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7.25.2021

Encuesta ESTUDES 2018 de Extremadura (2021)



La encuesta ESTUDES que tienen como objetivo conocer el consumo de drogas entre los estudiantes de 14-18 años que cursan Enseñanzas Secundarias.


Baigorri, A.,  Caballero, M. , Centella, M., M., Chaves, M., Fernández, R. (2021) ESTUDES 2018. INFORME DE LA ENCUESTA SOBRE USO DE DROGAS EN ENSEÑANZA SECUNDARIA EN EXTREMADURA, Servicio Extremeño de salud.

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9.13.2018

Encuesta ESTUDES 2016 de Extremadura (2018)



La encuesta ESTUDES que tienen como objetivo conocer el consumo de drogas entre los estudiantes de 14-18 años que cursan Enseñanzas Secundarias.


Baigorri, A.,  Caballero, M. , Centella, M., M., Fernández, R. (2018) ESTUDES 2016. INFORME DE LA ENCUESTA SOBRE USO DE DROGAS EN ENSEÑANZA SECUNDARIA EN EXTREMADURA, Servicio Extremeño de salud.

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12.25.2017

Encuesta ESTUDES 2014-15 de Extremadura (2017)


La encuesta ESTUDES que tienen como objetivo conocer el consumo de drogas entre los estudiantes de 14-18 años que cursan Enseñanzas Secundarias.


Baigorri, A.,  Caballero, M. , Centella, M., Fernández, R. (2017) ESTUDES 2014-15. INFORME DE LA ENCUESTA SOBRE USO DE DROGAS EN ENSEÑANZA SECUNDARIA EN EXTREMADURA, Servicio Extremeño de salud.

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10.20.2017

Generaciones y alcohol (2017)




Intervención en el Seminario "Exceso y ocio juvenil. La extraña pareja", organizado por la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, en el Centro Reina Sofía de Estudios de Juventud de Madrid.


Artemio Baigorri
Generaciones y alcohol. Una perspectiva evolucionaria en el análisis del consumo
Centro Reina Sofía, Madrid, 29/3/2017
(transcripción de la conferencia)




Buenos días:

En primer lugar he de agradecer a la FAD, y en particular a Miguel Angel Rodriguez, la invitación para participar en este seminario.

Aunque la propuesta me llegó un poco por sorpresa, en lo que a plazos se refiere, no me he podido resistir porque la invitación me ha servido para espolear en una tarea en la que llevamos un tiempo trabajando, pero que últimamente andaba un poco ralentizada.

En los últimos años hemos dedicado bastante esfuerzo al desarrollo del concepto de generaciones como herramienta para el análisis del cambio social. Lo hemos aplicado al estudio de las actitudes y hábitos proambientales, en una espléndida tesis doctoral de mi colega Manuela Caballero, que está por ahí.  Y queríamos aplicarlo ahora al consumo de alcohol y drogas. Estábamos empezando la redacción de un artículo cuando llegó la invitación, así que, pese a las prisas, preparar la exposición ha sido un acicate para avanzar.

Supongo que se me sugirió una aportación más cuantitativa para compensar un poco la parte netamente cualitativa de los informes, ambos estupendos, que se presentan a continuación. Pero eso me ha planteado un problema porque, si bien es cierto que en los últimos años hemos trabajado bastante analizando las encuestas ESTUDES y EDADES, lo cierto es que a mí eso de lo cuanti y lo cuali me desorienta, porque en mis investigaciones practicamos más bien la metodología del exceso, por empezar a centrarnos en el término que nos reúne. Le damos a todo, como los jóvenes al ponerse el sol.


Modestamente creo que nuestro libro Botellón. Un conflicto postmoderno, algo añoso ya pero por lo que sigo viendo por ahí bastante vigente (2004), utilizamos todo tipo de técnicas, cualitativas, cuantitativas, participativas, de análisis web, etc. Porque los problemas sociales deben abordarse así, y cuanto más complejos y graves son, con mayor exceso metodológico (digo exceso, que no anar
quía).

¿Cómo abordar problemas como los que abordamos aquí sin entender y reflexionar sobre la extensión de la placenta social, la dimisión parental, o el papel político del lobby del alcohol? ¿Pero también cómo abordarlo sin preguntar, medir, cuánto alcohol consumen las personas, más allá o más acá de cómo lo justifiquen? ¿O cómo abordarlo sin entender cómo funcionan los contenidos en Internet, los mecanismos de las redes sociales y el papel de las TICs en general?

¿Cómo ubicar lo que las etnografías nos cuentan del exceso, por ejemplo, si no escuchamos también a los clásicos, lo que ya está dicho? Por ejemplo, la refinada elaboración de Maffesoli. Hace casi una década coincidí con él en un seminario, precisamente sobre los excesos del alcohol, en Francia, y descubrí que era algo más que las tribus. Yo no conocía entonces su libro La orgía, pero se lo recomiendo encarecidamente a los cualitativistas.


Pero decía que también es importante la perspectiva cuanti. En realidad, sólo la falta de cualificación suele explicar la preferencia radical por una u otra perspectiva.

En este caso es especialmente importante. Porque a mi juicio, por ejemplo, el exceso no es descontrol. En absoluto. Puede ser discutible qué es el exceso, dónde empieza, cómo medimos en las encuestas el exceso. Porque tiene una fuerte carga de subjetividad, incluso de biología individual: uno sabe cuándo se ha excedido, sabe que se ha pasado con dos, tres, cuatro, cinco copas… Pero hay que objetivarlo, para poder medir. ¿Cómo? Pues aceptando lo que nos dicen, fundamentalmente, los médicos. Nos adaptamos a una mera convención, como hacemos para medir el tiempo. Cuando sacamos el exceso de la subjetividad para poder medir, comparar, entender cambios, estamos aplicando una mera convención (en este caso médica, y que como tal puede cambiar, como cambian de tanto en tanto las convenciones médicas sobre la leche materna o el aceite de oliva). Una convención que señala el punto a partir del cual la Medicina conviene en que se puede poner en riesgo la salud del individuo. El exceso es por tanto controlable, medible, contrastable… cuantificable en suma.

Sin embargo el descontrol va más allá del exceso, a un territorio desconocido, tanto en su recorrido (el viaje) como en sus consecuencias finales, por el sujeto. Uno puede incluso prever qué va a pasar cuando se exceda. Y por lo mismo podemos prever qué puede ocurrirle a una población al hacerse mayor, si de joven se excede. Pero uno no puede prever, en modo alguno, qué puede pasar cuando pierda el control. Como no podemos prever qué puede pasar en una sociedad descontrolada.


En este sentido, la perspectiva generacional, que quiero apenas presentar, es una perspectiva también mixta, que debe medir, pero también definir identidades, es por tanto cuali/cuanti.

Creemos que es interesante aplicar esta perspectiva porque complementa el modelo tradicional, que es el del Ciclo de Vida, que se estructura en cohortes de edad, y tiene un componente fuertemente biológico, según el modelo de la naturaleza de nacimiento, crecimiento, desarrollo, decadencia y muerte. A ver si soy capaz de explicarles el por qué.


Es evidente, y muy importante analizarlo así, que los jóvenes tienen unos hábitos de consumo distintos que los mayores. SI observamos esta tabla, del último informe nacional sobre la encuesta EDADES de 2013, vemos que la proporción de quienes se emborrachan es mayor entre los más jóvenes que entre los más mayores. Eso es una constante. Ocurría en 1997, y seguía ocurriendo en 2013, porque es casi una “ley social”.

