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1.14.1977

Apuntes para un nuevo sindicalismo agrario (1977)

De cuando estaban empezando a legalizarse los sindicatos, pero en el campo no había otros que la vertical Hermandad de Labradores y Ganaderos. Digo muchas tonterías, propias de mis 20 años, y alguna cosa con sentido, o eso creían quienes me publicaban. El otro artículo que se anuncia en la portada también es mío.


 

APUNTES SOBRE SINDICALISMO AGRARIO

Se encuentra recién nacida en nuestra región una polémica sobre sindicalismo agrario. Poco desarrollados los trabajos teóricos en este aspecto de la lucha de clases, y con todavía menos práctica sindicalista, el problema se encuentra poco menos que en un puntos muerto, aunque también posiblemente en los inicios de su desarrollo. Fernández Clemente en su «Aragón Contemporáneo» nos da noticia de un solo sindicato de mínima importancia dentro del sector agrícola antes de la implantación de la dictadura. Sin embargo, la observación del fenómeno menos nos lleva a plantearnos la base misma del sindicalismo agrarista. Sindicato, ¿de quién es?, ¿con qué fines?, ¿contra quiénes?, ¿con qué tipo de organización?

Sindicato de clase

El mayor error que podría cometerse en nuestra Región sería el desarrollo de un sindicato de clase malentendido, como sería un sindicato de jornaleros. Los trabajadores del campo, la clase trabajadora agrícola, no está únicamente compuesta por los trabajadores por cuenta ajena, sino también por los pequeños y medianos propietarios, algunos de ellos incluso contratantes de mano de obra aunque de forma no sistemática, sólo temporalmente. Un sindicato campesino, en primer lugar y desde luego, ha de ser «de clase». Y la clase campesina, repito, está compuesta por jornaleros, pequeños y medianos propietarios, es decir, por todos aquellos que de una forma u otra «venden» su fuerza de trabajo, aunque esta venta solo se vea aparentemente clara entre los jornaleros. Entenderlo de otra forma no sólo es injusto, sino también irracional, expresión de falta de análisis científico.

Contra la clase dominante

No es a los pequeños y medianos «empresarios» agrícolas a los que el «proletario» del campo debe enfrentarse, sino que todos ellos juntos deben enfrentarse a la clase dominante: latifundista, intermediarios, fabricantes de productos provenientes de la agricultura (conserveras, etc.), y en general, al capital en sus muchas manifestaciones exteriores. La clase dominante, a lo largo de estos treinta años, se ha empeñado en enfrentar a las clases medias del campo con los trabajadores por cuenta ajena, siendo sus intereses confluyentes. Los intereses de toda la clase campesina, jornaleros, pequeños y medianos propietarios, son los mismos.

Dentro de una agricultura racional, estos pequeños y medianos agricultores no necesitarían en absoluto mano de obra, por obra y gracia de la necesaria mecanización. Esto los convierte, los está convirtiendo ya, en explotaciones tipo, explotaciones familiares donde con los propios brazos, y con la ayuda de maquinaria, bien propia, bien comunitaria, se realiza la explotación de determinada cantidad de tierra, de determinado número de Has. La determinación del tamaño de una explotación familiar de este tipo es algo muy relativo al tipo de agricultura, a la región en que se desarrolle y a otros fenómenos externos e internos, por lo que deben ser los mismos agricultores, ayudados de técnicos, los que lo determinen por sí mismos.

Reforma agraria

Con una Reforma Agraria de tipo burgués desaparecería el proletariado agrícola de nuestra Región, al pasar la tierra en su totalidad a manos de los que la trabajan, esto es, repartiendo la tierra actualmente inculta, los nuevos regadíos que se construyan, es decir, mediante la expropiación de cuantas propiedades, grandes o pequeñas, no son explotadas directamente por sus dueños, o bien para su explotación utilizan determinado número de jornales. Toda esta tierra sería repartida entre los que actualmente trabajan para otros. Naturalmente que, en una Reforma de este tipo, es decir, burguesa, el Estado compra la tierra a sus actuales propietarios, a un precio justo, y la cede, o la vende con grandes facilidades, a los colonos que se instalen en ellas.

En este momento la clase campesina se homogeneiza; todos son propietarios, todos son «empresarios», pero siguen interesados, enfrentados a los del capital, sin existir intereses encontrados entre sí mismo; ni siquiera a nivel aparente (como puede suceder hoy), al ser una clase homogénea. Es en este momento cuando el sindicato es propiamente «de clase», aunque a nivel profundo ya lo fuese antes.

Un sindicato campesino ha de serlo pues de todos aquellos que cultivan la tierra de forma directa, ya que son explotados por la clase capitalista, a través de intermediarios, fabricantes de piensos y conservas, y del propio Estado burgués, cuya transformación debe estar entre los objetivos finales del sindicato.

