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6.13.2026

La participación de la Sociedad Civil (2026)

La participación de la Sociedad Civil

Artemio Baigorri


Conferencia inaugural en la Jornada Ciudades Sostenibles. Agenda 2030 (Comunidades más humanas), organizada por la Federación de Asociaciones de Vecinos de Badajoz, 13 de junio 2026




Buenos días. En primer lugar agradecer la invitación a participar en este acto, y agradecer su presencia un sábado por la mañana, en un acto que ni desgrava, ni da puntos, ni ayuda en unas primarias, con lo que apetece aprovechar la fresca mañanera paseando antes de que el plomo se vierta sobre nuestras cabezas. Debo anticipar que yo no soy especialista en la materia, aunque algunas incursiones me ha tocado hacer, y que además hace años que no participo en nada, más allá de expresar mis opiniones en mi blog o en redes sociales. 

En esos versos tan famosos de Bertolt Brecht me quedé en los “muchos años”, siempre me ha dado yuyú convertirme en imprescindible. Un dictum que, por cierto, no conocía hasta que Silvio Rodriguez la metió en esa bella canción, Sueño con serpientes, y mira que de joven me sabía casi de memoria el librito de Poemas y Canciones que publicó Alianza ¡en 1968!. Y luego Internet se ha inundado del meme acompañando a cualquier causa. Pero la cita no es Brechet. Se la inventó, como tantas otras cosas buenas y malas, Silvio. Es uno de los primeros fakes, pero sólo uno más en la Historia del Panfletismo Militante. 

Pero hasta inventarse poemas para defender causas, buenas o malas, es participación. Así que bueno, podemos reflexionar un poco sobre todo eso.

Casualmente, el día que Anselmo Solana me contactó para proponerme participar en esta sesión, estaba subiendo al Blog que hace de repositorio abierto de mis textos un par de artículos que publiqué en 1993, hace casi media vida. En realidad era un solo texto, pero los directores de los periódicos en los que escribía artículos de opinión (vicio del ego del que me curé hace un cuarto de siglo con un blog) tenían más sentido común que yo y solían dividirlos en dos, y a veces incluso tres entregas, de lo largos y densos que eran. El artículo de origen, y primero de la entrega, se titulaba “Ciudadanos o idiotes”, porque por si alguien no lo sabe la palabra idiota viene directamente del griego idiote, que servía para describir a un ciudadano que se enfocaba exclusivamente en sus propios asuntos particulares.

Y arrancaba el artículo con una cita de Pericles, de su famoso Discurso fúnebre pronunciado en el 430 a.C. en honor a los caídos en el primer año de la Guerra del Peloponeso, que salvado del olvido por el historiador Tucídides se convirtió con los siglos en una de las piezas más célebres de la historia política y la retórica. 

Decía Pericles, el gran restaurador de la democracia ateniense, hace dos mil quinientos años: "Somos los únicos que consideramos no hombre pacífico, sino inútil, al que nada participa en la cosa pública". Y aún dijo más: "...no decimos que un hombre que no se interese por la política es un hombre que se ocupe de sus propios asuntos; decimos que aquí no tiene nada que hacer". Si corremos un tupido velo sobre el hecho de que aquella democracia no lo era ni para las mujeres ni para los esclavos, tenía motivos para sentirse orgulloso de la sociedad que habían construido. Una democracia que (no lo olvidemos porque la democracia siempre está en riesgo) no duró mucho, pues los sucesores de Pericles fueron un desastre.

El artículo defendía, en aquellos años noventa marcados por la primera ola de corrupción que acabaría con las mayorías absolutas parlamentarias que, paradójicamente, son la mejor garantía de la democracia, la participación política, los partidos políticos como garantía. Aún no podíamos imaginar todo lo bajo que podían llegar a caer.

