4.15.1977

Ecología: la izquierda y el desastre ecológico (1977)


Artículo (en realidad, artículos, pues en el mismo número incluía tres, casi un tercio de la revista) publicado en la revista Esfuerzo Común. En realidad el artículo es un clon de otro que ya había salido publicado, o iba a salir, en Alfalfa, pero los editores de Esfuerzo Común se empeñaron en que hiciera una versión porque eran públicos distintos (y lo eran). El segundo que aparece es un comentario sobre el control de los medios de comunicación profesionales agrarios, controlados por el aparato de estado y su influencia en un marco pre-electoral. El tercero forma parte de una serie sobre la izquierda ante la cuestión agraria, que aparece en otro post completa.


"  En varias ciudades (francesas) en donde el movimiento ecologista tenía fuerza, la izquierda ha perdido las elecciones frente a los gaullistas por muy escaso margen de diferencia.Un análisis extremadamente simplista de esos hechos podría llevarnos fácilmente a la conclusión errónea de que, "por culpa de" los ecologistas, la izquierda no ha vencido de forma completa en las elecciones de nuestros vecinos franceses. Pero sí que podemos achacar a los ecologistas varios "pecados" que pudieran refetirse aquí. Y, en cualquier caso, sí que podemos achacar a la izquierda el grave pecado de ignorar a los ecologistas.Por encima de cualesquiera otras consideraciones, Enzensberger ha sintetizado una hipótesis central: las sociedades industrializadas de la Tierra engendran contradicciones ecológicas que en un plazo no lejano conducirán a su destrucción. Y hablar de Sociedad Industrial es hoy hablar de sistema capitalista, entendiendo el capitalismo no como sistema de propiedad, sino como modo de producción, como sistema de relaciones entre los hombres, ya sean individuos privados o el Estado los propietarios de los medios de producción. Así puede decirse que el desastre ecológico va implícito en el propio capitalismo; y la simple expropiación de los capitalistas no hace desaparecer la amenaza del desastre. Sólo la destrucción del capitalismo como sistema de relaciones de producción, como sistema de valores; sólo una total subversión de las relaciones entre los hombres y entre estos y las cosas; una superación del trabajo asalariado, en cualquiera de sus formas, de la alienación, de la separación entre productor y producto, del fetichismo de la mercancía (...). El desarrollo de las fuerzas productivas en la URSS es muy semejante al de los países occidentales, y como en éstos, a partir de cierto momento las fuerzas productivas se manifiestan como fuerzas destructivas (...)Hemos de convenir que la batalla ecológica será pues parte de la gran batalla entre las clases sociales. La degradación del planeta que se opera por la acción del capitalismo no la sufren las clases explotadoras, al menos a corto plazo, porque siempre conservan para sí cotos de tierra virgen. Sí que la sufre, yya hace tiempo, la clase explotada. Estas clases trabajadoras deben entender pues, como parte de su concienciación, que la lucha de clases lleva implícita la lucha por una sociedad "limpia".(...)
Si creemos en la validez de la hipótesis ecologista, sólo veremos dos caminos, que vienen a ser confluyentes: la izquierda no podrá pretender representar los intereses de las clases trabajadoras si no se define sobre los problemasecológicos, o si de su definición se desprende que no va a ir más allá de donde irían los políticos burgueses. Ello por un lado. Por el otro, si el movimiento ecologista pretende ser algo más que un hijo pequeño burgués de la mala conciencia del capitalismo que, como los movimientos hippie, beatnik o contracultural, acabe siendo "reconvertido" por el sistema cuando resulte peligroso, ha de comprometerse de lleno en la lucha política al lado de los trabajadores. practicando la critica interna, pero no la externa, que entorpecería el movimiento socialista y contundiría dividiéndolas a las clases trabajadoras.Ante la situación actual tan sólo caben dos posibilidades, totalmente excluyentes y sin términos medios posibles: "Socialismo o barbarie"



