Algunas cosas son sin duda novedosas para la época, otras un poco naïf. Son 20 añitos. El otro artículo que se anuncia en portada también es mío.
EL SUELO AGRARIO AMENAZADO POR LA CONTAMINACION
COLONIZACION DE LOS CAMPESINOS POR LOS MONOPOLIOS CAPITALISTAS
Artemio J. Baigorri
Nos estamos ocupando bastante últimamente de problemas «ecológicos» —políticos y económicos en realidad— radicados en dos medios primordialmente, aire y agua. La contaminación de estos dos medios, principalmente el agua, son el fundamento de muchos trabajos periodísticos, manifiestos ciudadanos y libros aparecidos últimamente.
Existe, sin embargo, otro medio, el suelo, del que no nos ocupamos tan a menudo, y cuya contaminación es, a largo plazo, tan peligrosa como la del agua y el aire, por dos razones principalmente: su mayor densidad hace que si bien es más difícil de contaminar, una vez contaminado su purificación es muchísimo más difícil, larga y costosa; por otro lado, el hecho de que el suelo no sea directamente «consumido» por el ser humano, conlleva que su progresiva degradación no nos haya inquietado tanto como la del aire o el agua. Puede verse pues (o lo trataremos de hacer ver en la medida de lo posible dentro de este corto espacio), que debe ser mayor, y más urgente, la atención que prestamos a la contaminación del suelo. Objetivamente es lo que hay: pero hay más: la defensa del suelo, del agua, del aire, debe de estar englobada dentro de una estrategia revolucionaria. Pensar en una alternativa socialista al capitalismo es una pura frivolidad si no se tiene en cuenta los medios materiales con los que la economía debe contar. No hay alternativa posible, al menos racional, a un montón de basura. Y eso es lo que del capitalismo vamos a heredar si no nos apresuramos a evitarlo. Y evitarlo, o lo que es igual, englobar dentro de la lucha de clases la cuestión ecológica —que, creemos nosotros, es puramente económica—, equivale a presentar una alternativa limpia, al desarrollo puerco que sufrimos en la actualidad. Presentar esta alternativa, y luchar, en los niveles más inmediatos a nosotros, contra todo intento de explotación y degradación desmedida de los recursos no renovables más importantes con los que contamos: aire, agua y suelo.
Para el capital monopolista, el suelo no existe (al fin y al cabo, los miembros de las clases que detentan el capital viven rodeados de cemento, plástico y cristal); hay instrumentos de producción y reproducción del capital. Para alguno existe el suelo, pero tan solo es lo que hay bajo la nieve de sus estaciones de esquí, bajo el césped que rodea su chalet o en sus cotos de caza; es decir, algo que no corre peligro de muerte porque ya está fácticamente muerto. Fuera de ahí, lo demás es «tierra», un factor productivo más: suelo urbanizable, especie de masa informe donde mezclando semillas y ungüentos químicos crecen plantas; en cualquier forma, siempre algo sin vida, decíamos antes. Y desde luego, en tanto factor productivo, fuente de poder para sus poseedores, no olvidemos.
Se da, pues, una clara y nítida contradicción entre los intereses de las clases dominantes o propietarias respecto al medio, y los intereses y necesidades del resto de la población, cuyo futuro como especie se halla amenazado bajo las perspectivas que actualmente se nos presentan.
El suelo agrario: potingues y ungüentos contra la productividad
Aun cuando la United Fruit Ltd, aliada a la Bayer por ejemplo, lleguen a suministrarnos para el postre unas pastillas que contengan el sabor y el poder nutritivo de 4 ó 5 bananas, seguirá siendo necesario en cualquier caso la previa producción de esas 5 ó 6 bananas, que no pueden salir de los laboratorios; seguirá siendo necesario un suelo donde cultivarlas. Pero vamos a referirnos a suelos más cercanos que los explotados por la United Fruit. El caso de la Ribera del Ebro es sintomático del problema y puede estudiarse paradigmáticamente. Proceder al análisis de los suelos, y a la enumeración y clasificación de las materias que atentan contra ellos, es tarea que sale de nuestra competencia, y entra dentro de la de ingenieros agrónomos, peritos químicos, geólogos, etc. Nosotros, a través de estas líneas, tan sólo pretendemos llamar la atención sobre el problema, así como mostrar cómo la raíz del mismo se halla en el sistema productivo que sufrimos, basado en la división de los hombres en clases y en la explotación de unas clases por otras para obtener beneficios en forma de plusvalía.