Incluso se mantienen cercanas las proporciones, igual en hombres que en mujeres. Entre las mujeres de 15 a 34 años la prevalencia de borracheras prácticamente mantiene el mismo multiplicador respecto a los de 35 a 64: es cinco veces más alta en 2013, y lo era en 1997.

Sin embargo en la tabla siguiente (extraída del mismo informe), veremos cosas sorprendentes, que chocan con esa constante del ciclo de vida.


Veamos primero la prevalencia de consumo de cannabis (en rojo), que cubre la serie completa. Los jóvenes de 2013 siguen consumiendo más que los mayores, es cierto. Pero mientras en 1995 la proporción era de casi cuatro veces, en 2013 ni siquiera es el doble. La prevalencia es más alta en todos los casos, pero la de los mayores de 2013 es incluso mayor que la de los jóvenes de 1995. Y en el caso del alcohol el cambio es mucho más significativo: sencillamente se ha invertido la relación. En 1997 la prevalencia de consumo de alcohol de los jóvenes era ligeramente superior a la de los mayores, mientras que en 2013 es la prevalencia de los mayores la más elevada. Y lo mismo ocurre en el tabaco.



¿Qué ha pasado? Pues que tenemos jóvenes y mayores, pero son otros jóvenes, y otros mayores. De hecho, éstos mayores de hoy son aquellos jóvenes de ayer. Aquellos jóvenes que bebían mucho, y muchos de ellos ya fumaban cánnabis… que siguen fumando de mayores.

Y es que a medida que las sociedades evolucionan nuestro ciclo de vida parece el mismo, pero no lo es en realidad. Reproducimos patrones y hacemos las cosas que a las edades correspondientes hacían nuestros padres o nuestros hermanos más mayores, pero las hacemos de forma muy distinta, porque pertenecemos a generaciones distintas, y pertenecer a una generación distinta es casi como pertenecer a otro país. Yo nunca he creído en el concepto de subcultura juvenil, pero sí que subculturas generacionales, porque cada generación construye no sólo sus creencias, valores, sino su forma de producir y consumir, específicas. Las hierbas del campo, los árboles, la fauna silvestre, sigue reproduciendo ahora los mismos ciclos que hace 5000 años, pero el ser humano trastoca los ciclos de la Naturaleza. El ciclo de la vida humana actual no tiene nada que ver con el de hace apenas un siglo: la duración media (la esperanza de vida) era la mitad, de 40 años. Hoy con una esperanza de vida de casi 85 años vivimos en realidad dos ciclos, o más.

De ahí el interés que tiene, a nuestro juicio, el concepto de generaciones, que debemos ubicar en un sentido general dentro de ese campo semántico-conceptual más amplio que incorpora la cohorte demográfica, el curso de vida (o curso vital) y el Ciclo de Vida, y que hay que reconocer tiene un largo recorrido lleno de sinsabores epistemológicos, porque es complejo de operativizar. 

Pues habrá quien diga con razón que ya prestamos toda la atención debida a los jóvenes, al flujo de jóvenes que cada vez son o hacen más esto o lo otro. O empiezan a fumar antes, o a beber menos, o a emborracharse más… ¿No es lo mismo que hablar de generaciones?

No, pues lo que hacemos no es análisis generacional, sino estudios de juventud, de problemáticas vinculadas a la Juventud como categoría social definida y diferenciada del resto de la población que constituye las sociedades. De hecho sólo muy  recientemente la mal llamada literatura sobre generaciones (que era más bien de cohortes) ha incorporado a los mayores.

En una sesión de reflexión rápida y divulgación no podemos detenernos a profundizar en la teoría de las generaciones, pero apuntaré al menos algunas notas.


Además del curso de la vida, del ciclo eterno de la naturaleza, hay un curso de vida que define en sus variaciones la evolución social, marcado por las particulares identidades y el hacer de las generaciones. Ha estado presente en la historia del pensamiento desde Platón al primer sociólogo y fundador del positivismo, Auguste Comte. Pero su operativización ha sido (y de hecho lo es aún) complicada. Ortega y Gasset planteó la aproximación más rica e imaginativa a la española, y Karl Mannhein intentó sociologizarla a la alemana, pero lo cierto es que los logros prácticos son escasos, más allá de su aplicación a la Historia de la Literatura o el Arte.

Hasta que dos historiadores norteamericanos, William Strauss y Neil Howe, se lanzaron a la tarea titánica de intentar explicar toda la Historia de su país aplicando un modelo generacional. Lo interesante del modelo de Strauss y Howe es que, amplificando el de Ortega, plantean un proceso cíclico (lo que permitiría integrar el modelo en una perspectiva evolucionaria) que en una especie de espiral (más que círculo) genera unos arquetipos generacionales que, en sus variaciones evolutivas, se repetirían hasta el fin de la Historia. Complejizan la idea orteguiana de que hay generaciones que conservan y generaciones que rompen, y plantean un modelo de ciclo o saeculum, de 80 ó 90 años, dividido en cuatro etapas o giros más constructivos, o imaginativos de novedades, o destructores/renovadores, en suma generaciones que responden a una serie de arquetipos (el profeta, el nómada, el héroe y el artista) que se suceden ininterrumpidamente. En el esquema vemos la aplicación del modelo que hacen al siglo XX, en el que nacen las generaciones vivas que hoy son contemporáneas.


El modelo de Strauss y Howe es particularmente útil porque, más allá de que los factores que definen a una generación (los hitos históricos, culturales, tecnológicos, que la marcan ideológica, actitudinalmente), sirve para intentar predecir algunos comportamientos.

Naturalmente, dada la dinámica histórica no podemos esperar una similitud exacta entre las estructuras generacionales de todas las culturas y países, aunque probablemente sí se esté empezando a dar ya en las últimas generaciones, y debamos hablar de generaciones globales en el caso de la llamada Generación Z, no sé si tanto en el caso de los millenials. En Holanda el sociólogo Henk Becker ha intentado aplicar un modelo generacional para analizar las dinámicas y conflictos en la gestión de las organizaciones. En nuestro caso, nuestro se ha centrado inicialmente en el análisis de las actitudes proambientales, y ahora trabajamos en intentar desentrañar y comprender mejor, con ayuda del modelo generacional, algunos de los cambios observados.


Para hacerlo disponemos de una herramienta muy buena, la encuesta EDADES. En primer lugar porque empieza a ser una serie larga, dos décadas; en egundo lugar porque tiene un tamaño de muestra que permite cruces sin una pérdida de calidad estadística; y en tercer lugar por incluir como universo a gran parte de la población.

Por supuesto que tiene limitaciones importantes. Una que sin duda nos ha dado muchos quebraderos de cabeza a quienes nos ha tocado analizar todas las series es que la formulación de algunas preguntas ha cambiado en ocasiones, o incluso han desaparecido algunas (es lógico que aparezcan nuevas, como las referidas al botellón, pero no es lógico que desaparezcan variables de plena actualidad)[1]. Otra es el retraso en la disponibilidad de los datos (con la 215 ya se están pasando) y la poca transparencia para que los investigadores no “conectados” puedan obtenerlos como con las encuestas del CIS y tantas del INE: con algo tan simple como un enlace a un formulario que automáticamente permitiese descargarlos, puesto que están suficientemente anonimizados.


