GÉNERO,
TRABAJO Y EMPRESA. Una
aproximación al caso extremeño
Artemio
Baigorri, Sociólogo, Universidad
de Extremadura
Convertido desde WordPerfect, con algunas imprecisiones visuales
RESUMEN
En
los últimos años, la cuestión del género (esto es, la
diferenciación social de roles y posiciones sociales entre hombres y
mujeres) ha alcanzado prácticamente a todas las áreas de la
Sociología. No sólo constituye una especialidad en sí misma,
crecientemente importante (la Sociología del Género), sino que de
alguna manera ha empapado a todas las otras especialidades, y
muy particularmente la Sociología de la Empresa y del Trabajo. Desde
la perspectiva de estas especialidades, se desarrolla en esta
comunicación un análisis macrosocial de dichos cambios y de los
efectos que han determinado en Extremadura.
Tras
una primera parte introductoria, en la segunda parte se propone una
interpretación fundamentalmente teórica del proceso de
incorporación de la mujer al mercado de trabajo, o más exactamente
lo que denominamos ‘el
paso del trabajo invisible al empleo visible’.
La tercera parte se centra en los cambios operados y en las
características de la participación de la mujer en el mercado de
trabajo remunerado en Extremadura. Y, finalmente, en la cuarta parte
se plantean algunas cuestiones básicas sobre la actividad
empresarial femenina.
El
objetivo de esta comunicación es, más allá de aportar algunos
datos y análisis básicos, el de señalar y animar temas objeto de
estudio que deberían ser abordados en un futuro.
1.
INTRODUCCIÓN
En
los últimos años, la cuestión del género (esto es, el conjunto de
hechos sociales relacionados con la diferenciación social de roles y
posiciones sociales entre hombres y mujeres) ha venido preocupando
prácticamente a todas las áreas de la Sociología. No sólo
constituye una especialidad en sí misma, crecientemente
importante (la Sociología del Género) y que incluso forma ya parte
curricular de la formación de muchos sociólogos,
sino que de alguna manera ha contaminado
a
todas las especialidades, y muy particularmente la Sociología
de la Empresa y del Trabajo.
Razones
objetivas han hecho que esto ocurra. El fenómeno que en las últimas
décadas más ha impactado sobre los mercados de trabajo de los
países desarrollados, entre éstos el nuestro, no ha sido la crisis
del petróleo de mediados de los '70, ni las sucesivas recesiones que
se han producido en los años subsiguientes; ni siquiera el ya
popular tópico de la globalización de los mercados. El hecho más
importante, y que en mayor medida ha contribuído a la
desestabilización de los mercados laborales, ha sido la
incorporación de la mujer al mercado de trabajo.
Este
fenómeno ha tenido profundas repercusiones en la reestructuración
del mercado de trabajo, aunque todavía no es seguro que no sea sino
una consecuencia de la propia reestructuración de ese mercado; es
decir, que se deba más a la propia demanda de fuerza de trabajo que
a una decisión propia de las mujeres, determinada por los cambios
culturales.
Pero
el hecho cierto, en cualquier caso, es que este cambio tiene un gran
significado social. Sobre todo si tenemos en cuenta que, para algunos
autores -y sobre todo autoras-, no es el sistema productivo y
tecnológico el que determina las diferencias de género -esto es, lo
que llamamos la división
sexual del trabajo-,
sino que ocurre al contrario: "La
división del trabajo no crea relaciones sociales; es justamente lo
inverso: las relaciones sociales existentes se concretan en
determinadas maneras de repartir el trabajo. La división del trabajo
es, pues, un punto de llegada, es resultado de un determinado estado
de las fuerzas productivas y de las relaciones sociales que les son
inherentes"
(Comas, 1995:35). Es una posición muy discutible, pero que refleja
en cualquier caso el estado de la cuestión.
En
el caso de Extremadura, algunos estudios han mostrado los cambios
fundamentales operados en la cuestión de los géneros. Tras un
primer informe fundamentalmente descriptivo e introductorio
(Abarrategui, 1987), encargado por la Asamblea de Extremadura, la
Dirección General de la Mujer realizó un segundo informe general,
comparativo de los cambios operados respecto del anterior, pero sobre
todo profundizando mucho más en cuestiones fundamentales, entre
ellas la relación entre la mujer y el mercado de trabajo (Baigorri,
1993). A esta cuestión ya se había prestado particular atención en
los primeros estudios sobre mercado de trabajo realizados en
Extremadura (Baigorri, 1991 y 1994).
Sin
embargo, desde la realización de tales estudios no se ha avanzado
mucho más.
Y esta ponencia persigue justo el objetivo de animar a profundizar en
el tema, atendiendo tanto a aspectos más conocidos de la cuestión
como a aquellos otros sobre los que aún nos queda todo por conocer.
2.
TRABAJO Y GÉNERO
Para
acercarnos a la problemática que relaciona el género con el trabajo
y la empresa, debemos en primer lugar hacer una consideración
fundamental entre trabajo visible y trabajo invisible.
