autopista del Ebro, él mismo me planteó hacer otro, éste sobre el proyecto de papelera que se cernía sobre Tudela. Aunque le sugerí publicarlo en Esfuerzo Común, pues Vicente Calvo se acababa de incorporar a la dirección de la revista y se había puesto “celoso” de mi artículo en Andalán (que no dejaba de ser su competencia). Y aún no habíamos terminado de escribirlo y me arrastró a otra historia en una dirección totalmente distinta: el estudio que estaba a punto de iniciar sobre el Bajo Aragón, en el marco de las luchas locales contra los proyectos de centrales térmicas y nucleares, que daría lugar al libro El Bajo Aragón expoliado.

 

Cortes de Navarra, hacia 1977 (arriba Mario Gaviria, a la izquierda José Mari Lagunas, en el centro Artemio Baigorri y Georgina Cortés)  Fotografía: Blanca Berlín

Cortes de Navarra, hacia 1977 (arriba Mario Gaviria, a la izquierda José Mari Lagunas, en el centro Artemio Baigorri y Georgina Cortés), Fotografía: Blanca Berlín

 

La segunda, vivir un tiempo en el piso, o alocada comuna, de José Mari Lagunas, “el Gordo” (ahora que lo veo en alguna fotografía de Internet descubro que “el Gordo” soy yo), con el que me uniría una amistad de años que, más que perdiendo, se fue diluyendo como tantas otras en las entretelas del tiempo y la distancia. Me acababa de quedar sin piso en Zaragoza y mientras trabajábamos en la redacción de El Bajo Aragón expoliado me ofreció una habitación vacía que tenía en el suyo, hasta que encontrase algo. Y fue la leche.

Además José Mari, que formaba junto a José Luis Fandosel Tablas (con quien también compartí algún reportaje) y Luz Abadía, el clan samperino que estaba bajo la advocación y protección de EFC, era el responsable de la producción de la revista. Lo que nos permitía a sus amigos precarios obtener algunos ingresos extra con dos trabajos manuales: fajar periódicos (colocar una tira de papel con la dirección del suscriptor en cada periódico plegado), lo que hacíamos en los talleres de El Noticiero, y pegar carteles con el anuncio del nuevo número. Fajar era monótono, pero lo hacíamos entre chistes y luego nos íbamos a tomar algo. El segundo era más puñetero: había que ir con el cubo de cola, la brocha y el paquetón de carteles recorriendo la ciudad (fundamentalmente el centro, que Andalán no era precisamente prensa obrera), y a veces (según la portada) podía ser arriesgado, especialmente cuando pegábamos en Zona Nacional. Alguna agresión de fachas creo que hubo.

La siguiente experiencia especial fue precisamente pegando carteles, y fue peor que un ataque de Fuerza Nueva. Porque nos tocó hacer de auténtica carne de cañón. Eran las primeras elecciones democráticas, y nos tocó empapelar con el principal titular del número de Andalán de esa semana: “Nuestro voto a la Izquierda” (Num 117). La cosa es que nos mandaron a empapelar en la noche preelectoral, y acabamos detenidos. No recuerdo quiénes íbamos, pero sí que pasamos la noche en comisaría, fichados y ciertamente acojonados, según la Policía por delito electoral. Así que no fue EFC el único andalanio que pasó algún rato entre rejas por la revista.

 

 

Y cómo tocaba hacer de todo, hubo otras experiencias intensas. En la época de los festivales de promoción y apoyo a la revista, entre otros me tocó ayudar a José Mari Lagunas a montar el chiringuito de venta y alguna logística en el de Barcelona, en el Palacio de los Deportes (1978). Fueron unos días locos, en los que al Gordo, que ya apuntaba como emprendedor, se le ocurrió que comprásemos velitas para venderlas en el puesto de revistas y posters. Nos volvimos locos hasta encontrarlas en una bocacalle de Las Ramblas, pero fue una ruina, no recuperamos ni la inversión.

Otras experiencias nadaban en la hiperrealidad, en el metaverso que diríamos hoy, como cuando en el piso del Tablas  hacíamos elucubraciones y cálculos sobre acciones directas, que afortunadamente no pasaron de un póster a doble folio con la imagen de un pollo de carnicería colgado del gancho, como amenaza simbólica a las eléctricas. Tampoco olvidaré la experiencia de la entrevista con un alto mando del Ejército del Aire, en la que con gran delicadeza me amenazó seriamente. Había publicado un informe sobre las bombas que se les caían a los Phantom, y Larrañeta me pidió que fuese a oír su versión pues habían llamado muy cabreados. Pero no fue “una versión”, sino un aviso, una amenaza. Se quedó en nada, y fue una pena, porque un juicio en aquellos años era una gran inversión, aquéllo sí que te abría puertas. Algún otro toque de atención fue merecido, como la carta al director del presidente del IRYDA y entonces senador por UCD, Alberto Ballarín, en la que me corregía los datos sobre sus fincas de Monegros.

En aquella época, abducido por el universo de Gaviria, y dado que ya venía motivado por las batallas con mi padre, el periodismo, como luego la investigación, era indisoluble de la acción. Así que compatibilizaba mi intento de profesionalización como periodista con el agit-prop: las guerras agrarias, la autopista, las nucleares, la General Motors, la base yanqui, el polígono de tiro de Bardenas, los regadíos, las comunas… Había colegas que no lo entendían así, y consideraban igual de digna la información deportiva o sobre “sociedad”. Seguramente estaban en lo cierto, pues en el periodismo les ha ido muy bien.

Mi última experiencia con Andalán la tuve cuando ya no colaboraba en la revista.  Fue en febrero de 1981, aquel febrero del año aquél. Estaba con Mario trabajando en unos informes para el PGOU de Alicante, y la concejalía de Urbanismo la ostentaba alguien del PCE. Por lo que la tarde del 23-F estábamos reunidos con ellos en el despacho de uno de sus abogados, o en su sede (no recuerdo exactamente), a primera hora de la tarde. El caso es que llegó alguien sofocado hablando de ruido de sables en el Congreso, pero sin apenas datos. Intentaron llamar a Madrid, pero imposible conectar, con las líneas saturadas. Se me ocurrió que quizás a Zaragoza sí pudiésemos llamar, y puede que en Andalán supiesen algo, y efectivamente allí tenían datos actualizados, no recuerdo quién me informó. Fue trasladarlo a los reunidos, y en diez minutos todos los de la concejalía habían desaparecido y nos habían dejado en plena calle. Fue una noche movida, muy movida, que también terminó en comisaría, pero ésa es otra historia.

Adiós, muy buenas

Aunque todavía escribí algún texto, más ensayístico y ad honorem más tarde, en 1979 había terminado mi relación “profesional” con Andalán.

No hay nostalgia. Como vino, se fue. En cierto modo siempre me sentí forastero en Zaragoza, como en cierto modo siempre me sentí forastero en Andalán, a veces un poco quemado de ver cómo mi “ficha” se iba yendo hacia el fondo mientras fichas más recientes avanzaban en aquel escalafón nebuloso que culminaba con la entrada en El Consejo. Cuantas veces me propusieron, uno u otro, fue que no. Aún recuerdo, una de las veces, al bueno de Angel Delgado saliendo una noche más entristecido que enfadado del conciliábulo: “Es que dice Biescas que eres muy antipartidos”. Y lo era.  

Y es que yo no lo sabía entonces, pero era orgullosamente libre. Y con Gaviria podía ejercitar esa libertad, lo mismo organizando movidas que escribiendo al alimón un texto u organizando una profunda investigación. Y me sentía reconocido, como luego con los arquitectos (de Zaragoza, Navarra, Madrid, Badajoz) con los que durante años trabajé en planeamiento urbanístico. Claro que a Luis Granell y a Pablo Larrañeta les encantaban mis artículos, y ni una coma me cortaron que no fuese precisa por la maquetación.  Pero institucionalmente (ahora que soy sociólogo sé decirlo así), no veía, no existía ese reconocimiento.

También es verdad que me estaba dejando de atraer el periodismo, que veía cada vez más como una mera actividad de portavocía política. Así que el día que finalmente llegó la oferta, porque llegó, nunca sabré si sincera porque llegó en verano, cuando había que cubrir las vacaciones de los contratados, dije que no. Decía a la vez no a Andalán y al periodismo. Y sin saberlo, a Zaragoza.