El concepto de «explotación agraria mínima viable», del que tanto gustan usar los economistas de cierta izquierda, va parejo a otros conceptos como el de «productividad máxima» o «rentabilidad de las explotaciones». Todos estos conceptos son eminentemente burgueses y surgen con el desarrollo del capitalismo urbano y su «agresión» a los espacios agrarios. Esta agresión implica, como desarrollamos en un trabajo todavía inédito, la colonización de estos espacios, que anteriormente habían permanecido un poco al margen del desarrollo capitalista (el campesino no es reaccionario respecto a la izquierda, sino respecto al propio pensamiento genuinamente burgués). Esta colonización sigue dos procesos diacrónicos. La primera fase de intromisión en los espacios agrarios se lleva a cabo mediante la mercantilización de su economía; es presentado como un avance por los economistas burgueses el que los campesinos entrasen en el mercado para su abastecimiento y la venta de sus productos. En segundo lugar, se reduce el contenido de sus actividades, es decir, se vuelve al campesino cada vez más incapaz de resolver sus cultivos por medios propios, con independencia del mercado y de los intermediarios.
A través de estos dos mecanismos el capitalismo se entromete en los espacios agrarios, explotando a los campesinos mediante el «intercambio no equivalente» —deberemos sintetizar, dado el carácter de este trabajo, los conceptos al máximo—. Mediante este sistema de explotación se extrae de los agricultores no sólo su trabajo excedente, sino también parte de su trabajo necesario, con lo que éstos deben volcarse a conseguir una mayor productividad. La productividad priva hoy en la agricultura, junto con la rentabilidad, sobre cualquier otro concepto.
El abandono de las tierras no es en absoluto nada nuevo. En las economías agrarias precapitalistas, la tierra se abonaba con desechos orgánicos, procedentes del ganado y de la propia población humana. Mediante la aplicación de este abonado, la productividad... el campesino se ve obligado a forzar, artificialmente, este crecimiento. El propio capital monopolista le brinda, consecuentemente con el segundo de los mecanismos que anteriormente hemos descrito, la posibilidad de hacerlo mediante los abonos complejos, inorgánicos. Curiosamente, los mismos monopolios que detentan la producción y distribución de abonos controlan la producción y el tratamiento genético de las semillas, así como la producción de todos cuantos productos químicos se hacen así necesarios. En este desmedido afán de productividad y rentabilidad dad, se ofrecen los abonos complejos, pero se comprueba cómo la utilización de éstos va haciendo al suelo deficitario en otras materias muy necesarias. Por otro lado, semejante proceso se sigue con la selección de semillas, y su tratamiento genético, encaminado a conseguir una mayor productividad por unidad de tierra. Sin embargo, se comprueba cómo los modernos maíces híbridos, por ejemplo, precisan seis veces más energía que los de hace 20 años; es decir, una cantidad de abonos complejos seis veces mayor. En este mismo camino va la introducción de maquinaria en el campo (imprescindible objetivamente). Con ella disminuye la demanda de mano de obra, que es atraída para su proletarización por los espacios urbanos industrializados. Esta disminución en la demanda conlleva pues, una vez abiertos de forma masiva los circuitos de emigración, una disminución en la propia oferta de trabajo. Y a pesar de la mecanización persisten una serie de usos, como el «abinar» y «esquilar» (quitar la yerba), para los que sólo el trabajo humano es válido. Y por otra parte, aumentan las enfermedades y plagas de los cultivos, como consecuencia de los continuos desequilibrios ecológicos que se provocan. Los grandes monopolios ofrecen entonces herbicidas, plaguicidas, fungicidas, etc. Todo este proceso, teóricamente, debe conducir a la plena integración de la economía agrícola dentro del sistema capitalista.
A largo plazo, sin embargo, se dan varias contradicciones que el sistema capitalista es incapaz de resolver por sí mismo, dadas sus características. Por un lado, la utilización de cantidades cada vez mayores de abonos complejos es una realidad, y ello conducen a la par la necesidad de, si no aumentar, sí mantener la producción, así como la creciente superación de los hallazgos genéticos en lo que a semillas se refiere. En una tierra «virgen» la productividad aumenta si se le ayuda con abonos orgánicos. Esta productividad, manteniendo una constante de abonado, va aumentando, hasta llegar a un punto de producción óptima a partir del cual esta comienza a descender, siendo precisa cada vez una mayor cantidad de sustancias que añadir al suelo para que el índice de productividad no decaiga demasiado. En un sistema económico que administrase racionalmente los recursos, no se habría forzado el aumento de la productividad, con lo que podría mantenerse ésta en un índice óptimo, índice que en la actualidad se ha sobrepasado con creces. Cada vez son necesarias mayores cantidades de abonos complejos para conseguir el mismo kilogramo de maíz en idéntica unidad de tierra. Y las materias primas con las que se producen estos abonos constituyen recursos limitados, cuya formación requiere miles de años.
