GÉNERO, TRABAJO Y EMPRESA. Una aproximación al caso extremeño
Artemio Baigorri, Sociólogo, Universidad de Extremadura
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RESUMEN
En los últimos años, la cuestión del género (esto es, la diferenciación social de roles y posiciones sociales entre hombres y mujeres) ha alcanzado prácticamente a todas las áreas de la Sociología. No sólo constituye una especialidad en sí misma, crecientemente importante (la Sociología del Género), sino que de alguna manera ha empapado a todas las otras especialidades, y muy particularmente la Sociología de la Empresa y del Trabajo. Desde la perspectiva de estas especialidades, se desarrolla en esta comunicación un análisis macrosocial de dichos cambios y de los efectos que han determinado en Extremadura.
Tras una primera parte introductoria, en la segunda parte se propone una interpretación fundamentalmente teórica del proceso de incorporación de la mujer al mercado de trabajo, o más exactamente lo que denominamos ‘el paso del trabajo invisible al empleo visible’. La tercera parte se centra en los cambios operados y en las características de la participación de la mujer en el mercado de trabajo remunerado en Extremadura. Y, finalmente, en la cuarta parte se plantean algunas cuestiones básicas sobre la actividad empresarial femenina.
El objetivo de esta comunicación es, más allá de aportar algunos datos y análisis básicos, el de señalar y animar temas objeto de estudio que deberían ser abordados en un futuro.
1. INTRODUCCIÓN
En los últimos años, la cuestión del género (esto es, el conjunto de hechos sociales relacionados con la diferenciación social de roles y posiciones sociales entre hombres y mujeres) ha venido preocupando prácticamente a todas las áreas de la Sociología. No sólo constituye una especialidad en sí misma, crecientemente importante (la Sociología del Género) y que incluso forma ya parte curricular de la formación de muchos sociólogos1, sino que de alguna manera ha contaminado a todas las especialidades, y muy particularmente la Sociología de la Empresa y del Trabajo.
Razones objetivas han hecho que esto ocurra. El fenómeno que en las últimas décadas más ha impactado sobre los mercados de trabajo de los países desarrollados, entre éstos el nuestro, no ha sido la crisis del petróleo de mediados de los '70, ni las sucesivas recesiones que se han producido en los años subsiguientes; ni siquiera el ya popular tópico de la globalización de los mercados. El hecho más importante, y que en mayor medida ha contribuído a la desestabilización de los mercados laborales, ha sido la incorporación de la mujer al mercado de trabajo.
Este fenómeno ha tenido profundas repercusiones en la reestructuración del mercado de trabajo, aunque todavía no es seguro que no sea sino una consecuencia de la propia reestructuración de ese mercado; es decir, que se deba más a la propia demanda de fuerza de trabajo que a una decisión propia de las mujeres, determinada por los cambios culturales.
Pero el hecho cierto, en cualquier caso, es que este cambio tiene un gran significado social. Sobre todo si tenemos en cuenta que, para algunos autores -y sobre todo autoras-, no es el sistema productivo y tecnológico el que determina las diferencias de género -esto es, lo que llamamos la división sexual del trabajo-, sino que ocurre al contrario: "La división del trabajo no crea relaciones sociales; es justamente lo inverso: las relaciones sociales existentes se concretan en determinadas maneras de repartir el trabajo. La división del trabajo es, pues, un punto de llegada, es resultado de un determinado estado de las fuerzas productivas y de las relaciones sociales que les son inherentes" (Comas, 1995:35). Es una posición muy discutible, pero que refleja en cualquier caso el estado de la cuestión.
En el caso de Extremadura, algunos estudios han mostrado los cambios fundamentales operados en la cuestión de los géneros. Tras un primer informe fundamentalmente descriptivo e introductorio (Abarrategui, 1987), encargado por la Asamblea de Extremadura, la Dirección General de la Mujer realizó un segundo informe general, comparativo de los cambios operados respecto del anterior, pero sobre todo profundizando mucho más en cuestiones fundamentales, entre ellas la relación entre la mujer y el mercado de trabajo (Baigorri, 1993). A esta cuestión ya se había prestado particular atención en los primeros estudios sobre mercado de trabajo realizados en Extremadura (Baigorri, 1991 y 1994).
Sin embargo, desde la realización de tales estudios no se ha avanzado mucho más2. Y esta ponencia persigue justo el objetivo de animar a profundizar en el tema, atendiendo tanto a aspectos más conocidos de la cuestión como a aquellos otros sobre los que aún nos queda todo por conocer.
2. TRABAJO Y GÉNERO
Para acercarnos a la problemática que relaciona el género con el trabajo y la empresa, debemos en primer lugar hacer una consideración fundamental entre trabajo visible y trabajo invisible.
Del trabajo invisible al empleo visible
Entendemos por empleo visible el trabajo que se realiza en el ámbito de la público, por intermedio de alguna especie de relación contractual que conlleva el pago de un salario; mientras que al hablar de trabajo invisible -un concepto inspirado fundamentalmente por Illich- nos referimos, no tanto a lo que generalmente se conoce como trabajo sumergido, sino a algo mucho más sutil: a todo aquel trabajo que no es socialmente reconocido como tal.
Ese trabajo invisible es el que realizan las mujeres dentro del ámbito de su familia, pero no únicamente las tareas domésticas propiamente dichas -esto es las que realiza cuando representa el rol de ama de casa-, sino también esos trabajos de todo tipo que a menudo se realizan en el campo, en la explotación ganadera, en la pequeña industria o artesanía familiar, pero que habitualmente quedan fuera de toda contabilidad.
Naturalmente no se trata de una mera delimitación semántica de conceptos. Esta distinción entre trabajo visible e invisible ha tenido para las mujeres -y para muchos grupos sociales en su conjunto- efectos graves3.