Esas son limitaciones digamos genéricas, pero hay otras que se hacen precisamente evidentes cuando intentamos un análisis generacional. Sin duda la más importante, el rango del universo. Quizás pudiera defenderse un mínimo de 15 años en 1995, pero no desde que la encuesta alterna, ESTUDES, nos muestra edición tras edición que la edad de inicio en determinados consumos viene descendiendo sistemáticamente; por lo que debería ampliarse el rango hasta los 12 años. En cuanto al límite superior, ya fue un error fijarlo en 65 años en 1995, cuando la esperanza de vida, y por tanto los problemas derivados del consumo superaba los 75 años. Pero mantenerlo hoy es un error ya enorme. Actualmente la esperanza de vida supera los 80, casi 86 en el caso de las mujeres, y asistimos a un envejecimiento de calidad y activo en todos los sentidos (se amplía la edad de jubilación, se posibilita el trabajo como jubilado, la movilidad es enorme, los estilos de vida extremadamente diversos, etc), por lo que es absurdo limitarnos a los 65. Con esos límites absurdos se nos quedan fuera un par de generaciones. Un rango racional debería recoger a la población en disposición de responder de entre 12 y 85 años.

Para entender la importancia de ese cambio basta tener en cuenta que estamos llegando a esas edades los babyboomers, y llegarán enseguida los hoy señores y señoras X, es decir las generaciones que empezaron a tontear alocadamente con todo tipo de drogas, personas que en algunos casos llevan tres y aún cuatro décadas tomando drogas, en algunos casos muy duras. ¿Qué pasa con ellos? ¿Cómo es su vejez? ¿Qué podemos aprender de eso que pueda ser útil a las nuevas generaciones?. ¿Qué queda de sus valores y actitudes ante el alcohol y las drogas en las generaciones sucesivas?
Veamos algunos botones de muestra, teniendo en cuenta la dificultad que, como decía, plantean algunas serie de preguntas, que en unos casos desaparecen, y en otros se modifican sus categorías de forma que se hace casi imposible la comparación. Inicialmente hemos trabajado sólo tres momentos de la serie histórica, y he traído alguna variable relacionada con el alcohol.

Veamos primero esa variable que tanta preocupación nos viene generando, la edad de inicio en el consumo. Aunque debemos partir de 1997 (en el banco de datos de 1995 no aparece esa pregunta) vemos cómo la edad de inicio en el consumo se viene reduciendo sistemáticamente. Lo sabemos, nos preocupa.

Pero hay más cosas. ¿Qué pasa cuando aplicamos un análisis generacional? Pues descubrimos en primer lugar que la población reconstruye su biografía, seguramente para adaptarla a lo políticamente correcto en el momento.


¿Cómo lo hace? Retrasando esa fecha de inicio. Salvo la generación que llamamos franquista (no porque esa fuese su ideología), y en la última década los babyboomers, las siguientes generaciones (paradójicamente aquellas que por ser más jóvenes, deberían recordar mejor por tener más cerca ese momento de inicio) corrigen sensiblemente el dato: los de la generación X que en 1997 decían haberse iniciado a los 16,36 de media, en 2013 dicen que lo hicieron a los 17. Aunque el “olvido” más intenso, como vemos en el gráfico inferior, es el de los millenials, la generación que ahora está accediendo a posiciones de poder, que consecuentemente digamos que “limpia” su biografía, aumentando en más de un año la media de inicio.

Había preparado un par de variables más, pero anoche terminando de preparar la intervención fui consciente de que cometía exceso en el tiempo, así que para no caer en el descontrol lo dejaré aquí. Colgaré la presentación en el blog de mi grupo de investigación, por si alguien quiere consultarlo, aunque como decía espero que pronto tengamos un artículo en el que desarrollemos más extensamente esta propuesta metodológica.

Por supuesto puede discutirse si los cambios señalados son simplemente una cuestión de edad, efecto del simple ciclo de la vida, o si como creemos corresponden a las distintas identidades generacionales. En cualquier caso es una perspectiva analítica complementaria. Cuando las generaciones pueden durar de promedio no 40 sino 85 años, estamos ante un hecho nuevo que exige instrumentos nuevos. Hay que estudiar a los niños y a los ancianos, y hay que hacerlo teniendo en cuenta que esos ancianos son los niños décadas atrás. Tenemos que ver si es posible a partir de este modelo construir modelos cíclicos que nos permitan de alguna forma prever no el futuro, que no es previsible, pero sí tendencias futuras.

Por otra parte la perspectiva generacional puede ser útil desde el punto de vista de la prevención, para el diseño de programas de intercambio de experiencias intergeneracional, como hemos visto que ocurre con los valores proambientales.

Muchas gracias por su atención





©Artemio Baigorri, 2017, por el texto


[1] Salen cosas muy distintas según que se pregunte. Por ejemplo en el caso de cuántas bebidas diarias, no tienen nada que ver los resultados (2005 y 2013), que oscilan entre 1,84 y 3,2. Y si lo hacemos a partir del número de elementos (vino, champán, cañas, sidra, copas diversas…, etc (1995), que oscila entre 0,6 y 0,8 (hemos sumados todas las de diario, todas las de fin de semana, y hemos dividido por 7 días). Obviamente algo no cuadra, hay que ver cómo se pregunta, qué se pregunta… y mantenerlo.

2.28.2008

Convivencia 2.0 (2008)


NO me gusta mucho la palabra 'pacto', porque su campo semántico tiene mucha carga bélica, y porque a menudo los pactos se firman contra un tercero. Prefiero la palabra 'acuerdo', con un campo semántico más contractual, en correspondencia con una sociedad en la que prima la razón, el contrato social. Pues de lo que se trata es de renovar el contrato social entre todas las partes con responsabilidad en la producción, distribución, consumo y sufrimiento del ocio nocturno.
La Ley de Convivencia y Ocio estableció en Extremadura esa relación contractual entre administraciones, familias, vecinos y jóvenes, y aunque no sabemos muy bien qué efectos ha tenido en los propios jóvenes en aspectos como el consumo de alcohol y drogas o la presencia de menores en donde no deberían estar, o la dimisión parental (deberíamos estar ahora mismo repicando la encuesta a familias que hicimos en el 2002, en el marco del programa Futuro), la sensación general que transmiten los distintos actores sociales es que ha funcionado en sus aspectos convivenciales.
Tanto, que ha sido y está siendo copiada por otras comunidades y ciudades, y quienes participamos en aquel proceso germinal estamos «aburridos» de pasear conferencias por Universidades y centros de investigación de todo el país: Extremadura no sólo exporta jamones, sino también 'know how' social, tan importante como la tecnología aunque algunos no se enteren.
Ahora reaparecen los hosteleros, que estaban desaparecidos, felices mientras vecinos y moralistas dirigían toda la artillería pesada contra el botellón autogestionario. Fabuloso si también ellos se comprometen, seriamente, a gestionar unos espacios de ocio más convivenciales con su entorno, y más ambientalmente respetuosos con los usuarios (ruido, limpieza, etc).
No tengo claro que haya que premiarles por cumplir la Ley, pero también es cierto que en la Sociedad de 24 Horas habrá que acostumbrarse a horarios ilimitados de ocio. Echo a faltar, de nuevo, a las familias. Porque los problemas convivenciales del ocio nocturno están básicamente resueltos en la región, pero no así lo que descubrimos más grave en nuestra investigación: la presencia y consumo compulsivo de alcohol y drogas por parte de menores, casi niños a veces. Sólo el compromiso de las familias, y de los propios jóvenes, asumiendo su responsabilidad para con sus hermanos pequeños, como parte que son de las familias (¿cómo concretar ese compromiso?) puede frenar las crecientes tasas de consumos entre menores.