Estábamos en Extremadura, elaborando un informe y organizando un enorme follón para intentar detener la construcción de la central nuclear de Valdecaballeros, como antes habíamos hecho en el Bajo Aragón. A la vez que hacíamos la investigación, ejercía las que fueron mis últimas tareas periodísticas: un boletín diario con una vietnamita con la que tirábamos mil ejemplares, en el que tenía que dibujar con un punzón, sobre el papel de calco, las escenas “fotográficas” (un resumen de aquel boletín fue también mi última aportación en Triunfo). Estaba en Villanueva de la Serena, que pronto dejará de llamarse así, cuando llegó el aviso (¿cómo llegaban los avisos entonces, sin móviles?): “que llames a Andalán, que quiere hablar Pablo contigo”. Y Pablo, algo así como “que deberías venirte mañana mismo para hacerte cargo de la redacción, que se queda sola”. Y yo “Es que dejar ahora esto en lo que me he comprometido…”. Y él “Piénsatelo, porque yo creo que ya entrarás de redactor de seguido…” No recuerdo el detalle, la verdad, y supongo que lo discutiría con el Gordo, con Mario, con mi novia Gina. No recuerdo qué me dijeron, pero sí lo que no sé con qué palabras exactas le dije a Pablo: “No, gracias”.

Aunque como he dicho seguí escribiendo siempre que me lo pidieron, no sé de qué año será mi última colaboración. Pablo Larrañeta me pediría luego insistentemente artículos de opinión para El Día, y le envié bastantes; y Plácido Diez siguió con la tónica, e incluso publicó una “antología” en un par de librillos de una colección que regalaban con el dominical.

Creía entonces que con ello mantenía algún cordón umbilical, pero no era así. Había dicho adiós a Andalán, a Zaragoza, a Aragón. El que se fue a Sevilla...

Y tras…

Así que Andalán siguió su camino y yo el mío, y ambos nos olvidamos mutuamente. Ni me enteré, ni me enteraron, de que cumplió 25 años.

Trabajé con Mario Gaviria, con quien llegué a montar una empresa consultora  con la que nos fue demasiado bien durante un tiempo a los socios, pero que me acabó costando dinero sólo a mí. Colaboré con unos cuantos equipos de urbanismo. Y finalmente lo mandé todo a la mierda de verdad, no como figura retórica parlamentaria, y me quedé en Extremadura, la región más atrasada de España, en donde había estado con Gaviria en 1977 y en 1979 haciendo investigación-acción, y en donde todo aún parecía virgen, puro, honrado. Había vuelto en varias ocasiones, llamado para diversos trabajos de planeamiento, y había ido de nuevo, en 1986, a hacer una gran investigación sobre Cultura del Agua. Rompiendo conscientemente con los Nortes, fue empezar no de cero, pero casi. Allí monté otra empresa consultora, sin dependencias de nadie, en la que llegamos a trabajar media docena de personas y con la que hicimos trabajos muy creativos.

Y como trabajaba como sociólogo, pues en vez de terminar las asignaturas que me quedaban de Periodismo me hice los cinco cursos de CC Políticas y Sociología. Y fue terminar y tentarme con una plaza a tiempo parcial en la Universidad de Extremadura. Yo detestaba la Universidad, pero entre mi esposa entonces, Gina Cortés, que había entrado como profesora de Economía un poco antes, y algunas de sus compañeras, me convencieron de que probase, total era a tiempo parcial. Yo mismo había convencido años atrás a Gaviria, por sugerencia de Enrique Gastón e insistencia de su madre, de que entrase en la Universidad. Y eso le aseguró un día una jubilación decente. Así que ¿por qué no?

Y ahí sigo. Entré en 1995, en 1999 leí mi tesis doctoral (que fue premio nacional de la Real Academia de Doctores), y en 2001 obtuve mi titularidad. Si alguien me ha “domado” ha sido la Universidad. Siempre digo que es un trabajo privilegiado, porque es seguro, pagado suficientemente (por más que se quejen nuestros sindicatos) y tienes una libertad enorme, sobre todo si no persigues carreras políticas (dentro o fuera de la Universidad). Pero para quedarte dentro tienes que atravesar una serie de puertas que te van arrehojando, castrando. Aunque es cierto que si llegas a la Universidad algo maduro, ya vivido, te lo tomas con resiliencia. Te castran igual, pero lo llevas con elegancia.

Así que vaya, a veces digo que he vivido varias vidas. Fuí periodista, escribí unos cuantos reportajes, artículos y sueltos en Andalán y en otros medios regionales y nacionales como El Noticiero, Esfuerzo Común, Triunfo, Diario16 o Primera Plana, etc.  Escribí además trabajos más teóricos en revistas como El Viejo Topo, Transición, Bicleta, Ajoblanco, etc. Y luego dejé de ser periodista, me legitimé como sociólogo pero seguí escribiendo artículos de opinión para quien me los publicaba o me los pedía, como El País, El Periódico de Catalunya, Hoy o El Periódico de Extremadura, así como he sido entrevistado, o participado en tertulias de radio y televisión. De forma que el gusanillo periodístico, que en el fondo siempre está ahí, se va matando. Y finalmente profesor universitario.

¿Qué más decir de mí? Bueno, tempranamente me lancé a ciegas y de lleno a la Sociedad Telemática, con páginas web y blogs, así que casi todo lo mío anda colgado en la red. Pero sintetizando, he participado en muchas, dirigido bastantes de ellas, investigaciones sobre agricultura, ecología, urbanismo, género, consumo, turismo, ocio, consumo de alcohol y drogas, sociedad telemática, trabajo, el rural ése y unos cuantos temas más, lo que me permitió en su día investigar en muchas regiones: Andalucía, Aragón, Canarias, Castilla y León, Cataluña, Comunidad Valenciana, Extremadura, La Rioja, Madrid o Navarra. En mi CV digo con razón que he publicado como autor principal o coautor en más de medio centenar de libros, de casi demasiados temas como para ser confiable (“el mucho abarca, poco alcanza”, me repetía mi abuela). Como El Bajo Aragón expoliado (1976), Extremadura saqueada (1978), Vivir del Ebro (1978), La enseñanza de la arquitectura (1980), Ecodesarrollo. El modelo extremeño (1980), El campo riojano (1984), Ordenación territorial rural (1984), El espacio ignorado. Agricultura periurbana de Madrid (1987), Agricultura Periurbana/ Agriculture Periurbaine (1988), Extremadura. La Guía (1992), Mujeres en Extremadura (1993) El paro agrario (1994)  El hombre perplejo (1995), Ocio y deporte en España (1996), Sociología de la Empresa (1996), Atlas visual de Extremadura y Alentejo (1997), La economía Ibérica (1999), Estados y regiones ibéricos en la Unión Europea (2000), Sociología y Medio Ambiente (1999), Hacia la urbe global (2001), Agroecología y Desarrollo (2001), El campo andaluz y extremeño: la protección social agraria (2003), Botellón: un conflicto postmoderno (2003), Young Technologies in old hands (2005), Debate Educativo (2005 y 2006), Enseñando Sociología a profanos (2007), Perspectivas teóricas en desarrollo rural (2007), Diáspora y retorno (2009), Transiciones Ambientales (2012), La ciudad. Antecedentes y nuevas perspectivas (2012), Esquemas de Sociología (2013), Treinta años de Economía y sociedad Extremeña (2014), Resaca nacional (2015), Casas de campesinos y pescadores (2015), Energy and Society (2015), o Dominación y neoextractivismo (2018) entre lo más reciente.

Y ahora hago esas cosas que hay que hacer en la universidad: preparar materiales docentes; organizar congresos, jornadas y seminarios; publicar artículos en revistas que casi nadie lee, incluidos algunos en inglés que suman más puntos pero aún lee menos gente; participar en comisiones de calidad que no mejoran nada; evaluar proyectos o artículos ajenos consiguiendo no entrar en el juego de putearse mutuamente, etc. A veces me invitan de universidades españolas o latinoamericanas a dar cursos o conferencias, y entonces sí que disfruto de verdad.