La mera utilización del concepto de amas de casa, a las cuales se incluye, desde que existe la estadística laboral, en el capítulo de la población inactiva, implica unos presupuestos de marginación social importantes.
Para hacernos idea del contrasentido que esto supone, veamos el tiempo de trabajo las amas de casa, según la encuesta que realizamos en 1993 en Extremadura (Baigorri, 1993: 96). Las mujeres que se dedican a las tareas domésticas trabajan por término medio 6 horas y 15 minutos. Si tenemos en cuenta que este tipo de trabajo no cuenta con descansos dominicales, puentes ni vacaciones, tendremos un tiempo de trabajo superior incluso a la jornada laboral media.
Es decir, cuando hablamos de incorporación de la mujer al mercado de trabajo, no debemos prestarnos a confusiones, ya que estamos hablando de un proceso muy complejo -y por ello tan costoso-, de evolución de la invisibilidad a la visibilidad4.
La division sexual del trabajo en el capitalismo y la sociedad industrial
En segundo lugar debemos conocer el proceso por el cual las mujeres, que durante siglos han compartido el trabajo visible con los hombres (aunque éstos rara vez han compartido el trabajo invisible con ellas), pasaron a convertirse en laboralmente invisibles. Para ello debemos repasar algunos cambios sociales que se producen como consecuencia del desarrollo de la sociedad industrial y del capitalismo, a partir sobre todo de mediados del siglo XVIII.
El capitalismo industrial saca de los talleres familiares, de los campos -que eran cultivados colectiva e igualitariamente por los hombres y mujeres de la familia-, a los hombres, para llevarlos a las minas y las fábricas -que precisan en las primeras épocas la mera fuerza bruta, como se precisaba en la guerra5-, y deja a las mujeres encerradas en el lar, que es a la vez la hacienda y el hogar.
Toffler ha hecho una curiosa interpretación de la que él llama la gran división sexual, que creo bastante acertada porque explica en términos materialistas y ecológicos lo que podemos denominar también la gran segregación espacial entre los sexos que se produce en el capitalismo, y que en aquéllos países en los que éste se fundió con la moral implantada por la Contrarreforma católica -España- llegó a alcanzar niveles de represión increíbles.
El capitalismo industrial, además de traer el trabajo desde el campo y el hogar a la fábrica, introdujo un nivel mucho más elevado de interdependencia. Se precisaba ahora un esfuerzo colectivo, una división estricta del trabajo, la coordinación e integración de muchas habilidades distintas. Apunta que, a partir de ese momento, "cada hogar subsistió como una unidad descentralizada, dedicada a la reproducción biológica, la educación de los hijos y la transmisión cultural" (Toffler, 1981:59), dando lugar a una nueva división del trabajo entre los sexos: el hombre asumió la responsabilidad de las nuevas formas, históricamente más avanzadas, de trabajo, mientras la mujer quedó en casa ocupándose de las formas de trabajo más primitivas. El hogar familiar era el espacio de producción y reproducción de la fuerza de trabajo, pero este proceso no podía hacerse (al menos todavía) según los nuevos métodos de producción.
Nos hallamos, además, en el momento en el que la economía monetaria se impone, y la población trabajadora, arrojada a las ciudades, debe adquirir fuera de su hogar todo aquello que precisa para la supervivencia; esto es, mercancías que sólo podían pagarse con el salario que el hombre traía de la fábrica. Y si sólo el trabajo que se vende a personas ajenas a la unidad familiar puede llegar a tener un valor de cambio, la consecuencia según esa misma base es que el trabajo realizado por la mujer dentro de la unidad familiar se desvaloriza. De esta forma, con esta división, el hombre entró virtualmente en el futuro, y la mujer fue arrojada al pasado.
En cualquier caso, la Historia es un proceso dialéctico, y nuevamente en términos de contradicción, será precisamente en el marco del capitalismo y de las revoluciones burguesas donde se crearán las condiciones materiales, y el caldo de cultivo ideológico, que conducen a la liberación de la mujer de todo tido de segregaciones. Las nuevas necesidades materiales del capitalismo, y el desarrollo de la Democracia, han sido condiciones necesarias para que se pusiese en marcha el proceso de ocupación, por las mujeres, de su mitad del mundo.
Lo que ha ocurrido en realidad es que el sistema económico se ha encontrado sin brazos suficientes para atender, primero una serie de servicios que eran rechazados por los hombres (como el cuidado de enfermos, la limpieza de edificios de administración y producción, el cuidado de los niños....), y luego ya la totalidad de la producción. En la primera mitad del siglo XX el despliegue del capitalismo, y sobre todo de la producción industrial de masas -fordismo- exigieron la dedicación de una ingente cantidad de mujeres a tareas de administración. Mills, al analizar los white-collar y en general el trabajo de oficina en los Estados Unidos de mediados del siglo XX, señala cómo “el rasgo principal es que la oficina está llena de mujeres. Las mujeres americanas han tenido dos generaciones de experiencia en fábricas y en servicios industriales. Pero esta experiencia no ha sido tan generalizada y difundida como la experiencia de la muchacha ‘white collar’” (Mills, 1973: 258). De hecho, todavía hoy la mayor oferta de trabajo a las mujeres se hace en este mismo sector relacionado con la administración y los servicios6.
La discriminacion 'ligth'
Un tercer elemento que debemos tener en cuenta es la existencia de mecanismos sutiles -incluso no siempre conscientes son de ello los hombres que los utilizan en provecho propio- que mantienen, aún cuando ya nadie se opone formalmente a la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, barreras poderosas que le siguen impidiendo al acceso a los puestos claves (García de León, 1994).