REFERENCIA:
Baigorri, A. (2008), "Convivencia y ocio 2.0", Diario HOY, 27.02.2008
Enlace al periódico

11.15.1999

Jóvenes en Extremadura. Pocos datos, y algunas reflexiones (1999)

Conferencia en el Curso de Gestión de Programas Juveniles, en la Escuela de Administración Pública de Extremadura, Mérida, 15 de Noviembre de 1999


Artemio Baigorri, 

Sociólogo, Universidad de Extremadura


Este trabajo recoge algunos datos y reflexiones sobre las características esenciales que atribuimos a los jóvenes en Extremadura. Los datos, sin embargo, son escasos, porque en realidad es muy poco lo que sabemos de la juventud extremeña. Ya he denunciado repetidamente, y debo hacerlo con más insistencia ante responsables de la Administración en áreas de juventud, la inexistencia de estudios serios y fiables sobre las características, actitudes y expectativas de la juventud de nuestra región. Todo lo que tenemos hasta la fecha es una encuesta bastante fiable, aunque con un error muestral muy alto, realizada por el CIS en junio de 1988, a la que no siguió en su día el necesario análisis y triangulación con otras técnicas (CIS, 1989). Hay otra encuesta, que se ha presentado como estudio sociológico sobre los jóvenes extremeños, realizada en 1994, sobre cuya fiabilidad personalmente tengo serias dudas, y que además se limita a los jóvenes de las dos principales ciudades de la región, Cáceres y Badajoz, donde sólo se concentra una quinta parte de la población regional y cuyas características socioeconómicas son muy distintas de las del resto de la región. Por lo demás, algunos elementos que pretender ser legitimadores científicos de esa encuesta, como la subcontratación del tratamiento estadístico o el asesoramiento de centros de investigación externos, tratándose de un trabajo sociológico relativamente sencillo, abundan más bien en las limitaciones del equipo técnico. Hay que decir las cosas por su nombre, porque los sociólogos extremeños estamos intentando dignificar el quehacer sociológico, y en mayor medida estamos obligados a ello quienes estamos en la Universidad. Y debemos detenernos en ello, porque la primera tarea en el abordaje de cualquier aspecto sociológico debe ser la crítica de las fuentes y datos disponibles.

¿Cómo podemos considerar fiable una encuesta sobre la juventud de nuestras principales ciudades que en su quinta tabla ya nos dice algo tan increíble como que sólo el 2,7% se consideran de clase baja, y sólo un 9,5% de clase media baja?. ¿Cómo podemos considerar fiable un estudio que parte de la convicción, al analizar la violencia juvenil, de que “en todas las sociedades, las personas desean cosas que los otros poseen y son reacios a regalar ni tan siquiera compartir”, y que por tanto, “desde los albores de la humanidad, las relaciones sociales mantienen ciertas connotaciones de matiz violento” (Gonzalez, s/f:  200)?. ¿O que afirma sin rubor que “hoy los jóvenes salen para estar el mayor tiempo fuera, no para hacer nada concreto, sino porque es de noche y ésta tiene de por sí para ellos un valor especial, y salen para beber” (ibidem.: 327)?. ¿Sinceramente, podemos creernos, cuando la encuesta del CIS de 1988 ya detectaba, para el conjunto de la región, que un 20% de los jóvenes habían consumido alguna vez porros, que diez años después, con un incremento general en el consumo de cannabis en España, con mayores recursos económicos, y en los mayores centros urbanos de la región, y cuando además se incluye el tramo de edad de 25 a 29 años, declare haberlos consumido alguna vez el mismo porcentaje?. En suma, podemos por tanto afirmar que, desde 1988, no se dispone de datos fiables sobre la realidad social de la juventud extremeña. Y a mi modo de ver, el riesgo es evidente: se puede acertar al planificar sin conocimientos científicos previos, estoy seguro, pero estoy aún más seguro de que es mucho más difícil errar, tarde o temprano, cuando se conoce previamente la realidad sobre la que se actúa.

Naturalmente, hay algunas fuentes, como los datos censales, que nos pueden aportar datos de interés, pero el último censo es de 1991 y obviamente no refleja en modo alguno la situación actual de la región, aunque junto al padrón de 1996 nos permite observar ciertas tendencias. Por otra parte, la creciente fiabilidad muestral de la Encuesta de Población Activa y los afinados cálculos demográficos que incluye nos permite conocer también algunos aspectos de interés. Pero, con ser fuentes primarias de gran calidad, no permiten ni de lejos cubrir todas las variables que sería necesario conocer.

Por ello debemos conformarnos con atender a los estudios de ámbito nacional, bajo la hipótesis (que por supuesto hoy por hoy no podemos validar) de que en términos generales las características de la juventud extremeña no difieren demasiado de las del conjunto de la población española (hipótesis bastante arriesgada dadas las características socioeconómicas de nuestra región).

De forma que es la reflexión, y sobre todo la imaginación sociológica, lo que en mayor medida sostiene los puntos que vamos a tratar, puesto que los datos fiables son escasos. El problema estriba no ya en que no dispongamos de una foto fija sobre las características generales de la juventud, sino en que no tenemos medios de conocer atendiendo a criterios científicos su evolución. A estas alturas deberíamos andar profundizando en aspectos concretos, como el compromiso de los jóvenes, las actitudes políticas, el comportamiento sexual, sus posiciones frente al ocio y la producción, o cualesquiera otras temáticas, pero ni siquiera contamos con una información bruta de partida.

Por todo ello, que nadie espere un catecismo con los datos básicos de nada. Vamos a tratar sobre algunas cuestiones sobre las que, considero, disponemos de cierta información fiable, y en torno a las cuales es posible la reflexión colectiva y el debate. Pensando, por supuesto, en una perspectiva de largo alcance, atendiendo a las grandes tendencias.

Y el primer tema sobre el que debemos reflexionar es sobre el propio concepto sociológico de jóvenes, o de juventud. Es notablemente importante esta cuestión, porque en realidad todas las políticas de juventud se diseñan según la amplitud social de dicho concepto, sobre el que por lo demás no existe ningún acuerdo en todos los ámbitos de la administración, ni existe unidad de criterios en los estudios sociológicos: por ejemplo, ¿por qué desde los organismos que tratan con la promoción del empleo se considera ‘paro juvenil’ al comprendido por debajo del límite de 25 años, mientras que los programas de promoción juvenil incluyen habitualmente hasta el límite de 30, y en programas de ayuda a la vivienda puede llegarse hasta los 35?. El problema no estriba en que uno pueda sentirse joven toda su vida, lo que por lo demás siempre me ha parecido patético; el problema es que no podemos hablar de los jóvenes si no hay un acuerdo general sobre qué fragmento de la población estamos hablando. Y es un auténtico problema cuando realizamos análisis sobre datos secundarios; porque, por ejemplo, la EPA sólo ofrece desagregados los tramos de 16-19 y de 20-24, pero no los de 25-29. Asimismo, cuando analizamos informes sobre la juventud, vemos que a menudo se hacen sobre límites diversos, por lo que entonces no hay posibilidad de comparación estadística fiable. Por eso, si conseguimos afinar un poco siquiera esta cuestión personalmente me daré por satisfecho.

El primer problema lo tenemos en el límite inferior. ¿Debemos incluir la adolescencia en el concepto de juventud?. La evidencia nos muestra que sí, en la medida en que la sociedad se dirige hacia ella en tales términos (la publicidad, el mercado, la educación...); pero ¿cuándo empieza?. En el caso de las mujeres la aparición de la primera menstruación parece un signo claro, que por cierto ha descendido ya muy debajo de los catorce años. A partir de ese momento muchas chicas empiezan, no sabemos realmente en qué porcentaje, a hacer el tipo de cosas que generalmente entendemos que hacen los jóvenes, incluyendo la de embarazarse de forma indeseada (que no con falta de deseo), beber, fumar, ir solas a los conciertos de sus ídolos, acudir a las discotecas, lights o hards dependiendo fundamentalmente de su desarrollo volumétrico. Pero en el caso de los hombres los límites inferiores son más problemáticos. En cualquier caso, debe fijarse en un tramo de edad oscilante entre los 13 y los 15.