Podía haberme jubilado el año pasado, y si fuese albañil o camionero lo habría hecho. Hay compañeros de la generación anterior, auténticos jetas organizados, que se montaron unas normas más que ad hoc, casi ad hominem, con las que se pudieron jubilar a miles en toda España con 61 años, como los profesores de Primaria y Secundaria (que ya canta, también). Contaron el relato (estamos en el siglo de los Pequeños Relatos) de que así hacían sitio a los jóvenes, pero los políticos (que eran básicamente ellos mismos) cerraron luego el camino de entrada a los jóvenes con las famosas tasas de reposición. Vergüenza les tendría que dar: hay quién, si aguanta hasta el máximo de esperanza de vida hoy posible en España, va a estar mucho más tiempo cobrando pensiones y haciendo gasto que el que estuvo cotizando. Yo procuraré engordar todo el tiempo que pueda la hucha de las pensiones del Estado, hasta que me echen.

Y si llego, quizás luego escriba mis memorias (porque mi mujer, Manuela, se empeña en que lo haga). Entonces reciclaría con un copypega estos recuerdos de otros tiempos y otros lugares que, gracias a la invitación de la gente de Andalán, de Eloy (lo pondré así esta vez) he hilvanado para la ocasión. Agradecido, pues así he podido recordar a tantos otros periodistas con los que compartí momentos yendo y viniendo a Bellaterra, en Andalán, en Esfuerzo Común, en uniones, reuniones y movidas varias: además de los ya nombrados, José Carlos Arnal, José Ramón Marcuello, Fernando Baeta, Plácido Díez, Enrique CarbóAdelina Mullor (con quien las circunstancias han permitido que mantengamos la relación), y algunos otros que quisiera, pero la memoria se resiste a rescatar.

 

Badajoz, a 704 kms de Mallén y de Zaragoza, 15/3/2022


Addenda (10/10/2024):

Me ha aparecido entre viejos papelotes el rastro de mi primer contacto con Andalán, en la primavera de 1974, mucho antes de que me contactasen para escribir mi primer artículo.  Llevaba siete meses en Barcelona, estudiando Periodismo en la Autónoma a la vez que trabajaba en las oficinas de la gasolinera Meridiana, donde además residía en una especie de hostal para camioneros. Estaba suscrito a Andalán, no sé desde cuándo, y parece, a tenor de la nota que como tarjeta postal me envían, que les debí proponer tratar algún tema, que obviamente no les pareció oportuno. Acababa de cumplir 18, y seguro que, aunque no atendieran mi sugerencia, debió de emocionarme que me respondiesen.




Año y medio más tarde, hacia diciembre de 1975, Luis Granell me localizaba para pedirme un artículo sobre la autopista del Ebro. Y bueno, lo que vino luego se cuenta arriba.

 

Addenda (25/02/2025):

Ando revisando papeles antiguos de otra naturaleza, cartas de amor, poemas y esas cosas, y se cruza un texto escrito a máquina, en tinta rojiza (no sé si es tinta de la cinta, o de algún calco), sin fecha. No sé si es algo que envié, o quedó inédito, porque ignoro el resultado de lo que motiva el texto. He calculado por lo que se dice (que llevaba cinco años relacionado con la revista) que es del año 1981, y parece una aceptación de pertenencia al Consejo de Andalán pero con retranca, con mucha retranca, tanta que casi más parece un rechazo cargado de resentimiento. Sí, atendiendo al texto (cuatro folios cargados de bilis) es obvio que no creía que la revista (en tanto que institución, por supuesto expresada en sus dueños/jefes) hubiese sido justa y honesta conmigo, y lo hacía saber. Pero como no tengo noción en la memoria de que haya pertenecido nunca a aquel sanedrín, quizás fuese simplemente un texto preparado cuando alguien me informó de que alguien de nuevo iba a proponerme, pero finalmente (de nuevo) no salió la cosa y no tuve que enviarlo. O quizás salió pero finalmente no lo envié. Quién sabe. Quizás EFC, o Peiró, el hereu, lo tengan anotado en alguna de sus innumerables fichas históricas. 
Fíjate lo que me importa ahora haber pertenecido, o no, al Consejo de Fundadores y Accionistas de Andalán, o como se llamase. Pero a los 19 años que escribí mi primer artículo, o a los 25 o por ahí que tenía al redactar aquel texto, debía de importarme bastante. 



4.22.2022

El patrimonio humano (2022)


Conferencia en el curso PAISAJES CULTURALES: El patrimonio Cultural como Herramienta de desarrollo, organizado por World Monuments Fund, proyecto ILUCIDARE (Horizon 2020).

Centro Botín ,  Madrid, 25-28 de Abril de 2022


Presentación

Buenas tardes. En primer lugar, quiero agradecer la invitación a participar en este seminario. 

Aunque ha sido algo precipitado, y aún estoy algo confuso sobre el objeto de mi intervención, intentaré aportar algunas reflexiones, o al menos contribuir a ellas, sobre los actores, dinámicas, roles y conflictos que configuran, transforman o conservan esos paisajes, culturales y en general patrimoniales, o patrimonializables. 

Así que vamos a hablar un poco de paisaje y un poco de paisanaje.


Paisaje y paisanaje

Estos días hemos asistido a un suceso muy propio de la Globalización y la Sociedad Telemática, por el que un hecho local, de impacto circunscrito a una problemática local y temporalmente acotada,  tiene alcance global. Una anécdota que se ha convertido en una batalla cultural de dimensión planetaria, al menos en el ámbito hispánico. 

Se trata de la boda entre dos miembros de las élites peruana y española, una representante de la burguesía local de segundo nivel y un representante de la aristocracia española de tercer o cuarto nivel. 

Ella es bisnieta de un emigrante, de un vasco que, fuese por hambre o huyendo del castigo isabelino por sus fechorías en las guerras carlistas, en 1872 llegó a Perú y terminó convertido en latifundista. Su hijo dedicó esfuerzos y algo de dinero a recuperar tradiciones y patrimonio cultural no sólo precolombino, sino sobre todo preincaico.


Y a la bisnieta le pareció de lo más natural impresionar a los aristócratas españoles utilizando un recurso cultural que su familia había contribuido a recuperar. Los novios hicieron su paseíllo entre actores que representaban una performance basada en aquellas tradiciones. Con ello se movía la economía local (el grupo folclórico que se ocupó de la animación, algún escenógrafo de la capital, técnicos de luz y sonido, etc.) y de haber salido bien quizás hubiese convertido a la ciudad en destino nacional para bodas. 

Pero salió mal. Una periodista, corresponsal de El País en Perú, tan indígena y postcolonial que se llama Jacqueline Fowks, licenciada en Periodismo en Lima y con cursos en la UNAM de México DF y en la holandesa Universidad de Groningen, en suma bastante cosmopolita, se encuentra con el asunto y convierte una representación de las batallitas preincaicas de los Moche en lo que denominó en su crónica un “espectáculo de esclavos”, que además alegre y tópicamente vinculó (¡cómo no!) al periodo colonial. Lo replica en Twitter, y ya el asunto se dispara, se convierte en “espectáculo racista con esclavos”, y el propio gobierno peruano interviene al estilo de López Obrador, convirtiéndolo en asunto de Estado. En suma, una simple boda con decorado se convierte en una de esas batallas culturales que con tanta facilidad hoy acontecen. Por un teatrillo que representaba escenas de una sociedad desaparecida casi mil años antes de que llegasen los españoles, incluso casi 700 años antes de la emergencia de la civilización inca.

Cuestiones a tener en cuenta siempre que abordamos recursos culturales, lo mismo tradiciones que prácticas o paisajes, porque todos los paisajes son culturales, tienen una Historia detrás que puede ser sujeta a debate ideológico-cultural, dependiendo de los contextos. 


Seguramente si una pareja equivalente hubiese organizado una boda con una ambientación romana en las Médulas de León, con esclavos mineros y esclavas palaciegas, nadie se habría sentido molesto culturalmente, porque aquí nadie les guarda resentimiento de los romanos, creo. Aunque si en el Trujillo español, cuyos berrocales, acotados de alambre de espino, conforman un hermoso paisaje que en estas mismas jornadas se ha presentado, para una boda similar se instalase en la plaza a una representación de la familia de Azarías, la de Los Santos Inocentes, con su Milana Bonita acompañando a los novios, quizás también se armaría la marimorena.

