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4.22.2022

El patrimonio humano (2022)


Conferencia en el curso PAISAJES CULTURALES: El patrimonio Cultural como Herramienta de desarrollo, organizado por World Monuments Fund, proyecto ILUCIDARE (Horizon 2020).

Centro Botín ,  Madrid, 25-28 de Abril de 2022


Presentación

Buenas tardes. En primer lugar, quiero agradecer la invitación a participar en este seminario. 

Aunque ha sido algo precipitado, y aún estoy algo confuso sobre el objeto de mi intervención, intentaré aportar algunas reflexiones, o al menos contribuir a ellas, sobre los actores, dinámicas, roles y conflictos que configuran, transforman o conservan esos paisajes, culturales y en general patrimoniales, o patrimonializables. 

Así que vamos a hablar un poco de paisaje y un poco de paisanaje.


Paisaje y paisanaje

Estos días hemos asistido a un suceso muy propio de la Globalización y la Sociedad Telemática, por el que un hecho local, de impacto circunscrito a una problemática local y temporalmente acotada,  tiene alcance global. Una anécdota que se ha convertido en una batalla cultural de dimensión planetaria, al menos en el ámbito hispánico. 

Se trata de la boda entre dos miembros de las élites peruana y española, una representante de la burguesía local de segundo nivel y un representante de la aristocracia española de tercer o cuarto nivel. 

Ella es bisnieta de un emigrante, de un vasco que, fuese por hambre o huyendo del castigo isabelino por sus fechorías en las guerras carlistas, en 1872 llegó a Perú y terminó convertido en latifundista. Su hijo dedicó esfuerzos y algo de dinero a recuperar tradiciones y patrimonio cultural no sólo precolombino, sino sobre todo preincaico.


Y a la bisnieta le pareció de lo más natural impresionar a los aristócratas españoles utilizando un recurso cultural que su familia había contribuido a recuperar. Los novios hicieron su paseíllo entre actores que representaban una performance basada en aquellas tradiciones. Con ello se movía la economía local (el grupo folclórico que se ocupó de la animación, algún escenógrafo de la capital, técnicos de luz y sonido, etc.) y de haber salido bien quizás hubiese convertido a la ciudad en destino nacional para bodas. 

Pero salió mal. Una periodista, corresponsal de El País en Perú, tan indígena y postcolonial que se llama Jacqueline Fowks, licenciada en Periodismo en Lima y con cursos en la UNAM de México DF y en la holandesa Universidad de Groningen, en suma bastante cosmopolita, se encuentra con el asunto y convierte una representación de las batallitas preincaicas de los Moche en lo que denominó en su crónica un “espectáculo de esclavos”, que además alegre y tópicamente vinculó (¡cómo no!) al periodo colonial. Lo replica en Twitter, y ya el asunto se dispara, se convierte en “espectáculo racista con esclavos”, y el propio gobierno peruano interviene al estilo de López Obrador, convirtiéndolo en asunto de Estado. En suma, una simple boda con decorado se convierte en una de esas batallas culturales que con tanta facilidad hoy acontecen. Por un teatrillo que representaba escenas de una sociedad desaparecida casi mil años antes de que llegasen los españoles, incluso casi 700 años antes de la emergencia de la civilización inca.

Cuestiones a tener en cuenta siempre que abordamos recursos culturales, lo mismo tradiciones que prácticas o paisajes, porque todos los paisajes son culturales, tienen una Historia detrás que puede ser sujeta a debate ideológico-cultural, dependiendo de los contextos. 


Seguramente si una pareja equivalente hubiese organizado una boda con una ambientación romana en las Médulas de León, con esclavos mineros y esclavas palaciegas, nadie se habría sentido molesto culturalmente, porque aquí nadie les guarda resentimiento de los romanos, creo. Aunque si en el Trujillo español, cuyos berrocales, acotados de alambre de espino, conforman un hermoso paisaje que en estas mismas jornadas se ha presentado, para una boda similar se instalase en la plaza a una representación de la familia de Azarías, la de Los Santos Inocentes, con su Milana Bonita acompañando a los novios, quizás también se armaría la marimorena.

Y si hay desacuerdos culturales por la reinterpretación más o menos ahistoricista que pueda hacerse en el marco del aprovechamiento de recursos patrimoniales, es decir por valores, por elementos inmateriales, ¿cuántos más no habrá si la protección de esos paisajes que han sido valorados como dignos de ser patrimonializados, implica que los habitantes del lugar no pueden desarrollar actividades económicas que les aseguren la pervivencia?. Actividades, por lo demás, que no sabemos si unos siglos más adelante no constituirán a su vez, si llegan a ejecutarse, un valor patrimonial. 

Porque ¿se imaginan a unos ecologistas en el siglo I antes de Cristo (que quién sabe a su modo también los había entre los pobladores autóctonos) evaluando el destrozo paisajístico que Plinio el Viejo estaba haciendo en Las Médulas? Ese paisaje que hoy nos resulta tan exquisito tanto por su forma como por sus antecedentes funcionales, fue una auténtica barbaridad, un atentado ecológico de primer orden. Y ahí está. La mina de litio que actualmente se discute por su ubicación cerca de Cáceres, Patrimonio de la Humanidad, ¿podría llegar a complementar el stock patrimonial de la ciudad en uno o dos siglos, una vez que Natura haga de las suyas tras terminar la explotación? Es sin duda un asunto complicado.

Quiero empezar por tanto con esta reflexión sobre el paisanaje que no sólo fue actor en los procesos históricos que dieron lugar a la formación de determinados paisajes, o recursos patrimoniales en general, sino que lo sigue siendo en la actualidad en esos espacios. Un actor que puede ser crítico con determinados usos, o verse impactado en su vida cotidiana, sus actividades productivas o simplemente en sus valores. Pues vivimos en sociedades cada vez más fragmentadas e individualizadas en lo que se refiere a sistemas de valores, por lo cual los choques como el que refleja la anécdota a la que he hecho referencia van a ser cada vez más habituales. 

Salir de la rutina: algo más que playa y/o monumentos urbanos

Decía que había sido una invitación algo precipitada que acepté no menos precipitadamente, porque según he visto en el programa todos los participantes se dedican a la gestión y/o promoción de recursos patrimoniales, bien específicamente esos paisajes culturales, bien paisajísticos en general. Es decir, son expertos. Y yo no estoy en eso. Yo soy desde hace muchos años un oscuro profesor de Sociología en una universidad de provincias, en la periferia del Imperio. 

Así que vengo con unas notas precipitadas a un foro de auténticos expertos, no ya con el síndrome del impostor, sino como un auténtico impostor. Seguramente Pablo, como arquitecto moderno, se dijo de pronto, mecachis, nos falta el sociólogo, a ver alguno de esos de la escuela de Mario Gaviria, que al menos no son excesivamente aburridos. Pero lo que yo decía ayer por el camino, mi esposa y sin embargo colega y amiga que está por ahí puede dar fe, era “Voy a dar la vuelta, nos volvemos y me invento cualquier daño corporal”. Pero no me lo permitió. 

Porque a lo sumo puedo aportar percepciones, análisis, encuentros con el patrimonio en una praxis de lustros, pero de la que ya hace unas cuantas décadas. Aunque gracias a ocasiones como ésta y a algunos debates públicos, mantengo el pensamiento puesto a ratos en estos temas. Así que ya puestos, ojalá que estas notas sirvan como percepción precisamente de cómo cuestiones que hace treinta o cuarenta años nos parecían obvias, evidentes a algunos, pero no a la mayoría, hoy se asumen y pasan a formar parte de políticas públicas de primer orden.

Ahora nos parece lo más natural del mundo proteger con todo tipo de herramientas administrativas esos espacios que denominamos paisajes culturales. Nuestros técnicos, nuestros políticos e incluso muchos de nuestros empresarios se socializan, ya desde pequeñitos, en esos valores, que se transmiten desde el sistema educativo, desde los medios de comunicación de masas, incluidas ahora las redes sociales. 

Se destinan ingentes recursos a la conservación, gestión, promoción y explotación turística o artesanal de los recursos patrimoniales. La opulenta Europa no sólo está dispuesta a invertir, pues en el fondo se trata de inversión, en esos menesteres, sino que además financia también iniciativas, de forma altruista, en países lejanos. 

Como muestra de la concienciación existente contaré una anécdota. Hace un par de años advertí, ante la evidencia del derribo de la planta embotelladora de Coca-Cola en Badajoz, que la ciudad no tiene elementos de arqueología industrial, apenas una antigua “fábrica de luz”, lo que fue una central eléctrica en un azud, que además está en ruinas desde hace medio siglo. La planta de Coca-Cola fue, a mediados del siglo XX, uno de los primeros y escasos signos de modernidad no sólo en los hábitos de consumo (aunque fuese para mal) sino también como expresión arquitectónica de esa modernidad, y de la industrialización que nunca ha terminado de llegar a la ciudad. Decenas de miles de niños pacenses tuvieron su primer chute de excitante bebida basura en las visitas colegiales que se hacían a la única industria visitable de la ciudad. Pues bien, bastaron algunos comentarios sin mayor interés en redes sociales para que la promotora que la había comprado para hacer viviendas de lujo, e incluso particulares, corriesen a informar de que salvarían siquiera algunos arquitectónicos icónicos.