Del
trabajo invisible al empleo visible
Entendemos
por empleo
visible
el trabajo que se realiza en el ámbito de la público, por
intermedio de alguna especie de relación contractual que conlleva el
pago de un salario; mientras que al hablar de trabajo
invisible
-un concepto inspirado fundamentalmente por Illich- nos referimos, no
tanto a lo que generalmente se conoce como trabajo sumergido, sino a
algo mucho más sutil: a todo aquel trabajo que no es socialmente
reconocido como tal.
Ese
trabajo invisible es el que realizan las mujeres dentro del ámbito
de su familia, pero no únicamente las tareas domésticas propiamente
dichas -esto es las que realiza cuando representa el rol de ama de
casa-, sino también esos trabajos de todo tipo que a menudo se
realizan en el campo, en la explotación ganadera, en la pequeña
industria o artesanía familiar, pero que habitualmente quedan fuera
de toda contabilidad.
Naturalmente
no se trata de una mera delimitación semántica de conceptos. Esta
distinción entre trabajo visible e invisible ha tenido para las
mujeres -y para muchos grupos sociales en su conjunto- efectos
graves.
La
mera utilización del concepto de amas
de casa,
a las cuales se incluye, desde que existe la estadística laboral, en
el capítulo de la población inactiva, implica unos presupuestos de
marginación social importantes.
Para
hacernos idea del contrasentido que esto supone, veamos el tiempo de
trabajo las amas de casa, según la encuesta que realizamos en 1993
en Extremadura (Baigorri, 1993: 96). Las mujeres que se dedican a las
tareas domésticas trabajan por término medio 6 horas y 15 minutos.
Si tenemos en cuenta que este tipo de trabajo no cuenta con descansos
dominicales, puentes ni vacaciones, tendremos un tiempo de trabajo
superior incluso a la jornada laboral media.
Es
decir, cuando hablamos de incorporación de la mujer al mercado de
trabajo, no debemos prestarnos a confusiones, ya que estamos hablando
de un proceso muy complejo -y por ello tan costoso-, de evolución de
la invisibilidad a la visibilidad.
La
division sexual del trabajo en el capitalismo y la sociedad
industrial
En
segundo lugar debemos conocer el proceso por el cual las mujeres, que
durante siglos han compartido el trabajo visible con los hombres
(aunque éstos rara vez han compartido el trabajo invisible con
ellas), pasaron a convertirse en laboralmente invisibles. Para ello
debemos repasar algunos cambios sociales que se producen como
consecuencia del desarrollo de la sociedad industrial y del
capitalismo, a partir sobre todo de mediados del siglo XVIII.
El
capitalismo industrial saca de los talleres familiares, de los campos
-que eran cultivados colectiva e igualitariamente por los hombres y
mujeres de la familia-, a los hombres, para llevarlos a las minas y
las fábricas -que precisan en las primeras épocas la mera fuerza
bruta, como se precisaba en la guerra-,
y deja a las mujeres encerradas en el lar,
que es a la vez la hacienda y el hogar.
Toffler
ha hecho una curiosa interpretación de la que él llama la
gran división sexual,
que creo bastante acertada porque explica en términos materialistas
y ecológicos lo que podemos denominar también la
gran segregación espacial entre los sexos
que se produce en el capitalismo, y que en aquéllos países en los
que éste se fundió con la moral implantada por la Contrarreforma
católica -España- llegó a alcanzar niveles de represión
increíbles.
El
capitalismo industrial, además de traer el trabajo desde el campo y
el hogar a la fábrica, introdujo un nivel mucho más elevado de
interdependencia. Se precisaba ahora un esfuerzo colectivo, una
división estricta del trabajo, la coordinación e integración de
muchas habilidades distintas. Apunta que, a partir de ese momento,
"cada
hogar subsistió como una unidad descentralizada, dedicada a la
reproducción biológica, la educación de los hijos y la transmisión
cultural"
(Toffler, 1981:59), dando lugar a una nueva división del trabajo
entre los sexos: el hombre asumió la responsabilidad de las nuevas
formas, históricamente más avanzadas, de trabajo, mientras la mujer
quedó en casa ocupándose de las formas de trabajo más primitivas.
El hogar familiar era el espacio de producción y reproducción de la
fuerza de trabajo, pero este proceso no podía hacerse (al menos
todavía) según los nuevos métodos de producción.
Nos
hallamos, además, en el momento en el que la economía monetaria se
impone, y la población trabajadora, arrojada a las ciudades, debe
adquirir fuera de su hogar todo aquello que precisa para la
supervivencia; esto es, mercancías que sólo podían pagarse con el
salario que el hombre traía de la fábrica. Y si sólo el trabajo
que se vende a personas ajenas a la unidad familiar puede llegar a
tener un valor de cambio, la consecuencia según esa misma base es
que el trabajo realizado por la mujer dentro de la unidad familiar se
desvaloriza. De esta forma, con esta división, el hombre entró
virtualmente en el futuro, y la mujer fue arrojada al pasado.
En
cualquier caso, la Historia es un proceso dialéctico, y nuevamente
en términos de contradicción, será precisamente en el marco del
capitalismo y de las revoluciones burguesas donde se crearán las
condiciones materiales, y el caldo de cultivo ideológico, que
conducen a la liberación de la mujer de todo tido de segregaciones.