Y si hay desacuerdos culturales por la reinterpretación más o menos ahistoricista que pueda hacerse en el marco del aprovechamiento de recursos patrimoniales, es decir por valores, por elementos inmateriales, ¿cuántos más no habrá si la protección de esos paisajes que han sido valorados como dignos de ser patrimonializados, implica que los habitantes del lugar no pueden desarrollar actividades económicas que les aseguren la pervivencia?. Actividades, por lo demás, que no sabemos si unos siglos más adelante no constituirán a su vez, si llegan a ejecutarse, un valor patrimonial. 

Porque ¿se imaginan a unos ecologistas en el siglo I antes de Cristo (que quién sabe a su modo también los había entre los pobladores autóctonos) evaluando el destrozo paisajístico que Plinio el Viejo estaba haciendo en Las Médulas? Ese paisaje que hoy nos resulta tan exquisito tanto por su forma como por sus antecedentes funcionales, fue una auténtica barbaridad, un atentado ecológico de primer orden. Y ahí está. La mina de litio que actualmente se discute por su ubicación cerca de Cáceres, Patrimonio de la Humanidad, ¿podría llegar a complementar el stock patrimonial de la ciudad en uno o dos siglos, una vez que Natura haga de las suyas tras terminar la explotación? Es sin duda un asunto complicado.

Quiero empezar por tanto con esta reflexión sobre el paisanaje que no sólo fue actor en los procesos históricos que dieron lugar a la formación de determinados paisajes, o recursos patrimoniales en general, sino que lo sigue siendo en la actualidad en esos espacios. Un actor que puede ser crítico con determinados usos, o verse impactado en su vida cotidiana, sus actividades productivas o simplemente en sus valores. Pues vivimos en sociedades cada vez más fragmentadas e individualizadas en lo que se refiere a sistemas de valores, por lo cual los choques como el que refleja la anécdota a la que he hecho referencia van a ser cada vez más habituales. 

Salir de la rutina: algo más que playa y/o monumentos urbanos

Decía que había sido una invitación algo precipitada que acepté no menos precipitadamente, porque según he visto en el programa todos los participantes se dedican a la gestión y/o promoción de recursos patrimoniales, bien específicamente esos paisajes culturales, bien paisajísticos en general. Es decir, son expertos. Y yo no estoy en eso. Yo soy desde hace muchos años un oscuro profesor de Sociología en una universidad de provincias, en la periferia del Imperio. 

Así que vengo con unas notas precipitadas a un foro de auténticos expertos, no ya con el síndrome del impostor, sino como un auténtico impostor. Seguramente Pablo, como arquitecto moderno, se dijo de pronto, mecachis, nos falta el sociólogo, a ver alguno de esos de la escuela de Mario Gaviria, que al menos no son excesivamente aburridos. Pero lo que yo decía ayer por el camino, mi esposa y sin embargo colega y amiga que está por ahí puede dar fe, era “Voy a dar la vuelta, nos volvemos y me invento cualquier daño corporal”. Pero no me lo permitió. 

Porque a lo sumo puedo aportar percepciones, análisis, encuentros con el patrimonio en una praxis de lustros, pero de la que ya hace unas cuantas décadas. Aunque gracias a ocasiones como ésta y a algunos debates públicos, mantengo el pensamiento puesto a ratos en estos temas. Así que ya puestos, ojalá que estas notas sirvan como percepción precisamente de cómo cuestiones que hace treinta o cuarenta años nos parecían obvias, evidentes a algunos, pero no a la mayoría, hoy se asumen y pasan a formar parte de políticas públicas de primer orden.

Ahora nos parece lo más natural del mundo proteger con todo tipo de herramientas administrativas esos espacios que denominamos paisajes culturales. Nuestros técnicos, nuestros políticos e incluso muchos de nuestros empresarios se socializan, ya desde pequeñitos, en esos valores, que se transmiten desde el sistema educativo, desde los medios de comunicación de masas, incluidas ahora las redes sociales. 

Se destinan ingentes recursos a la conservación, gestión, promoción y explotación turística o artesanal de los recursos patrimoniales. La opulenta Europa no sólo está dispuesta a invertir, pues en el fondo se trata de inversión, en esos menesteres, sino que además financia también iniciativas, de forma altruista, en países lejanos. 

Como muestra de la concienciación existente contaré una anécdota. Hace un par de años advertí, ante la evidencia del derribo de la planta embotelladora de Coca-Cola en Badajoz, que la ciudad no tiene elementos de arqueología industrial, apenas una antigua “fábrica de luz”, lo que fue una central eléctrica en un azud, que además está en ruinas desde hace medio siglo. La planta de Coca-Cola fue, a mediados del siglo XX, uno de los primeros y escasos signos de modernidad no sólo en los hábitos de consumo (aunque fuese para mal) sino también como expresión arquitectónica de esa modernidad, y de la industrialización que nunca ha terminado de llegar a la ciudad. Decenas de miles de niños pacenses tuvieron su primer chute de excitante bebida basura en las visitas colegiales que se hacían a la única industria visitable de la ciudad. Pues bien, bastaron algunos comentarios sin mayor interés en redes sociales para que la promotora que la había comprado para hacer viviendas de lujo, e incluso particulares, corriesen a informar de que salvarían siquiera algunos arquitectónicos icónicos.

Sin embargo, hace apenas cuatro décadas, hacia 1980, la Diputación de Zaragoza directamente nos rescindió unilateralmente el contrato de realización de unas Normas Subsidiarias Comarcales al equipo redactor, porque pretendíamos impedir que alguien se hiciese un chalet en la misma puerta del Monasterio de Veruela, junto a la cruz negra en la que Gustavo Adolfo Bécquer se sentó tantos días a esperar la diligencia que le traía la prensa de Madrid, a conversar con los campesinos y escuchar narraciones de leyendas, mientras su hermano Valeriano dibujaba escenas y paisajes. Nos echaron, por las buenas. 

Veruela sería sin duda, con un monasterio cisterciense del siglo XII, el primero en el Reino de Aragón, ubicado en el coqueto Valle del Huecha, una vega de huertas bimilenarias, en pleno Parque Natural del Moncayo, un candidato pienso que con todos los puntos para ser uno de esos paisajes culturales patrimonio de la Humanidad. Pero un cacique local, un militar de alta graduación que aseguraba a los quintos locales buenos destinos en la mili, el entonces servicio militar obligatorio, consiguió levantar al pueblo contra el equipo de planeamiento. Hoy, a tenor de lo que veo que hemos avanzado en protección del patrimonio, sería distinto. Seguramente habríamos ganado la batalla los técnicos, entre otras cosas porque ya no hay mili.

Yo dediqué algún esfuerzo a analizar y reflexionar sobre estos temas porque, aunque procedo del Periodismo, tras un encuentro circunstancial con Mario Gaviria, uno de los sociólogos españoles más reconocidos especialmente en el campo del urbanismo y del turismo, mi vida dió un giro y terminé en el planeamiento territorial y urbanístico y finalmente la Sociología. Con él trabajé de forma discontinua (entonces sí que éramos precarios, diré como buen boomer) durante una década, entre 1976 y 1986. 

Gaviria “trajo” a España, además de las primeras ideas ecologistas y la obra de Henri Lefebvre, una particular visión urbanística y territorial que ha tenido un gran impacto en muchos urbanistas, sobre todo entre arquitectos. Fue capaz de elevar a categoría de patrimonio a Benidorm, que era considerado en los años 70 como el colmo de lo hortera. Hoy está reconocido tanto por la Urbanística como por los estudiosos científicos del turismo, y se nomina a Patrimonio de la Humanidad.



Precisamente el último proyecto importante que hicimos juntos, entre 1984 y 1985, fue una investigación para la Secretaría de Estado de Turismo, en el marco de la campaña Todo bajo el Sol con la que España se presentó al mundo como un destino turístico maduro, moderno, serio y fiable. 

Había dos proyectos: por una parte un equipo de arquitectos y especialistas en Arte realizaban unos libros preciosos sobre espacios de interés paisajístico-cultural, del tipo de las Médulas, para promover el turismo de interior, de naturaleza y cultura. Mientras que el encargo a nuestro equipo era elaborar un diagnóstico, sobre el terreno, de los desafíos y límites de las principales de playa española, pero incluía un novedoso desafío que Gaviria propuso y a Ignacio Vasallo, el Secretario de Estado de Turismo, le pareció fantástico: escribir guías cultas de playa.