Dejando a un lado las situaciones de privilegio de clase, en términos generales las mujeres tienen todavía que demostrar no ya la misma, sino a menudo mayor capacidad incluso que los hombres, para ocupar un puesto equivalente de responsabilidad. Los mecanismos de segregación se aplican ya en las primeras fases del proceso selectivo, como es la Universidad. Y es la Universidad precisamente un buen ejemplo de cómo se practica la segregación, incluso en los grupos sociales supuestamente más cultos y avanzados.
La evidencia muestra que las mujeres terminan las carreras universitarias en mayor proporción que los hombres, y obtienen en términos generales mejores aprovechamientos. Sin embargo, salvo excepciones las notas más sobresalientes suelen asignarse a hombres. La evidencia nos muestra que, además de terminar las carreras en mayor proporción, las terminan en mayor número en cifras absolutas; sin embargo, la selección de profesorado prima a los hombres. La propia carrera académica constituye un proceso selectivo que tiende a ir dejando a un lado a las mujeres; la población universitaria y los estamentos de poder en la Universidad sugieren la imagen de una pirámide en la que la participación femenina es no sólo en cifras absolutas, sino también relativas, más reducida cuanto más alto subimos en la pirámide (Baigorri, Cortés y Fernández, 1997).
Prácticamente en todas las áreas de la Administración, y ya no digamos de la empresa, hallamos mecanismos y procesos similares, que han sido ampliamente analizados, pero sobre los que queda todavía mucho por estudiar, sobre todo en lo que hace al funcionamiento fáctico de redes virtuales masculinas que limitan las posibilidades de promoción de las mujeres. La base de esta discriminación está también en un cuarto elemento que hay que tener en consideración.
El segundo y el tercer trabajo
El cuarto elemento es lo que se denomina el segundo trabajo (esto es las tareas domésticas), aunque yo creo que sería mejor hablar de un segundo y un tercer trabajo.
El segundo trabajo es, ciertamente, el doméstico. El reparto del trabajo productivo no ha sido acompañado de un reparto del trabajo doméstico, con lo que las mujeres que se incorporan al mercado de trabajo deben, en términos generales, asumir un doble horario. Veíamos cómo las mujeres amas de casa dedican en Extremadura, por término medio, 6 horas y 15 minutos a las tareas domésticas. Bien, pues las mujeres que trabajan dedican sólo la mitad de ese tiempo como media, pero lógicamente añadido al de su jornada laboral. En el caso de las mujeres que trabajan a jornada completa la media de horas que dedican a trabajos domésticos es de 2 horas y 40 minutos.
Es decir, frente a las 8 horas de jornada laboral de los hombres, estas mujeres tienen una jornada laboral real de 9 horas y 50 minutos. Entre las que tienen negocios propios la situación suele ser pero, pues en un 80% de los casos nos aparecían en nuestro estudio jornadas reales superiores a las 10 horas. Naturalmente, ese segundo trabajo limita poderosamente la capacidad de las mujeres para las relaciones públicas, el tráfico político y la preparación profesional que les permita avanzar en su carrera académica, administrativa o profesional.
Pero hablaba de un tercer trabajo delimitado, porque en mi opinión debemos distinguir hoy entre el trabajo doméstico de carácter genérico, y el trabajo que se deriva de la atención a los hijos, que en la sociedad moderna constituyen una sobrecarga psicológica, añadida al mero trabajo físico en el hogar, que limita poderosamente las posibilidades de promoción profesional de la mujer. El embarazo, sin ir más lejos, ya no constituye, como ocurría legalmente hasta hace muy poco tiempo en muchas empresas, causa justificada de despido, pero sí supone la activación de muchos mecanismos de marginación que no siempre se hacen explícitos.
Genero, capital humano y eleccion personal imperfecta
Y esta cuestión de los hijos nos introduce en un quinto elemento. La capacidad creciente de elección personal.
Lo que los sistemas democráticos y el desarrollo tecnológico y social han aportado a las mujeres es una mayor capacidad de elección, aunque naturalmente es, de alguna manera, una capacidad trucada. Las mujeres pueden hoy elegir no tener hijos, o formar una familia a medias, para centrarse en su carrera. De hecho, no sólo se está reduciendo de forma creciente el número de hijos por mujer, sino que se retrasa la edad en que se tiene el primer hijo; demasiado a menudo hasta límites que suponen un claro riesgo tanto para la madre como para la integridad del niño. Sobre esta base, algunos han construído sutiles teorías -basadas en las teorías neoliberales y particularmente en los trabajos de uno de los padres de la Escuela de Chicago, Gary Becker-, según las cuales las mujeres vendrían a elegir diferentes estrategias, para desenvolverse, por lo que la discriminación que sufren en el trabajo, tanto en cuanto a promoción como en cuanto a salarios, estarían en cierto modo justificadas.
Según estas teorías, que yo denomino estrategistas, nos encontraríamos frente a "individuos racionales y maximizadores con idénticas características de partida"; con lo cual, y cito textualmente a un economista español que se ampara en esas teorías, "desde el punto de vista de la teoría del capital humano, las diferencias de ingresos y distribución ocupacional entre hombres y mujeres se deben en gran medida a diferencias de productividad en el mercado de trabajo que tienen su origen en la menor inversión en capital humano de las mujeres" (Rodriguez, 1993:61). Este tipo de teorías son extremadamente peligrosas porque, sobre la base de una supuesta racionalidad, permiten justificar, como en general hacen las teorías neoliberales, todo tipo de desigualdades e injusticias distributivas. Pues la evidencia nos muestra que hasta muy recientemente la inversión en capital humano de las mujeres no era determinada por las propias mujeres, sino por su familia, normalmente en detrimento de los hombres7.