Las nuevas necesidades materiales del capitalismo, y el
desarrollo de la Democracia, han sido condiciones necesarias para que
se pusiese en marcha el proceso de ocupación, por las mujeres, de su
mitad
del mundo.
Lo
que ha ocurrido en realidad es que el sistema económico se ha
encontrado sin brazos suficientes para atender, primero una serie de
servicios que eran rechazados por los hombres (como el cuidado de
enfermos, la limpieza de edificios de administración y producción,
el cuidado de los niños....), y luego ya la totalidad de la
producción. En la primera mitad del siglo XX el despliegue del
capitalismo, y sobre todo de la producción industrial de masas
-fordismo- exigieron la dedicación de una ingente cantidad de
mujeres a tareas de administración. Mills, al analizar los
white-collar
y en general el trabajo de oficina en los Estados Unidos de mediados
del siglo XX, señala cómo “el
rasgo principal es que la oficina está llena de mujeres. Las mujeres
americanas han tenido dos generaciones de experiencia en fábricas y
en servicios industriales. Pero esta experiencia no ha sido tan
generalizada y difundida como la experiencia de la muchacha ‘white
collar’”
(Mills, 1973: 258). De hecho, todavía hoy la mayor oferta de trabajo
a las mujeres se hace en este mismo sector relacionado con la
administración y los servicios.
La
discriminacion 'ligth'
Un
tercer elemento que debemos tener en cuenta es la existencia de
mecanismos sutiles -incluso no siempre conscientes son de ello los
hombres que los utilizan en provecho propio- que mantienen, aún
cuando ya nadie se opone formalmente a la incorporación de la mujer
al mercado de trabajo, barreras poderosas que le siguen impidiendo al
acceso a los puestos claves (García de León, 1994).
Dejando
a un lado las situaciones de privilegio de clase, en términos
generales las mujeres tienen todavía que demostrar no ya la misma,
sino a menudo mayor capacidad incluso que los hombres, para ocupar un
puesto equivalente de responsabilidad. Los mecanismos de segregación
se aplican ya en las primeras fases del proceso selectivo, como es la
Universidad. Y es la Universidad precisamente un buen ejemplo de
cómo se practica la segregación, incluso en los grupos
sociales supuestamente más cultos y avanzados.
La
evidencia muestra que las mujeres terminan las carreras
universitarias en mayor proporción que los hombres, y obtienen en
términos generales mejores aprovechamientos. Sin embargo, salvo
excepciones las notas más sobresalientes suelen asignarse a hombres.
La evidencia nos muestra que, además de terminar las carreras en
mayor proporción, las terminan en mayor número en cifras absolutas;
sin embargo, la selección de profesorado prima a los hombres. La
propia carrera académica constituye un proceso selectivo que tiende
a ir dejando a un lado a las mujeres; la población universitaria y
los estamentos de poder en la Universidad sugieren la imagen de
una pirámide en la que la participación femenina es no sólo en
cifras absolutas, sino también relativas, más reducida cuanto más
alto subimos en la pirámide (Baigorri, Cortés y Fernández, 1997).
Prácticamente
en todas las áreas de la Administración, y ya no digamos de la
empresa, hallamos mecanismos y procesos similares, que han sido
ampliamente analizados, pero sobre los que queda todavía mucho por
estudiar, sobre todo en lo que hace al funcionamiento fáctico de
redes
virtuales
masculinas que limitan las posibilidades de promoción de las
mujeres. La base de esta discriminación está también en un cuarto
elemento que hay que tener en consideración.
El
segundo y el tercer trabajo
El
cuarto elemento es lo que se denomina el segundo trabajo (esto es las
tareas domésticas), aunque yo creo que sería mejor hablar de un
segundo y un tercer trabajo.
El
segundo trabajo es, ciertamente, el doméstico. El reparto del
trabajo productivo no ha sido acompañado de un reparto del trabajo
doméstico, con lo que las mujeres que se incorporan al mercado de
trabajo deben, en términos generales, asumir un doble horario.
Veíamos cómo las mujeres amas de casa dedican en Extremadura, por
término medio, 6 horas y 15 minutos a las tareas domésticas. Bien,
pues las mujeres que trabajan dedican sólo la mitad de ese tiempo
como media, pero lógicamente añadido al de su jornada laboral. En
el caso de las mujeres que trabajan a jornada completa la media de
horas que dedican a trabajos domésticos es de 2 horas y 40 minutos.
Es
decir, frente a las 8 horas de jornada laboral de los hombres, estas
mujeres tienen una jornada laboral real de 9 horas y 50 minutos.
Entre las que tienen negocios propios la situación suele ser pero,
pues en un 80% de los casos nos aparecían en nuestro estudio
jornadas reales superiores a las 10 horas. Naturalmente, ese segundo
trabajo limita poderosamente la capacidad de las mujeres para las
relaciones públicas, el tráfico político y la preparación
profesional que les permita avanzar en su carrera académica,
administrativa o profesional.