¿Se puede hacer eso? Se puede. Se trataba de recopilar por supuesto que las playas y calas, los chiringuitos, discotecas o los escasos hitos patrimoniales, pero tratando a la vez de empujar a los turistas más allá, hacia el entorno, hacia paisajes de interior que tuviesen algún valor, natural, histórico, cultural en el sentido antropológico, hacia antiguas huertas en Levante, hacia los viñedos y ruinas conventuales en Cataluña, hacia desiertos en Canarias, hacia las actividades de los agricultores, los ganaderos, los artesanos alejados de la línea de costa. Incluso buscamos para hacer los mapas no a una empresa de cartografía al uso, sino a artistas gráficos que plasmasen, a la manera de los planos dieciochescos, los valores del paisaje.


A mí me tocó hacer los informes y guías de Salou en Tarragona, Puerto de la Cruz en Tenerife y Maspalomas en Gran Canaria, y fue un año y medio muy placentero, la verdad, aunque muy complicado en lo personal.

Lamentablemente las guías quedaron en un cajón, porque con la campaña de marketing de Todo Bajo el Sol, la del sol de Miró que ha pervivido como icono, se fundieron todo el presupuesto en invitaciones a periodistas extranjeros, comilonas y cartelería. Y al final todo el rico material fotográfico y cartográfico recopilado, así como los textos, fueron regalados a una editorial privada que hizo una auténtica chapuza, recogiendo fragmentos en un infame corta y pega, inventando incluso autores que no habían escrito ni una línea y borrando a los verdaderos autores, para publicar unas guías vulgares para turistas vulgares. 



Pero aquella experiencia me fue muy útil. Entre 1990 y 1991 creamos para la Junta de Extremadura, desde la consultora que entonces dirigía, un inventario total de recursos patrimoniales de todo tipo de todos los municipios de la región. 

Tras ello nos encargaron escribir una guía turística (publicada en la editorial Folio de Barcelona con una tirada de 25.000 ejemplares) que era la primera sobre una una región que no se limitaba a ubicar y describir los principales recursos artísticos localizados en los puntos tradicionales de atracción turística, sino que recorría la totalidad de los municipios, incluyendo todo aquello con algún atractivo que pudiera ser patrimonializable: paisajes, espacios históricos, cultivos, prácticas culturales, tradiciones locales, festividades, gastronomía, etc. En base a aquel inventario sistemático pudimos construir indicadores de potencial turístico, para que las administraciones tuviesen una guía de en qué espacios, más allá de los tradicionales destinos de turismo monumental, sería más productivo hacer esfuerzos inversores.

Era costoso hacer ver entonces, a los responsables de Turismo, que había algo más que monumentos. Y que esos recursos olvidados podían ser objeto de consumo turístico, contribuyendo al desarrollo de territorios alejados de los centros turísticos tradicionales, que en el caso de Extremadura se limitaban entonces a Mérida, Cáceres, Trujillo y Guadalupe. Fruto de aquellas novedosas aportaciones fueron luego otros encargos de estudio sobre el impacto socioeconómico del Patrimonio, o de casos concretos. 

Ha pasado mucho tiempo de todo aquello, y obviamente, programas como el que apadrina este seminario, y cientos de proyectos de promoción de los recursos patrimoniales de todo tipo que desde los antiguos programas Leader los han convertido en algo no sólo aceptado, sino ahora perseguido por los responsables políticos a todos los niveles, de lo local a lo supranacional. También ha ayudado que tenemos unas masas de consumidores ansiosas, que ya no se conforman con el turismo de playa, quieren turismo experiencial y eso incluye la degustación no ya de los monumentos (que tradicionalmente ya atraían al turismo de interior a las élites cultas), sino también de paisajes, formas de vida, costumbres. Este turismo experiencial ha sido clave en los últimos años y lo seguirá siendo al menos a corto y medio plazo.

Productos humanos, también el paisaje

Ahora bien, ¿cuál es el problema? Es un problema que tiene una doble vertiente: demográfica, y cultural en el sentido sociológico o antropológico del término, no humanístico. El problema es que todos esos elementos no son únicamente producto de la población que ha vivido antes en esos territorios, sino también de la población que ha conservado y conserva los espacios, los paisajes, a menudo sin ser conscientes de ello, la población que transmite los saberes, los memes culturales. Y esa población está desapareciendo. 




Los espacios rurales se han despoblado, algunos están en trance de despoblación, otros muchos ya han muerto demográficamente. La España vacía lo estaba, y lo teníamos dicho, muchas décadas antes de que los periodistas de ciudad saliesen al campo, de excursión de fin de semana. Y el Patrimonio como recurso puede que llegue tarde a rescatar muchos de esos espacios, al menos en el sentido en que se plantea generalmente, como “recuperación de lo rural”.

Porque además esa población restante, o superviviente, no es ya la población que construyó funcionalmente esos recursos. Es otra, con otras necesidades, otros saberes, otros objetivos. No es una población rural, sino urbana, urbanizada, habitantes no en un mundo aparte, sino en lo que yo llamo la Ruralía, el jardín de la urbe global. Y eso plantea otro tipo de problemas.

En realidad todos los paisajes son culturales, producto de la interacción entre la población que los habitó, las fuerzas tectónicas y el èlan, el impulso vital de la naturaleza orgánica, es lo que yo llamo la naturaleza social de la Naturaleza. Hoy ya es asumido así, como lo evidencian desde 1992 las conocidas “Directrices para la Aplicación de la Convención del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural”. Pero ha costado que se entienda así. Y todavía cuesta, ahora a menudo en un sentido inverso.



En planeamiento urbanístico y territorial tuve no sé si la suerte o la desgracia de que me tocase hacerlo en bastantes espacios sensibles, con importantes recursos patrimoniales paisajísticos, como algunos valles del Pirineo aragonés, el Parque Natural del Moncayo, la Sierra Urbasa o el Parque Nacional de Monfragüe. Aquello me permitió detectar una problemática que iba en una doble dirección: cuando nos planteábamos proteger determinados espacios por sus valores naturales o culturales, nos enfrentábamos a menudo a actores locales o externos digamos de naturaleza productivista, esto es que competían por esos suelos para otro tipo de usos, residenciales, ganaderos, industriales, y que entendían cualquier protección como una losa sobre el territorio, un freno al desarrollo. Pero a veces también encontrábamos otro tipo de actores, mucho más presentes y poderosos en la actualidad, que competían por el patrimonio paisajístico para usos que exigen la conservación absoluta y total en su actual estado, como si fuese un monumento arquitectónico. Volveremos luego a esa tensión permanente, porque es un tema complejo, que no siempre se entiende y se resuelve bien.

Definimos el espacio susceptible de ser protegido como aquel fragmento del territorio que contiene elementos (bien sea un ecosistema completo, una especie endémica en vías de extinción, una masa forestal autóctona importante, memoria de una batalla u otra una historia o una tradición detrás) dignos de ser preservados para las generacio­nes futuras. Pero eso implica una noción estática de la vida en general, y en particular de los ecosistemas. La superficie del planeta es fruto de incontables cambios climáticos, geológicos y ambientales a lo largo de millones de años, y se siguen operando. Y es un riesgo enorme intentar preservar como en formol el estado que algunos ecosiste­mas presentan en un momento dado de la evolución, es en cierto modo una decisión antiecológica, pues la vida implica cambio y muta­ción perma­nente. 

Y esto se complica cuando tomas conciencia de que no son siquiera el resultado de la evolución natural, aunque a veces lo parezca morfológicamente, sino de la interacción con los seres humanos en su inacabable proceso adaptativo a una Naturaleza que ahora la tomamos como amiga, madre, diosa, pero que durante la mayor parte de la Historia humana ha sido un lugar terrible al que temer y en lo posible dominar para sobrevivir. Ha sido adaptándolos a las necesidades humanas, domesticándolos, produciendo en suma, como los humanos que producido paisajes a los que hoy calificamos como Naturaleza. ­

En realidad, esa capacidad de producción es la esencia de todo paisaje cultural susceptible de protección. Se trata de espacios cuya conformación y estructura ecológica actual responde a las interacciones desarro­lladas con las comunidades humanas que los han habitado y explotado, salvo en el caso de algunos raros ecosistemas.

Los bosques pirenaicos que al visitante les parecen prodigio de la Madre Natura son producto también de los montañeses que los habitaron, e hicieron una progresi­va y continuada selección de especies y una ordenación territorial no planeada, ­en función de sus necesidades ganaderas y forestales. Lo mismo podemos decir de la Dehesa extremeña, y de tantos otros espacios mal llamados “naturales”. 