3. MUJER Y MERCADO DE TRABAJO REMUNERADO EN EXTREMADURA
Para terminar de ubicar toda esta problemáticas, y poder enmarcar a su vez el fenómeno de la actividad empresarial femenina, debemos centrarnos ahora en los aspectos fundamentales que definen la situación de la mujer en el mercado de trabajo remunerado en nuestra región.
Como ya apuntábamos, la intensidad de incorporación de la mujer al denominado mundo laboral ha constituído una auténtica revolución en los últimos años, y consecuentemente también sido altísima en Extremadura. Mientras en 1976 eran 87.500 las mujeres que se declaraban económicamente activas en la región, en 1995 eran más de 150.000. La tasa de actividad femenina se encuentra ahora en torno a un 30% de las mujeres mayores de 16 años8.
Sin embargo, la incorporación de la mujer al mundo laboral no ha supuesto la incorporación al empleo en todos los casos. Más de un tercio de las mujeres activas se encuentran en paro, es decir no pueden satisfacer ese deseo de incorporarse al mercado de trabajo, y casi la mitad de las que están paradas buscan todavía su primer empleo. Las mujeres extremeñas son activas en menor proporción que las mujeres españolas (aunque los 19 puntos que nos separaban de la media nacional en 1986 se han reducido a 5 puntos en 1995), y están paradas en mayor proporción. Ahora mismo, el número de mujeres activas sigue creciendo, mientras el número de hombres activos se reduce (debido no sólo al descenso del número de jóvenes, sino sobre todo al retraso en la edad de incorporación al mundo del trabajo).
La misma tendencia encontramos en la ocupación. El número de varones ocupados creció hasta 1990, pero desde entonces sigue una tendencia a la baja, situándose en la actualidad por debajo de los 250.000 ocupados. Mientras que el número de mujeres ocupadas siguió creciendo hasta la recesión del '92 (en los momentos de crisis son las mujeres las que son expulsadas antes del aparato productivo, y efectivamente la recesión de estos dos o tres años ha afectado en mayor medida a las mujeres). Hemos pasado de 67.000 ocupadas en 1986 a 84.000 ocupadas en 1995.
En definitiva, en los últimos diez años las mujeres se han incorporado de forma masiva al mercado laboral, pero no sólo declarándose activas, sino que también, lo que es más importante, ocupando cada vez más puestos de trabajo. Este crecimiento ha seguido un ritmo mucho más acelerado que en el conjunto nacional, aunque todavía no se han alcanzado las tasas de actividad y ocupación medias del Estado.
Los factores que mayor inciden en la inserción en el mercado de trabajo son la edad, el nivel de estudios y los hijos. Las mayores tasas de actividad las hallamos entre las más jóvenes, entre quienes tienen niveles de estudios más altos, y entre las que no tienen hijos. Asimismo hay una clara correlación con la escala social: es más habitual la incorporación de la mujer el mercado de trabajo remunerado y reglado entre las clases medias-altas y altas, que entre las clases bajas9.
Es importante señalar que los motivos que llevan a las mujeres a incorporarse al mercado de trabajo han variado en los últimos años. Pierden peso las motivaciones esencialmente económicas (aunque todas motivaciones sean en parte económicas), y aparecen ahora con porcentajes importantes otro tipo de motivos: fundamentalmente el deseo de realización personal, o un deseo de mayor independencia. En los niveles sociales y de formación más bajos trabajan fundamentalmente por motivos económicos, mientras en los niveles sociales y de formación más altos son más importantes esas otras razones de tipo psicosocial.
Las mujeres ocupan hoy cerca del 40% de los empleos del sector servicios, un 20% en la industria manufacturera (fundamentalmente por el peso que tienen los subsectores textil y conservería), mientras que en el resto de los sectores apenas llega al 10% de los puestos. Dentro del sector servicios ocupan el 90% de los empleos en el servicio doméstico, pero también ocupan un 60% de los empleos en Sanidad, un 56% en Educación, y un 38% en Comercio.
También se ha acrecentado en los últimos años, pese a todo, la calidad de los puestos de trabajo ocupados. Así, si en 1986 sólo un 4,8% de las mujeres ocupadas eran profesoras de cualquier nivel, en 1993 el porcentaje se había elevado a un 10,5%. Y el porcentaje de otras profesiones cualificadas, incluyendo a las médicas, pasa de un 3,7% a un 7,1%. A la vez desciende la participación de trabajos menos cualificados como jornaleras del campo, empleadas de hogar, costureras, etc.
El status laboral ha mejorado por tanto de forma sustancial, pero sin embargo la discriminación sigue afectando profundamente en todos los ámbitos de trabajo. Así, aunque la mujer está en proceso de dominar cuantitativamente los trabajos de mayor nivel profesional, los puestos directivos siguen reservados a los hombres. Las mujeres ocupan más del 50% de los puestos de Profesionales Auxiliares de Ciencias e Ingenierías, del Profesorado y de Otros Profesionales y Titulados. Y, además, en el grupo de Profesionales Titulados en Ciencias e Ingeniería ocupan el 41% de los empleos, y en el conjunto de puestos y profesiones de más alto nivel han conseguido el 47%. Pero sin embargo, superando, en conjunto, el 25%, su cuota de participación laboral, sin embargo en la categoría de Directivos de Organismos Públicos y Privados tan sólo ocupan un 13% de los puestos.
Del mismo modo, siguen produciéndose diferencias salariales, que se consiguen en el sector privado por la vía directa de la discriminación, mientras que en el sector público debe recurrirse a vías indirectas más sutiles, ya que teóricamente la ley ampara el principio de que a igual trabajo, igual salario10.