Sin embargo, hace apenas cuatro décadas, hacia 1980, la Diputación de Zaragoza directamente nos rescindió unilateralmente el contrato de realización de unas Normas Subsidiarias Comarcales al equipo redactor, porque pretendíamos impedir que alguien se hiciese un chalet en la misma puerta del Monasterio de Veruela, junto a la cruz negra en la que Gustavo Adolfo Bécquer se sentó tantos días a esperar la diligencia que le traía la prensa de Madrid, a conversar con los campesinos y escuchar narraciones de leyendas, mientras su hermano Valeriano dibujaba escenas y paisajes. Nos echaron, por las buenas. 

Veruela sería sin duda, con un monasterio cisterciense del siglo XII, el primero en el Reino de Aragón, ubicado en el coqueto Valle del Huecha, una vega de huertas bimilenarias, en pleno Parque Natural del Moncayo, un candidato pienso que con todos los puntos para ser uno de esos paisajes culturales patrimonio de la Humanidad. Pero un cacique local, un militar de alta graduación que aseguraba a los quintos locales buenos destinos en la mili, el entonces servicio militar obligatorio, consiguió levantar al pueblo contra el equipo de planeamiento. Hoy, a tenor de lo que veo que hemos avanzado en protección del patrimonio, sería distinto. Seguramente habríamos ganado la batalla los técnicos, entre otras cosas porque ya no hay mili.

Yo dediqué algún esfuerzo a analizar y reflexionar sobre estos temas porque, aunque procedo del Periodismo, tras un encuentro circunstancial con Mario Gaviria, uno de los sociólogos españoles más reconocidos especialmente en el campo del urbanismo y del turismo, mi vida dió un giro y terminé en el planeamiento territorial y urbanístico y finalmente la Sociología. Con él trabajé de forma discontinua (entonces sí que éramos precarios, diré como buen boomer) durante una década, entre 1976 y 1986. 

Gaviria “trajo” a España, además de las primeras ideas ecologistas y la obra de Henri Lefebvre, una particular visión urbanística y territorial que ha tenido un gran impacto en muchos urbanistas, sobre todo entre arquitectos. Fue capaz de elevar a categoría de patrimonio a Benidorm, que era considerado en los años 70 como el colmo de lo hortera. Hoy está reconocido tanto por la Urbanística como por los estudiosos científicos del turismo, y se nomina a Patrimonio de la Humanidad.



Precisamente el último proyecto importante que hicimos juntos, entre 1984 y 1985, fue una investigación para la Secretaría de Estado de Turismo, en el marco de la campaña Todo bajo el Sol con la que España se presentó al mundo como un destino turístico maduro, moderno, serio y fiable. 

Había dos proyectos: por una parte un equipo de arquitectos y especialistas en Arte realizaban unos libros preciosos sobre espacios de interés paisajístico-cultural, del tipo de las Médulas, para promover el turismo de interior, de naturaleza y cultura. Mientras que el encargo a nuestro equipo era elaborar un diagnóstico, sobre el terreno, de los desafíos y límites de las principales de playa española, pero incluía un novedoso desafío que Gaviria propuso y a Ignacio Vasallo, el Secretario de Estado de Turismo, le pareció fantástico: escribir guías cultas de playa.

¿Se puede hacer eso? Se puede. Se trataba de recopilar por supuesto que las playas y calas, los chiringuitos, discotecas o los escasos hitos patrimoniales, pero tratando a la vez de empujar a los turistas más allá, hacia el entorno, hacia paisajes de interior que tuviesen algún valor, natural, histórico, cultural en el sentido antropológico, hacia antiguas huertas en Levante, hacia los viñedos y ruinas conventuales en Cataluña, hacia desiertos en Canarias, hacia las actividades de los agricultores, los ganaderos, los artesanos alejados de la línea de costa. Incluso buscamos para hacer los mapas no a una empresa de cartografía al uso, sino a artistas gráficos que plasmasen, a la manera de los planos dieciochescos, los valores del paisaje.


A mí me tocó hacer los informes y guías de Salou en Tarragona, Puerto de la Cruz en Tenerife y Maspalomas en Gran Canaria, y fue un año y medio muy placentero, la verdad, aunque muy complicado en lo personal.

Lamentablemente las guías quedaron en un cajón, porque con la campaña de marketing de Todo Bajo el Sol, la del sol de Miró que ha pervivido como icono, se fundieron todo el presupuesto en invitaciones a periodistas extranjeros, comilonas y cartelería. Y al final todo el rico material fotográfico y cartográfico recopilado, así como los textos, fueron regalados a una editorial privada que hizo una auténtica chapuza, recogiendo fragmentos en un infame corta y pega, inventando incluso autores que no habían escrito ni una línea y borrando a los verdaderos autores, para publicar unas guías vulgares para turistas vulgares. 



Pero aquella experiencia me fue muy útil. Entre 1990 y 1991 creamos para la Junta de Extremadura, desde la consultora que entonces dirigía, un inventario total de recursos patrimoniales de todo tipo de todos los municipios de la región. 

Tras ello nos encargaron escribir una guía turística (publicada en la editorial Folio de Barcelona con una tirada de 25.000 ejemplares) que era la primera sobre una una región que no se limitaba a ubicar y describir los principales recursos artísticos localizados en los puntos tradicionales de atracción turística, sino que recorría la totalidad de los municipios, incluyendo todo aquello con algún atractivo que pudiera ser patrimonializable: paisajes, espacios históricos, cultivos, prácticas culturales, tradiciones locales, festividades, gastronomía, etc. En base a aquel inventario sistemático pudimos construir indicadores de potencial turístico, para que las administraciones tuviesen una guía de en qué espacios, más allá de los tradicionales destinos de turismo monumental, sería más productivo hacer esfuerzos inversores.

Era costoso hacer ver entonces, a los responsables de Turismo, que había algo más que monumentos. Y que esos recursos olvidados podían ser objeto de consumo turístico, contribuyendo al desarrollo de territorios alejados de los centros turísticos tradicionales, que en el caso de Extremadura se limitaban entonces a Mérida, Cáceres, Trujillo y Guadalupe. Fruto de aquellas novedosas aportaciones fueron luego otros encargos de estudio sobre el impacto socioeconómico del Patrimonio, o de casos concretos. 

Ha pasado mucho tiempo de todo aquello, y obviamente, programas como el que apadrina este seminario, y cientos de proyectos de promoción de los recursos patrimoniales de todo tipo que desde los antiguos programas Leader los han convertido en algo no sólo aceptado, sino ahora perseguido por los responsables políticos a todos los niveles, de lo local a lo supranacional. También ha ayudado que tenemos unas masas de consumidores ansiosas, que ya no se conforman con el turismo de playa, quieren turismo experiencial y eso incluye la degustación no ya de los monumentos (que tradicionalmente ya atraían al turismo de interior a las élites cultas), sino también de paisajes, formas de vida, costumbres. Este turismo experiencial ha sido clave en los últimos años y lo seguirá siendo al menos a corto y medio plazo.

Productos humanos, también el paisaje

Ahora bien, ¿cuál es el problema? Es un problema que tiene una doble vertiente: demográfica, y cultural en el sentido sociológico o antropológico del término, no humanístico. El problema es que todos esos elementos no son únicamente producto de la población que ha vivido antes en esos territorios, sino también de la población que ha conservado y conserva los espacios, los paisajes, a menudo sin ser conscientes de ello, la población que transmite los saberes, los memes culturales. Y esa población está desapareciendo. 




Los espacios rurales se han despoblado, algunos están en trance de despoblación, otros muchos ya han muerto demográficamente. La España vacía lo estaba, y lo teníamos dicho, muchas décadas antes de que los periodistas de ciudad saliesen al campo, de excursión de fin de semana. Y el Patrimonio como recurso puede que llegue tarde a rescatar muchos de esos espacios, al menos en el sentido en que se plantea generalmente, como “recuperación de lo rural”.

Porque además esa población restante, o superviviente, no es ya la población que construyó funcionalmente esos recursos. Es otra, con otras necesidades, otros saberes, otros objetivos. No es una población rural, sino urbana, urbanizada, habitantes no en un mundo aparte, sino en lo que yo llamo la Ruralía, el jardín de la urbe global. Y eso plantea otro tipo de problemas.

En realidad todos los paisajes son culturales, producto de la interacción entre la población que los habitó, las fuerzas tectónicas y el èlan, el impulso vital de la naturaleza orgánica, es lo que yo llamo la naturaleza social de la Naturaleza. Hoy ya es asumido así, como lo evidencian desde 1992 las conocidas “Directrices para la Aplicación de la Convención del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural”. Pero ha costado que se entienda así. Y todavía cuesta, ahora a menudo en un sentido inverso.



En planeamiento urbanístico y territorial tuve no sé si la suerte o la desgracia de que me tocase hacerlo en bastantes espacios sensibles, con importantes recursos patrimoniales paisajísticos, como algunos valles del Pirineo aragonés, el Parque Natural del Moncayo, la Sierra Urbasa o el Parque Nacional de Monfragüe. Aquello me permitió detectar una problemática que iba en una doble dirección: cuando nos planteábamos proteger determinados espacios por sus valores naturales o culturales, nos enfrentábamos a menudo a actores locales o externos digamos de naturaleza productivista, esto es que competían por esos suelos para otro tipo de usos, residenciales, ganaderos, industriales, y que entendían cualquier protección como una losa sobre el territorio, un freno al desarrollo. Pero a veces también encontrábamos otro tipo de actores, mucho más presentes y poderosos en la actualidad, que competían por el patrimonio paisajístico para usos que exigen la conservación absoluta y total en su actual estado, como si fuese un monumento arquitectónico. Volveremos luego a esa tensión permanente, porque es un tema complejo, que no siempre se entiende y se resuelve bien.