En cuanto al límite superior, el problema no pienso que estriba en aspectos psicosociales, porque el problema último no es conocer cómo se sienten los jóvenes, sino determinar qué cosas puede hacerse por ellos desde las instituciones que se dedican a ocuparse de ese tramo de nuestras vidas en el que todavía no somos plenamente autónomos. Es decir, por decirlo con claridad, ¿hasta qué edad debe el Estado seguir ayudando a las familias a orientar, formar, entretener, en suma ocuparse de sus hijos?.

A este respecto del límite superior, creo que en la actualidad nos enfrentamos a un proceso de cambio social de carácter estructural, a una readaptación orgánica, en función del alargamiento de todos los ciclos vitales, y que por tanto influye entre otras cosas en un progresivo atraso del momento de incorporación al trabajo de los seres humanos. Partimos, en nuestra reflexión, de una evidencia irrefutable que nos aportan las ciencias de la vida: en términos generales, y aunque podamos encontrar excepciones, a medida que crece la complejidad de los organismos biológicos, su ciclo formativo, o periodo de inmadurez, se amplía. 

Hagamos ciertas consideraciones, que algunos ya conocerán a través de otros trabajos míos. En primer lugar, en relación al hecho de que, en nuestras sociedades ricas y tecnológicamente avanzadas (y desde luego Extremadura lo es, en relación al conjunto mundial), las necesidades materiales básicas de cualquier familia están cubiertas; son ya muy escasos los jóvenes que deben buscar trabajo de forma imperiosa para que su familia pueda comer, como ha ocurrido históricamente.

En segundo lugar, la cantidad de conocimientos, saberes y hábitos que el ser humano ha debido asimilar antes de enfrentarse a cualquier ocupación son crecientes: un niño de 8 años podía incorporarse hace cien años, o hace incluso unas pocas décadas, a buena parte de las tareas agrícolas, o incluso a las minas... Hoy, a pesar de que en apariencia la tecnología simplifica nuestras vidas, los conocimientos que hay que dominar para ejercer cualquier oficio, e incluso para desenvolverse en la vida cotidiana, son mucho mayores. 

¿Qué tiene de particular que, así como los humanos, en tanto que mamíferos más evolucionados, somos los que más tardíamente nos convertimos en seres orgánicamente autosuficientes, asimismo la evolución conduzca a un periodo cada vez más amplio de preparación para la autosuficiencia social?. El siguiente esquema quiere representar este modelo.


No vamos a elucubrar sobre las tendencias futuras de la sociedad; a los sociólogos (al menos a los que nos consideramos medianamente buenos) no nos gusta hacer proyecciones lineales de ninguna variable, porque son demasiadas las variables complementarias que entran en juego. Pero podemos jugar a imaginar como realidad aquella máxima que algunos, sin duda poco amigos del trabajo, pintaban en las paredes de Paris en 1968: “Vivamos de nuestros padres hasta que podamos vivir de nuestros hijos”. Algunos ya lo han conseguido.

En cualquier caso, parece razonable el situar el límite superior de la categoría de jóvenes en los 30 años, en consonancia con el retraso en la edad de la emancipación que se viene produciendo, y que en modo alguno puede atribuirse en exclusiva a fenómenos como el paro o, según se pretende más a menudo, a epifenómenos como la carestía de la vivienda.

En diversas ocasiones se ha propuesto, y personalmente me parece hoy por hoy la solución sociológicamente más razonable, incluir como jóvenes a los comprendidos entre los 14 y los 30 años. Naturalmente, es evidente que no podemos hacer un paquete indiferenciado con ellos: propongo adaptar la clásica distinción entre adolescencia, juventud y madurez, a conceptos más acordes con la realidad actual: adolescencia (hasta los 15 ó 16 años), juventud orgánica (hasta los 24 ó 25) y juventud funcional (hasta los 30). Los límites intermedios deberían ajustarse pensando en la eficiencia empírica, esto es, en la disponibilidad de fuentes primarias de información sobre cada tramo, puesto que es indiferente a efectos de programas de acción poner el límite un año arriba o abajo. Pero en cualquier caso ello implica, por ejemplo, en cualquier análisis de la juventud, la construcción de muestras elevadas para que podamos tener datos suficientemente fiables de todos los grandes subgrupos, pues de otro modo el hablar de la juventud para un ‘continnum’ tan amplio dejaría de ser significativo.

Naturalmente, bajo los presupuestos que he puesto de manifiesto, no podemos estar de acuerdo con la creencia, extendida entre algunos investigadores, de que “la juventud no se define tanto como un periodo de transición a la vida adulta, sino como una nueva etapa de la vida del individuo, plena y autónoma” (Casanovas, Coll, 1998). Del mismo modo que me resulta propio de la metafísica el debate sobre si el ser joven es una edad, o una posición en el curso de vida.

Más importante me parece hacer otro tipo de distinciones al tratar de la juventud. A menudo, el concepto juventud no es sino una estratagema de la razón para ocultar, o disminuir la importancia, de otro tipo de divisiones sociales bastante más determinantes que la edad. Me es indiferente si otorgamos mucha o poca importancia al concepto de clase social, o preferimos utilizar categorías como el género, o los grupos de status... Lo importante es que, con independencia de que, desde una perspectiva psicológica, o incluso microsociológica, las distintas edades conlleven niveles de madurez distintos, problemas de interacción  distintos, las grandes fracturas están no en la edad, sino en el acceso a los bienes, me es indiferente si queremos hablar del acceso a los medios de producción, o a aquellos bienes que hoy constituimos indicadores del bienestar y la riqueza. Las diferencias que repetidamente muestran los estudios sobre jóvenes nos alertan sobre la importancia de esas clasificaciones. ¿Cómo vamos a hablar del comportamiento, actitudes o necesidades de los jóvenes extremeños?. ¿Qué demonios tienen que ver los jóvenes de los barrios marginales con los de las zonas nobles de la ciudad, los hijos de jornaleros o pequeños agricultores con los hijos de grandes terratenientes o profesionales liberales?. ¿Que todos ellos tienen problemas de comunicación con sus padres, y un cierto toque de inseguridad?. ¿Que todos se enamoran y bajan el rendimiento de los estudios?. Sin duda, pero ese es un problema que atañe a los psicólogos, no a los sociólogos, por lo que solo me interesa en la medida en que soy padre. Me interesa más conocer las diferencias estrategias de integración en la sociedad (Casal, 1997), los distintos elementos utilizados para la construcción de su identidad (Ariza, Langa, 1998), los esquemas excluyentes de ocupación del espacio (Rathzel, 1998) que utilizan esos grupos sociales plenamente diferenciados, y a menudo enfrentados. En suma, me interesa, nos interesa, conocer qué persiguen, y qué capacidad de elección tienen para alcanzar lo que persiguen. Sobre todo, porque las estructuras sociales tienen bastante cerrado el campo de elección para muchos sectores de la población juvenil (Tepperman,Wilson, 1990).


En cualquier caso, definamos como definamos el ámbito de la juventud, sobre lo que no hay asomo de duda es sobre el hecho de que cada son menos: es decir, la clientela de las instituciones especializadas en los jóvenes se está reduciendo,  aunque la ampliación del concepto permita compensar provisionalmente la pérdida de efectivos. Y el hecho cierto es que se va a seguir reduciendo durante al menos los próximos diez o quince años, porque las bajas tasas de natalidad que se han alcanzado en España, y también en Extremadura, no terminan de encuentrar el fondo de la curva.