La Encuesta sobre Distribución Salarial en España, publicada por el INE en 199211 mostraba cómo en las categorías de Ayudantes se dan las diferencias más significativas, llegando a ser casi un 35% superiores las remuneraciones medias de los ingenieros técnicos y ayudantes titulados que las de las mujeres de idéntica categoría; y más de un 85% superiores las de los Ayudantes no titulados que las de las mujeres de esa categoría profesional. En conjunto, para idénticas categorías, los trabajadores extremeños ganaban un 30% más que las trabajadoras.
No obstante, si tenemos en cuenta que los trabajadores de menos de 18 años, en conjunto, sólo ganaban por término medio un 12% más que las trabajadoras de la misma categoría, podemos plantear la hipótesis optimista de que las distancias podrían estar reduciéndose también en este aspecto, por lo que es previsible que a vosotas sólo os afecte en muy corta medida.
Por otro lado, y para terminar este apartado, no hay que olvidar que la cuestión del género introduce en las relaciones dentro de la empresa nuevas problemáticas, actualmente en alza, como es la que se conoce bajo la denominación de acoso sexual. Aún cuando las víctimas del acoso sexual no son en su totalidad mujeres, afectando a los hombres cada vez en mayor medida, ha sido la afluencia de mujeres a los centros de trabajo -en un marco de creciente libertad en los programas individuales de vida cotidiana- lo que ha producido la emergencia de una problemática que, aún cuando en absoluto es nueva, ahora se enmarca en un marco de conflictualidad democrática. El hecho nuevo no es la existencia del denominado acoso, o abuso sexual basado en la posición dominante del agresor, que ha existido siempre tanto en el mundo laboral como fuera del mismo, sino la capacidad de las mujeres para enfrentarse a la agresión -física o virtual- mediante instrumentos de autoconcienciación y, sobre todo, legales. El informe sobre la situación de la mujer en la región nos mostraba que "más de un 35% de las mujeres extremeñas se han sentido agredidas, de alguna forma, en alguna ocasión"(Baigorri, 1993:197), siendo las mujeres trabajadoras las que en mayor medida sufren agresiones de todo tipo, habiéndose incrementado en los últimos años el número de denuncias por agresión, que sobrepasan ya las 300 anuales en la región.
4. LA ACTIVIDAD EMPRESARIAL FEMENINA
Hasta muy recientemente la presencia de la mujer en el mundo empresarial era prácticamente nula. Dejando a un lado minúsculos comercios o servicios especializados personales -como los de peluquería-, las mujeres sólo aparecerían al frente de las empresas cuando lo hacían en calidad de Viuda de..., lo que a menudo se corregía incluso con el aditivo Viuda e hijos de..., para que la denominación no pareciese demasiado femenina. Todavía hoy muchas supuestas empresarias lo son únicamente en la medida en que ostentan la mera titularidad de las acciones de una sociedad, o la propiedad de la tierra en el caso de explotaciones agropecuarias, estando la administración y gerencia -es decir el trabajo empresarial- encomendado a otro tipo de personas, familiares o profesionales.
Sin embargo, las mujeres participan probabilísticamente en proporciones parecidas a los hombres del achievement motive (una de las traducciones de este término es la de 'necesidad de logro') enunciado por Mc Clelland, como base de la iniciativa y el progreso en las que él denominó sociedades ambiciosas, que no son otras que las sociedades desarrolladas. Únicamente la segregación cultural les ha impedido, en épocas pasadas "actuar en situaciones de riesgo calculado con realismo, con probabilidades de éxito o fracaso moderados, manifestando un fuerte deseo de realización personal" (McClelland, 1968). Precisamente el concepto de necesidad de logro, como motivación básica, se adecua con bastante exactitud a la situación actual de las mujeres, si tenemos en cuenta la propuesta del propio McClelland de que el empresario se mueve "según una necesidad de de logro que le hace preocuparse por el lucro precisamente porque le proporciona un conocimiento concreto de su competencia" (McClelland, 1968,t.1:446).
En realidad, la situación descrita no ha sido privativa de nuestro país, sino que ha sido universal, y todavía sigue siendo la situación dominante para la mayor parte de la población del planeta. No ha sido sino a finales de 1996 cuando por primera vez, una mujer ha ingresado en el exclusivo club de los directores ejecutivos de compañías de la City londinense que cotizan en bolsa. Marjorie Scardino -no casualmente una mujer no británica, sino norteamericana, de Texas- accedió en octubre de 1996 al máximo puesto de poder de la compañía Pearson, depués de gestionar durante años la revista 'The Economist'; y no deja de ser sintomático el hecho de que la prensa, al describirla, no haya hablado -como suele hacer en referencia a los grandes dirigentes empresariales masculinos- de su formación, de su inteligencia o habilidad negociadora, sino que la haya definido "como una fuerza de la naturaleza, imparable y superagresiva, que enmascara una ambición insaciable con su suave acento sureño"12; es decir, con los habituales tópicos sexistas con los que se suele masculinizar a las mujeres que se adentran en espacios sociales todavía reservados a los hombres13.
En 1976, hace apenas veinte años, después de más de dos siglos de desarrollo del capitalismo en España, tan sólo un 8% de las personas que la Encuesta de Población Activa recogía como empleadoras -es decir empresarias con empleados- eran mujeres. En sólo dos décadas ese porcentaje se ha más que duplicado, elevándose hasta un 18%, según se recoge en el gráfico. En el mismo se recoge también la evolución de las empresarias sin empleados, y trabajadoras autónomas, que se ha incrementado en menor medida14. En cualquier caso, si sumamos el total de empresarias (empleadoras y no empleadoras), vemos cómo el porcentaje de participación total femenina en la empresa ha pasado, en dicho periodo, de apenas un 21 a un 27%, lo que supone la existencia de más de 700.000 empresarias. Muy lejos, desde luego, de la proporción demográfica femenina, e incluso de su participación como fuerza de trabajo (la población asalariada femenina supone ya más de un 43% del conjunto de la población asalariada). Pero el cambio, cabe insistir en ello, ha sido profundo también en el mundo de la empresa. De hecho, parece ser que nos movemos en porcentajes cercanos a los que se dan en los Estados Unidos.