Definimos el espacio susceptible de ser protegido como aquel fragmento del territorio que contiene elementos (bien sea un ecosistema completo, una especie endémica en vías de extinción, una masa forestal autóctona importante, memoria de una batalla u otra una historia o una tradición detrás) dignos de ser preservados para las generacio­nes futuras. Pero eso implica una noción estática de la vida en general, y en particular de los ecosistemas. La superficie del planeta es fruto de incontables cambios climáticos, geológicos y ambientales a lo largo de millones de años, y se siguen operando. Y es un riesgo enorme intentar preservar como en formol el estado que algunos ecosiste­mas presentan en un momento dado de la evolución, es en cierto modo una decisión antiecológica, pues la vida implica cambio y muta­ción perma­nente. 

Y esto se complica cuando tomas conciencia de que no son siquiera el resultado de la evolución natural, aunque a veces lo parezca morfológicamente, sino de la interacción con los seres humanos en su inacabable proceso adaptativo a una Naturaleza que ahora la tomamos como amiga, madre, diosa, pero que durante la mayor parte de la Historia humana ha sido un lugar terrible al que temer y en lo posible dominar para sobrevivir. Ha sido adaptándolos a las necesidades humanas, domesticándolos, produciendo en suma, como los humanos que producido paisajes a los que hoy calificamos como Naturaleza. ­

En realidad, esa capacidad de producción es la esencia de todo paisaje cultural susceptible de protección. Se trata de espacios cuya conformación y estructura ecológica actual responde a las interacciones desarro­lladas con las comunidades humanas que los han habitado y explotado, salvo en el caso de algunos raros ecosistemas.

Los bosques pirenaicos que al visitante les parecen prodigio de la Madre Natura son producto también de los montañeses que los habitaron, e hicieron una progresi­va y continuada selección de especies y una ordenación territorial no planeada, ­en función de sus necesidades ganaderas y forestales. Lo mismo podemos decir de la Dehesa extremeña, y de tantos otros espacios mal llamados “naturales”. 

Es precisamente cuando dejan de responder a la función que los ha co-generado y conservado cuando se transforman en espacios frágiles. Pasan a cumplir una función para la que no fueron diseñados, que además se convierte en monocultivo productivo, como pueda ser el ocio y el turismo, y lo más probable es que terminen siendo pasto de las llamas. El nuevo bosque que surja (suponien­do que surja, es decir, que la erosión no acabe con la capa vegetal), cincuenta o cien años más tarde será distinto, y dependerá su conforma­ción del uso y función a que se destine por sus moradores o vecinos.


Y lo dicho de esas frondas, esos árboles singulares entre canchales y berrocales, puede aplicarse a los miles de kilómetros de sotos y vegeta­ción de ribera destruídos en los últimos años en todos los ríos españoles, sencillamente porque hace medio siglo perdieron por completo la función de suministro de madera, caza menor o protección contra las inundaciones que prestaban a los pueblos vecinos, de forma que tenían incluso antiguas ordenanzas municipa­les de protec­ción de esos espacios altamente productivos y funcionales. Como ocurre con tantos miles de Hectáreas de huertas milenarias que dejaron hace décadas de ser funcionales, porque a los pocos agricultores que quedan en muchos de los pueblos que hace milenios las construyeron, les empezó a resultar más descansado comprar en el supermercado que mantener la huerta. Y abandonado el riego y el cuidado de una huerta, lentamente se convierte en erial. 

Por eso he defendido siempre que la consideración de espacios protegi­bles no debe limitarse a los llamados “espacios naturales de interés”, que como he dicho casi ninguno es natural, sino que debe extenderse a todos los espacios que, producidos por la acción humana o por la interac­ción entre el hombre y la Naturale­za, se ofrecen hoy como ecosistemas complejos y a la vez frágiles, dignos de ser conserva­dos no tanto -o no sólo- por sus valores ecológi­cos, sino también y sobre todo por su importante función productiva. 

La protección no debería ser pues sinónimo de abandono productivo o bloqueo de actividades productivas, que conduce a su degradación ecológica y a la entropía destructiva. 

Y esta es la segunda parte. Pues decía que antes teníamos que enfrentarnos a menudo a actores que competían por los suelos dignos de ser protegidos para actividades productivas, y aún ocurre sin duda así en muchos casos. Pero ahora en otros muchos casos la conservación eficiente se enfrenta a otros actores que no querrían mover una piedra, ni permitir ninguna otra actividad que la propia observación por los especialistas, que parecen querer una Naturaleza fosilizada en lugar de viva, y a su servicio.

Así, sea desde la perspectiva del patrimonio natural o del patrimonio cultural, que ya hemos visto que yo meto en el mismo paquete, como producto humano, para los espacios protegidos, y en general para todos los territorios con valores de cualquier tipo, tenemos que tener en cuenta actividades eco-compatibles, pero siempre en dos direcciones: compatibles con el ambiente, con el paisaje, y al par compatibles con la población que aún las habita y las pretende seguir habitando. Y ello implica ciertas intensidades de uso, que hay que afinar milimétricamente, discriminando entre lo que se puede y no se puede hacer, porque si no se puede hacer nada, todo muere finalmente.




Si entendemos de esta forma compleja la dinámica ecológica y cultural del territorio, puede y debe irse mucho más lejos. De hecho la con­fluencia de actividades productivas puede generar nuevos espacios de interés ambiental, la transformación de ecosistemas pobres en ecosistemas ricos. 

En la Comunidad de Madrid tuvimos ocasión de proponer en los años 80 todo un programa de recuperación de los terrenos del Sur del Área Metropoli­ta­na, de ínfima calidad agronómica, totalmente deforestados, convertidas las orillas de los ríos en profundas y peligrosas graveras, mediante la acción sinérgica de distintas actuaciones: recuperación de los residuos sólidos orgánicos para la creación de capa vegetal, utilización de las aguas residuales para superar los déficits hídricos, repoblaciones forestales de función diversa, creación de polígonos de huertos familiares de ocio, etc. Hoy muchas de las graveras del entorno de Madrid, que constituían una agresión ambiental de primer orden, se han convertido en humedales de gran valor ecológico y paradójicamente son objeto de la máxima protección urbanístico-ambiental. Es un ciclo como el de Las Médulas pero que sólo ha necesitado medio medio siglo en lugar de veinte siglos. Y se extienden desde hace años los polígonos de huertos de ocio, también de iniciativa privada, que permitieron recuperar saberes y prácticas de tantos inmigrantes de zonas rurales. Hay ahora seguramente acumulados más recursos culturales agronómicos en los barrios de Madrid que en la mayoría de los pueblos semi despoblados y envejecidos. Porque ese patrimonio humano que el vaciado de la España interior arrancó de los pueblos se asentó y se conservó en los barrios de las ciudades. Muchas semillas de variedades de hortalizas singulares se han conservado porque los emigrantes las llevaron consigo y las reprodujeron en huertos clandestinos en los márgenes de colectores y autopistas de las áreas metropolitanas de Madrid, Barcelona o Bilbao.

Sobre el primer problema: la despoblación

Pero centrémonos en eso que se empeñan en llaman el mundo rural, aunque en realidad la mayor parte de los paisajes culturales reconocidos como tales son ya urbanos. 

Pues  en este ámbito, decía, tenemos un doble problema. Porque por un lado nos enfrentamos a la despoblación que puede conducir a la pérdida del patrimonio humano en el sentido de patrimonio cultural (hábitos, productos, tradiciones), así como la degradación de los paisajes. Pero además nos enfrentamos a la realidad de que la población realmente existente, la que resiste o llega nueva (pues el escaso crecimiento demográfico, cuando se da, se debe a la inmigración), no se ajusta al modelo de lo que a menudo entendemos que debería ser eso que llamamos población rural, que como insistiré luego, es algo que en realidad no existe como tal. 

En 2008, aproximadamente, se produjo el sorpasso de la población urbana sobre la rural, a nivel mundial. Sólo en algunos países del sudeste asiático, y en buena parte de África la población urbana está todavía por debajo del 50%. En concreto, en los países de los que estamos discutiendo en estas jornadas, en Perú el 78% de la población es ya urbana, y tanto en México como en España supera el 80%, con datos de 2020 del Banco Mundial.  

De hecho en España la situación es considerada por muchos analistas como dramática. Los municipios rurales son un 82% del total, sus términos municipales ocupan un 80% de la superficie, pero sólo acogen al 15,9% de la población. Pero es que si consideramos a los municipios más rurales en términos demográficos, los de menos de 5.000 habitantes, tan sólo acogen al 9,4% de la población. La población censada en municipios considerados rurales ha descendido un 7,1% en los últimos 10 años, mientras que la urbana ha subido un 2,1%. Una población más envejecida que la urbana, y más masculinizada, lo que lógicamente dificulta aún más las posibilidades de reproducción. Las mujeres siguen huyendo masivamente.



Pero, luego profundizaremos en lo sustancial, ¿qué demonios es un municipio rural o urbano? Arrastramos un problema serio de definición. Tenemos en el planeta más de 100 definiciones operativas y con consecuencias administrativas distintas, casi tantas como países. Ni dentro de la Unión Europea hay coincidencia en las definiciones: en España o Francia se consideran claramente rurales por debajo de 2.000 habitantes, mientras que en Eslovaquia son 5.000, y en Portugal (con un complejo sistema de freguesías o parroquias) 10.000. 