Yo en aquella época era muy reticente a la Sociedad Civil, y en realidad en parte todavía lo soy, porque la Sociedad Civil no son sólo las ONGs altruistas, las organizaciones ecologistas o humanitarias. También la conforman los lobbys empresariales que defienden la energía nuclear, el uso de pesticidas, el consumo de alcohol o la fabricación de armas; también la conforman las corporaciones religiosas que tienen intereses muy claros; también la conforman todo tipo de organizaciones que defienden intereses de grupo, de casta, de etnia, intereses muy particulares que a menudo dan lugar a ese concepto que los populistas utilizan con tan mala baba, pero lo utilizan porque realmente existen, los chiringuitos que sirven más de modo de vida a algunas personas que de aportación a la supuesta causa que defienden. Pero es que la Sociedad Civil, todo ese magma de intereses y representaciones que está entre los ciudadanos concretos, usted y yo, y el aparato de Estado, esto es los partidos políticos intermediarios o directamente el Estado, es una parte esencial de la sociedad, y ojo, no sólo de las sociedades democráticas. No olvidemos que no pocas de las dictaduras autoritarias, como las que vivimos en España en un par de ocasiones en el siglo XX, precisamente articulan, o predican articular la representatividad, en base a esos grupos “naturales”. 

Pero volviendo a las sociedades democráticas, ¿de qué hablamos entonces cuando hablamos de participación? Porque la participación política sólo es una pata. La participación no es solo votar cada cuatro años, o cada dos o tres si no hay mayorías. Eso es lo mínimo, el suelo, no el techo. Participar es mucho más: es organizarse, proponer, exigir, vigilar, construir juntos.

Habría como cinco dimensiones.

De un lado la citada dimensión política, esto es la intervención ciudadana para influir en las decisiones del Estado, elegir gobernantes o diseñar políticas públicas.

Habría luego una dimensión propiamente ciudadana: esto es la acción de los individuos en la esfera pública para defender intereses colectivos y fomentar la transparencia institucional, por ejemplo creando opinión pública o haciendo lo que estamos haciendo hoy aquí. Diferenciar esa dimensión de la política no es fácil, pero yo creo que conviene hacerlo.

Habría una dimensión social en el sentido popular del término: aquí tenemos las agrupaciones de personas en organizaciones civiles (sindicatos, ONGs, asociaciones vecinales) para satisfacer necesidades comunes y representar intereses de sectores o grupos, pero de carácter general.

Pero hay también una dimensión comunitaria (o corporativa en cierto sentido) difícil de diferenciar de la social pero que yo creo que tiene sentido hacerlo, porque se trata de acciones locales desarrolladas por sectores de una comunidad para mejorar su calidad de vida y resolver necesidades específicas de su entorno. Es decir para mejorar su situación particular.

Y ojo, que también tiene una dimensión económica, que involucra a los actores en los procesos productivos, laborales y en la distribución de los recursos y el desarrollo local, regional, nacional, global. El emprendimiento social, por ejemplo, que en los últimos años ha alcanzado gran importancia, es un ejemplo, pero está dimensión es mucho más compleja. De nuevo el papel de los sindicatos, pero también las patronales, desarrolla esta dimensión.

Y luego tenemos niveles de participación, porque no es binaria (no se trata únicamente de participar o no), sino que varía en profundidad, según la incidencia real y efectiva de la acción participativa. Podemos distinguir tres niveles:

  • Información: que nos cuenten lo que pasa (el mínimo)

  • Consulta: que nos pregunten antes de decidir

  • Compromiso: sentirnos parte, involucrados en la acción

  • Decisión: que tengamos voz y voto real en lo que nos afecta

La mayoría de las veces nos quedamos en el primer nivel, muchas veces no por falta de voluntad de participación, sino porque faltan elementos: otros iguales interesados en el mismo asunto, que a veces es difícil de verlos, de descubrirlos aunque están ahí. O infraestructuras públicas que permitan avanzar en esos niveles. El reto sin duda es llegar al tercero. Y para eso sin duda hacen más las ganas que la disponibilidad de medios.

Las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas incluyen a menudo preguntas sobre participación ciudadana, ¿qué nos dicen en general? Pues que, si bien existe un alto interés general y disposición a colaborar en propuestas ciudadanas, la implicación real se desinfla a medida que se avanza en esos niveles de profundidad. 