Por otro lado, la creciente utilización de herbicidas y plaguicidas conlleva la adecuación al medio de muchas de las especies afectadas por ellos, e incluso su fortalecimiento, con lo que progresivamente deberá aumentarse la potencia y cantidad de estos «potingues». Estos compuestos llevan productos químicos, tóxicos para hombres, fauna y flora, y al propio tiempo resistentes al ataque microbiano y la descomposición química que los habría de convertir en humus. No vamos a profundizar en el asunto, que, como decíamos líneas atrás, no nos compete. Bástenos señalar la contradicción existente entre los intereses de los grandes monopolios productores de estos productos y los intereses de la gran mayoría de la población, y del propio desarrollo y subsistencia de la especie humana. Semejantes problemas, además del ya descrito de la productividad, provocan la utilización irracional de los fertilizantes, de los cuales la acumulación de algunos de sus elementos puede ser altamente venenosa para el suelo y, en consecuencia, para el hombre. Es un problema a largo plazo. A un plazo más corto, la utilización masiva de estos productos, cuya producción y distribución dominan los grandes monopolios, acentúa la dependencia de los agricultores respecto de los espacios industriales.
El suelo urbano: «El cubo de la basura»
Dentro de los espacios denominados urbanos o industriales, la zona propiamente urbana, la ciudad, ocupa un área muy determinada rodeada por una frontera de basura, tras la cual todo es podredumbre. Hasta hace no demasiado tiempo, los tecnócratas del gran capital argumentaban que la solución a la contaminación producida por el desarrollo industrial se hallaba en la dilución. Así, los espacios urbanos descargaban sus desechos, humanos e industriales, en ríos y lagos, «con la esperanza de que los procesos regenerativos del agua en movimiento degradarían todos estos residuos». En la actualidad, ríos y lagos están sobresaturados de desechos, en una situación peligrosísima para la vida al no haber en el agua oxígeno suficiente para descomponer dichos productos. El resultado es —la contaminación galopante—.
Ya con anterioridad se venía practicando, si bien no masivamente, la eliminación de residuos industriales a través del suelo. Sobre todo los compuestos de nitrógeno y fósforo, difíciles de separar en las plantas depuradoras de aguas residuales. La eliminación de estos residuos a través del suelo era, es, incluso beneficioso, en tanto constituyen verdadero abono orgánico, mientras que su dilución en el agua es peligrosa. Con otros compuestos, si existe el nivel técnico preciso, puede realizarse un proceso parecido, convirtiéndolos en abonos mixtos. Sin embargo hay toda una serie de desechos minerales: En la actualidad, la precipitación de partículas procedentes en una fuente importante de contaminación por plomo de las tierras próximas a las carreteras, como consecuencia de la adición de plomo a la gasolina para aumentar el rendimiento de los motores. Esta contaminación del suelo de los espacios urbanos, inservibles ya para siempre para otras utilizaciones que las industriales, afecta, en muchos casos, como en el acabamos de señalar de los automóviles, al suelo de los espacios agrarios circundantes. Cuando un centro industrial se halla enclavado dentro de un espacio agrario no por intereses de la economía agraria de aquel espacio, sino por decisión de los centros de poder urbanos, el caso es semejante al de los espacios circundantes. Este problema ha sido tratado a menudo, en estas mismas páginas incluso, respecto al agua y el aire. Reviste el mismo interés respecto al problema que ahora nos ocupa, el suelo. Como caso ejemplar conviene recordar el caso del Bajo Aragón. En un trabajo colectivo próximo a aparecer en forma de libro, señalamos los problemas que para el suelo agrícola conlleva la excesiva acumulación de compuestos sulfurosos procedentes de la quema de carbón con fines energéticos en esa comarca.
Para todos estos problemas existen, o pueden hallarse, soluciones técnicas. Pero no puede encontrarlas el gran capital monopolista que promueve estos entuertos, porque sería atentar contra sus propios intereses. La salud del mundo como conglomerado de diversas materias es contradictoria con el desarrollo del sistema capitalista y la división de la sociedad en clases. Tan sólo en una sociedad donde las relaciones entre los hombres sean de colaboración puede curarse a la naturaleza del cáncer que lleva por dentro y por fuera. Como decíamos al principio, y sintonizando al máximo posible, una alternativa socialista que olvide todos estos problemas en aras de la productividad no puede ser ni racional ni viable.
Referencia: Baigorri, A. (1977). El suelo agrario amenazado por la contaminación. Esfuerzo Común. Num 246. pp. 6-7
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