No obstante, esa baja natalidad se compensa en una pequeña parte por el creciente flujo de inmigrantes, con elevadas tasas de natalidad: el otro día un investigador me decía que, según datos del propio director, en el Instituto de Talayuela el 20% de los estudiantes eran hijos de inmigrantes; seguramente es un porcentaje exagerado, pero en cualquier caso es un dato a tener muy en cuenta, también en lo que se refiere a las políticas de juventud. En otros países, con mayor tradición y volumen de inmigración, hemos asistido a crecientes problemas de convivencia, y en nuestro país se han empezado a hacer visibles. Porque cuando no se logra integrar en la cultura local dominante a los llegados de fuera (integración que sólo se produce cuando se dispone de idéntica capacidad de acceso a los bienes), y a la vez no existe variedad cultural suficiente, ni equilibrio de fuerzas, como para que se generen situaciones de multiculturalidad real, no meramente discursiva, pueden generarse situaciones de radicalismo tanto por parte de la cultura receptora como por parte de la cultura exógena (Bloul, 1998).


¿Y qué sabemos de esa quinta parte, aproximadamente, de la población extremeña, a quienes consideramos jóvenes?. Pues muy poco, realmente. A ciencia cierta, dado que como he dicho el último Censo (que aporta ciertamente mucha información) es de 1991, sólo conocemos su comportamiento en el mercado de trabajo, su orientación profesional. Del resto no sabemos nada; aunque, como he dicho en otro momento, podemos manejar la arriesgada hipótesis de que responden en términos generales a las características de la juventud española, y entonces sí podemos conocer muchas de sus pautas de comportamiento, actitudes, valores y necesidades.

Respecto a su posición en el mercado de trabajo, se les ha pasado a ustedes un trabajo que realicé hace dos años sobre ese tema, y las grandes tendencias no han cambiado, por lo que únicamente haré una rápida referencia, y confirmaremos si las tendencias que entonces se mostraban se siguen manteniendo, atendiendo a los datos más recientes.

El primer gráfico muestra la evolución, entre 1977 y la actualidad (1998, o el tercer cuatrimestre de 1999, según el tipo de datos) de las principales variables que definen el paro juvenil en Extremadura. Si atendemos a la tasa de paro, vemos que como tendencia no ha dejado de incrementarse. Aunque hemos asistido recientemente a algunos leves descensos, seguía siendo en el último cuatrimestre de 1998 de un 50%, frente al 17% de 1977.

Sin embargo, frente a las tremebundas tasas, las cifras absolutas muestran un comportamiento más razonable. Mientras que el número de parados mayores de 25 años no ha dejado de incrementarse, por el contrario las cifras de parados jóvenes vienen reduciéndose sistemáticamente desde hace una década. Exactamente desde 1986 en el caso de la cohorte de 16-19 años, y desde 1989 para la cohorte de 20-24 años. En el momento de máxima intensidad llegó a haber algo más de 50.000 parados de menos de 25 años en Extremadura, mientras que en el tercer trimestre de 1999 la cifra no es de 27.000. No olvidemos que 1983 el paro juvenil llegó a suponer casi un 63% del paro total, mientras que hoy su participación en el paro no llega al 26%. En 1991 ya pronosticamos que el paro juvenil iba a a dejar de ser uno de los problemas más graves de esta región, y que se seguiría produciendo una tendencia a la baja. El análisis de las razones por las que el paro juvenil llegó a constituirse en un problema tan grave, así como de las que han conducido a una sistemática reducción del mismo nos servirán para saber algo más de este colectivo.


Por supuesto, la profunda crisis económica que se inicia en los años '70 y se prolonga hasta mediados de los '80 es la causa última del crecimiento del paro. Sin embargo, hay dos factores que, además de incidir directamente en dicho crecimiento, contribuyeron especialmente a provocar unas cifras impresionantes de paro juvenil. En primer lugar, el hecho de que en plena crisis económica llega al mercado de trabajo la gran oleada de jóvenes producida por el baby boom de los años '60, pasando la población de 16 a 24 desde 138.000 en 1977, a casi 192.000 en 1987. Y en segundo lugar, la masiva incorporación, en los años ‘80,  de la mujer al mercado de trabajo. El número de mujeres de entre 25 y 54 años que se consideran activas -es decir, que están en disposición de aceptar un trabajo- pasó de menos de 40.000 en 1978 a más 101.000 en 1997. Es decir, ha aumentado en un 150%. Y lógicamente, aunque en menor proporción el número de mujeres ocupadas también se dispara: de 41.000 en 1977 a casi 63.000 en 1997. Si tenemos en cuenta que estos procesos se producen en un periodo en el que sistemáticamente se pierden puestos de trabajo -el número total de ocupados en la región, que es de algo más de 276.000, aunque se ha incrementado sustancialmente en los últimos tres años todavía está lejos de los 296.000 que llegó a haber en 1991, tras la recuperación económica, y no digamos de los 323.000 que había en 1977; si tenemos esta situación en cuenta, no podía ocurrir otra cosa que la conversión del paro juvenil en un problema social gravísimo. Al contrario de lo que los tópicos repiten machaconamente, no son por tanto los padres en sentido genérico, los que bloquean el camino del empleo a los jóvenes, sino las madres, que vienen desde hace casi dos décadas compitiendo con los y las jóvenes por unos puestos de trabajo escasos.

En cuanto a las causas que están incidiendo para que el paro juvenil se reduzca hasta dejar de ser uno de los problemas más importantes del mercado laboral, de nuevo tenemos un fondo económico, en la recuperación de la economía mundial y por ende de la española que se viene produciendo desde 1995. Pero hay especialmente tres razones sociológicas que son determinantes.

La primera es el propio reflujo de la ola del baby boom. A partir de 1988, la población de menos de 25 años se viene reduciendo sistemáticamente, debido a la caída de la natalidad que se inicia en los años '70. Después de haber llegado a haber casi 192.000 jóvenes, ahora estamos en unos 150.000 y, según las proyecciones que en su momento realizamos, en el próximo Censo de Población del año 2.001 no creo que lleguen a 140.000; esto es, estaremos idénticas cifras que en 1977. Lógicamente, a medida que se reduce el número de jóvenes las probabilidades de que los recién llegados encuentren trabajo se multiplican.

Pero hay un segundo elemento, también de carácter sociológico, que está teniendo una gran incidencia y al que rara vez se le presta la debida atención. La práctica universalización de la enseñanza secundaria, y la extensión de la enseñanza superior a amplias capas de la población, que han realizado los últimos gobiernos -esperemos que sea un fenómeno irreversible- ha posibilitado que un importante contingente de jóvenes ni siquiera entren en el mercado de trabajo, porque optan directamente por ampliar su periodo de formación, sea a través de la formación reglada -haciendo cursos de postgrado en el caso de los universitarios, o pasando a Universidad entre aquellos que cuentan con Formación Profesional-, sea a través de los numerosos programas de formación y capacitaciòn no reglada que se ofertan desde diversas instituciones relacionadas con la promoción del empleo. 


Sin duda la propia amenaza del paro ha promovido estrategias familiares tendentes a la inversión de tiempo y recursos en formación -esta cuestión ha sido muy estudiada para el caso de las mujeres-, pero obviamente si la oferta formativa no hubiese existido eso no hubiera sido posible. El gráfico muestra, de una parte, el fuerte incremento en el periodo considerado de la población mayor de 16 años inactiva por razón de estudios -es decir, población que opta por retrasar el momento de su incorporación al mercado de trabajo-, que pasa de 35.000 a en torno a 70.000 en la región. Y, en clara correlación, la fuerte caída de la tasa de actividad juvenil.