Es precisamente cuando dejan de responder a la función que los ha co-generado y conservado cuando se transforman en espacios frágiles. Pasan a cumplir una función para la que no fueron diseñados, que además se convierte en monocultivo productivo, como pueda ser el ocio y el turismo, y lo más probable es que terminen siendo pasto de las llamas. El nuevo bosque que surja (suponien­do que surja, es decir, que la erosión no acabe con la capa vegetal), cincuenta o cien años más tarde será distinto, y dependerá su conforma­ción del uso y función a que se destine por sus moradores o vecinos.


Y lo dicho de esas frondas, esos árboles singulares entre canchales y berrocales, puede aplicarse a los miles de kilómetros de sotos y vegeta­ción de ribera destruídos en los últimos años en todos los ríos españoles, sencillamente porque hace medio siglo perdieron por completo la función de suministro de madera, caza menor o protección contra las inundaciones que prestaban a los pueblos vecinos, de forma que tenían incluso antiguas ordenanzas municipa­les de protec­ción de esos espacios altamente productivos y funcionales. Como ocurre con tantos miles de Hectáreas de huertas milenarias que dejaron hace décadas de ser funcionales, porque a los pocos agricultores que quedan en muchos de los pueblos que hace milenios las construyeron, les empezó a resultar más descansado comprar en el supermercado que mantener la huerta. Y abandonado el riego y el cuidado de una huerta, lentamente se convierte en erial. 

Por eso he defendido siempre que la consideración de espacios protegi­bles no debe limitarse a los llamados “espacios naturales de interés”, que como he dicho casi ninguno es natural, sino que debe extenderse a todos los espacios que, producidos por la acción humana o por la interac­ción entre el hombre y la Naturale­za, se ofrecen hoy como ecosistemas complejos y a la vez frágiles, dignos de ser conserva­dos no tanto -o no sólo- por sus valores ecológi­cos, sino también y sobre todo por su importante función productiva. 

La protección no debería ser pues sinónimo de abandono productivo o bloqueo de actividades productivas, que conduce a su degradación ecológica y a la entropía destructiva. 

Y esta es la segunda parte. Pues decía que antes teníamos que enfrentarnos a menudo a actores que competían por los suelos dignos de ser protegidos para actividades productivas, y aún ocurre sin duda así en muchos casos. Pero ahora en otros muchos casos la conservación eficiente se enfrenta a otros actores que no querrían mover una piedra, ni permitir ninguna otra actividad que la propia observación por los especialistas, que parecen querer una Naturaleza fosilizada en lugar de viva, y a su servicio.

Así, sea desde la perspectiva del patrimonio natural o del patrimonio cultural, que ya hemos visto que yo meto en el mismo paquete, como producto humano, para los espacios protegidos, y en general para todos los territorios con valores de cualquier tipo, tenemos que tener en cuenta actividades eco-compatibles, pero siempre en dos direcciones: compatibles con el ambiente, con el paisaje, y al par compatibles con la población que aún las habita y las pretende seguir habitando. Y ello implica ciertas intensidades de uso, que hay que afinar milimétricamente, discriminando entre lo que se puede y no se puede hacer, porque si no se puede hacer nada, todo muere finalmente.




Si entendemos de esta forma compleja la dinámica ecológica y cultural del territorio, puede y debe irse mucho más lejos. De hecho la con­fluencia de actividades productivas puede generar nuevos espacios de interés ambiental, la transformación de ecosistemas pobres en ecosistemas ricos. 

En la Comunidad de Madrid tuvimos ocasión de proponer en los años 80 todo un programa de recuperación de los terrenos del Sur del Área Metropoli­ta­na, de ínfima calidad agronómica, totalmente deforestados, convertidas las orillas de los ríos en profundas y peligrosas graveras, mediante la acción sinérgica de distintas actuaciones: recuperación de los residuos sólidos orgánicos para la creación de capa vegetal, utilización de las aguas residuales para superar los déficits hídricos, repoblaciones forestales de función diversa, creación de polígonos de huertos familiares de ocio, etc. Hoy muchas de las graveras del entorno de Madrid, que constituían una agresión ambiental de primer orden, se han convertido en humedales de gran valor ecológico y paradójicamente son objeto de la máxima protección urbanístico-ambiental. Es un ciclo como el de Las Médulas pero que sólo ha necesitado medio medio siglo en lugar de veinte siglos. Y se extienden desde hace años los polígonos de huertos de ocio, también de iniciativa privada, que permitieron recuperar saberes y prácticas de tantos inmigrantes de zonas rurales. Hay ahora seguramente acumulados más recursos culturales agronómicos en los barrios de Madrid que en la mayoría de los pueblos semi despoblados y envejecidos. Porque ese patrimonio humano que el vaciado de la España interior arrancó de los pueblos se asentó y se conservó en los barrios de las ciudades. Muchas semillas de variedades de hortalizas singulares se han conservado porque los emigrantes las llevaron consigo y las reprodujeron en huertos clandestinos en los márgenes de colectores y autopistas de las áreas metropolitanas de Madrid, Barcelona o Bilbao.

Sobre el primer problema: la despoblación

Pero centrémonos en eso que se empeñan en llaman el mundo rural, aunque en realidad la mayor parte de los paisajes culturales reconocidos como tales son ya urbanos. 

Pues  en este ámbito, decía, tenemos un doble problema. Porque por un lado nos enfrentamos a la despoblación que puede conducir a la pérdida del patrimonio humano en el sentido de patrimonio cultural (hábitos, productos, tradiciones), así como la degradación de los paisajes. Pero además nos enfrentamos a la realidad de que la población realmente existente, la que resiste o llega nueva (pues el escaso crecimiento demográfico, cuando se da, se debe a la inmigración), no se ajusta al modelo de lo que a menudo entendemos que debería ser eso que llamamos población rural, que como insistiré luego, es algo que en realidad no existe como tal. 

En 2008, aproximadamente, se produjo el sorpasso de la población urbana sobre la rural, a nivel mundial. Sólo en algunos países del sudeste asiático, y en buena parte de África la población urbana está todavía por debajo del 50%. En concreto, en los países de los que estamos discutiendo en estas jornadas, en Perú el 78% de la población es ya urbana, y tanto en México como en España supera el 80%, con datos de 2020 del Banco Mundial.  

De hecho en España la situación es considerada por muchos analistas como dramática. Los municipios rurales son un 82% del total, sus términos municipales ocupan un 80% de la superficie, pero sólo acogen al 15,9% de la población. Pero es que si consideramos a los municipios más rurales en términos demográficos, los de menos de 5.000 habitantes, tan sólo acogen al 9,4% de la población. La población censada en municipios considerados rurales ha descendido un 7,1% en los últimos 10 años, mientras que la urbana ha subido un 2,1%. Una población más envejecida que la urbana, y más masculinizada, lo que lógicamente dificulta aún más las posibilidades de reproducción. Las mujeres siguen huyendo masivamente.



Pero, luego profundizaremos en lo sustancial, ¿qué demonios es un municipio rural o urbano? Arrastramos un problema serio de definición. Tenemos en el planeta más de 100 definiciones operativas y con consecuencias administrativas distintas, casi tantas como países. Ni dentro de la Unión Europea hay coincidencia en las definiciones: en España o Francia se consideran claramente rurales por debajo de 2.000 habitantes, mientras que en Eslovaquia son 5.000, y en Portugal (con un complejo sistema de freguesías o parroquias) 10.000. 

Algunos hemos optado hace mucho tiempo por romper con la dicotomía rural/urbano y hablar, recuperando a los viejos sociólogos de Chicago, de gradación, y poco a poco se ha ido imponiendo. La ONU finalmente ha optado por incorporar ese modelo, y ello permite que si se quiere seguir jugando con lo rural, haya al menos algún criterio discriminante claro. Pero no olvidando que culturalmente la urbanización del mundo está casi completada.

Sobre el segundo problema: la urbanización cultural

Y esto nos lleva a la segunda parte del problema relacionado con la población, con ese patrimonio humano. Está en trance de desaparición en las zonas rurales, pero además los que quedan ya no son aquéllos que contaron las novelas, las películas, las series de televisión, los informes antropológicos o sociológicos; aunque nos empeñemos en denominarlos así, ya no son rurales sino en términos estrictamente geográficos. 