REFERENCIAS:
Baigorri, A. (1977), "Ecología política y lucha de clases: la izquierda y el desastre ecológico", Esfuerzo Común, Num. 252, pp. 3-4

Baigorri, A. (1977), "El búnker controla los medios de comunicación agrarios", Esfuerzo Común, Num. 252, pp. 10-11

Baigorri, A. (1977), "Partidos y políticos ante la cuestión agraria. III. Las Derechas", Esfuerzo Común, Num. 252, pp. 12-13

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4.13.1977

Políticos y partidos ante la cuestión agraria (1977)


Serie de cuatro artículos sobre las posiciones de los partidos políticos ante la cuestión agraria, frente a las primeras elecciones democráticas.




REFERENCIAS:

Baigorri, A. (1977), "Los partidos políticos y la cuestión agraria. I. La izquierda", Esfuerzo Común, Num 250, pp. 9-11

Baigorri, A. (1977), "Partidos y políticos ante la cuestión agraria. II. El centro", Esfuerzo Común, Num. 251, pp. 12-13

Baigorri, A. (1977), "Partidos y políticos ante la cuestión agraria. III. Las Derechas", Esfuerzo Común, Num. 252, pp. 12-13

Baigorri, A. (1977), "Partidos y políticos ante la cuestión agraria. IV. La izquierda autogestionaria", Esfuerzo Común, Num. 253, pp. 8-9


2.28.1977

La in-seguridad social agraria (1977)


Artículo publicado en la revista Esfuerzo Común, editada por una cooperativa de trabajadores de Zaragoza y vinculada al carlismo.

"  Salvo los años de la postguerra, en que los productos agrícolas eran escasos y muy necesarios, la situación económica de los pequeños agricultores ha estado siempre por debajo de la de los obreros industriales. Incluso en ciertos casos los jornaleros han podido llevar un "tren de vida" mucho más alto, por varias razones. Rara vez el jornalero aspira a hacerse con tierra. Piensa que es inaccesible, y vive al día. Para el agricultor, por el contrario, la adquisición de tierras es una necesidad vital. Cada vez necesita ampliar más su explotación para poder sobrevivir. (...) 

Como técnica para la división de las clases trabajadoras y su posterior enfrentamiento entre sí, la S.S. ha cumplido una buena labor. (...)
 
Veamos un ejemplo de lo que puede costarles la S.S. a una familia media de agricultores, compuesta por padre, madre y tres hijos, que cultiven una explotación de unas 18 6 20 has. de regadio y 6 ó 7 has. de secano. Soncálculos aproximados, pero bastan para darse una idea. Esta familia, aparte de contribuciones, cuotas sindicales, etc., pagará al año en cotizaciones por la tierra a la Seguridad Social, sin recibir a cambio ningún beneficio, unas 50.000 pesetas. Al no estar protegidos en absoluto por el Estado, deben afiliarse a alguna Mutua privada donde recibir atención médica y asistencia en caso de accidentes u operación; pagará por ello al año entre 15.000 y 25.000 pesetas, como mínimo. Mas como estas sociedades están situadas en la capital, para cualquier urgencia es preciso conducirse por los médicos del pueblo, pagándoles cuotas que en cifras redondas son de alrededor de 4.000 pesetas al año. También es imprescindible estar conducido por los practicantes, para tener un buen servicio. Unas 2.000 pesetas anuales más. Y ahora debemos sumar a todos estos gastos las 28.000 pesetas anuales de cotización a la.Mutualidad laboral -ello si han elegido la base minima de cotización, y si sólo se ha afiliado el cabeza de familia, aunque la ley obligue teóricamente a todos los miembros-. A esta familia le cuesta pues su inseguridad social, porque en absoluto está totalmente asegurada aún con todos estos pagos, más de 100.000 pesetas al año.Naturalmente que esta situación, si no del todo paradisíaca, sí que resulta bastante beneficiosa para los grandes terratenientes y latifundistas, así como para los intermediarios, que se aseguran su vejez con una contribución mensual no agobiante para sus economías. Estos sí que pueden permitirse cotizar la base máxima, pagando a la Mutualidad unas 9.000 pesetas al mes.Cuando cumpla los 65 se encontrará con casi 50.000 pesetas mensuales, que, por mucha Inflación y mucha depreciación de la moneda que haya, seguirá siendo una buena paga; más para un jubilado, cuyas necesidades son menores. El agricultor medio, que ha elegido la base mínima de cotización, porque no puede· permitirse otras más altas, se encontrará con 12.000 mensuales, con las que, dentro de 10 años, tal vez no tenga ni para comer.(...)
sólo debe existir un régimen de la Seguridad Social, en el que tengan cabida desde el señor Oriol y Urquijo, si así lo desa, hasta el último peón agrícola, y en el que cada cual cotice por lo que realmente posea y gane, pero en el que también todos reciban los mismos beneficios. Pero esta reforma de la Seguridad Social es inseparable de una verdadera Reforma Fiscal, es impensable sin ella"