Así, la inmensa mayoría está (o dice estar, que luego sabemos que no ocurre así en la realidad, salvo que te afecte directamente una acción, una expropiación, que te cierran el colegio de tus hijos, que trasladan el ambulatorio) dispuesta a asistir a reuniones a informarse: cerca del 83,1% de los encuestados se muestra dispuesto a participar en asambleas, reuniones de debate o apoyo a propuestas ciudadanas.

Pero sólo una cuarta parte de la población reconoce haber participado en manifestaciones o concentraciones, que ya implican una acción reivindicativa, no sólo informativa, de forma regular.

Y si vamos más allá, al nivel del asociacionismo, la afiliación y el voluntariado activo (asociaciones vecinales, ONGs, o sindicatos) agrupan a un porcentaje muy pequeño de la población (entre un 15% y un 20% dependiendo del ámbito de acción).

Por tanto hay una importante brecha entre el deseo y la acción:Los estudios de opinión del CIS indican que, a pesar de que cerca del 57% de los ciudadanos expresa un alto interés por la política, las barreras de tiempo, confianza y falta de canales directos hacen que esta participación se diluya, prefiriendo la mayoría dejar la gestión en manos de expertos institucionales.

Y además hay que ser honestos, la participación es incluso menor que la que los ciudadanos declaran en las encuestas, pues sabemos del sesgo del buenismo en las encuestas, en las que a pesar del anonimato a menudo el encuestado tienen a presentarse, especialmente si está respondiendo el cuestionario a una persona, con mejores rasgos de sí mismo . Y además de ser menor de lo que nos dicen las encuestas, es otra obviedad que ha bajado drásticamente en los últimos años. El espejismo del 15 M hizo creer que emergía una recuperación del compromiso social, pero en realidad sólo fue un movimiento político para hacerse un hueco en un espacio controlado hasta entonces por unos pocos grandes partidos. Al final en las asociaciones vecinales, en los grupos ecologistas, en las organizaciones feministas, en los cuidadores de los ríos y los animales, están quienes ya estaban antes de aquella eclosión, pero más viejos.

Y no porque la gente sea más cómoda o más egoísta, sino porque el sistema cansa. Algunos autores apuntan a tres razones principales:

La fatiga democrática. Cuando llevamos años participando, proponiendo, y nada cambia, llega un momento en que uno dice: "¿Para qué?" Eso no es apatía, es una respuesta racional ante la frustración.

La tecnificación de la política. Cada vez más decisiones se toman en despachos, con tecnicismos, con consultoras privadas. Se aleja al ciudadano de los asuntos que le conciernen. Los propios supuestamente nuevos movimientos alternativos han tecnificado incluso más los procesos, con dinámicas telemáticas que alejan a los ciudadanos comprometidos de participación efectiva en la toma de decisiones. Se pasa de votar en urna cada cuatro años a votar on line cada cuatro días y dar el visto bueno a las propuestas del líder supremo.

La precarización de la vida. Quien llega agotado del trabajo, o angustiado por llegar a fin de mes, tiene menos energía para reunirse, para organizarse. La participación también tiene un coste de tiempo y energía que no todos pueden o están dispuestos a pagar. Cuando el salario real, descontada la inflación, limita tu horizonte vital, es difícil tener ganas de participar. Hoy parece casi, en muchos sectores y ámbitos, casi un hobby de clases medias ilustradas.

Un buen ejemplo es lo que hace dos décadas considerábamos que era la panacea, los presupuestos participativos, que han seguido el ciclo clásico de muchas "innovaciones democráticas": euforia inicial, institucionalización rutinaria y, finalmente, fatiga y declive silencioso. Y la mejor prueba de su declive es que hasta los Ayuntamientos con mayorías que incluyen hasta la extrema derecha los aplican. 