Pero
hablaba de un tercer trabajo delimitado, porque en mi opinión
debemos distinguir hoy entre el trabajo doméstico de carácter
genérico, y el trabajo que se deriva de la atención a los hijos,
que en la sociedad moderna constituyen una sobrecarga psicológica,
añadida al mero trabajo físico en el hogar, que limita
poderosamente las posibilidades de promoción profesional de la
mujer. El embarazo, sin ir más lejos, ya no constituye, como ocurría
legalmente hasta hace muy poco tiempo en muchas empresas, causa
justificada de despido, pero sí supone la activación de muchos
mecanismos de marginación que no siempre se hacen explícitos.
Genero,
capital humano y eleccion personal imperfecta
Y
esta cuestión de los hijos nos introduce en un quinto elemento. La
capacidad creciente de elección personal.
Lo
que los sistemas democráticos y el desarrollo tecnológico y social
han aportado a las mujeres es una mayor capacidad de elección,
aunque naturalmente es, de alguna manera, una capacidad trucada. Las
mujeres pueden hoy elegir no tener hijos, o formar una familia a
medias, para centrarse en su carrera. De hecho, no sólo se está
reduciendo de forma creciente el número de hijos por mujer, sino que
se retrasa la edad en que se tiene el primer hijo; demasiado a menudo
hasta límites que suponen un claro riesgo tanto para la madre como
para la integridad del niño. Sobre esta base, algunos han construído
sutiles teorías -basadas en las teorías neoliberales y
particularmente en los trabajos de uno de los padres de la Escuela de
Chicago, Gary Becker-, según las cuales las mujeres vendrían a
elegir diferentes estrategias, para desenvolverse, por lo que la
discriminación que sufren en el trabajo, tanto en cuanto a promoción
como en cuanto a salarios, estarían en cierto modo justificadas.
Según
estas teorías, que yo denomino estrategistas, nos encontraríamos
frente a "individuos
racionales y maximizadores con idénticas características de
partida";
con lo cual, y cito textualmente a un economista español que se
ampara en esas teorías, "desde
el punto de vista de la teoría del capital humano, las diferencias
de ingresos y distribución ocupacional entre hombres y mujeres se
deben en gran medida a diferencias de productividad en el mercado de
trabajo que tienen su origen en la menor inversión en capital humano
de las mujeres"
(Rodriguez, 1993:61). Este tipo de teorías son extremadamente
peligrosas porque, sobre la base de una supuesta racionalidad,
permiten justificar, como en general hacen las teorías neoliberales,
todo tipo de desigualdades e injusticias distributivas. Pues la
evidencia nos muestra que hasta muy recientemente la inversión
en capital humano
de las mujeres no era determinada por las propias mujeres, sino por
su familia, normalmente en detrimento de los hombres.
3.
MUJER Y MERCADO DE TRABAJO REMUNERADO EN EXTREMADURA
Para
terminar de ubicar toda esta problemáticas, y poder enmarcar a su
vez el fenómeno de la actividad empresarial femenina, debemos
centrarnos ahora en los aspectos fundamentales que definen la
situación de la mujer en el mercado de trabajo remunerado en nuestra
región.
Como
ya apuntábamos, la intensidad de incorporación de la mujer al
denominado mundo laboral ha constituído una auténtica revolución
en los últimos años, y consecuentemente también sido altísima en
Extremadura. Mientras en 1976 eran 87.500 las mujeres que se
declaraban económicamente
activas
en la región, en 1995 eran más de 150.000. La tasa de actividad
femenina se encuentra ahora en torno a un 30% de las mujeres mayores
de 16 años.
Sin
embargo, la incorporación de la mujer al mundo laboral no ha
supuesto la incorporación al empleo en todos los casos. Más de un
tercio de las mujeres activas se encuentran en paro, es decir no
pueden satisfacer ese deseo de incorporarse al mercado de trabajo, y
casi la mitad de las que están paradas buscan todavía su primer
empleo. Las mujeres extremeñas son activas en menor proporción que
las mujeres españolas (aunque los 19 puntos que nos separaban de la
media nacional en 1986 se han reducido a 5 puntos en 1995), y están
paradas en mayor proporción. Ahora mismo, el número de mujeres
activas sigue creciendo, mientras el número de hombres activos se
reduce (debido no sólo al descenso del número de jóvenes, sino
sobre todo al retraso en la edad de incorporación al mundo del
trabajo).
La
misma tendencia encontramos en la ocupación. El número de varones
ocupados creció hasta 1990, pero desde entonces sigue una tendencia
a la baja, situándose en la actualidad por debajo de los 250.000
ocupados. Mientras que el número de mujeres ocupadas siguió
creciendo hasta la recesión del '92 (en los momentos de crisis son
las mujeres las que son expulsadas antes del aparato productivo, y
efectivamente la recesión de estos dos o tres años ha afectado en
mayor medida a las mujeres). Hemos pasado de 67.000 ocupadas en 1986
a 84.000 ocupadas en 1995.