REFERENCIA:
Baigorri, A. (1977), "La in-seguridad Social Agraria. El franquismo no cumplió sus promesas", Esfuerzo Común, Num. 248, pp. 3-5

2.09.1977

Los trabajos más duros (3): Los ciegos (1977)



"Viejas beatas, putas, obreros en paro, vagabundos, chulos,pobres y marginados en general buscan ansiosos cada díael resultado del sorteo de los ciegos del día anterior. Un aciertopuede solucionarles la vida durante un mes. Aunque, a decirverdad, los que más cupones compran siguen siendo aquéllos queconsideran que al comprar un cupón han cumplido la buena obradel día: señoras y señores empeletados que compran tiras enteraspara que el ciego de turno les deje tomar el vermout en paz.."


Referencia:
Baigorri, A. (1977), "Los trabajos más duros (3). Los ciegos", Andalán, Num. 151, p. 14

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1.15.1977

El suelo agrario amenazado por la contaminación (1977)

 Algunas cosas son sin duda novedosas para la época, otras un poco naïf. Son 20 añitos. El otro artículo que se anuncia en portada también es mío.




EL SUELO AGRARIO AMENAZADO POR LA CONTAMINACION

COLONIZACION DE LOS CAMPESINOS POR LOS MONOPOLIOS CAPITALISTAS

Artemio J. Baigorri

Nos estamos ocupando bastante últimamente de problemas «ecológicos» —políticos y económicos en realidad— radicados en dos medios primordialmente, aire y agua. La contaminación de estos dos medios, principalmente el agua, son el fundamento de muchos trabajos periodísticos, manifiestos ciudadanos y libros aparecidos últimamente.

Existe, sin embargo, otro medio, el suelo, del que no nos ocupamos tan a menudo, y cuya contaminación es, a largo plazo, tan peligrosa como la del agua y el aire, por dos razones principalmente: su mayor densidad hace que si bien es más difícil de contaminar, una vez contaminado su purificación es muchísimo más difícil, larga y costosa; por otro lado, el hecho de que el suelo no sea directamente «consumido» por el ser humano, conlleva que su progresiva degradación no nos haya inquietado tanto como la del aire o el agua. Puede verse pues (o lo trataremos de hacer ver en la medida de lo posible dentro de este corto espacio), que debe ser mayor, y más urgente, la atención que prestamos a la contaminación del suelo. Objetivamente es lo que hay: pero hay más: la defensa del suelo, del agua, del aire, debe de estar englobada dentro de una estrategia revolucionaria. Pensar en una alternativa socialista al capitalismo es una pura frivolidad si no se tiene en cuenta los medios materiales con los que la economía debe contar. No hay alternativa posible, al menos racional, a un montón de basura. Y eso es lo que del capitalismo vamos a heredar si no nos apresuramos a evitarlo. Y evitarlo, o lo que es igual, englobar dentro de la lucha de clases la cuestión ecológica —que, creemos nosotros, es puramente económica—, equivale a presentar una alternativa limpia, al desarrollo puerco que sufrimos en la actualidad. Presentar esta alternativa, y luchar, en los niveles más inmediatos a nosotros, contra todo intento de explotación y degradación desmedida de los recursos no renovables más importantes con los que contamos: aire, agua y suelo.