Algunos hemos optado hace mucho tiempo por romper con la dicotomía rural/urbano y hablar, recuperando a los viejos sociólogos de Chicago, de gradación, y poco a poco se ha ido imponiendo. La ONU finalmente ha optado por incorporar ese modelo, y ello permite que si se quiere seguir jugando con lo rural, haya al menos algún criterio discriminante claro. Pero no olvidando que culturalmente la urbanización del mundo está casi completada.

Sobre el segundo problema: la urbanización cultural

Y esto nos lleva a la segunda parte del problema relacionado con la población, con ese patrimonio humano. Está en trance de desaparición en las zonas rurales, pero además los que quedan ya no son aquéllos que contaron las novelas, las películas, las series de televisión, los informes antropológicos o sociológicos; aunque nos empeñemos en denominarlos así, ya no son rurales sino en términos estrictamente geográficos. 

De hecho, y aunque hay que moverse en convenciones, a mí no me gusta utilizar el concepto de mundo rural, de lo rural, porque es un término falsario cuando nos referimos a la población, a una comunidad. Yo prefiero hablar de la Ruralía como espacio social, e incluso para evitar confusiones prefiero utilizar para el envolvente de la Ruralía términos más concretos y operativos, como campo, pueblos, suelo rústico, espacios naturales si es el caso. Pero me resisto a “rural” porque lo rural no es un espacio geográfico sino un modo de vida, que ya no existe en nuestras sociedades. El rural es una forma de ser, un fondo cultural que marca y limita la forma de ser de las personas. Mientras que la Ruralía es más un espacio en el que vivir, una zona de la Urbe Global. Es, como el casco antiguo bohemio, los suburbios mesocráticos o el barrio obrero, digamos que otro barrio más, algo más distante geográficamente, pero a la misma distancia telemática del centro efectivo.

En la Urbe Global generada por la Sociedad Telemática, el tratamiento diferenciado de lo rural y lo urbano (tanto en un sentido sociológico como urbanístico) es un sinsentido. Aunque me costó entenderlo.




Al principio, en los años 70 y 80 del siglo XX, observamos un proceso de urbanización del campo que además sentíamos como una pérdida, como un impacto valorable en  términos negativos. 

Por lo pronto era evidente que el rural estaba dejando de ser lo que era. Aquellos señores enredados con letras de cambio, con complejos manuales de los tractores cada vez más sofisticados y los productos fitosanitarios con los que a la mínima se envenenaban, aquellas señoras que dejaban de hacer matanzas y conservas y las compraban en el supermercado recién llegado a la ciudad cercana, aquellos jóvenes que formaban grupos de rock duro en almacenes agrícolas, no eran rurales. Eran otra cosa, pero no lo que culturalmente había sido definido como Sociedad Rural. La mayor parte de los analistas que viven de estudiar el llamado mundo rural repetían entonces, y siguen repitiendo, que los rurales han cambiado. Pero no han cambiado. Son otros, y son simplemente urbanos.



Lo entendí mejor a finales de siglo, cuando ví emerger y pude comprender la naturaleza de la Sociedad Telemática, que me ayudó a ver que las funciones del espacio rural, o rústico, sólo pueden entenderse dentro de la ciudad, como una parte más de la ciudad, de la urbe global.  

Urbanísticamente veía que el suelo rústico, no urbanizable, se había venido haciendo urbano en su complejidad funcional y necesidad de ordenación detallada, y consecuentemente el conjunto de los territorios llamados rurales, a cuyos núcleos habitacionales llamamos pueblos, se iba insertando en el conjunto de lo urbano, mediante procesos culturales de asimilación, y acceso a las nuevas tecnologías e infraestructuras de comunicación e información.

La idea es simple: en el marco de la Sociedad Telemática, que nos permite superar las barreras espacio-temporales, las ciudades, pueblos, asentamientos poblacionales de todo tipo, pierden significación como hechos concretos al interconectarse plenamente. 







El campesino del siglo XIX apenas llegaba a relacionarse (salvo guerras) con nadie que residiese a más de unas decenas de kms de su pueblo. El rural del siglo XX ya articuló relaciones con las ciudades cercanas, a las que iba a comprar, a estudiar, a hacer gestiones. El urbanita global residente en un pueblo del siglo XXI tiene un potencial (potencial, no olvidemos, pues existen elementos como la fractura digital) de relación global.


La idea de urbe global implica la idea de que, salvo lo que llamo islas de ruralidad (vacíos, que pueden ser muy extensos, pero socialmente poco significativos), el conjunto de los asentamientos están tan interconectados que el espacio exterior de las ciudades pasa a ser espacio interior de la urbe global, un jardín terrenal común a toda la Humanidad civilizada.

Y es en este marco de jardín de la urbe global cuando tiene sentido todo lo que aquí se plantea: paisajes culturales, recuperación y repoblación… El territorio de la urbe global ni es el campo, ni mucho menos la Naturaleza; su capacidad funcional como recurso es muy superior.

Pero ahí hay gente. Poca, cada vez menos, y por eso para sobrevivir han tenido que desplegar una serie de estrategias, que a menudo pueden chocar con los intereses de protección y/o explotación de esos paisajes culturales. Aquí están los principales ejes de la supervivencia que se han ido asentando en el principio del siglo XXI.



Por tanto, si la Ruralía es un espacio en el que vivir, no un modo de vida como era lo Rural, han de caber gentes diversas (al contrario de lo que ocurría en el mundo rural, que formaba una comunidad indiferenciada), iniciativas que pueden competir en un momento dado con los agricultores, o los ganaderos, los agentes energéticos, o con los programas conservacionistas. 

Son muchas las demandas, muchas las posibilidades, pero eso implica tensiones, conflictos de intereses. Iniciativas en principio valorables como positivas por articular potencialidades de conservación del territorio generando recursos pueden convertirse en foco de conflictos al observarlas desde otras posiciones de interés, o desde valores contrapuestos.





Hemos visto producirse en los últimos años una auténtica gentrificación del campo, exactamente igual a la que se ha dado en los cascos antiguos de muchas ciudades. 

En la Garrotxa o el Ampurdán en Cataluña, en La Vera o el Jerte en Extremadura, en todo el Pirineo en general, los ejemplos son abundantes en España. Poblados (y no sólo en segunda residencia) por citadinos de origen que a menudo no toleran determinadas prácticas agroganaderas. En unos casos molestan los ruidos de tractores y maquinaria, los olores y sonidos de la ganadería, en otros casos llegan gentes que quieren ser más rurales que los rurales, y les molestan las prácticas no agroecológicas.

Pero claro, como ocurre en los cascos que ya no son “casco viejo” sino “centro histórico” cuando todo es ocupado por franquicias de multinacionales de ropa, bares chic para modernos y pisos de alquiler turístico (que aquello se termina convirtiendo en un desierto demográfico) del mismo modo si se acaba con las “molestas” actividades primarias, puede que el entorno tan estupendo que ha atraído a los nuevos pobladores deje de ser estupendo, cuando no un páramo quemado cada verano.

En suma, quiero dejar claro que no se trata de conservar como reserva espiritual del país. El patrimonio debe registrarse y conservarse, exhibirse y si es posible explotarse, pero de una forma profesionalizada, podríamos decir. Los pobladores no pueden ser ni el decorado, ni quienes sufren sólo efectos negativos de la protección. Recuerdo un paseo en Colombia por un hábitat indígena en el que la población me dió la sensación de que se sentía obligada a representar un papel que ya no querían representar, o no al menos como modo de vida impuesto que limite sus posibilidades de desarrollo personal y /o comunitario.


Quiero terminar con alguna nota más sobre el problema demográfico y su relación con la preservación tanto de espacios como de patrimonio cultural, humano. 

Como he señalado, la única posibilidad efectiva (porque los neorrurales son muy pocos, y aguantan poco) es mediante la repoblación con población inmigrante. Pero de esos nuevos pobladores, procedentes de Rumanía, del Magreb, del África subsahariana, de Latinoamérica, de Asia… ¿esperamos que asuman como identidad, como tradiciones, las que no son las suyas? 

Eso sólo será posible si, insisto, profesionalizamos la gestión, transmisión y comercialización de esos patrimonios humanos, sea territoriales que hay que conservar mediante actividades, sea culturales. 

¿Y cuándo tampoco haya inmigrantes que quieran irse allá? ¿Veremos un día humanoides como los únicos dispuestos a permanecer en determinados espacios, para cuidarlos y mostrar sus “ancestrales” prácticas a los visitantes?

En suma, todo lo relacionado con la supervivencia de paisajes y paisanajes se está tornando cada vez más complicado.