De hecho, y aunque hay que moverse en convenciones, a mí no me gusta utilizar el concepto de mundo rural, de lo rural, porque es un término falsario cuando nos referimos a la población, a una comunidad. Yo prefiero hablar de la Ruralía como espacio social, e incluso para evitar confusiones prefiero utilizar para el envolvente de la Ruralía términos más concretos y operativos, como campo, pueblos, suelo rústico, espacios naturales si es el caso. Pero me resisto a “rural” porque lo rural no es un espacio geográfico sino un modo de vida, que ya no existe en nuestras sociedades. El rural es una forma de ser, un fondo cultural que marca y limita la forma de ser de las personas. Mientras que la Ruralía es más un espacio en el que vivir, una zona de la Urbe Global. Es, como el casco antiguo bohemio, los suburbios mesocráticos o el barrio obrero, digamos que otro barrio más, algo más distante geográficamente, pero a la misma distancia telemática del centro efectivo.

En la Urbe Global generada por la Sociedad Telemática, el tratamiento diferenciado de lo rural y lo urbano (tanto en un sentido sociológico como urbanístico) es un sinsentido. Aunque me costó entenderlo.




Al principio, en los años 70 y 80 del siglo XX, observamos un proceso de urbanización del campo que además sentíamos como una pérdida, como un impacto valorable en  términos negativos. 

Por lo pronto era evidente que el rural estaba dejando de ser lo que era. Aquellos señores enredados con letras de cambio, con complejos manuales de los tractores cada vez más sofisticados y los productos fitosanitarios con los que a la mínima se envenenaban, aquellas señoras que dejaban de hacer matanzas y conservas y las compraban en el supermercado recién llegado a la ciudad cercana, aquellos jóvenes que formaban grupos de rock duro en almacenes agrícolas, no eran rurales. Eran otra cosa, pero no lo que culturalmente había sido definido como Sociedad Rural. La mayor parte de los analistas que viven de estudiar el llamado mundo rural repetían entonces, y siguen repitiendo, que los rurales han cambiado. Pero no han cambiado. Son otros, y son simplemente urbanos.



Lo entendí mejor a finales de siglo, cuando ví emerger y pude comprender la naturaleza de la Sociedad Telemática, que me ayudó a ver que las funciones del espacio rural, o rústico, sólo pueden entenderse dentro de la ciudad, como una parte más de la ciudad, de la urbe global.  

Urbanísticamente veía que el suelo rústico, no urbanizable, se había venido haciendo urbano en su complejidad funcional y necesidad de ordenación detallada, y consecuentemente el conjunto de los territorios llamados rurales, a cuyos núcleos habitacionales llamamos pueblos, se iba insertando en el conjunto de lo urbano, mediante procesos culturales de asimilación, y acceso a las nuevas tecnologías e infraestructuras de comunicación e información.

La idea es simple: en el marco de la Sociedad Telemática, que nos permite superar las barreras espacio-temporales, las ciudades, pueblos, asentamientos poblacionales de todo tipo, pierden significación como hechos concretos al interconectarse plenamente. 







El campesino del siglo XIX apenas llegaba a relacionarse (salvo guerras) con nadie que residiese a más de unas decenas de kms de su pueblo. El rural del siglo XX ya articuló relaciones con las ciudades cercanas, a las que iba a comprar, a estudiar, a hacer gestiones. El urbanita global residente en un pueblo del siglo XXI tiene un potencial (potencial, no olvidemos, pues existen elementos como la fractura digital) de relación global.


La idea de urbe global implica la idea de que, salvo lo que llamo islas de ruralidad (vacíos, que pueden ser muy extensos, pero socialmente poco significativos), el conjunto de los asentamientos están tan interconectados que el espacio exterior de las ciudades pasa a ser espacio interior de la urbe global, un jardín terrenal común a toda la Humanidad civilizada.

Y es en este marco de jardín de la urbe global cuando tiene sentido todo lo que aquí se plantea: paisajes culturales, recuperación y repoblación… El territorio de la urbe global ni es el campo, ni mucho menos la Naturaleza; su capacidad funcional como recurso es muy superior.

Pero ahí hay gente. Poca, cada vez menos, y por eso para sobrevivir han tenido que desplegar una serie de estrategias, que a menudo pueden chocar con los intereses de protección y/o explotación de esos paisajes culturales. Aquí están los principales ejes de la supervivencia que se han ido asentando en el principio del siglo XXI.



Por tanto, si la Ruralía es un espacio en el que vivir, no un modo de vida como era lo Rural, han de caber gentes diversas (al contrario de lo que ocurría en el mundo rural, que formaba una comunidad indiferenciada), iniciativas que pueden competir en un momento dado con los agricultores, o los ganaderos, los agentes energéticos, o con los programas conservacionistas. 

Son muchas las demandas, muchas las posibilidades, pero eso implica tensiones, conflictos de intereses. Iniciativas en principio valorables como positivas por articular potencialidades de conservación del territorio generando recursos pueden convertirse en foco de conflictos al observarlas desde otras posiciones de interés, o desde valores contrapuestos.





Hemos visto producirse en los últimos años una auténtica gentrificación del campo, exactamente igual a la que se ha dado en los cascos antiguos de muchas ciudades. 

En la Garrotxa o el Ampurdán en Cataluña, en La Vera o el Jerte en Extremadura, en todo el Pirineo en general, los ejemplos son abundantes en España. Poblados (y no sólo en segunda residencia) por citadinos de origen que a menudo no toleran determinadas prácticas agroganaderas. En unos casos molestan los ruidos de tractores y maquinaria, los olores y sonidos de la ganadería, en otros casos llegan gentes que quieren ser más rurales que los rurales, y les molestan las prácticas no agroecológicas.

Pero claro, como ocurre en los cascos que ya no son “casco viejo” sino “centro histórico” cuando todo es ocupado por franquicias de multinacionales de ropa, bares chic para modernos y pisos de alquiler turístico (que aquello se termina convirtiendo en un desierto demográfico) del mismo modo si se acaba con las “molestas” actividades primarias, puede que el entorno tan estupendo que ha atraído a los nuevos pobladores deje de ser estupendo, cuando no un páramo quemado cada verano.

En suma, quiero dejar claro que no se trata de conservar como reserva espiritual del país. El patrimonio debe registrarse y conservarse, exhibirse y si es posible explotarse, pero de una forma profesionalizada, podríamos decir. Los pobladores no pueden ser ni el decorado, ni quienes sufren sólo efectos negativos de la protección. Recuerdo un paseo en Colombia por un hábitat indígena en el que la población me dió la sensación de que se sentía obligada a representar un papel que ya no querían representar, o no al menos como modo de vida impuesto que limite sus posibilidades de desarrollo personal y /o comunitario.


Quiero terminar con alguna nota más sobre el problema demográfico y su relación con la preservación tanto de espacios como de patrimonio cultural, humano. 

Como he señalado, la única posibilidad efectiva (porque los neorrurales son muy pocos, y aguantan poco) es mediante la repoblación con población inmigrante. Pero de esos nuevos pobladores, procedentes de Rumanía, del Magreb, del África subsahariana, de Latinoamérica, de Asia… ¿esperamos que asuman como identidad, como tradiciones, las que no son las suyas? 

Eso sólo será posible si, insisto, profesionalizamos la gestión, transmisión y comercialización de esos patrimonios humanos, sea territoriales que hay que conservar mediante actividades, sea culturales. 

¿Y cuándo tampoco haya inmigrantes que quieran irse allá? ¿Veremos un día humanoides como los únicos dispuestos a permanecer en determinados espacios, para cuidarlos y mostrar sus “ancestrales” prácticas a los visitantes?

En suma, todo lo relacionado con la supervivencia de paisajes y paisanajes se está tornando cada vez más complicado.