En
definitiva, en los últimos diez años las mujeres se han incorporado
de forma masiva al mercado laboral, pero no sólo declarándose
activas, sino que también, lo que es más importante, ocupando cada
vez más puestos de trabajo. Este crecimiento ha seguido un ritmo
mucho más acelerado que en el conjunto nacional, aunque todavía no
se han alcanzado las tasas de actividad y ocupación medias del
Estado.
Los
factores que mayor inciden en la inserción en el mercado de trabajo
son la edad, el nivel de estudios y los hijos. Las mayores tasas de
actividad las hallamos entre las más jóvenes, entre quienes tienen
niveles de estudios más altos, y entre las que no tienen hijos.
Asimismo hay una clara correlación con la escala social: es más
habitual la incorporación de la mujer el mercado de trabajo
remunerado y reglado entre las clases medias-altas y altas, que entre
las clases bajas.
Es
importante señalar que los motivos que llevan a las mujeres a
incorporarse al mercado de trabajo han variado en los últimos años.
Pierden peso las motivaciones esencialmente económicas (aunque todas
motivaciones sean en parte económicas), y aparecen ahora con
porcentajes importantes otro tipo de motivos: fundamentalmente el
deseo de realización personal, o un deseo de mayor independencia. En
los niveles sociales y de formación más bajos trabajan
fundamentalmente por motivos económicos, mientras en los niveles
sociales y de formación más altos son más importantes esas otras
razones de tipo psicosocial.
Las
mujeres ocupan hoy cerca del 40% de los empleos del sector servicios,
un 20% en la industria manufacturera (fundamentalmente por el peso
que tienen los subsectores textil y conservería), mientras que en el
resto de los sectores apenas llega al 10% de los puestos. Dentro del
sector servicios ocupan el 90% de los empleos en el servicio
doméstico, pero también ocupan un 60% de los empleos en Sanidad, un
56% en Educación, y un 38% en Comercio.
También
se ha acrecentado en los últimos años, pese a todo, la calidad de
los puestos de trabajo ocupados. Así, si en 1986 sólo un 4,8% de
las mujeres ocupadas eran profesoras de cualquier nivel, en 1993 el
porcentaje se había elevado a un 10,5%. Y el porcentaje de otras
profesiones cualificadas, incluyendo a las médicas, pasa de un 3,7%
a un 7,1%. A la vez desciende la participación de trabajos menos
cualificados como jornaleras del campo, empleadas de hogar,
costureras, etc.
El
status laboral ha mejorado por tanto de forma sustancial, pero sin
embargo la discriminación sigue afectando profundamente en todos los
ámbitos de trabajo. Así, aunque la mujer está en proceso de
dominar cuantitativamente los trabajos de mayor nivel profesional,
los puestos directivos siguen reservados a los hombres. Las mujeres
ocupan más del 50% de los puestos de Profesionales Auxiliares de
Ciencias e Ingenierías, del Profesorado y de Otros
Profesionales y Titulados. Y, además, en el grupo de Profesionales
Titulados en Ciencias e Ingeniería ocupan el 41% de los empleos, y
en el conjunto de puestos y profesiones de más alto nivel han
conseguido el 47%. Pero sin embargo, superando, en conjunto, el 25%,
su cuota de participación laboral, sin embargo en la categoría de
Directivos de Organismos Públicos y Privados tan sólo ocupan un 13%
de los puestos.
Del
mismo modo, siguen produciéndose diferencias salariales, que se
consiguen en el sector privado por la vía directa de la
discriminación, mientras que en el sector público debe recurrirse a
vías indirectas más sutiles, ya que teóricamente la ley ampara el
principio de que a igual trabajo, igual salario.
La
Encuesta sobre Distribución Salarial en España, publicada por el
INE en 1992
mostraba cómo en las categorías de Ayudantes se dan las diferencias
más significativas, llegando a ser casi un 35% superiores las
remuneraciones medias de los ingenieros técnicos y ayudantes
titulados que las de las mujeres de idéntica categoría; y más de
un 85% superiores las de los Ayudantes no titulados que las de las
mujeres de esa categoría profesional. En conjunto, para idénticas
categorías, los trabajadores extremeños ganaban un 30% más que las
trabajadoras.
No
obstante, si tenemos en cuenta que los trabajadores de menos de 18
años, en conjunto, sólo ganaban por término medio un 12% más que
las trabajadoras de la misma categoría, podemos plantear la
hipótesis optimista de que las distancias podrían estar
reduciéndose también en este aspecto, por lo que es previsible que
a vosotas sólo os afecte en muy corta medida.
Por
otro lado, y para terminar este apartado, no hay que olvidar que la
cuestión del género introduce en las relaciones dentro de la
empresa nuevas problemáticas, actualmente en alza, como es la que se
conoce bajo la denominación de acoso
sexual.