Bibliografía propia

Algunos textos míos en los que he venido reflexionando sobre algunos de los temas tratados aquí, y que abundan en los conceptos o propuestas teóricas citadas


La urbanización del mundo campesino. Usos y abusos en la modernización del medio rural (1983)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/1983/08/la-urbanizacion-del-mundo-campesino.html 

Perspectivas globales. Tendencias y desafíos planetarios entre los rurales (1992)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2016/08/perspectivas-globales-tendencias-y.html 

De lo rural a lo urbano (1995)

https://zenodo.org/records/16581250 

Turismo eco-rural y desarrollo local (1995)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/1995/09/turismo-eco-rural-y-desarrollo-local.html 

Hacia la urbe global. ¿El fín de las jerarquías territoriales? (1998)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2019/08/hacia-la-urbe-global-el-fin-de-las.html 

Modelos de desarrollo rural y sostenibilidad. Enfoques para la Europa Mediterránea (2000)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2000/08/modelos-de-desarrollo-rural-y.html 

Hacia la urbe global (2001)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2001/11/hacia-la-urbe-global-2001.html

Ruralía (2015)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2015/11/ruralia-2015.html 

Población, despoblación, repoblación (2017)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/2017/10/poblacion-despoblacion-repoblacion-2017.html 

Elementos de Sociología de la Urbanización (2018)

https://textosdeartemiobaigorri.blogspot.com/search?q=lo+rural+y+lo+urbano 


Como citar

Baigorri, A. (2022). Patrimonio humano. Zenodo. https://doi.org/10.5281/zenodo.17683437 



5.19.2018

Elementos de Sociología de la Urbanización (2018)

 

Jornadas “Pensar la Ciudad: lo rural y lo urbano” , Máster en Rehabilitación y Regeneración Urbana (RERU). Universidad Politécnica de Valencia & Instituto Valenciano de la Edificación, Valencia, 18-25 Mayo 2018


La sesión, grabada, ha sido utilizada durante varios años como materia del Master
Una versión se expuso en el Seminario de formación conjunta Universidad de Extremadura y UniCEUB – Centro Universitario de Brasília, Badajoz, 2019







INTRODUCCIÓN

Buenas tardes, En primer lugar agradecer a Alberto Rubio su invitación, porque es muy agradable venir a Valencia, y aún más en el marco de unas jornadas dedicadas a la dialéctica (o fin de esa dialéctica, según se mire) entre lo rural y lo urbano. En Latinoamérica he tenido ocasión de discutir de estos temas, pero en España apenas hay ocasiones. Sin embargo, después de ver el cuadro de intervinientes, lleno de especialistas, he estado a punto de ponerme enfermo, o utilizar la excusa de la falta de paridad, parece que el urbanismo sigue estando muy masculinizado, porque en realidad yo no soy especialista en nada y no veía qué puedo aportarles. 


Lo que voy a hacer son algunos apuntes sobre temas y conceptos que desarrollamos hace muchos años, décadas ya, análisis o propuestas concretas, que he pensado que pudieran aportar algo. Lo haré utilizando la genealogía, incluso la biografía, porque así se entienden mejor las resistencias a las que se enfrentan las ideas y conceptos nuevos, y también para enfocar mejor su propia naturaleza y evitar confusiones conceptuales. Por ejemplo, yo hice mis primeras propuestas sobre huertos urbanos desde planteamientos radicales, alternativos, y hoy se abunda en esa línea, pero conviene no olvidar que las primeras propuestas de huertos en España son ideológicamente conservadoras, de preocupación por el decoro y buenas costumbres del proletariado, o que el franquismo desarrolló una extensa legislación y normativa al respecto. 

Hay más razones para hacerlo así, pues yo vinculo mucho la teoría a las experiencias vitales. Siempre que descubro un texto, una idea, un concepto interesante, procuro conocer en qué marco histórico, social, geográfico y vital se generó. Así que les ruego no vean como alguna forma de egotismo las referencias a experiencias personales, porque forman parte del proceso de conocimiento. 

DE LO RURAL, A LO URBANO

Hace ya muchos años que planteé que, en la urbe global de la Sociedad Telemática, el tratamiento diferenciado de lo rural y lo urbano (tanto en un sentido sociológico como urbanístico) es un sinsentido. 

Lo empezamos a percibir en las últimas décadas del siglo XX, en estudios de áreas rurales y de planeamiento urbanístico y territorial. Algunos descubrimientos del sociólogo Henri Lefebvre, y las ingeniosas observaciones de quien fue su discípulo y mi maestro, Mario Gaviria, me ayudaron a percibir, en primer lugar, el proceso de urbanización del campo. 


Pero al hablar de urbanización del campo en realidad hablábamos entonces de modernización, de penetración de la racionalidad, el capitalismo y sus reglas en el mundo rural, de procesos culturales. Mi primer trabajo, publicado en el libro dirigido por Gaviria, El Bajo Aragón Expoliado (1977), analiza la pérdida de identidad de un pequeño pueblo, Escatrón, que en los años 50 se convirtió en poblado de una central térmica, y que estuve analizando mediante observación participante en el verano de 1976. Hoy es un pueblo más en despoblación, con poco más de 1.000 habitantes, pero llegó a tener casi 7.000 durante la construcción de la térmica, en la que llegaron a trabajar más de 1.000 personas, hasta su cierre en 1980. Hoy genera más energía, con un par de centrales termosolares, pero también muchos menos puestos de trabajo.



Un estudio sobre los usos del suelo en la corona rural de Burgos (el Alfoz, lo llamaban en Castilla), pero especialmente los trabajos que hicimos para el planeamiento de ciudades como El Puerto de Santa María y Alicante (donde nos pilló el golpe de Tejero en plena faena) nos permitió observar los efectos urbanísticos de la nueva dialéctica urbano-rural, en la multiplicación de usos en lo que hasta entonces había sido un espacio vacío para los urbanistas, que no miraban fuera de la delimitación del suelo urbano o del urbanizable. 


El de Alicante fue un trabajo más sistemático. Ya que estamos en la Comunidad Valenciana, he traído algunos esquemas sobre aquel trabajo, que en principio era un breve anexo al informe del equipo de planeamiento, un “a ver qué pasa en el suelo rústico” por poner algo en la Memoria Informativa. Pero descubrimos que en realidad era un territorio tan complejo, que precisaba tanta ordenación, como el centro de la ciudad… 


En el primero vemos la representación tradicional del término municipal: las manchas de ciudad, en donde se actuaba, rodeadas de la nada, normalmente ignorada. Pero no era un espacio vacío, sino lleno de cosas, de actividades, de apetencias, de tensiones. 

En primer lugar, el poblamiento disperso, antiguos asentamientos campesinos que facilitaban el control y cultivo de un territorio extenso, que se habían ido complejizando y en aquel momento constituían en algunos casos auténticos poblados, eso sí olvidados desde la metrópolis municipal, de entre 58 y casi 1.000 habitantes. Caso aparte era la urbanización turística de Playa de San Juan, con casi 2.000 habitantes permanentes. 

El mapa cambiaba pues al introducir aquellas manchas, y con las vías de comunicación, carreteras y ferrocarriles, redes eléctricas y telefónicas, etc., se formaba una malla densa. 

En el siguiente esquema añadimos la compleja red de canales y tuberías que, con agua potable o con agua para el riego (procedente de embalses del interior, del trasvase Tajo-Segura e incluso de varias estaciones depuradoras de aguas residuales), recorrían el término y permitían una agricultura de altísimos rendimientos cuyo único factor limitante era (y es) el agua.


La agricultura de regadío era un poderoso agente en competición por el suelo, y demandante de infraestructuras, pero también lo eran los usos extractivos. Mármol, yesos, cemento, arcillas... la ciudad se ha construido tradicionalmente, y todavía entonces lo hacía, con materiales de su entorno. Entre las actividades extractivas había que incluir en el caso de Alicante las salinas marinas, que precisan de grandes superficies. La caída del precio de la sal y las fuertes plusvalías residenciales acababan con ellas, pero aún quedaban algunas, y otras trasladaban sus instalaciones al interior. 


Además, la densa malla de redes de comunicación y abastecimiento facilitó la ubicación fuera del casco urbano de actividades molestas, insalubres o peligrosas, así como de las las que requieren grandes superficies de suelo, caro en suelo urbano. La lista de estas actividades era ya amplísima en el caso de Alicante, aunque no tanto como descubriríamos un par de años más tarde en el Área Metropolitana de Madrid. 





 



Y el territorio también cumple una función de ocio, descanso y bienestar para los urbanitas. La sucesión temporal con que las distintas clases sociales fueron accediendo a la satisfacción de esta necesidad marcaba un proceso de segregación espacial, de la misma naturaleza que en los cascos urbanos. El esquema recoge las etapas del proceso en Alicante hasta el momento de la investigación. Primero las clases altas utilizaron las limpias playas de San Juan y la periferia urbana del Norte de la ciudad, en la carretera de Valencia, en las más feraces huertas antiguas del municipio, en un área que, por su cercanía al casco, termina siendo absorbida tarde o temprano. Es un proceso generalizado en muchas ciudades españolas. 


A su entorno acudieron en una segunda etapa las clases medias, ocupando áreas más extensas de esa misma huerta. 

Y, en una tercera etapa a partir de los años '70, también la clase obrera perseguirá el sueño de la parcela, aunque tendrá que conformarse con terrenos muy alejados del casco urbano, en parcelaciones ilegales de escasa calidad ambiental y paisajística, que surgen como hongos, pintadas de negro como células cancerosas. Como ocurrió con los coches, cuando las clases trabajadores accedieron a este logro, empezaron los problemas. 


Había quien confundía esa eclosión con una mímesis con el turismo de playa, pero no era así. La encontramos en otras ciudades sin relación con el turismo. Uno de los casos más llamativos en España era en aquellos años el de Badajoz, en donde también hice una investigación sobre No Urbanizable en 1985, y había una densidad de parcelaciones y urbanizaciones ilegales muy superior a la que por ejemplo había en el Área Metropolitana de Madrid en la misma época. Una ciudad de 110.000 habitantes sumaba más de 3.500 Has en una corona de parcelaciones ilegales en parcelas entre 2.000 y 5.000 metros.