Bibliografía propia

Algunos textos míos en los que he venido reflexionando sobre algunos de los temas tratados aquí, y que abundan en los conceptos o propuestas teóricas citadas


La urbanización del mundo campesino. Usos y abusos en la modernización del medio rural (1983)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/1983/08/la-urbanizacion-del-mundo-campesino.html 

Perspectivas globales. Tendencias y desafíos planetarios entre los rurales (1992)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2016/08/perspectivas-globales-tendencias-y.html 

De lo rural a lo urbano (1995)

https://zenodo.org/records/16581250 

Turismo eco-rural y desarrollo local (1995)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/1995/09/turismo-eco-rural-y-desarrollo-local.html 

Hacia la urbe global. ¿El fín de las jerarquías territoriales? (1998)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2019/08/hacia-la-urbe-global-el-fin-de-las.html 

Modelos de desarrollo rural y sostenibilidad. Enfoques para la Europa Mediterránea (2000)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2000/08/modelos-de-desarrollo-rural-y.html 

Hacia la urbe global (2001)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2001/11/hacia-la-urbe-global-2001.html

Ruralía (2015)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2015/11/ruralia-2015.html 

Población, despoblación, repoblación (2017)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2017/10/poblacion-despoblacion-repoblacion-2017.html 

Elementos de Sociología de la Urbanización (2018)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/search?q=lo+rural+y+lo+urbano 


Como citar

Baigorri, A. (2022). Patrimonio humano. Zenodo. https://doi.org/10.5281/zenodo.17683437 



9.05.2021

Prólogo a "El modelo Europeo de Bienestar" de Miguel Centella



"(..) Fruto de esa tesis doctoral es el libro que se presenta. Un texto, por tanto, que no es un trabajo rutinario y enciclopédico introductorio al tema del Estado del Bienestar, sino un libro de tesis en el sentido más exacto del término. Por cuanto, como ocurre a menudo en las Ciencias Sociales, y casi indefectiblemente en el caso de la Ciencia Política, el autor se posiciona ideológicamente, en este caso en una posición “de izquierdas”, entre la socialdemocracia y au-delà. De hecho el último capítulo del libro se cuestiona explícitamente sobre las batallas más decisivas en las que se ha de ver inmersa la Izquierda a medio plazo, por cuanto “la continuidad de un nuevo welfarismo estará vinculado a la implementación de nuevas arquitecturas de lo social”. Es su apuesta ante las opciones que se plantean cuando “la casa (el Estado del Bienestar) se nos cae”, y no hago spoiler al señalarlo, pues dicha posición está presen-te a todo lo largo de la obra. 

Sin embargo esa evidencia (el posicionamiento ideológico del autor), que como digo es fácilmente detectable en la producción de cual-quier científico social que aborde temas no importa si políticos o “de políticas” (por más que algunos autores intenten disimularlo difuminándolo), no implica la ruptura con el dictum weberiano cuando distingue entre la acción del político y el científico. Y para Miguel Centella es más fácil de resolver incluso que para Weber, pues no es un político como lo fue el gran sociólogo alemán, sino que, como todos los demás científicos sociales, simplemente tiene una posición política. Por tanto, esa lectura “desde la izquierda” que el autor hace tanto de la  crisis del Estado del Bienestar, como de los desafíos que se abren para su reconstrucción y/o extensión, no significa que no actúe estrictamente, como científico social, diseccionando los componentes de ese subsistema del Sistema Social que es lo que llamamos el Estado del Bienestar. Que, no lo olvidemos, no es en origen (welfare) el antónimo de Estado de Malestar, sino lo contrario al Estado de Guerra (warfare), como señaló el entonces Arzobispo de Canterbury, William Temple, recién terminada la II Guerra Mundial. Por supuesto que se venía construyendo desde antes, en el marco de muchas leyes laborales y sociales inglesas del primer tercio del siglo, en el New Deal americano, la decimonónica Comisión de Reformas en España, la acción del Bismarck asesorado por los marxistas académicos, o aún más atrás en las Leyes de Pobres inglesas. Pero fue después de 1945 cuando el término se acuñó y adquirió auténtica carta de naturaleza, durante el periodo más largo, en siglos, sin guerras dentro de Europa. Evidenciándose que el Estado del Bienestar es no sólo el antónimo, sino sobre todo el principal freno al Estado de Guerra. De hecho la crisis del Estado del Bienestar ha hecho emerger de nuevo, en Europa, temores vinculados a aquellos procesos de desesperación social que, en el siglo XX, dieron lugar a movimientos sociales y finalmente políticos que incendiaron el continente.

Pero naturalmente, si bien las ciencias sociales (Sociología, Poli-tología, Economía) nos han evidenciado, en términos objetivos, el papel que el Estado de Bienestar tiene de contención de la guerra social, también han ayudado a analizar críticamente tanto su estructura como su dinámica, y a plantear aquellas reformas, o mejoras, o nuevos desarrollos, que permitan que el edificio de la paz social se mantenga en pie, y a ser posible sin peligrosas grietas. Es a este análisis al que, desde la Ciencia Política pero con una clara perspectiva transdisciplinar más que multidisciplinar (sociológica, económica, politológica, jurídica) se aplica este libro. En suma “una aproximación holista”, pues “la complejidad del welfarismo como institución no admite vías de una sola banda ni lecturas simplistas”. El lector no echará en falta ni los datos que sustentan el análisis, ni las referencias necesarias (documentales, estadísticas y bibliográficas). El largo periodo de gestación también ha permitido ampliar lecturas y sobre todo revisar las notas críticamente.

La primera parte se dedica a los aspectos tanto epistemológicos como sobre todo metodológicos que han marcado el proceso de investi-gación y redacción del trabajo, así como a la revisión de las fuentes disponibles. A continuación se adentra en la definición del aparato conceptual, y en la revisión de la teoría existente sobre el fenómeno welfarista y su desarrollo. Pues es preciso empezar por tener muy claro qué significan palabras tan repetidas en lo cotidiano como bienestar, protección, política, ciudadanía, etc., que tienen un significado conceptual más neto cuando abordamos la problemática del Estado del Bienestar. 

Un extenso apartado se dedica a analizar la evolución de los sistemas de protección social públicos y su expresión en el Estado del Bienestar. Aunque centrado en lo que hoy entendemos como Europa Occidental (o lo que se entendía por tal antes de la descomposición del bloque comunista), las referencias analíticas al conjunto de la Unión Europea son abundantes.  Profundizando en un “modelo social europeo como expresión particular y más acabada del welfarismo” que el autor presenta como una “síntesis distintiva de una cultura social europea occidental que se proyecta sobre la construcción de complejos sistemas de bienestar que vienen a colmar los estatus de ciudadanía más amplios que existen”, siendo dicho Estado del Bienestar lo que constituiría la “Marca Europa” más claramente identificable.  De ahí que dedique también un extenso apartado a profundizar en las raíces de la filosofía social que sustenta la idea contemporánea de Europa y que es el sustrato de la Unión.

Y lógica y consecuentemente con el compromiso que, como señalaba, en ningún momento elude el autor, el estudio concluye, además de sintetizando las aportaciones hechas, con una profunda reflexión sobre los “males y remedios”, señalando algunas líneas posibles de acción.

El lector o lectora encontrará por tanto una obra que le permitirá, en primer lugar, comprender cómo y a través de qué caminos se ha construido eso que llamamos Estado del Bienestar, así como los riesgos a los que se enfrenta en el caso europeo, y finalmente las aportaciones que, “desde la izquierda”, pueden hacerse para su mejora o al menos, en tiempos tan penosos, su supervivencia."


Referencia: Baigorri, A. (2020), "Prólogo" en Miguel centella, Modelo europeo de bienestar. Una aproximación desde el gasto público en protección social, Editamás/La Ciencia de la Sociedad. Badajoz, pp. 11-14


9.04.2021

La migración de retorno en España, un tema menor en el estudio de las migraciones (2021)

Se presenta un compendio de la producción científica sobre la migración de retorno de población española con un doble objetivo. En primer lugar, promover la temática entre los investigadores sociales, pues hasta la fecha no se le ha prestado la atención que merece frente a otros aspectos de las migraciones, presentando las principales aportaciones bibliográficas desde mediados del siglo XX. En segundo lugar, caracterizar dicha producción científica atendiendo a aspectos temporales, espaciales y disciplinarios de tal modo que pueda ser útil para futuras investigaciones. No menos importantes que la inmigración a España, los flujos de emigración española, generados en el marco de la última crisis y alentados por el desarrollo de la Sociedad Telemática, pueden producir fenómenos de retorno en el medio y largo plazo que, sin duda, deben ser atendidos con el interés que requieren. Sin olvidar, además, su potencial en el marco del reto demográfico en territorios despoblados, y de los nuevos desafíos para la movilidad internacional como el Brexit o la crisis sanitaria generada por el Covid-19.

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