Los PP nacieron en Porto Alegre (Brasil) en 1989, impulsados por la socialdemocracia, como herramienta de redistribución y democratización radical, y su expansión fue meteórica: en Brasil alcanzaron su cénit hacia 2004-2005, pero después sufrieron una caída pronunciada que redujo los casos activos a menos de la mitad en apenas una década. El propio Porto Alegre, la ciudad cuna del modelo, tiene hoy su proceso en situación incierta. En España el boom llegó con el movimiento 15M y los cambios municipales de 2015, cuando centenares de municipios iniciaron o reactivaron estos procesos. 

El problema central es la bajísima participación efectiva. En experiencias concretas documentadas, solo el 6,1% de los ciudadanos con derecho a participar como mucho lo hace, quedándose el 94% en casa. Pero el problema no es solo cuantitativo: la participación está sistemáticamente sesgada hacia los sectores con mayor capital cultural, político y organizativo, mientras los más vulnerables —migrantes, clases bajas, personas mayores sin acceso digital— quedan estructuralmente al margen. Lo que contradice la promesa original de inclusión y equidad.

Al final, según algunos analistas, se han convertido en un mito administrativo: su función real acaba reduciéndose a presentar cifras que satisfacen a los gobiernos de turno, sin garantizar ninguna corresponsabilidad ciudadana auténtica. Es una buena "fachada de innovación" mientras el diseño real está plagado de imperfecciones que garantizan su fracaso práctico. Sea por la…: 

  • Marginalidad presupuestaria: los montos sometidos a decisión ciudadana suelen ser simbólicos (a veces el 1-4% del presupuesto total), lo que desalienta la participación

  • Fatiga participativa: cada vez menos % participando; la ciudadanía se desilusiona cuando sus propuestas concretas no se ejecutan o tardan años; no les conforta que otros grupos o zonas consigan las suyas

  • Captura por actores organizados: asociaciones, grupos de interés y partidos acaban dominando el proceso

  • Desconfianza estructural: el escepticismo hacia las instituciones desincentiva la implicación

  • Brecha digital: la migración hacia formatos digitales, aunque amplía el acceso teórico, excluye a quienes no tienen competencias o conectividad

  • Baja ejecución real de proyectos ganadores

  • Prioridades políticas 

En España persisten experiencias activas, pero como cualquier modelo de innovación democrática sin respaldo institucional sólido ni cultura participativa arraigada, han demostrado ser más útiles como legitimadores simbólicos del poder local que como auténticos instrumentos de redistribución del poder político. La mayoría de las 20 ciudades más grandes de España mantienen o han mantenido presupuestos participativos activos en los últimos años, aunque con variaciones en escala, continuidad y participación. Normalmente utilizando plataformas telemáticas. En algunos ayuntamientos las ediciones ya no son anuales sino bianuales. El porcentaje del presupuesto municipal destinado suele ser bajo o muy bajo (entre el 0.5 y el 2% somo mucho de las inversiones, o un monto fijo), enfocándose en proyectos de distrito/barrio. La participación varía, siendo más alta en ciudades con tradición (Madrid, Bilbao o Zaragoza), pero es raro que pase el 1% de la población empadronada. Pensemos que en Madrid, donde se presume de la participación de más de 50.000 personas en ediciones recientes, hay 3,5 millones de empadronados, hablamos de apenas un 1,4%. Pero es que en Madrid hay no menos de otro millón de personas no empadronadas por razones diversas pero que viven, consumen, sufren la ciudad, pero quedan fuera del juego.

Sin embargo, aquí estamos, convocados por las asociaciones de vecinos, que son uno de los espacios más genuinos y antiguos de democracia y participación que existen. Que a lo largo del último medio siglo han tenido grandes logros en España: los planes de remodelación de barrios en los años 70 y 80, las luchas por equipamientos —colegios, centros de salud, parques—, las movilizaciones contra desahucios de personas vulnerables más recientes. Todo eso tiene nombre y apellido: gente organizada.