Volviendo al caso de Alicante, resultaba evidente que hablar de una categoría tan simple y limitada conceptualmente como el suelo no urbanizable, ese espacio vacío en el que aparentemente no hay nada (y a veces incluso puede parecernos que efectivamente no hay nada al recorrerlo por las carreteras), era insuficiente, pues no recogía la multiplicidad de funciones que atiende ese territorio, y obviamente la ordenación será inadecuada si no atendemos asimismo a la multiplicidad de agentes que compiten por el uso de ese suelo.

De ahí que, para el caso que nos ocupa, en mi interpretación general del territorio hablase no de suelo no urbanizable, sino más bien de una gradación de espacios urbanizados con distinta intensidad. 

Proponíamos incluso la posibilidad de desarrollar nuevos cascos urbanos consolidados en esas zonas semidesertizadas, con varios fines: aprovechar la intensa red de infraestructuras y equipamientos existente en el territorio; optimizar el hábitat y urbanizar adecuadamente las pequeñas pedanías; y concentrar la demanda de segunda residencia en el entorno de esos nuevos cascos urbanos de baja densidad, para proteger con ello con mayor eficiencia los espacios que debieran seguir cumpliendo bien funciones agrícolas, bien funciones de conservación natural. No sé qué quedaría de todo aquello, porque del urbanismo alicantino ya no conozco sino lo que vemos en los telediarios.


HACIA UNA SOCIOLOGÍA DE LA URBANIZACIÓN

El concepto de urbe global empecé a desarrollarlo en un curso de regeneración urbana, en la Escuela de Arquitectura de Madrid, en 1995, y en un artículo publicado en 1998, en el que me ocupaba de viejas y nuevas funciones del territorio, pero lo desarrollé in extenso en la que fue mi tesis doctoral en 1999, tomando Badajoz y sus funciones metropolitanas como objeto empírico. En el campo de la Sociología intenté compartir esa preocupación con los sociólogos rurales, puesto que sobre esa base la Sociología Rural me parecía un objeto ya obsoleto. Así que cuando llegué a la Academia, cuando me hice profesor universitario, presenté una comunicación sobre el tema en el Congreso Nacional de Sociología, en 1995, sin mucho éxito. Era lógico, pues mi propuesta implicaba acabar con un campo de especialización. La cuestión interesó más en el campo de la Urbanística, del Urbanismo y la Ordenación del Territorio (tareas que abandoné hace muchos años en lo que a la praxis se refiere, pero no en la teorización). Cuando la expuse por primera vez, en 1995, en un curso curiosamente también de regeneración urbana, en la ETSAM, la Escuela de Arquitectura de Madrid, no se entendió, y de hecho nunca más han vuelto a llamarme. Era curioso, porque yo que venía de la periferia y de lo rural defendía no ya la ciudad, sino su extensión global, pero el curso estaba lleno de arquitectos urbanitas que la odiaban.




El concepto está  inspirado en muchas fuentes, pero en su definición descansa en dos patas importantes: la ecumenópolis de Konstantinos Doxiadis, y la noosfera tal y como la entendió Theilard de Chardin. La idea es simple: en el marco de la Sociedad Telemática, que nos permite superar las barreras espacio-temporales, las ciudades, pueblos, asentamientos poblacionales de todo tipo, pierden significación como hechos concretos al interconectarse plenamente. 

No voy a extenderme en el desarrollo del modelo, salvo señalar su consecuencia directa en lo que se refiere a la gestión del territorio, y a lo que podríamos llamar los interfazes entre campo y ciudad (términos que me parecen más funcionales que los de rural y urbano).


La idea de urbe global, para la que me gusta utilizar como expresión gráfica las imágenes nocturnas del planeta,  implica la idea de que, salvo lo que llamo islas de ruralidad (vacíos, que pueden ser muy extensos, pero socialmente poco significativos), el conjunto de los asentamientos están tan interconectados que el espacio exterior de las ciudades pasa a ser espacio interior de la urbe global, un jardín terrenal común a toda la Humanidad, del que forman parte desde el más pequeño parque de ciudad hasta los bosques del Pirineo, pasando por las viejas huertas de Valencia o del Ebro.

Y como en el antiguo concepto de los espacios libres dentro de la ciudad, son virtuales contenedores de actividades y funciones muy diversas, respondiendo a demandas no menos diversas. Por tanto la planificación territorial tiene un papel importantísimo que cumplir buscando la convivencia de diversos y legítimos intereses que compiten entre sí. Se trata en suma de considerar el conjunto del territorio como objeto de la acción planificadora, analizándolo ya no como Naturaleza (a proteger, por ejemplo), sino como un espacio que forma parte intrínseca de lo urbano, tremendamente complejo en usos y funciones, estrechamente interrelacionadas entre sí y sobre el que agentes muy diversos y contrapuestos compiten por su dominio. 

Pero esa superación de la dicotomía urbano-rural, así como el carácter crecientemente isomorfo del espacio en lo que yo llamo la Urbe Global creo que ya se ha tratado en otras sesiones de las jornadas. 

De lo que yo quiero hablar más bien es de cómo esos procesos se concretan. Podríamos decir, de cómo los espacios, sus usos, funciones, se conectan (o desconectan) de la Urbe Global. A alguien le parecerá una ingenuidad (“a ver, oiga, lo que interesa saber es por dónde va la raya, para quién es plusvalía…”), pero para mí hay aspectos más importantes a la larga. De ahí la necesidad de una Sociología de la Urbanización, que ayude en esos menesteres. 

Otras temáticas (como decía, soy alérgico a la especialización) me alejan a menudo del tema, pero una y otra vez vuelvo a la necesidad, y utilidad, de una Sociología de la Urbanización que ayude a entender mejor esos procesos a nivel macro, local y micro. Es imprescindible en una Urbanística que debe entender, como en esos mundos virtuales que son vividos como reales, y son reales en sus consecuencias, que el interior está fuera, y lo de fuera forma parte de lo de dentro. 

Aunque pocos, algunos jóvenes sociólogos y urbanistas empiezan a trabajar en esta línea, que tiene al menos cuatro ámbitos de desarrollo, de los cuales uno es estrictamente de interés sociológico, y los otros tres de interés también urbanístico:

  1. El ámbito estrictamente sociológico se refiere a ese proceso que he señalado de evolución social, cambio de valores, modos de vida, que en otros momentos se ha asimilado a la modernización. Es un sentido que no nos interesa aquí y ahora. Lo trabajan bastante ahora en Latinoamérica.

  2. Un ámbito urbanístico, pero que no nos interesa ahora, se refiere a los procesos y dinámicas del hecho urbanizador, esto es de los actos de los agentes urbanizadores, lo que implica el análisis de los colectivos implicados (técnicos, propietarios, actores sociales como organizaciones cívicas o ambientalistas, medios de comunicación, instituciones jurídicas, sectores económicos implicados), de los pasos administrativos, de las profesiones implicadas, etc… Por ejemplo, hace casi 40 años, también con Gaviria, hicimos una investigación, por encargo del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos, sobre la formación de los Arquitectos, centrada en la Escuela de Madrid Superior de Arquitectura de Madrid (y la de Valladolid, que entonces era una sucursal de la ETSAM). Estudiamos las pulsiones, motivaciones, la construcción social de la profesión de arquitecto…, pero sólo tangencialmente analizamos el papel del urbanista, entonces interesaba fundamentalmente su función en la construcción. Sin embargo, no he vuelto a ver, no sé si las hay, no conozco investigaciones sobre cómo se forman los urbanistas actuales, vengan de la arquitectura, la ingeniería, la economía, la sociología, la geografía… ¿Qué valores y actitudes adquieren en ese proceso, qué valores profesionales…? ¿Qué actitudes hacia el medio ambiente tienen? ¿Qué idea del progreso tienen, o del papel de la técnica? En las últimas dos décadas la formación del urbanista ha cambiado profundamente. En Latinoamérica, que avanza más rápidamente que España en este sentido, más abierta a todo tipo de influencias, yo participé hace años en procesos de revisión de las titulaciones, en varias universidades, y empezaban por preguntarse qué es un urbanista hoy, cómo debe formarse, mirando hacia dónde, qué contenidos ha de incluir su formación, es una formación de grado o de postgrado…, el papel de transdisciplinariedad, en suma qué papel puede cumplir.

  3. Un ámbito urbanístico que sí nos interesa aquí se ocuparía de cómo la urbanización cultural, como modo de vida, impacta materialmente sobre el espacio. Esto es la aparición o desaparición de funciones, usos, demandas, crecientemente diversos, que generan expectativas, presiones, conflictos. Es importante a nivel de planeamiento, sobre todo territorial, y al nivel de políticas agrarias o agroambientales.

  4. Y un último ámbito urbanístico, también importante en el marco en que estamos, referido a los procesos que pudiéramos llamar de desurbanización, o de regresión, que responden asimismo a fuerzas, agentes y dinámicas sociales, no sólo económicas (ligadas al valor del suelo o la plusvalía, que no es lo único que rige la vida del suelo). Sea la ciudad, o el espacio urbano, que se vacía, o va perdiendo esas funciones que sostenían usos, y que sostenían incluso las construcciones. Sin función ni uso, toda obra, como todo espacio urbano que pierde su función,  termina degradándose hacia la entropía, el desorden primigenio. 