Pero volviendo a nuestros factores, el tercer factor es también de índole sociodemográfica. Aunque la población de 55 y más años viene incrementándose sistemáticamente -con un cierto ralentizamiento a partir de 1992, ya que empiezan a alcanzar dicha edad las cohortes mermadas por la guerra civil-, y llega además en mejores condiciones físicas que las generaciones precedentes, sin embargo tanto el número de activos como sobre todo el de ocupados se viene reduciendo de forma sostenida. De una forma insconsciente, como si de un organismo se tratase, y en contra de las opiniones basadas en tópicos, los brazos más viejos están dejando paso a los más jóvenes. Aunque sin la universalización de las pensiones y la continuada mejora de las mismas que se ha producido en ese periodo muchos menos se habrían animado a hacerlo. El hecho cierto es que mientras en 1977 un 26% de los mayores de 55 años (71.000 personas) se declaraban activas, y veinte años después la tasa de actividad se reducía a un 13% (algo menos de 42.000 personas).

Yo he advertido en repetidas ocasiones, y quiero insistir en ello, en que si no se producen aportes demográficos externos vamos a pasar de tener un problema de paro juvenil a sufrir un déficit crónico de fuerza de trabajo joven, y esto me parece mucho más preocupante desde la perspectiva del desarrollo social y económico de la región, y de su bienestar. Y todo esto debe llevarnos a reflexionar sobre dos cuestiones bien distintas: la primera, en torno a una política de cupos de inmigrantes más adecuada a las necesidades de la región, especialmente pero ya no únicamente en el sector agrario; la segunda, en torno a si la cultura formacional que hemos implantado en los últimos años, y que está llevando a muchos jóvenes a rechazar sistemáticamente los trabajos que estiman no se acomodan en cuanto a dureza o retribución a su status formativo, no debería ser reorientada hacia una revalorización del trabajo. Esto es importante, aunque insisto que estamos hablando solo de hipótesis, porque por ejemplo puede suponer fomentar algo menos la cultura del ocio (creativo o no), y algo más la del trabajo (siquiera a tiempo parcial). Lo cual, en modo alguno, supone una aceptación de las críticas a la creciente universalización de la enseñanza universitaria. Repetidamente, todos los análisis nos muestran cómo la población universitaria tiene muchas mayores probabilidades de encontrar trabajo que quienes cuentan con estudios medios, aunque sean de Formación Profesional, aunque el momento de plena incorporación al mercado de trabajo sea más tardío entre los universitarios.

Aunque no sabemos cual es la realidad extremeña, conocemos algunos datos que, aunque no son claramente comparables, nos indica de hecho una tendencia hacia esa corresponsabilidad, incorporándose en la medida de lo posible al trabajo. Aunque en la encuesta nacional realizada por ASEP para el INJUVE en 1996, tan sólo un 8,8 % de los encuetados declaraba trabajar y estudiar simultáneamente (ASEP, 1997); en las realizadas por el CIS en 1997 aparece un 6 % que trabaja y además estudia, pero también un 11 % que estudia pero además realiza algunos trabajos ocasionalmente para tener ingresos propios (CIS, 1999).

De la encuesta de ASEP hemos tenido ocasión de reprocesar algunos de sus datos, y realmente nos sugieren cuestiones muy interesantes para el debate. En el gráfico hemos relacionado la situación profesional de los jóvenes, con el origen de sus ingresos, que como vemos proceden o del propio trabajo, o de becas, de ayudas públicas y pensiones, de rentas -procedentes del ahorro por el trabajo, o bien rentas familiares- y de la consabida propina.


El gráfico apunta datos muy interesantes, pero particularmente me interesa señalar ahora el fuerte peso que en muchos grupos de actividad suponen los ingresos derivados del trabajo (más de un 40% para el conjunto de los jóvenes). Y curiosamente no sólo entre quienes dicen estar trabajando, sino también en un porcentaje muy alto entre quienes dicen estar estudiando y en busca de trabajo, o entre quienes únicamente estudian, y por supuesto entre quienes dicen estar bajo diversas formas de paro. Incluso entre las mujeres que dicen dedicarse únicamente a sus labores vemos cómo más de un 20% de los ingresos proceden del trabajo. Es decir, debemos concluir que el trabajo bajo diversas formas de economía sumergida es relativamente habitual entre los jóvenes españoles. 

Pero también debemos concluir con que los jóvenes españoles parecen tener una ética del trabajo menos relajada de lo que a veces podemos pensar quienes nos ocupamos de ellos. Los jóvenes no sólo piensan en y buscan el ocio, por muy creativo o solidario que sea, sino que como en todas las épocas buscan ir incorporándose al proceso productivo, como sea. A menudo, somos los adultos quienes, por un lado con nuestro ejemplo, y por otra parte obsesionados por la inversión formativa, les desanimamos de que tomen trabajos precarios, o a tiempo parcial, poco remunerados o no coincidentes con su status académico. Según los datos del CIS, el 61% de los jóvenes considera que su generación es amante del trabajo (CIS, 1999), y las experiencias que se van generalizando de prácticas de empresa en la Universidad, generalmente no remuneradas, es un ejemplo de que los jóvenes, como siempre, lo que buscan fundamentalmente es prepararse para ser útiles y ser autónomos. Después de la salud, la familia y la amistad, el trabajo aparece como el siguiente elemento al que los jóvenes otorgan mayor valor, considerándolo importante o muy importante, por encima incluso que a la educación, y por supuesto por encima del ocio.

Pero una vez más debemos volver a las desigualdades, y a la insistencia en que no debemos considerar a los jóvenes como un paquete indiferenciado. En el siguiente gráfico, elaborado a partir de los datos de la encuesta de ASEP, hemos relacionado el status socioeconómico de las familias, tomando como indicador los ingresos mensuales, con la situación de los jóvenes. Y vemos claramente cómo no sólo el paro, sino también la inactividad aparentemente voluntaria de las mujeres, se concentra en los grupos sociales económicamente más débiles. Vemos cómo los jóvenes en cuyos hogares se ingresan por encima de las 350.000 Pts mensuales no conocen el paro en ninguna de sus formas, ni siquiera ese curioso paro de quienes estando estudiando buscan un empleo, y que sin duda en la Encuesta de Población Activa aparecen como parados. En suma, aunque problemas como el paro juvenil afecten también a las clases medias, en donde se convierte en un auténtico problema es entre las clases económicamente más débiles.


Obviamente, la posición social está estrechamente relacionada con el nivel de formación alcanzado. Veíamos cómo, a pesar de los tópicos que se extienden sobre la materia, interesados en reducir la tendencia a la universalización de la formación universitaria básica, los universitarios conocen el paro en menor medida que aquellos que cuentan con niveles inferiores de formación. Y, como vemos en el siguiente gráfico, los niveles de formación se siguen correlacionando, a pesar de los profundos avances hacia la universalización de la enseñanza media e incluso superior, con la posición económica de las familias. 

Es por todo ello un auténtico escarnio que, entre los jóvenes cuyas familias ingresas menos de 100.000 pesetas al mes, casi el 60% no haya logrado terminar ni siquiera la EGB. Y es también por ello una auténtica vergüenza que desde los grupos de poder se intente, por vías diversas y a cual más sibilina, convencer además a los grupos sociales más débiles de que no es entrando en la Universidad como sus hijos alcanzarán la integración social y un más eficiente ingreso en el mercado de trabajo. La Universidad ha sido, y esperemos que siga siéndolo, si dejamos a un lado las loterías, la explotación del hombre por el hombre y las actividades ilegales en general, el principal mecanismo de movilidad social vertical en los países avanzados.