Aunque seamos autocríticos. Las asociaciones tienen que renovarse para no quedarse solas con los mismos de siempre —que ya hacéis demasiado, por cierto—, y en este sentido yo creo que tienen  tres retos como más inmediatos:

Incorporar a los jóvenes, no como objetos de atención (porque en este sentido niños y jóvenes han sido siempre objeto de su atención, luchando por mejores infraestructuras y equipamientos educativos y de ocio) sino como protagonistas con voz propia

Conectar luchas: el problema de la vivienda, el del medio ambiente, el de los cuidados... todo está relacionado y deben conseguir hacer esa conexión para vincular a colectivos de otra forma desestructurados y políticamente egocéntricos, que sólo piensan en SU problema particular.

No dejarse domesticar: que parece un tópico decirlo, pero no lo es, porque sabemos que hay participación que sirve para legitimar lo que ya está decidido. Osea que hay que distinguir entre participación real y participación decorativa

Jane Jacobs, una socióloga autodidacta americana que también ha sido adoptada por urbanistas, economistas de la ciudad, y que impactó la Sociología Urbana en Occidente con su libro Muerte y vida de las grandes ciudades, en 1961, decía que "las ciudades tienen la capacidad de proveer algo para todo el mundo, solo porque, y solo cuando, son creadas por todo el mundo." Y quien dice la ciudad dice el barrio, la manzana, el bloque… Y es que lo hace especial al tejido asociativo, sea formal o informal (porque la presión política, de los partidos políticos,  ha hecho que muchas veces se desprecie y no se apoye la acción informal, no organizada, no burocratizada, más libertaria en el sentido auténtico del término, que nos lo han devaluado los libertarios) es algo que ninguna aplicación ni plataforma digital puede reemplazar: la confianza cara a cara. El lazo que se construye cuando uno conoce al vecino, cuando se comparte una lucha, cuando se celebra juntos un logro. Eso es capital social, y es lo más valioso que tiene un espacio de convivencia.

En momentos como este, en que mucha gente siente que la política se ha alejado de su vida, los espacios como este —una jornada de vecinos, una asamblea de barrio, una comisión de fiestas que acaba hablando de cosas más serias— son casi subversivos. Son pequeñas escuelas de democracia. Y tomando una frase muy tópica pero no por ello menos cierta de Eduardo Galeano, "mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo.". Y eso es lo que quienes participáis, quienes seguís participando, hacéis. 

Un ejemplo lo tengo delante de casa, en San Fernando, en ese resto de planeamiento (de mal planeamiento, el Plan General de Badajoz es de los peores que he conocido, diseñado en función de intereses urbanísticos demasiado concretos y sin pensar en la ciudadanía), una cesión con la que en treinta años el Ayuntamiento no había hecho nada, a pesar de que está calificado como Zona Verde, pero que desde hace tres o cuatro años unos pocos vecinos, granito a granito, van transformando en un espacio verde más. Como ese hay cientos de espacios en este Badajoz mal planeado, en zonas densamente pobladas como es San Fernando. Lo que podría hacerse si para ayudar en esos microprocesos autónomos hubiese expertos (biólogos, arquitectos, agrónomos) dispuestos a echar una mano a los vecinos.

Hay una frase del sociólogo y filósofo francés Henri Lefebvre que expresa muy muy bien lo que que quiero decir, para cerrar mi intervención: "El derecho a la ciudad no es simplemente el derecho a lo que ya existe, sino el derecho a transformar la ciudad según nuestras necesidades." Y eso vale igual para el barrio, para el pueblo, para la comunidad de vecinos.

Muchas gracias, espero que haya algo de tiempo para algún diálogo.


Cómo citar (si te ha sido útil, cítalo y será útil a otros):

Baigorri, A.(2026). "La participación de la Sociedad Civil". Jornada Ciudades Sostenibles, comunidades más humanas, Federación de Asociaciones de Vecinos de Badajoz. URL: https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2026/06/la-participacion-de-la-sociedad-civil.html

CONVOCATORIA



12.30.2015

Extremadura. treinta años de cambios sociales (2015)



Contenido:
1. Diáspora, retorno y movilidad global: cambios en las tendencias migratorias
2. Evolución de la familia en Extremadura
3. La evolución del capital humano (niveles educativos)
4. Salud: la esperanza de vivir más, y mejor
5. El cambio social con perspectiva de género: la creciente presencia de las mujeres en la sociedad extremeña
6. Participación