Estos datos básicamente coinciden con los encontrados al analizar el municipio de Badajoz15, donde a partir de las altas del IAE resulta que el 24,4% corresponden a mujeres, el 55,7% a hombres, y el 19,8% restante pertenecen a sociedades. En cuanto a las empresarias femeninas, son en la inmensa mayoría (en un 67% de los casos), según una muestra representativa de los datos de la Seguridad Social, autoempleadas, en la medida en que no tienen trabajadores contratados. El tamaño de las empresas femeninas en Badajoz, que en cierto modo podría ser representativo del conjunto de la región16, se recoge en el cuadro siguiente:
TAMAÑO DE LAS EMPRESAS FEMENINAS EN BADAJOZ |
||
Asalariados/as |
Casos en la muestra |
Porcentaje |
0 |
53 |
67,0 |
1 |
14 |
17,7 |
2 |
5 |
6,3 |
3 |
2 |
2,5 |
4 |
1 |
1,2 |
>4 |
3 |
3,7 |
En realidad, la condición de micronegocio que caracteriza la actividad empresarial femenina es general. En un estudio relativamente reciente, en el que se analizó la presencia de mujeres en el famoso DICODI (Directorio de Sociedades, Consejeros y Directivos), que recoge a las principales empresas españolas, tan sólo en 2 de cada 10 empresas aparecían mujeres en sus Consejos de Administración; porcentaje que se reducía al considerar los puestos directivos dentro de los consejos, donde en tan sólo una de cada diez empresas aparecían mujeres. La gran mayoría de mujeres que aparecían en el DICODI eran simplemente consejeras o vocales (un 64,5%), esto derivado en muchos casos de su condición de propietarias consortes, viudas o herederas; sólo en un 13% de los casos eran aparecían como secretarias del Consejo; sólo el 9,5% eran presidentas, y el 4,7% vicepresidentas. Tan sólo el 4,21% aparecían como administradoras -es decir, a cargo del auténtico control gerencial de la empresa-. Por otra parte, toda esta presencia femenina se concentraba en las empresas pequeñas y medianas, siendo casi inexistente en sociedades con capital superior a 1.000 millones de pesetas (Romero, 1990:153).
El estudio de Romero profundiza en las razones que motivan a las mujeres a lanzarse a la aventura empresarial; razones que, en el fondo, parecen ser las mismas que empujan a los hombres: según ya hemos señalado, la ambición de logro, de la que el lucro, o beneficio económico, es tan sólo la prueba del éxito. Sin embargo, en el caso de las mujeres -sobre todo de las casadas- la necesidad de independencia, de creación de una vida propia, puede constituir muchas veces el catalizador de la actividad empresarial, si bien ésta sólo se materializará en la medida en que el motor básico -la ambición de logro- esté activado.
¿Hay empresas 'femeninas'?
Por otro lado, si en las motivaciones para la actividad no creo que pueda hablarse con propiedad de una diferenciación según géneros, la propia actividad sí nos muestra diferencias sustanciales, derivadas no de las diferencias intrínsecas entre los sexos, sino de los factores estructurales que, en el caso de las mujeres, constituyen fuertes limitantes, sobre todo en lo que se refiere a la capacidad de acceso a la financiación, dada su tradicional posición de dependencia: "Esta posición de dependencia y falta de autonomía va a provocar en la mujer, ante la acción emprendedora, una mayor convulsión, una posición angustiosa y desesperante, disparándose en su estructura psicológica los fantasmas de la inseguridad personal, con lo que el riesgo económico de partida amplifica los propios temores" (Romero, 1990:154).
Las diferencias también son sustanciales en cuanto a la actividad sectorial. La actividad de las mujeres empresarias no sólo se centra en el sector terciario, sino particularmente se concentra en el comercio. Para algunos autores "es posible que éste caracter eminentemente comercial de la actividad empresarial femenina marque un movimiento de la actividad femenina hacia la conexión con el mundo exterior. Este sentido de exterioridad que implican las relaciones públicas y las relaciones con clientes y, en general, la venta, la organización comercial, representa la posibilidad de conectar inmediatamente, factualmente, con el mundo exterior (...) Lógicamente se trata de una reacción contra el dilatado proceso de sujección al hogar; es una manera de apropiarse del espacio público a través de un sistema comunicativo inmediato y abierto" (Romero, 1990:150).
Sin embargo, probablemente ésta sea una explicación sexista. Una interpretación más racional y realista debería tener en cuenta esas limitaciones femeninas a que hemos hecho referencia; no creemos que la mujer tenga preferencia por el comercio, frente a otras actividades tecnológicamente más avanzadas del terciario o el cuaternario, o incluso de la industria. Simplemente es el sector en que se les ha abierto un hueco, y en el que las inversiones y riesgos son menores.
Y, en el caso extremeño nuevamente hallamos similitud con las tendencias globales. En el citado análisis de las licencias del IAE en la ciudad de Badajoz el peso del comercio en la actividad empresarial femenina es aplastante, alcanzando un 61,7% el porcentaje de empresarias que se ubican en este subsector. En el cuadro se recoge la distribución por sectores.