Aún cuando las víctimas del acoso sexual no son en su totalidad
mujeres, afectando a los hombres cada vez en mayor medida, ha sido la
afluencia de mujeres a los centros de trabajo -en un marco de
creciente libertad en los programas individuales de vida cotidiana-
lo que ha producido la emergencia de una problemática que, aún
cuando en absoluto es nueva, ahora se enmarca en un marco de
conflictualidad democrática. El hecho nuevo no es la existencia
del denominado acoso, o abuso sexual basado en la posición dominante
del agresor, que ha existido siempre tanto en el mundo laboral como
fuera del mismo, sino la capacidad de las mujeres para enfrentarse a
la agresión -física o virtual- mediante instrumentos de
autoconcienciación y, sobre todo, legales. El informe sobre la
situación de la mujer en la región nos mostraba que "más
de un 35% de las mujeres extremeñas se han sentido agredidas, de
alguna forma, en alguna ocasión"(Baigorri,
1993:197), siendo las mujeres trabajadoras las que en mayor medida
sufren agresiones de todo tipo, habiéndose incrementado en los
últimos años el número de denuncias por agresión, que sobrepasan
ya las 300 anuales en la región.
4.
LA ACTIVIDAD EMPRESARIAL FEMENINA
Hasta
muy recientemente la presencia de la mujer en el mundo empresarial
era prácticamente nula. Dejando a un lado minúsculos comercios o
servicios especializados personales -como los de peluquería-, las
mujeres sólo aparecerían al frente de las empresas cuando lo hacían
en calidad de Viuda
de...,
lo que a menudo se corregía incluso con el aditivo Viuda
e hijos de...,
para que la denominación no pareciese demasiado femenina.
Todavía hoy muchas supuestas empresarias lo son únicamente en la
medida en que ostentan la mera titularidad de las acciones de una
sociedad, o la propiedad de la tierra en el caso de explotaciones
agropecuarias, estando la administración y gerencia -es decir el
trabajo empresarial- encomendado a otro tipo de personas, familiares
o profesionales.
Sin
embargo, las mujeres participan probabilísticamente en proporciones
parecidas a los hombres del achievement
motive
(una de las traducciones de este término es la de 'necesidad de
logro') enunciado por Mc Clelland, como base de la iniciativa y el
progreso en las que él denominó sociedades
ambiciosas,
que no son otras que las sociedades desarrolladas. Únicamente la
segregación cultural les ha impedido, en épocas pasadas "actuar
en situaciones de riesgo calculado con realismo, con probabilidades
de éxito o fracaso moderados, manifestando un fuerte deseo de
realización personal"
(McClelland, 1968). Precisamente el concepto de necesidad de logro,
como motivación básica, se adecua con bastante exactitud a la
situación actual de las mujeres, si tenemos en cuenta la propuesta
del propio McClelland de que el empresario se mueve "según
una necesidad de de logro que le hace preocuparse por el lucro
precisamente porque le proporciona un conocimiento concreto de su
competencia"
(McClelland, 1968,t.1:446).
En
realidad, la situación descrita no ha sido privativa de nuestro
país, sino que ha sido universal, y todavía sigue siendo la
situación dominante para la mayor parte de la población del
planeta. No ha sido sino a finales de 1996 cuando por primera vez,
una mujer ha ingresado en el exclusivo club de los directores
ejecutivos de compañías de la City londinense que cotizan en bolsa.
Marjorie Scardino -no casualmente una mujer no británica, sino
norteamericana, de Texas- accedió en octubre de 1996 al máximo
puesto de poder de la compañía Pearson, depués de gestionar
durante años la revista 'The Economist'; y no deja de ser
sintomático el hecho de que la prensa, al describirla, no haya
hablado -como suele hacer en referencia a los grandes dirigentes
empresariales masculinos- de su formación, de su inteligencia o
habilidad negociadora, sino que la haya definido "como
una fuerza de la naturaleza, imparable y superagresiva, que enmascara
una ambición insaciable con su suave acento sureño";
es decir, con los habituales tópicos sexistas con los que se suele
masculinizar
a las mujeres que se adentran en espacios sociales todavía
reservados a los hombres.
En
1976, hace apenas veinte años, después de más de dos siglos de
desarrollo del capitalismo en España, tan sólo un 8% de las
personas que la Encuesta de Población Activa recogía como
empleadoras -es decir empresarias con empleados- eran mujeres. En
sólo dos décadas ese porcentaje se ha más que duplicado,
elevándose hasta un 18%, según se recoge en el gráfico. En el
mismo se recoge también la evolución de las empresarias sin
empleados, y trabajadoras autónomas, que se ha incrementado en menor
medida.
En cualquier caso, si sumamos el total de empresarias (empleadoras y
no empleadoras), vemos cómo el porcentaje de participación total
femenina en la empresa ha pasado, en dicho periodo, de apenas un 21 a
un 27%, lo que supone la existencia de más de 700.000 empresarias.
Muy lejos, desde luego, de la proporción demográfica femenina, e
incluso de su participación como fuerza de trabajo (la población
asalariada femenina supone ya más de un 43% del conjunto de la
población asalariada). Pero el cambio, cabe insistir en ello, ha
sido profundo también en el mundo de la empresa. De hecho, parece
ser que nos movemos en porcentajes cercanos a los que se dan en los
Estados Unidos.