Referencia:
Baigorri, A., Caballero,M., Arboleda, Y. (2015), "Tres décadas de cambios sociales", en L.Macorra, ed., Treinta Años de Economía y Sociedad Extremeña (1983-2013), Servicio de Publicaciones de la Diputación de Badajoz, pp. 131-164

Enlace al texto

1.25.1989

Democracia y participación. La mitad de la mitad (1989)


DEMOCRACIA Y PARTICIPACION 
(la mitad de la mitad...)
 ©Artemio Baigorri
(Enero, 1989, publicado en los diarios EXTREMADURA y EL DIA DE ARAGÓN)

Llevaba ya muchos años en la web, aquí:
http://www.eweb.unex.es/eweb/sociolog/BAIGORRI/opinion/opin_1.htm


Nuevamente suenan campanas electorales. Vamos a elegir de nuevo a nuestros delegados en el Parlamento Europeo, vamos a poner nuevamente en marcha la ceremonia de la participación. Es buena hora pues para, junto a los cantos elegíacos sobre la nueva Europa (es decir, sobre el nuevo Mercado Europeo, que poco más de sí da la cosa), hilvanar algunas reflexiones sobre el propio sistema electoral. Reflexiones que, pasados los tiempos de miedos y tropiezos, deberían hacer los demócratas mucho más a menudo; por cuanto la más simple de las lógicas nos aconseja suponer que, al igual que el sistema de democracia parlamentaria de partidos constituye un neto avance sobre anteriores sistemas de gobierno, debe ser él mismo mejorable y superable al ritmo de la evolución y el progreso social. Sin miedo, sin prejuicios y sin hipocresías.
En las más recientes elecciones celebradas en España, las catalanas de mayo de 1988, el presidente regional Jordi Pujol volvió a alzarse con una mayoría absoluta: un 60 % de los votos. Estas cosas ocurren habitualmente.
Sin embargo, si nos sentamos con una calculadora de bolsillo ante los datos que nos ofrece la prensa, las mayorías se disuelven como por encanto. Vivimos gobernados por minorías más o menos selectas, pero en cualquier caso minorías absolutas. 
Si tomamos las elecciones catalanas citadas, resulta que la participación electoral ha sido de sólo un 60 %. De resultas, el señor Pujol volvió a ser presidente por la voluntad de sólo un 36 % del electorado. Un tercio de la población votante decide el nuevo gobierno. Pero si vamos más allá y consideramos al conjunto de la población, las elecciones vienen a resultar, dicho en términos grotescos, una especie de encuesta, manipulada en sus resultados por la influencia de amigos y familiares de los interesados. Tomemos para ello las últimas elecciones estatales celebradas en España, y podremos hacer cuentas más ajustadas:



POBLACION38.398.246100 %
CENSO ELECTORAL29.117.61375.83 %
Votos Emitidos20.487.81253.35 %
Votos PSOE8.901.71823,18 %
Así, algo más de 1/5 de la población española decide el gobierno de la nación.
Dicho de paso, y sin más ánimo que el de un mejor conocimiento de la realidad social, en estas condiciones adquieren mayor sentido dos actitudes repetidamente mostradas por el PSOE:
  1. gobernar 'para todos', por cuanto en realidad representa a muy pocos (por supuesto a muchos más que el siguiente partido en lid, AP, votado únicamente por un 13,6 % de los españoles)
  2. gobernar a base de encuestas (si bien es evidente que hay dos maneras de utilizar las encuestas: una para actuar en función de la opinión mayoritaria, y otra para halagar a la minoría mayoritaria asegurando su voto futuro)
Posiblemente, dado el desarrollo técnico en la fiabilidad de la estadística, fuese ahora mismo más próxima a la realidad nacional un Parlamento configurado en base a una encuesta, que las propias elecciones. En una encuesta se elije aleatoriamente, reproduciendo la estructura del universo en la muestra. Es decir, teóricamente al menos (y en la práctica suele ser así en las encuestas bien hechas), en la encuesta participarían proporcionalmente a su importancia cuantitativa real oligarcas, obreros, meretrices, jóvenes, funcionarios, militares, monjas, rústicos y urbanos. Sin embargo, la elección por voto desvirtúa esta limpieza; la militancia política contribuye sin duda a ello. Y perdemos la posibilidad de conocer la opinión al respecto de la mayoría de los ciudadanos.
En suma, si somos sinceros hemos de reconocer que el sistema de partidos no permite el acceso al Poder de gran parte de la población. De alguna manera habría que darle la vuelta a todo ésto, diseñando un sistema electoral más justo, más allá de la polémica sobre los sistemas de asignación de escaños. Creo que hoy día, con una democracia sólidamente establecida en las mentes de los ciudadanos e incluso del aparato del Estado (el elemento social más reticente a la Democracia, después de las clases dominantes y sus adláteres), ese sistema más justo sería el derivado de las encuestas. 
Especialmente grave, dentro de este sistema de democracia altamente imperfecta, es el tema de los jóvenes. La EGB termina a los 14 años, y para cualquiera que no sea un paladín de la intolerancia debería resultar claro que esa habría de ser la edad mínima de voto. Evidentemente, muchos jóvenes de entre 14 y 18 años no tienen formado el juicio, pero tampoco lo tienen muchos de los de más de 18, ni aún de los de más de 50, y no por ello se les prohibe votar (a veces se les lleva en ambulancias, no teniendo ellos más capacidad que la que les permite transportar hasta la urna la papeleta que alguien les ha colocado en la mano). Los jóvenes, en cuanto llegan a los Institutos, empiezan a discutir de política, se manifiestan, hacen huelgas, se apuntan a grupos ecologistas o de derechos humanos (o incluso a bandas de choque de grupos violentos), beben alcohol, fuman, empiezan a amar, y todos los que no van al Instituto empiezan a trabajar, a apuntarse al paro o a delinquir...y sin embargo no pueden votar, algo tan tonto como ésto. Hay al menos 1.000.000 de españoles con capacidad suficiente para decidir y a los que de hecho se les niega el acceso -incluso este acceso indirecto y viciado de las elecciones- a las decisiones políticas que les atañen como ciudadanos. 
En realidad, políticamente, en lugar de hablar de una sociedad dual habría que hacerlo de una sociedad a cuatro bandas, que se va constituyendo claramente. Hay en torno a 1/4 de la población que NO PUEDE votar; en torno a 1/4 que NO QUIERE votar; en torno a 1/4 que VOTA OPOSICION, y en torno a 1/4 que GOBIERNA.
Recogemos gráficos elaborados con los resultados de diversas elecciones en varios países, incluída España, y vemos que en todas se repite prácticamente el mismo esquema, por lo que podemos inferir que no se trata de un problema local, sino más bien de un problema popio del sistema político de democracia parlamentaria occidental. Veamos primero el cuadro de datos, y luego los gráficos:
LA SOCIEDAD A CUATRO BANDAS




ELECCIONESNO PUEDENNO QUIERENOPOSICIONGOBIERNO
España 198224,222,530,223,2
Francia 198134,419,328,817,5
Grecia 198125,016,230,528,3
Alemania 198725,911,739,323,1
Inglaterra 198722,819,733,224,4
No sé si podría establecerse alguna hipótesis: por ejemplo ¿podrían ser un índice de nivel de democracia o libertad -al menos lo son de mayor participación- las tasas bajas del cuarto de los que no pueden votar, o las tasas altas del cuarto de los que fijan el gobierno? Resulta difícil sacar conclusiones, pero desde luego podrían obtenerse si cruzásemos estos datos con las pirámides de población y las tasas de inmigración de los países respectivos.
En cualquier caso, lo que sí puede establecerse es una imagen tipo de esta estructura sociopolítica. No hace falta fijarse mucho para ver que coincide con el símbolo pacifista. ¿Casualidad? Sin duda, pero también podría ser la imagen de la PAZ SOCIAL. Hilando fino, podríamos relacionar aquél símbolo de la paz de los adormecidos 'hippies' de los años '60 con este otro de la paz social en las adormecidas sociedades de capitalismo avanzado.