Respecto a los fines que un sindicato campesino debe perseguir, son los mismos que los de cualquier otro sindicato por un lado, la consecución de «parcelas» de bienestar social, que han de arrebatar a los capitalistas. Por otro, y a más largo plazo, la transformación de la sociedad capitalista en socialista, así como trabajar en la preparación de las bases sobre las que se ha de fundamentar la estructura agrícola en la nueva sociedad para que la producción sea mayor, y desaparezca de forma total la explotación del hombre por el hombre o por el Estado. En este sentido, todo sindicato que no cuente con un sector crítico dentro del mismo se transforma en un instrumento al servicio de la clase dominante, ya que al perseguir solamente mejoras de tipo económico, convirtiéndose en un movimiento economicista, se olvida bajo los augurios del capital, de su fin último, que es la transformación de la sociedad.

Contra el capitalismo

Un sindicato agrícola debe enfrentarse a la clase capitalista en todas sus manifestaciones, desde el Estado burgués que apoya cuantas campañas lanza el capital para conquistar más beneficios, hasta el más mínimo intermediario que medra gracias al trabajo de los campesinos.

Sindicato unitario

Llegado a este punto, parecería que lo más idóneo fuera sindicato unitario, y así algunas organizaciones sindicales creen que basta cambiar a las personas que están actualmente dentro de la Organización Sindical, y democratizar esta un poco para que la cosa funcione. Craso error. De ninguna manera puede dar resultado un sindicato único si su unión se ha realizado desde arriba. Nada es más deseable para el sindicalismo que la unidad, pero ésta sólo tiene sentido si se realiza desde la base, si es la base quien propone a los cuadros la unidad a través de sus representantes, y no al contrario, por decreto. Si somos realistas, veremos que de ninguna otra forma se podría trabajar mejor por la emancipación de la clase campesina que a través de un sólo sindicato, dentro de una única plataforma sindical. Sin embargo, es inalienable el derecho a la libertad sindical, tanto si no se sindica nadie como si en consecuencia del desempeño de tal derecho surgen 300 sindicatos.

Por otro lado, esta libertad sindical debe asimismo manifestarse dentro del propio sindicato, el cual ha de tener una estructura absolutamente democrática, y entre cuyas básicas condiciones están la elegibilidad y revocabilidad de los cargos, y ha de ser independiente del gobierno, para que realmente pueda ser representativo y reivindicativo. Un sindicato cuyos cargos no son el fruto de una elección democrática, o bien cuya organización está relacionada con el gobierno es un sindicato servil y tarde o temprano, terminará por no tener ninguna fuerza. Hemos de destacar además que, si en un sindicato se dan la independencia gubernamental y la estructura democrática, ya de por sí es una fuerza que tiende a la unidad con las demás fuerzas que luchan por la emancipación de las clases explotadas.

Relación con los partidos

El punto tal vez más conflictivo de la polémica sindical es su relación con los partidos políticos. Me coloco totalmente en contra del sindicalismo apolítico, porque conduce al economicismo, al abandono de alternativas globales. La mayor o menor dependencia del propio sindicato respecto de los partidos políticos es algo que, por otra parte, son los trabajadores los que lo han de decidir. En realidad, el problema desaparece si se realiza la unión sindical. No olvidemos, sin embargo, que en tal caso se corre el riesgo de que la dirección del sindicato caiga en manos del partido cuyos afiliados estén en mayor o menor número introducidos en el mismo. Es deseable que dentro del propio sindicato se dé la discusión política como una forma más de la formación de los trabajadores para su emancipación.

La Organización Sindical no cumple

Es en base a todas estas consideraciones que cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿Cumple la Organización Sindical Española (O.S.E.) todos los presupuestos para poder ser considerada un sindicato democrático, autónomo, y de clase? La respuesta es sencilla: No, y no es la simple sustitución de las personas que conforman su engranaje lo que llevaría a su transformación. Más bien, la simple libertad sindical, con la consiguiente desaparición de la O.S.E.

La desaparición de la O.S.E. implicará pues la desaparición de las Hermandades como sindicato. La defensa de los intereses de las clases campesinas deberían llevarla a cabo los propios campesinos a través de sus sindicatos libres. Sin embargo, propugnar la desaparición sin más de las Hermandades y todo cuanto representan es un error total. Las Hermandades no sólo representan el sindicalismo agrario sino que son delegaciones locales del Ministerio de Agricultura, y realiza una serie de funciones que en absoluto corresponden a un sindicato. Las Hermandades cumplen una labor administrativa, estadística, estimable. Si los sindicatos libres han de ser los representantes de las clases trabajadoras del campo, en alguien debe delegar el Estado su representación. ¿Es función de un sindicato el reparto del guarderío de los campos, del agua, la ordenación y planificación de los cultivos, la realización técnica y administrativa de una reforma agraria? Pienso que no. Que se vaya a llamar Delegación Local del Ministerio de Agricultura o Delegación Local del Instituto de Reforma Agraria es indiferente. Son problemas semánticos. Las funciones serán parecidas. Así pues, parece poco adecuado hablar en términos globales de la sustitución de las Hermandades por los Sindicatos libres.



Referencia: Baigorri, A. (1977). Apuntes para un nuevo sindicalismo agrario. Esfuerzo Común. Num 246, pp. 4-5