En
Extremadura, a finales de 1995, según la EPA el número de
empresarias -con o sin emplados, e incluyendo a miembros de
cooperativas, lo que no termina de ser muy equivalente a la
condición de empresaria- se elevaba a 15.300, esto es un 22 % del
empresariado total, con lo que la región se encuentra a cinco puntos
de diferencia -o lo que es lo mismo, de retraso- respecto de la media
nacional. Por otro lado, el 91,5% de las empresarias y
cooperativistas se concentra en el sector servicios, pues en la
inmensa mayoría de los casos se trata de pequeños comercios y
servicios personales.
Estos
datos básicamente coinciden con los encontrados al analizar el
municipio de Badajoz,
donde a partir de las altas del IAE resulta que el 24,4% corresponden
a mujeres, el 55,7% a hombres, y el 19,8% restante pertenecen a
sociedades. En cuanto a las empresarias femeninas, son en la inmensa
mayoría (en un 67% de los casos), según una muestra representativa
de los datos de la Seguridad Social, autoempleadas, en la medida en
que no tienen trabajadores contratados. El tamaño de las empresas
femeninas en Badajoz, que en cierto modo podría ser representativo
del conjunto de la región,
se recoge en el cuadro siguiente:
TAMAÑO
DE LAS EMPRESAS FEMENINAS EN BADAJOZ
|
Asalariados/as
|
Casos
en la muestra
|
Porcentaje
|
0
|
53
|
67,0
|
1
|
14
|
17,7
|
2
|
5
|
6,3
|
3
|
2
|
2,5
|
4
|
1
|
1,2
|
>4
|
3
|
3,7
|
En
realidad, la condición de micronegocio que caracteriza la actividad
empresarial femenina es general. En un estudio relativamente
reciente, en el que se analizó la presencia de mujeres en el famoso
DICODI (Directorio de Sociedades, Consejeros y Directivos), que
recoge a las principales empresas españolas, tan sólo en 2 de cada
10 empresas aparecían mujeres en sus Consejos de Administración;
porcentaje que se reducía al considerar los puestos directivos
dentro de los consejos, donde en tan sólo una de cada diez empresas
aparecían mujeres. La gran mayoría de mujeres que aparecían en el
DICODI eran simplemente consejeras o vocales (un 64,5%), esto
derivado en muchos casos de su condición de propietarias consortes,
viudas o herederas; sólo en un 13% de los casos eran aparecían como
secretarias del Consejo; sólo el 9,5% eran presidentas, y el 4,7%
vicepresidentas. Tan sólo el 4,21% aparecían como administradoras
-es decir, a cargo del auténtico control gerencial de la empresa-.
Por otra parte, toda esta presencia femenina se concentraba en las
empresas pequeñas y medianas, siendo casi inexistente en sociedades
con capital superior a 1.000 millones de pesetas (Romero, 1990:153).
El
estudio de Romero profundiza en las razones que motivan a las mujeres
a lanzarse a la aventura empresarial; razones que, en el fondo,
parecen ser las mismas que empujan a los hombres: según ya hemos
señalado, la ambición de logro, de la que el lucro, o beneficio
económico, es tan sólo la prueba del éxito. Sin embargo, en el
caso de las mujeres -sobre todo de las casadas- la necesidad de
independencia, de creación de una vida propia, puede constituir
muchas veces el catalizador de la actividad empresarial, si bien ésta
sólo se materializará en la medida en que el motor básico -la
ambición de logro- esté activado.
¿Hay
empresas 'femeninas'?
Por
otro lado, si en las motivaciones para la actividad no creo que pueda
hablarse con propiedad de una diferenciación según géneros, la
propia actividad sí nos muestra diferencias sustanciales, derivadas
no de las diferencias intrínsecas entre los sexos, sino de los
factores estructurales que, en el caso de las mujeres, constituyen
fuertes limitantes, sobre todo en lo que se refiere a la capacidad de
acceso a la financiación, dada su tradicional posición de
dependencia: "Esta
posición de dependencia y falta de autonomía va a provocar en la
mujer, ante la acción emprendedora, una mayor convulsión, una
posición angustiosa y desesperante, disparándose en su estructura
psicológica los fantasmas de la inseguridad personal, con lo que el
riesgo económico de partida amplifica los propios temores"
(Romero, 1990:154).
Las
diferencias también son sustanciales en cuanto a la actividad
sectorial. La actividad de las mujeres empresarias no sólo se centra
en el sector terciario, sino particularmente se concentra en el
comercio. Para algunos autores "es
posible que éste caracter eminentemente comercial de la actividad
empresarial femenina marque un movimiento de la actividad femenina
hacia la conexión con el mundo exterior. Este sentido de
exterioridad que implican las relaciones públicas y las relaciones
con clientes y, en general, la venta, la organización comercial,
representa la posibilidad de conectar inmediatamente, factualmente,
con el mundo exterior (...) Lógicamente se trata de una reacción
contra el dilatado proceso de sujección al hogar; es una manera de
apropiarse del espacio público a través de un sistema comunicativo
inmediato y abierto"
(Romero, 1990:150).