Por lo demás, si no tuviésemos en cuenta esas profundas fracturas sociales, y tomásemos a la juventud como un todo, en realidad sobraría casi cualquier programa. Pues los datos nos muestran que, en general, los jóvenes son relativamente felices, están a gusto con sus familias, consumen con fruición, se divierten, y estudian casi todo lo que quieren y aún más de lo que a veces quieren. Pensemos que, incluso en el peor de los casos, en temas sexuales, en más del 51% de los casos la opinión de los jóvenes coincide plenamente con la de sus padres; porcentaje que se eleva al 62% en asuntos de religión, y al 72% en cuestiones de ocio. Están felices en sus casas. Por lo demás, ven el futuro incierto, y optan por vivir al día (aunque no todos, sólo un 61 % de los casos), pero no es sino el temor que por ley natural les corresponde sentir ante el futuro, en el que (no todos) observan que tendrán mayores dificultades que hoy para trabajar, obtener vivienda o ganar dinero. En suma, la juventud española, y mientras no podamos comprobar nuestra hipótesis de asimilación, debemos creer que también la extremeña, vive en una Arcadia como nunca ha conocido generación alguna. ¿Para qué preocuparse, por tanto, si no nos paramos a pensar en las diversas juventudes que realmente existen, y a distinguir las profundas dificultades de todo tipo con las que algunos jóvenes se encuentran, y no precisamente en lo que se refiere al acceso al ocio?.

Finalmente, voy a comentar un par de datos de la más reciente encuesta, realizada por el CIS en 1997, por ser la única que nos permite hacer ciertas distinciones entre jóvenes rurales y urbanos. No voy a discutir aquí la inutilidad de esa distinción, en el marco de la urbe global (por poner un ejemplo bastante evidente: ¿los casi 30.000 estudiantes de nuestra universidad, que residen casi todo el año en las principales ciudades de la región, son rurales o urbanos?), pero sí que observamos ciertas variaciones en función del tamaño de los municipios, que simplemente confirma lo que todos sabemos, y numerosos estudios han mostrado: el tamaño demográfico de las ciudades tiene una estrecha correlación positiva con el grado de liberalismo de sus habitantes. En este caso se muestra esta variación con las respuestas frente a cuestiones como la mejor forma de formalizar (o no formalizar) una pareja, y la mejor forma de organizar una familia. Así, vemos que, aunque la media de quienes entienden que casarse por la iglesia es la mejor forma de convivencia, se reduce ya a un 35% de los encuestados, sin embargo el porcentaje se reduce aún más en los los núcleos de mayor tamaño.

Mientras que por el contrario a la pregunta sobre cual es la forma de organizar una familia, aunque la media de quienes creen que la mejor forma es que trabajen el hombre y la mujer, y que ambos se repartan igualitariamente las tareas de la casa, es ya bastante alta (un 79%), dicho porcentaje se incrementa en los núcleos mayores.


Terminaré por el principio, insistiendo para que en sus respectivos ámbitos de trabajo tengan en cuenta el enorme riesgo que supone diseñar y ejecutar políticas de juventud sin disponer previamente de estudios sociológicos que cuenten con las suficientes garantías de metodología, objetividad e independencia. La flauta pocas veces suena por casualidad, y en este campo ello puede significar fácilmente caer en el corporativismo que nos lleve a diseñar programas orientados a lograr el acuerdo partícipe de los distintos agentes, que tienen a menudo intereses propios que no coinciden con los de los colectivos a quienes dicen representar. Escuchar a los jóvenes, en una democracia participativa, no es reunir a los cien o doscientos, o mil, que están en el ajo, para escuchar sus demandas, sino preguntar al conjunto del universo sobre el que pretendemos actuar; y ello sólo se consigue a través de la investigación social.

BIBLIOGRAFIA CITADA

Ariza, S., Langa, D. (1998), ‘Propuestas para la reflexión sobre la identidad social de los jóvenes’, Congreso Español de Sociología, FES, La Coruña

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Baigorri, A., dir. (1995), Mujeres en Extremadura, Consejería de Cultura y Patrimonio, Mérida

Baigorri, A. (1998), ‘Jóvenes y mercado de trabajo en Extremadura’, Congreso Español de Sociología, FES, La Coruña

Baigorri, A., Fernández, R. (1998), ‘El mercado de trabajo en Extremadura’, Papeles de Economía Española. Serie de Economías Regionales: Extremadura

Bloul, A. (1998), ‘From moral protest to religious politics: ethical demands and Beur political action in France’, Congreso Mundial de Sociología, ISA, Montreal

Casal, J. (1998), ‘Recesión y emergencia de modalidades de transición a la vida adulta’, REIS, 75, pp. 295-317

Casanovas, J., Coll, J. (1998), ‘La nueva condición juvenil y las políticas de juventud’, Congreso Español de Sociología, FES, La Coruña

CIS (1989), La juventud en la comunidad autónoma de Extremadura, Consejería de Educación y Cultura, Mérida

CIS (1999), Los jóvenes de hoy, Boletín 19, enero-marzo ( http://www.cis.es )

González Pozuelo, F. (s/f), Jóvenes extremeños 1995, Consejería de Educación y Juventud, Mérida

Haurin, R., Haurin, D., Hendershott, P. (1997), ‘Home or Alone: The Costs of Independent Living for Youth’, Social Science Research, 26, pp. 135-152

INE, Base Tempus, ( http://www.ine.es )

INE, Encuesta de Población Activa

INE, Encuesta de variaciones residenciales

Rathzel, Nora (1998), ‘Young people of many cultures in the City. The appropiation of space and place’, Congreso Mundial de Sociología, ISA, Montreal

Tepperman, L., Wilson, S. (1990), Choices and Chances. Sociology for everyday life, Westwiew Press, Oxford

8.09.1980

Análisis sociológico de los futuros arquitectos (1980)


Son varios capítulos de un libro, publicado en 1980, sobre la enseñanza de la arquitectura, basado en el estudio que realizamos en el curso 1978-79 por encargo del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos y el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, y dirigido por Mario Gaviria. 

Incluye la explotación de la que probablemente fuese una de las primeras encuestas a estudiantes universitarios sobre características socioeconómicas y sobre el (entonces aún no denominado así) capital cultural de sus familias.

También incluye un análisis cualitativo, basado en entrevistas en profundidad, a partir del cual se definen una serie de tipologías de alumnado. Aquellos estudiantes son algunos de los que hoy cortan el bacalao en la arquitectura y el urbanismo español, en la praxis y en la Academia: 

  • los hijos de María, 
  • el tecnocrático metafísico, 
  • el pretencioso apolítico inconfomista, 
  • el trepa, 
  • la familia pasota 1: el pasota tonto incompetente, 
  • la familia pasota 2: el hipercrítico "pasao", 
  • el gran profesional nato, 
  • la esperanza de la familia, 
  • el progre viejo anclado en la clandestinidad, 
  • el obrero vengador, 
  • el obrero de cuello blanco que cree en la movilidad social, 
  • la honesta empollona, 
  • el "estudioso apolítico" 
  • el ecologista.

REFERENCIA:
Baigorri, A. (1980), "Perfil sociológico del alumnado", en Gaviria, M., Baigorri, A., Cruz, P., Informe sobre la enseñanza de la Arquitectura en las escuelas de Maddrid y Valladolid, COAM, Madrid, pp. 80-112