DISTRIBUCIÓN SECTORIAL DEL EMPRESARIADO EN BADAJOZ |
||||||||||||
|
Industria |
% |
Comercio |
% |
Servicios |
% |
Agricultura |
% |
Construccion |
% |
TOTAL |
% |
Hombres |
107 |
2,8 |
1699 |
44,6 |
1592 |
41,8 |
35 |
1 |
374 |
9,8 |
3807 |
100 |
% |
55,5 |
|
49 |
|
61,7 |
|
81,4 |
|
67,5 |
|
55,7 |
|
Mujeres |
28 |
1,6 |
1032 |
61,7 |
587 |
35,1 |
6 |
0,3 |
18 |
1 |
1671 |
100 |
% |
14,5 |
|
29,7 |
|
22,8 |
|
13,9 |
|
3,2 |
|
24,4 |
|
Sociedades |
58 |
4,3 |
734 |
54,2 |
398 |
29,3 |
2 |
0,2 |
162 |
12 |
1354 |
100 |
% |
30 |
|
21,3 |
|
15,5 |
|
4,7 |
|
29,2 |
|
19,8 |
|
TOTAL |
193 |
2,8 |
3465 |
50,7 |
2577 |
37,7 |
43 |
0,7 |
554 |
8,1 |
6832 |
100 |
% |
100 |
|
100 |
|
100 |
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100 |
|
100 |
|
100 |
|
Por lo demás, todavía no sabemos mucho más sobre las características específicas del hacer empresarial femenino, si es que existe como tal. Pero, en cualquier caso no cabe duda de que la irrupción de las mujeres en el mundo emrpesarial está coincidiendo con la penetración de nuevos modos y formas de interrelacionarse en el marco de la empresa, y de las relaciones interempresariales. De alguna manera están respondiendo, a juicio de algunos investigadores, a los nuevos requerimientos de la empresa: "El principio dominante de la organización ha cambiado, del mando para controlar una empresa se ha pasado a la cooperación para que lo mejor de las personas salga a la luz y para responder con rapidez al cambio. Éste no es el tipo de 'liderazgo', al que individuos y grupos suelen recurrir cuando quieren una figura paterna que solucione sus problemas. Es un liderazgo democrático, aunque exigente, que respeta a las personas y fomenta el autogobierno, los equipos autónomos y las iniciativas conjuntas (...y...) Fuera del modelo de mando militar, los hombres y las mujeres son, por igual, capaces de inspirar confianza y motivar a las personas" (Naisbitt, Aburdene, 1990:262). Aunque, naturalmente, nuevamente es difícil determinar cúal es la causa y cúal el efecto: en qué medida éstos cambios los están provocando las mujeres, o simplemente éstas están respondiendo, según se les demanda, a las nuevas necesidades productivas.
Un último punto que deberíamos considerar en esta aproximación debería ser el asociacionismo femenino en el campo de la producción. Este puede analizarse tanto en el ámbito de la formación de redes virtuales entre las profesionales cualificadas en empleos de élite -altas funcionarias, profesoras, directivas de empresa...-, como en el ámbito de la afiliación y participación sindical, como en fin en el ámbito del asociacionismo empresarial. Respecto de los dos primeros ámbitos considerados, debe decirse que está todo por hacer en lo que a la investigación se refiere17. En cuanto a la tercera cuestión, no podemos ir mucho más allá de señalar la existencia de dos asociaciones de mujeres empresarias en la región, ambas con muy bajos niveles de afiliación. La más antigua, AMEBA (Asociación de Mujeres Empresarias de Badajoz) surgió en cierto modo como escisión femenina de la patronal pacense, COEBA. Mientras que ORMEX (Organización de Mujeres Empresarias de Extremadura) está integrada en COEBA, y su presidenta forma parte del Comité Ejecutivo de la patronal. Ambas son muy representativas del tipo de empresa que según hemos visto caracteriza a las mujeres empresarias -esto es, subsectores de comercio y servicios personales, y microempresas-.
5. BIBLIOGRAFÍA CITADA
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Baigorri, A., dir. (1991), Paro, mercado de trabajo y formación ocupacional en Extremadura, Consejería de Economía y Hacienda, Mérida
Baigorri, A. , dir., (1993), Mujeres en Extremadura, Dirección General de la Mujer, Mérida
Baigorri, A., dir., (1994), El paro agrario, Servicio de Publicaciones de la Diputación Provincial de Badajoz, Badajoz
Baigorri, A. (1995), El hombre perplejo, Dirección General de la Mujer, Mérida
Baigorri, A., Fernández, R., Cortés, G. (1997), ‘Cuando el saber no es poder: cultura universitaria, género y poder’, en X Seminario Internacional de Sociología Educación y Formación para la Participación en las Organizaciones, Universidad de Las Palmas/ Asociación Internacional de Sociología, Las Palmas de Gran Canaria. Una primera versión de esta comunicación se presentó en el V Congreso Español de Sociología (Granada, 1995)
Comas, D. (1995), Trabajo, género, cultura, Icaria, Barcelona, 1995, pag. 35
Durán, M.A. (1997), ‘El papel de mujeres y hombres en la economía española’, ICE, nº 760: 9-29
García de León, M.T. (1994), Élites discriminadas (sobre el poder de las mujeres), Anthropos, Barcelona
Garrido, L., Gil, E., eds., (1993), Estrategias familiares, Alianza Editorial, Madrid
McClelland, D.C. (1968), La sociedad ambiciosa. Factores psicológicos del desarrollo económico, Guadarrama, Madrid, 1968
Mills, C.W. (1973), White-collar. Las clases medias en Norteamérica, Aguilar, Madrid (ed. original de 1951)
Naisbitt, J., Abuderne, P. (1990), Megatrendsa 2000, Plaza y Janés & Cambio 16, Barcelona
Rodriguez, J.M. (1993), ‘Inversión en capital humano e ingresos de hombres y mujeres’, en Garrido, L., Gil, E., eds., Estrategias familiares, op.cit.