DE LOS DESCAMPADOS A LOS DESOLADOS

Entre 2008 y 2011 estuve viviendo, por esos azares, en un piso con vistas a descampados. Nunca hubiera imaginado que pudiese vivir frente a un descampado, por mucho río que hubiese al fondo, pero luego resultó ser una experiencia muy enriquecedora, y tomé muchas notas.


Un descampado es un espacio que ha dejado de ser campo, pero que aún no es ciudad, aunque también puede ser un espacio que ha dejado de ser ciudad y tiene vocación de campo, aunque puede que no lo sepa. Son espacios muy interesantes, aunque no se les presta atención, o la atención debida.

Este estaba siempre muy animado. Los martes hay mercadillo. Los domingos los padres iban a volar los aviones de los niños. Por la noche de viernes y sábados se llenaba de coches en medio de la oscuridad. En otoño los estudiantes hacen novatadas. Hasta hace poco se celebraba allí la Fiesta de la Primavera, la mayor borrachera juvenil de la ciudad…


Uno pudiera pensar que esos usos quizás denoten una falta de espacios libres. Pero no es así. Hay unos parques espléndidos en el río, en la misma zona, pero en un parque impoluto no caben esos usos. No se pueden meter los coches para meterse mano, ni organizar botellones… Son espacios cívicos y sanos, peatonales, para familias, poetas melancólicos, deportistas y perritos…




Esa vida de los descampados, por tanto, es fascinante, interesante, pero lógicamente lo más importante de muchos descampados es que están esperando a convertirse en ciudad. Por tanto ya son ciudad virtual, y además contagian su condición a los espacios vecinos, que a su vez se convierten en ciudad expectante. Un día en ese solar que hemos visto se levantarán cuatro o cinco torres como la que ya está al otro lado del puente. 


Pero como decía antes, esos descampados pueden ser ciudad virtual, expectante, pero también ciudad fallida. La cual puede serlo a su vez en dos direcciones, de ida o de vuelta. 


En el camino de ida suelen estar los productos del exceso, de las burbujas, que quedan años es estado de purga. Entonces no son descampados, sino desolados, espacios a los que nadie va, ni siquiera a visitar a los escasos habitantes porque da yuyu, y en los que los propios habitantes no saben qué hacer, procuran no estar, no ser vistos. Uno de los más espectaculares que conozco es el de la gran operación especulativa del Sur de Zaragoza.

En el camino de vuelta están aquellos que son ciudad fallida porque la ciudad los ha expulsado. Como este barrio que fue, de viviendas prefabricadas, construido en 1980 y que sólo 25 años después estaba demolido, tras haberse convertido en una ciudad sin ley. Como escribió una periodista local hace unos años, “antes de que se construyese ya estaba maldito”. El espacio espera, maldito por cómo fue utilizado, a lo sumo recibe escombreras ilegales. Son calles que no existen ya, pero cuyos nombres recuerda Google Maps, que aún no existía cuando el barrio fue demolido. Es pues pura memoria virtual.

MICROPROCESOS

Hay también objetos de estudio interesantes a nivel micro, sobre esas dinámicas de (en términos de urbanística, no social) urbanización y desurbanización. 


Por ejemplo, tenemos situaciones en las que los suelos expectantes generan espacios imprevistos. En Badajoz hay una corona de suelos urbanizables sin desarrollar que ha generado el abandono de cientos de Hectáreas de cultivo de regadío altamente productivas, incluido el abandono de la infraestructura (un Canal que formaba parte del Plan Badajoz). Pero el paso del tiempo en expectativa de destino (veinte años desde que el suelo fue calificado, para bloques exentos que han empezado a construirse ahora) ha dado lugar a que los ecologistas descubriesen a tiempo los jardines de una antigua quinta, y han puesto en marcha una campaña para salvarlos. Ya tiene nombre, Parque Ascensión.


A un nivel más micro todavía, vemos cómo una actuación pública que ordena y dignifica el espacio urbano empuja a los vecinos del barrio marginal al que se adosa a hacer lo propio, emulando la actuación pública. Por supuesto que privatizando el espacio, algo que forma parte de la tradición de la barriada, construida mediante ocupaciones de terrenos inundables del cauce público. Pero que supone una mejora objetiva del entorno, y la introducción de usos agrícolas, como huerto, junto al parque.

DENTRO/FUERA  CAMPO/CIUDAD

Estos elementos nos obligan a cuestionarnos la visión tradicional que delimitaba la acción al interior de las ciudades, o que consideraba que los usos internos a las ciudades eran incompatibles con usos agrarios, por ejemplo. Ya no digamos con usos ganaderos.

En el marco de la urbe global esa visión sobra, porque todo forma parte del jardín terrenal que sirve a la ciudad. Por supuesto que tenemos ámbitos de responsabilidad concreta (normalmente de escala municipal, pero puede ser supralocal,  comarcal, metropolitana, o intralocal, a nivel de barrio, de núcleo suburbano o rural) en los que actuar. Pero desde esa perspectiva la diversidad de usos posibles se ensancha, en función de la diversas de demandas y expectativas, la propiedad del suelo, la capacidad de gestión, el nivel organizativo de la comunidad, etc.



Hace unos días pasaba por mi Timeline un tuit que hablaba sobre la creación de un Banco de Tierras en Valencia, promovido por la Diputación. Me preguntaba si este por fin funcionará, porque la mayoría de los bancos de tierras que se han intentado desde que empezaron a vaciarse masivamente los campos, hace tres décadas, no terminan de ser funcionales. 


En realidad, desde esta perspectiva que estamos aplicando, sería más necesario, más importante, un Banco de Tierras expectante, que permitiese dar usos ciudadanos a terrenos que actualmente están en desuso (aunque no improductivos, pues están generando plusvalías). Decididamente dudo que el proyecto del reformador Henry George de socializar la renta de la tierra llegue a ser nunca viable, aunque últimamente hay de nuevo movimientos urbanos que lo recuperan. Pero si los especuladores han conseguido que los municipios no les puedan cobrar contribución urbana hasta que no están desarrollados, ¿por qué no imponer a cambio la obligatoriedad del uso agrícola, no por la producción, sino por el ornato urbano? Del mismo modo que hay un registro de solares, para terrenos o edificios en suelos ya desarrollados, debería haber un Registro de Terrenos Expectantes. 

Si no los quieren gestionar los propietarios, que pasen a un Banco de Tierras Expectantes, que sean cultivadas por cooperativas locales, asociaciones de parados, etc. Porque además a menudo se trata de terrenos que tenían pozos, o restos de infraestructuras de riego, que podrían recuperarse. 

Por supuesto, en el momento en que se desarrollen, el dominio de los terrenos volvería a sus propietarios. ¿No puede regularse ese control provisional del dominio, como se ha planteado en algunas CCAA con los pisos de los bancos?


EL CASO DE LOS HUERTOS URBANOS (O PERIURBANOS)

En plena (anterior) crisis económica, más dura que la última en muchos sentidos, los alternativos proponíamos el retorno al campo, como alternativa vital e ideológica. Entonces aparecieron los primeros casos de eso que ahora se llama erróneamente (porque de rurales no tienen nada) neorurales.

Pero en 1982 plantée una propuesta más radical, y bastante conflictiva. Publiqué un trabajo con un título muy largo, porque como periodista que todavía me consideraba, tenía una gran admiración por el estilo de Tom Wolfe, otro grande que ha muerto pocos días después de Mario Gaviria. “Ante el paro y la crisis, estrategias contra la miseria: la tierra, también para el que no la trabaja” rezaba el título, aunque el director de la revista, que era filósofo, supo captar la idea central, y tituló en portada: “Contra el paro, huertos metropolitanos”.  

Entonces no me planteaba una teoría de la dialéctica urbano-rural, aunque como hemos visto, ya estábamos descubriendo los primeros indicios. Simplemente me quedé impresionado, en mis visitas a Bellaterra para intentar aprobar a distancia alguna asignatura de Ciencias de la Información, al ver cómo los bulldozers de los Ayuntamientos con concejales de Urbanismo comunistas, o socialistas, arrasaban los polígonos espontáneos de huertos familiares que los inmigrantes extremeños, andaluces o aragoneses construían en las riberas de los ríos, en los restos de expropiaciones para autopistas, allí donde veían “un cacho tierra” libre. 

Proponía detener aquellas brutales destrucciones del esfuerzo ajeno, e ir más allá: utilizar las tierras públicas disponibles en las áreas periurbanas para dotar de huertos de supervivencia a los parados, y de ocio a los inmigrantes rurales nostálgicos de la tierra. Sobre todo a los jubilados.

Ahora me lo tomo a broma, porque finalmente como diría Mao, finalmente han florecido no cien flores sino muchas más, pero entonces me sentí decepcionado por el poco eco inmediato de mi propuesta, a mí que me parecía tan interesante. 

Mi propio maestro, Mario Gaviria, discutió largamente conmigo aquel artículo. “Son rémoras falangistas”, me decía cuando no le quedaban argumentos. Porque efectivamente los huertos familiares, bajo diversas expresiones (incluida la casa i l’hortet de Maciá) estaba presente en el pensamiento conservador desde finales del siglo XIX, y durante el franquismo hubo algunos intentos para promoverlos. 