Sin
embargo, probablemente ésta sea una explicación sexista. Una
interpretación más racional y realista debería tener en cuenta
esas limitaciones femeninas a que hemos hecho referencia; no creemos
que la mujer tenga preferencia
por el comercio, frente a otras actividades tecnológicamente más
avanzadas del terciario o el cuaternario, o incluso de la industria.
Simplemente es el sector en que se les ha abierto un hueco, y en el
que las inversiones y riesgos son menores.
Y,
en el caso extremeño nuevamente hallamos similitud con las
tendencias globales. En el citado análisis de las licencias del IAE
en la ciudad de Badajoz el peso del comercio en la actividad
empresarial femenina es aplastante, alcanzando un 61,7% el porcentaje
de empresarias que se ubican en este subsector. En el cuadro se
recoge la distribución por sectores.
DISTRIBUCIÓN
SECTORIAL DEL EMPRESARIADO EN BADAJOZ
|
|
Industria
|
%
|
Comercio
|
%
|
Servicios
|
%
|
Agricultura
|
%
|
Construccion
|
%
|
TOTAL
|
%
|
Hombres
|
107
|
2,8
|
1699
|
44,6
|
1592
|
41,8
|
35
|
1
|
374
|
9,8
|
3807
|
100
|
%
|
55,5
|
|
49
|
|
61,7
|
|
81,4
|
|
67,5
|
|
55,7
|
|
Mujeres
|
28
|
1,6
|
1032
|
61,7
|
587
|
35,1
|
6
|
0,3
|
18
|
1
|
1671
|
100
|
%
|
14,5
|
|
29,7
|
|
22,8
|
|
13,9
|
|
3,2
|
|
24,4
|
|
Sociedades
|
58
|
4,3
|
734
|
54,2
|
398
|
29,3
|
2
|
0,2
|
162
|
12
|
1354
|
100
|
%
|
30
|
|
21,3
|
|
15,5
|
|
4,7
|
|
29,2
|
|
19,8
|
|
TOTAL
|
193
|
2,8
|
3465
|
50,7
|
2577
|
37,7
|
43
|
0,7
|
554
|
8,1
|
6832
|
100
|
%
|
100
|
|
100
|
|
100
|
|
100
|
|
100
|
|
100
|
|
Por
lo demás, todavía no sabemos mucho más sobre las características
específicas del hacer
empresarial femenino,
si es que existe como tal. Pero, en cualquier caso no cabe duda de
que la irrupción de las mujeres en el mundo emrpesarial está
coincidiendo con la penetración de nuevos modos y formas de
interrelacionarse en el marco de la empresa, y de las relaciones
interempresariales. De alguna manera están respondiendo, a juicio de
algunos investigadores, a los nuevos requerimientos de la empresa:
"El
principio dominante de la organización ha cambiado, del mando para
controlar una empresa se ha pasado a la cooperación para que lo
mejor de las personas salga a la luz y para responder con rapidez al
cambio. Éste no es el tipo de 'liderazgo', al que individuos y
grupos suelen recurrir cuando quieren una figura paterna que
solucione sus problemas. Es un liderazgo democrático, aunque
exigente, que respeta a las personas y fomenta el autogobierno, los
equipos autónomos y las iniciativas conjuntas (...y...) Fuera del
modelo de mando militar, los hombres y las mujeres son, por igual,
capaces de inspirar confianza y motivar a las personas"
(Naisbitt,
Aburdene, 1990:262). Aunque, naturalmente, nuevamente es difícil
determinar cúal es la causa y cúal el efecto: en qué medida éstos
cambios los están provocando las mujeres, o simplemente éstas están
respondiendo, según se les demanda, a las nuevas necesidades
productivas.
Un
último punto que deberíamos considerar en esta aproximación
debería ser el asociacionismo femenino en el campo de la producción.
Este puede analizarse tanto en el ámbito de la formación de redes
virtuales entre las profesionales cualificadas en empleos de élite
-altas funcionarias, profesoras, directivas de empresa...-, como en
el ámbito de la afiliación y participación sindical, como en fin
en el ámbito del asociacionismo empresarial. Respecto de los dos
primeros ámbitos considerados, debe decirse que está todo por hacer
en lo que a la investigación se refiere.
En cuanto a la tercera cuestión, no podemos ir mucho más allá de
señalar la existencia de dos asociaciones de mujeres empresarias en
la región, ambas con muy bajos niveles de afiliación. La más
antigua, AMEBA (Asociación de Mujeres Empresarias de Badajoz) surgió
en cierto modo como escisión femenina
de la patronal pacense, COEBA. Mientras que ORMEX (Organización de
Mujeres Empresarias de Extremadura) está integrada en COEBA, y su
presidenta forma parte del Comité Ejecutivo de la patronal. Ambas
son muy representativas del tipo de empresa que según hemos visto
caracteriza a las mujeres empresarias -esto es, subsectores de
comercio y servicios personales, y microempresas-.
5.
BIBLIOGRAFÍA CITADA
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situación de la mujer en Extremadura,
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se presentó en el V Congreso Español de Sociología (Granada, 1995)
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Plaza y Janés & Cambio 16, Barcelona
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empresaria española,
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Octubre 1997