En realidad funcionamos con democracias propias del liberalismo de las élites caciquiles, y luego resulta que debe pactarse contra natura, desliendo y traicionando los programas electorales. Como quien dice, los amigos y la familia de los candidatos (con los casi 90.000 candidatos que suman todas las elecciones reguladas en España, sumando amigos y familiares, estamos hablando de votos no estrictamente democráticos por millones), más los cuatro gatos que responden automáticamente a las siglas, y pocos más, deciden cada cuatro años el gobierno del municipio, la región o el país.
Otro tema que va emparejado con esa desigual calidad de la opinión de unos y otros ciudadanos, es el precio en votos de los escaños parlamentarios. En esas mismas elecciones de 1986, los 7 escaños conseguidos por la coalición Izquierda Unida les costaron más de 133.000 votos/escaño; sin embargo, a Herri Batasuna sus 5 escaños tan sólo les salieron a 46.344 votos/escaño; los más 'baratos' del Parlamento -y luego dicen que no hay suficientes garantías democráticas para sus huestes, cuando incluso están 'subvencionados' por las leyes electorales-. Evidentemente estas 'injusticias' sólo podrían evitarse de una forma: mediante la circunscripción única para el Parlamento. Diversos elementos de juicio apoyan esta hipótesis: el más importante es sin duda que, en realidad, la mayoría de los candidatos -sobre todo los que salen elegidos- son impuestos a las provincias desde Madrid en casi todos los casos, y hablan luego en nombre del partido y no de la provincia a la que teóricamente representan. Para la representación regional (la provincial es un contrasentido en un estado de las autonomías dentro de una Europa de las Regiones) está el Senado, además de los propios gobiernos autonómicos.
Seguramente a los propios partidos nacionalistas (conservadores o progresistas) les iría mucho mejor. Los nacionalistas de izquierda suman en las elecciones de 1986, en votos, un porcentaje mucho más alto que el de escaños obtenidos. A su vez, los pactos electorales darían alguna voz a grupos minoritarios que alcanzan el  3% (o el 5%) en sus circunscripciones.
¿No se agrupan los bancos? ¿No se agrupan las empresas para conseguir contratos? Con una circunscripción única, en la que una vez se hubiese votado pudiesen sumarse los votos de unos y otros, las 19 candidaturas situadas teóricamente a la izquierda del PSOE habrían obtenido 1.713.519 votos, el 8,54 % del voto escrutado (sin duda en tal situación hubiese obtenido más votos, porque ahora sí habría voto útil, y descendería la abstención por la izquierda), y le corresponderían por tanto nada menos que 20 escaños, frente a los 9 que ahora suman los partidos con escaño que figuran en el listado anterior (si en honor a los ingenuos irreductibles de la izquierda inconsciente sumásemos los votos de HB, serían 1.945.241 votos -el 9,69 %- y 27 escaños, esto es se trataría de la 3ª fuerza política en el Parlamento, despúes de AP). Naturalmente, si esto fuese así mucho voto útil del que va a parar al PSOE hubiese quedado en tal agrupación postelectoral, con lo que el PSOE bo tendría mayoría absoluta. Su 44,3 % debería sumarse para gobernar al 8,5 (o el 9,6 en el hipotético caso de incluir a HB) de la izquierda; o bien al 9,2 del CDS, o al casi 10 % de las fuerzas nacionalistas conservadoras. Evidentemente, el gobierno de la nación respondería en tal caso a esquemas más enriquecedores; aunque por supuesto que más complicados y conflictuales (como corresponde a la sociedad moderna). 
Evidentemente, hoy día la cuestión no es ya que el sistema parlamentario de partidos en democracia sea el menos malo de los sistemas conocidos. La cuestión es que también es demasiado malo como para mantenerlo. Y, evidentemente, tiempo es ya de ir inventando algo también en este campo.