Para el capital monopolista, el suelo no existe (al fin y al cabo, los miembros de las clases que detentan el capital viven rodeados de cemento, plástico y cristal); hay instrumentos de producción y reproducción del capital. Para alguno existe el suelo, pero tan solo es lo que hay bajo la nieve de sus estaciones de esquí, bajo el césped que rodea su chalet o en sus cotos de caza; es decir, algo que no corre peligro de muerte porque ya está fácticamente muerto. Fuera de ahí, lo demás es «tierra», un factor productivo más: suelo urbanizable, especie de masa informe donde mezclando semillas y ungüentos químicos crecen plantas; en cualquier forma, siempre algo sin vida, decíamos antes. Y desde luego, en tanto factor productivo, fuente de poder para sus poseedores, no olvidemos.

Se da, pues, una clara y nítida contradicción entre los intereses de las clases dominantes o propietarias respecto al medio, y los intereses y necesidades del resto de la población, cuyo futuro como especie se halla amenazado bajo las perspectivas que actualmente se nos presentan.

El suelo agrario: potingues y ungüentos contra la productividad

Aun cuando la United Fruit Ltd, aliada a la Bayer por ejemplo, lleguen a suministrarnos para el postre unas pastillas que contengan el sabor y el poder nutritivo de 4 ó 5 bananas, seguirá siendo necesario en cualquier caso la previa producción de esas 5 ó 6 bananas, que no pueden salir de los laboratorios; seguirá siendo necesario un suelo donde cultivarlas. Pero vamos a referirnos a suelos más cercanos que los explotados por la United Fruit. El caso de la Ribera del Ebro es sintomático del problema y puede estudiarse paradigmáticamente. Proceder al análisis de los suelos, y a la enumeración y clasificación de las materias que atentan contra ellos, es tarea que sale de nuestra competencia, y entra dentro de la de ingenieros agrónomos, peritos químicos, geólogos, etc. Nosotros, a través de estas líneas, tan sólo pretendemos llamar la atención sobre el problema, así como mostrar cómo la raíz del mismo se halla en el sistema productivo que sufrimos, basado en la división de los hombres en clases y en la explotación de unas clases por otras para obtener beneficios en forma de plusvalía.

El concepto de «explotación agraria mínima viable», del que tanto gustan usar los economistas de cierta izquierda, va parejo a otros conceptos como el de «productividad máxima» o «rentabilidad de las explotaciones». Todos estos conceptos son eminentemente burgueses y surgen con el desarrollo del capitalismo urbano y su «agresión» a los espacios agrarios. Esta agresión implica, como desarrollamos en un trabajo todavía inédito, la colonización de estos espacios, que anteriormente habían permanecido un poco al margen del desarrollo capitalista (el campesino no es reaccionario respecto a la izquierda, sino respecto al propio pensamiento genuinamente burgués). Esta colonización sigue dos procesos diacrónicos. La primera fase de intromisión en los espacios agrarios se lleva a cabo mediante la mercantilización de su economía; es presentado como un avance por los economistas burgueses el que los campesinos entrasen en el mercado para su abastecimiento y la venta de sus productos. En segundo lugar, se reduce el contenido de sus actividades, es decir, se vuelve al campesino cada vez más incapaz de resolver sus cultivos por medios propios, con independencia del mercado y de los intermediarios.

A través de estos dos mecanismos el capitalismo se entromete en los espacios agrarios, explotando a los campesinos mediante el «intercambio no equivalente» —deberemos sintetizar, dado el carácter de este trabajo, los conceptos al máximo—. Mediante este sistema de explotación se extrae de los agricultores no sólo su trabajo excedente, sino también parte de su trabajo necesario, con lo que éstos deben volcarse a conseguir una mayor productividad. La productividad priva hoy en la agricultura, junto con la rentabilidad, sobre cualquier otro concepto.