Quien sí tuvo sensibilidad fue uno de los urbanistas alternativos más interesantes que ha dado este país, Ramón Fernández Durán, hace unos días era el aniversario de su muerte. Estaba en COPLACO, el órgano que gestionaba el Área Metropolitana de Madrid, y en unas jornadas de planeamiento en las que coincidimos, en Palma de Mallorca, mostró gran interés por mi artículo, y propuso que estudiásemos eso de los huertos clandestinos en el Área Metropolitana de Madrid, donde había muchas zonas. Efectivamente, finalmente hicimos esa investigación, en 1984, y encontramos más de 1.000, agazapados en restos de nudos ferroviarios y autopistas, riberas, antiguos basureros, incluso ocupando terrenos privados de propietarios absentistas. 



Pero sobre todo encontramos una diversidad de usos del llamado suelo rústico como no podíamos imaginar, casi 200 tipos de actividades diferenciadas.

Sin embargo, nueva frustración, las propuestas de polígonos de huertos que hicimos, con su normativa desarrollada para distintas tipologías, tanto de horticultura como incluso forestales, cayeron inicialmente en saco roto. El capitoste del urbanismo metropolitano, el arquitecto Eduardo Mangada, entendía que todo esto estaba entre el desorden pequeño burgués y la pura anarquía, aunque Joaquín Leguina tuvo unos años más tarde olfato y permitió el desarrollo en 1987 de un pequeño polígono que ha dirigido muchos años Gregorio Ballesteros, un sociólogo que había participado en el estudio del AMM.

El rechazo era la tónica. En 1984 todavía tenía mi base en Aragón, y escribí un artículo en un diario zaragozano, dirigido al alcalde de Zaragoza, “Alcalde, pónles un huerto…” lo titulé, pero ni caso. El urbanismo progresista oficial denostaba aquellas propuestas de regularizar y salvar los huertos clandestinos, convertirlos en legales, de desarrollar la agricultura desde las ciudades. Tendrían que pasar casi treinta años hasta que un alcalde, Belloch, diese cancha a aquellas demandas. En 2012 se inauguraba un polígono de huertos, y hoy en Zaragoza tengo la intuición de que surgen más nuevos agricultores que en toda la ribera del Ebro. Con subsidios europeos, después de promover casi un millar de huertos de ocio y recreo, desde el área de Medio Ambiente de Zaragoza desarrollan la huerta agrícola productiva de la periferia, que ha creado 22 nuevos puestos de trabajo. Un mercado de productos frescos, que está ya en todas las ciudades y que paradójicamente no existe en los pueblos. 

Ciertamente hubo otras ciudades que sí tuvieron visión de forma temprana, como Sevilla, donde en 1991 se dió carta de naturaleza legal a un proyecto de intervención/ocupación vecinal iniciado en 1983 por la Asociación Pro-Parque Educativo de Miraflores con el objetivo de transformar un paisaje degradado en una nueva zona verde de ocio, y hoy es una de las ciudades modelo en cuanto a promoción de huertos públicos. Aunque son muchas las ciudades españolas (Vitoria, Valencia, Barcelona, etc) que los promueven, o incluso legalizan ocupaciones de espacios. 


Gregorio Ballesteros, como decía un sociólogo que ha seguido dedicado a este tema desde que hicimos el estudio de Madrid, y se ha convertido posiblemente en el mayor experto en huertos urbanos de España, o del mundo, ha realizado un informe recientemente sobre el estado de la agricultura urbana en España, y habla de más de 500 polígonos de carácter público, con más de 20.000 parcelas.

Por supuesto, la iniciativa privada ha respondido a una demanda creciente a la que las iniciativas públicas o no saben, o no pueden dar respuesta en su totalidad, o no la dieron a tiempo. Los huertos de promoción privada los hay en las áreas periurbanas de casi todas las ciudades medias y grandes, lo mismo en Madrid que en Valencia.


En realidad, estas iniciativas no deberían limitarse a la horticultura. Los polígonos de huertos son esenciales para mejorar la habitabilidad de las ciudades, para fomentar sociabilidades, para que los niños conozcan los ciclos de la vida...y son un pulmón verde que no tiene que cuidar el servicio de jardinería del Ayuntamiento, sino los ciudadanos prosumidores. 

Pero habría que ir más allá, especialmente mientras se extiendan en la estructura social y en el tiempo (y me temo que va para largo) las capas de precariedad. Introducir por ejemplo polígonos microganaderos no intensivos. Micropolígonos de microcorrales de gallinas, conejos, incluso para criar el cochino con los restos de la cocina, organizando incluso matanzas populares reguladas, como mecanismos de ruralización de las ciudades. 

La ganadería, de hecho, podría ser uno de los usos posibles en esos desolados a los que hacía referencia. Lo que llamamos, cuando estudiamos el Area Metropolitana de Madrid, la ganadería cunetera, vacas cuya leche seguramente tenía más plomo y petróleo que grasa animal, pero que alimentaron a miles de urbanitas de los barrios populares periféricos, puede recuperarse ahora con calidad. En los espacios expectantes de Badajoz había un par de rebaños de ovejas que pastaban hasta hace muy poco, supongo que se ha muerto el pastor y ya nadie quiere el puesto, porque ya no se ven, y es una pena la cantidad de pasto natural que en junio se secará y provocará incendios. Vacuno y lanar, en esos espacios expectantes, supondrían además un atractivo para los paseos infantiles, y un recurso comunitario interesante.

Seguro que a algunos les suena brutal lo de la ganadería de ocio, pero ya soy mayor, y no me afecta como me afectaba el desprecio por los huertos. Además, si aplico una simple proyección, puedo deducir que dentro de treinta años estará de moda. Podemos discutirlo entonces.

Muchas gracias


ANEXO (A PARTIR DE CUESTIONES PLANTEADAS, ALGUNAS REDUNDANCIAS)

CIUDAD COMPACTA VS CIUDAD DIFUSA

Yo he debatido mucho con Mario Gaviria en torno a un tema en el que ha tenido una enorme influencia en el urbanismo progresista de las últimas cuatro décadas. Un urbanismo ambientalmente sostenible que apuesta por la ciudad compacta, porque supuestamente reduce los costes ambientales. Además es un discurso normalmente vinculado al de la ciudad de escala humana, donde las gentes disfrutan de la vecindad, la pequeña tienda, el bar… 

Yo le decía que estaba sesgado por la noche (por lo que le gustaba salir de copas hasta las tantas). Porque para el 80 ó 90% de la población la ciudad compacta sólo es una casa dormitorio, de la que en cuanto puede huye… Si tiene posibilidades, porque hay suelo abundante, hacia la parcela, legal o ilegal, o hacia el acosado o el apartamento de playa o montaña. 

Sin embargo quien tiene una buena casa con un patio en el que disfrutar de su tiempo libre es mucho más improbable (por supuesto que puede verse impelido por la presión de la publicidad o el status) que necesite una segunda vivienda, y desplazarse cada fin de semana… Hay una parte de la sociedad, las clases extractivas de la cultura podríamos decir, que disfrutan la ciudad compacta. Pero aún los otros buscan ese espacio libre. Los intelectuales con posibles, en Madrid, se iban a lo que quedaba de la Ciudad Lineal, o a la caza los hotelitos de los alrededores. 


No está medido, creo, o yo no lo he encontrado, y debería medirse, el coste ecológico real de la ciudad compacta frente a la ciudad difusa teniendo en cuenta estos aspectos. En Badajoz hay unas 3.000 Has ocupadas por parcelaciones, ahora urbanizaciones ilegales (algunas ya legalizadas), y hay otros cientos que de hecho han sido ya incorporadas a la trama urbana. En una ciudad que actualmente tiene unos 140.000 habitantes. Y la intensidad de desplazamientos a las parcelas es enorme.


Por tanto, aunque los polígonos de huertos (que como he evidenciado, los he promovido intensamente, y finalmente cuajaron aquellas propuestas, aunque fuesen otras personas quienes los desarrollasen, en Madrid y Zaragoza) son un instrumento de ordenaci

Pero no es suficiente. No todo el mundo quiere ser hortelano, o criar gallinas, o no tiene tiempo, o no tiene ganas. Pero todo el mundo quiere conectar con la naturaleza, y España es un país de propietarios (como saben muy bien los promotores, mejor que nuestros académicos  y buena parte de nuestros políticos, que creen que la gente está de alquiler porque le gusta, porque quiere tener libertad y movilidad), y quiere poder hacerlo en su tierra, su “cacho tierra” (así definían la parcela cuando entrevistaba a las gentes que construían lo que llamé las chalébolas, en los huertos clandestinos, ocupados, en el Área Metropolitana de Madrid), eran antiguos jornaleros extremeños, manchegos, andaluces, que querían su cacho tierra. Por tanto, yo creo que el debate entre ciudad compacta y ciudad de baja densidad no debería cerrarse todavía. Acabamos de ver cómo el más eximio representante del alternativismo nacional, tras proclamar su amor al barrio, a la ciudad compacta de Vallecas, pues para hacer el nido de sus crías se busca 2.000 metros de parcela en Galapagar, en la Sierra de Madrid. ¿Por qué nos empeñamos en creer que los demás no quieren disfrutar de lo que una minoría disfrutamos?.


Cómo citar:

Baigorri, A. (2018). Elementos para una Sociología de la Urbanización. Zenodo. https://doi.org/10.5281/zenodo.16600813


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