Romero, M. (1988), La empresaria española, Ministerio de Cultura, Madrid
Romero, M. (1990), La actividad empresarial femenina en España, Ministerio de Asuntos Sociales, Madrid
Toffler, A. (1981), La tercera ola, Plaza y Janés, Barcelona
Artemio Baigorri
Badajoz, Octubre 1997
1Aunque en España la introducción de asignaturas relacionadas con estos temas en el currículo formativo de la Universidad es muy reciente, en otros países está ya muy extendida.
2No olvidamos intentos fallidos como el estudio denominado ‘Condiciones socioeconómicas y potencialidades de los sectores económicos en Extremadura y su contribución al empleo femenino’, realizado en 1995 y que no aporta absolutamente nada al conocimiento de la cuestión. O aportaciones tangenciales de cierto interés como el estudio sobre la condición de las mujeres rurales encargado también por la Dirección General de la Mujer en 1994. Algunos aspectos sobre las dificultades de inclusión de las mujeres en posiciones de poder dentro del mercado de trabajo han sido tratadas en (Fernández, Baigorri y Cortés, 1997). Por otra parte, actualmente desarrollamos en el Área de Sociología del Departamento de Economía Aplicada y Organización de Empresas una investigación sobre trabajadoras domésticas transfronterizas en Badajoz que puede aportar alguna luz sobre un colectivo muy particular.
3Para hacerse idea de lo que esto significa, podemos recordar cómo la inclusión de las mujeres en el Régimen Especial Agrario de la Seguridad Social ha sido aceptada por el Estado casi cuando ya no quedaban mujeres en el campo. Pero durante décadas las mujeres, que se hacían cargo a veces al cien por cien de las explotaciones agrarias o ganaderas, no eran admitidas sin embargo como agricultoras. Porque su trabajo era invisible. Las consecuencias, en cuanto a percepción de pensiones de jubilación, han sido lógicamente muy graves.
4Puede verse una interesante formulación de esta cuestión desde la perspectiva de las cuentas nacionales para el caso español en (Durán, 1997)
5No es casual que, durante mucho tiempo, se hablase de los trabajadores en términos militaristas. Había ejércitos de trabajadores, brigadas de obreros, y los empresarios fueron durante mucho tiempo capitanes de la Industria.
6Un análisis de los anuncios de ofertas de empleo aparecidos en periódicos de difusión nacional, realizado a lo largo del curso 1996-97 por Ángela Montaño, Aránzazu Hernández, Providencia López, Raquel Montero y Ana Ramos (alumnas de la Facultad de CC. Económicas y Empresariales), un 13,5% de las ofertas iban dirigidos explícitamente a mujeres. De éstos la mayoría ofrecían trabajo como secretaria, televendedora, mecanógrafa, etc. Al decir de nuestras jóvenes investigadoras, "como si las mujeres nacieran con una predisposición para desarrollar según qué puestos de trabajo; como si un hombre no pudiera contestar con voz más o menos agradable a una llamada telefónica, o como si no pudiera ofrecer una imagen atractiva de cara al cliente".
7Puede verse una crítica de estas teorías en (Baigorri, 1995: 17ss)
8La fuente que hemos utilizado para este análisis es la Encuesta de Población Activa (EPA)
9Por otro lado entre las clases más bajas una buena parte del empleo femenino es en realidad subempleo, o trabajo sumergido, realizado sin relación contractual alguna -sobre todo el servicio doméstico-, por lo que la situación en este ámbito es notablemente engañosa.
10Al ocupar los hombres los puestos de responsabilidad, las pequeñas prebendas vinculadas a los mismos -remuneraciones extras por trabajos extras, dietas y kilometrajes por desplazamientos, 'regalos' recibidos, encargos profesionales desde fuera de la Administración, y un largo etcétera...- incrementan lógicamente un salario teóricamente igual.
11La última Encuesta Salarial, recientemente publicada, muestra cómo las diferencias, cunque se mantienen, tienden a moderarse. Limitaciones de tiempo, sin embargo, nos han impedido en esta ocasión manejar esos datos más actuales.
12Citado en el diario El Mundo, 19/X/96, pag. 30
13Sin olvidar, al considerar las referencias a "la fuerza de la Naturaleza", los tópicos del nuevo sexismo supuestamente feminista que, bajo la denominación de eco-feminismo, recupera paralelismos organicistas y preuniversalistas entre la mujer y la Naturaleza -es decir, también el irracionalismo-.
14Hay que tener en cuenta un sesgo importante, y es que las trabajadoras domésticas, auténticas trabajadoras autónomas, no figuran normalmente en la EPA, ya que en su inmensa mayoría se trata de empleo sumergido.
15Los datos que citamos sobre la ciudad de Badajoz no corresponden a una investigación propia, sino que están tomados del trabajo de campo realizado por Concepción Álvarez, Mari Luz Galán, Mercedes García, Trinidad Gómez, Gema González, Miguel Ángel Gil y Antonio Ramón Jiménez, alumnas/os de la Facultad de CC. Económicas y Empresariales, cuya investigación he dirigido en el curso 1996-97.
16Desgraciadamente está por hacer un estudio sobre las mujeres empresarias en nuestra región. Todos los intentos de abordar dicho tema han resultado infructuosos hasta la fecha. Por otra parte, hay que tener en cuenta también las especiales características de Badajoz, un municipio netamente urbano que constituye la principal ciudad de la región.
17En el caso del sindicalismo, constituye ya un tópico en la literatura sobre el tema la cuestión de la baja afiliación femenina. Sin embargo, faltan análisis empíricos concluyentes que sobre todo expliquen -y no sólo describan- el por qué de dicha renuencia, que probablemente esté relacionada con aspectos culturales del sindicalismo de corte industrial todavía vigente.
Baigorri, A. (1997). Género, trabajo y empresa. Una aproximación al caso extremeño. I Congreso Extremeño de Sociología, URL: https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/1997/10/genero-trabajo-y-empresa-una.html