El abandono de las tierras no es en absoluto nada nuevo. En las economías agrarias precapitalistas, la tierra se abonaba con desechos orgánicos, procedentes del ganado y de la propia población humana. Mediante la aplicación de este abonado, la productividad... el campesino se ve obligado a forzar, artificialmente, este crecimiento. El propio capital monopolista le brinda, consecuentemente con el segundo de los mecanismos que anteriormente hemos descrito, la posibilidad de hacerlo mediante los abonos complejos, inorgánicos. Curiosamente, los mismos monopolios que detentan la producción y distribución de abonos controlan la producción y el tratamiento genético de las semillas, así como la producción de todos cuantos productos químicos se hacen así necesarios. En este desmedido afán de productividad y rentabilidad dad, se ofrecen los abonos complejos, pero se comprueba cómo la utilización de éstos va haciendo al suelo deficitario en otras materias muy necesarias. Por otro lado, semejante proceso se sigue con la selección de semillas, y su tratamiento genético, encaminado a conseguir una mayor productividad por unidad de tierra. Sin embargo, se comprueba cómo los modernos maíces híbridos, por ejemplo, precisan seis veces más energía que los de hace 20 años; es decir, una cantidad de abonos complejos seis veces mayor. En este mismo camino va la introducción de maquinaria en el campo (imprescindible objetivamente). Con ella disminuye la demanda de mano de obra, que es atraída para su proletarización por los espacios urbanos industrializados. Esta disminución en la demanda conlleva pues, una vez abiertos de forma masiva los circuitos de emigración, una disminución en la propia oferta de trabajo. Y a pesar de la mecanización persisten una serie de usos, como el «abinar» y «esquilar» (quitar la yerba), para los que sólo el trabajo humano es válido. Y por otra parte, aumentan las enfermedades y plagas de los cultivos, como consecuencia de los continuos desequilibrios ecológicos que se provocan. Los grandes monopolios ofrecen entonces herbicidas, plaguicidas, fungicidas, etc. Todo este proceso, teóricamente, debe conducir a la plena integración de la economía agrícola dentro del sistema capitalista.

A largo plazo, sin embargo, se dan varias contradicciones que el sistema capitalista es incapaz de resolver por sí mismo, dadas sus características. Por un lado, la utilización de cantidades cada vez mayores de abonos complejos es una realidad, y ello conducen a la par la necesidad de, si no aumentar, sí mantener la producción, así como la creciente superación de los hallazgos genéticos en lo que a semillas se refiere. En una tierra «virgen» la productividad aumenta si se le ayuda con abonos orgánicos. Esta productividad, manteniendo una constante de abonado, va aumentando, hasta llegar a un punto de producción óptima a partir del cual esta comienza a descender, siendo precisa cada vez una mayor cantidad de sustancias que añadir al suelo para que el índice de productividad no decaiga demasiado. En un sistema económico que administrase racionalmente los recursos, no se habría forzado el aumento de la productividad, con lo que podría mantenerse ésta en un índice óptimo, índice que en la actualidad se ha sobrepasado con creces. Cada vez son necesarias mayores cantidades de abonos complejos para conseguir el mismo kilogramo de maíz en idéntica unidad de tierra. Y las materias primas con las que se producen estos abonos constituyen recursos limitados, cuya formación requiere miles de años.

Por otro lado, la creciente utilización de herbicidas y plaguicidas conlleva la adecuación al medio de muchas de las especies afectadas por ellos, e incluso su fortalecimiento, con lo que progresivamente deberá aumentarse la potencia y cantidad de estos «potingues». Estos compuestos llevan productos químicos, tóxicos para hombres, fauna y flora, y al propio tiempo resistentes al ataque microbiano y la descomposición química que los habría de convertir en humus. No vamos a profundizar en el asunto, que, como decíamos líneas atrás, no nos compete. Bástenos señalar la contradicción existente entre los intereses de los grandes monopolios productores de estos productos y los intereses de la gran mayoría de la población, y del propio desarrollo y subsistencia de la especie humana. Semejantes problemas, además del ya descrito de la productividad, provocan la utilización irracional de los fertilizantes, de los cuales la acumulación de algunos de sus elementos puede ser altamente venenosa para el suelo y, en consecuencia, para el hombre. Es un problema a largo plazo. A un plazo más corto, la utilización masiva de estos productos, cuya producción y distribución dominan los grandes monopolios, acentúa la dependencia de los agricultores respecto de los espacios industriales.

El suelo urbano: «El cubo de la basura»

Dentro de los espacios denominados urbanos o industriales, la zona propiamente urbana, la ciudad, ocupa un área muy determinada rodeada por una frontera de basura, tras la cual todo es podredumbre. Hasta hace no demasiado tiempo, los tecnócratas del gran capital argumentaban que la solución a la contaminación producida por el desarrollo industrial se hallaba en la dilución. Así, los espacios urbanos descargaban sus desechos, humanos e industriales, en ríos y lagos, «con la esperanza de que los procesos regenerativos del agua en movimiento degradarían todos estos residuos». En la actualidad, ríos y lagos están sobresaturados de desechos, en una situación peligrosísima para la vida al no haber en el agua oxígeno suficiente para descomponer dichos productos. El resultado es —la contaminación galopante—.

Ya con anterioridad se venía practicando, si bien no masivamente, la eliminación de residuos industriales a través del suelo. Sobre todo los compuestos de nitrógeno y fósforo, difíciles de separar en las plantas depuradoras de aguas residuales. La eliminación de estos residuos a través del suelo era, es, incluso beneficioso, en tanto constituyen verdadero abono orgánico, mientras que su dilución en el agua es peligrosa. Con otros compuestos, si existe el nivel técnico preciso, puede realizarse un proceso parecido, convirtiéndolos en abonos mixtos. Sin embargo hay toda una serie de desechos minerales: En la actualidad, la precipitación de partículas procedentes en una fuente importante de contaminación por plomo de las tierras próximas a las carreteras, como consecuencia de la adición de plomo a la gasolina para aumentar el rendimiento de los motores. Esta contaminación del suelo de los espacios urbanos, inservibles ya para siempre para otras utilizaciones que las industriales, afecta, en muchos casos, como en el acabamos de señalar de los automóviles, al suelo de los espacios agrarios circundantes. Cuando un centro industrial se halla enclavado dentro de un espacio agrario no por intereses de la economía agraria de aquel espacio, sino por decisión de los centros de poder urbanos, el caso es semejante al de los espacios circundantes. Este problema ha sido tratado a menudo, en estas mismas páginas incluso, respecto al agua y el aire. Reviste el mismo interés respecto al problema que ahora nos ocupa, el suelo. Como caso ejemplar conviene recordar el caso del Bajo Aragón. En un trabajo colectivo próximo a aparecer en forma de libro, señalamos los problemas que para el suelo agrícola conlleva la excesiva acumulación de compuestos sulfurosos procedentes de la quema de carbón con fines energéticos en esa comarca.

Para todos estos problemas existen, o pueden hallarse, soluciones técnicas. Pero no puede encontrarlas el gran capital monopolista que promueve estos entuertos, porque sería atentar contra sus propios intereses. La salud del mundo como conglomerado de diversas materias es contradictoria con el desarrollo del sistema capitalista y la división de la sociedad en clases. Tan sólo en una sociedad donde las relaciones entre los hombres sean de colaboración puede curarse a la naturaleza del cáncer que lleva por dentro y por fuera. Como decíamos al principio, y sintonizando al máximo posible, una alternativa socialista que olvide todos estos problemas en aras de la productividad no puede ser ni racional ni viable.


Referencia: Baigorri, A. (1977). El suelo agrario amenazado por la contaminación. Esfuerzo Común. Num 246. pp. 6-7