1.18.2019

Poco a poco...


  • Los textos se van añadiendo atendiendo a su orden cronológico, y no correlativamente. 
  • En una de las cajas de la columna aparecen ordenados los años y meses de los que se han incorporado textos. 
  • Más abajo otra caja recoge las etiquetas utilizadas, por si se quiere hacer una búsqueda temática


6.11.2018

Negacionismo, políticas demoscópicas y currículum de fracasos. El caso del cambio climático en España (2018)



RESUMEN
A pesar del masivo consenso en torno al cambio climático y del carácter parcialmente antrópico del mismo, así como de la necesidad de articular políticas de evitación o al menos de resiliencia, dicho consenso no es total, de ahí que se haya instituido en un típico objeto de debate metacientífico (como lo fue en su día el debate nuclear, o el de las “células madre”), conectándose con posiciones ideológicas. Nuestro artículo evidencia, a partir de un estudio de caso, cómo dicho debate percola aspectos tan diversos de la acción pública como son las políticas demoscópicas, en países en los que, como España, los gobiernos disponen de institutos de opinión de carácter público.
Poniendo en evidencia cómo desde la llegada del Partido Popular desaparece el interés por conocer las actitudes de la población hacia el cambio climático. Por otra parte, el artículo conecta las circunstancias en que se produce la investigación que da pie al artículo con una temática emergente, pero apenas tratada todavía en la literatura sociológica, como es el currículum de fracasos (“CV of failures” en sus términos originarios). Evidenciando cómo tales fracasos pueden constituirse no sólo en recursos en sí mismos, sino en objeto de análisis en el marco de la investigación sobre el homo
academicus.


Referencia

Baigorri, A. y Caballero M. (2018), “Negacionismo, políticas demoscópicas y currículum de fracasos. El caso del cambio climático en España”. Aposta. Revista de Ciencias Sociales, 77, 8-58, http://apostadigital.com/revistav3/hemeroteca/mcg2.pdf



3.20.2018

¿Medio Ambiente y Sociedad, o Sociología Ambiental? (2018)

¿Medio Ambiente y Sociedad, o Sociología Ambiental?

Dilemas en un campo de investigación transdisciplinario.

Artemio Baigorri, Universidad de Extremadura
Texto de mi intervención en I Jornadas DEMOSPAIN. Democracia, Territorios e Identidades. Universidad Pablo Olavide, Sevilla, 20 de marzo de 2018


En primer lugar agradecer a José Manuel su invitación. En mi caso, más que hablar de algunos proyectos concretos, para ver las posibilidades de investigación en un campo o topic determinado,  me ha parecido más interesante proponer algunas reflexiones e ideas fruto de mi ya larga experiencia con la cuestión ambiental, primero como activista, luego como consultor en urbanismo y ordenación del territorio, y finalmente como investigador, como homo academicus. Reflexiones que derivan tanto de proyectos realizados como de proyectos infaustos (o fallidos, fracasos en suma), a veces igual de importantes. Espero mostrar con esto algunas de las potencialidades de la Sociología en ese campo tan, tan, transdisciplinario, que casi empieza a ser atrás-disciplinario, pues la Sociología está perdiendo terreno (o no lo gana, que en estos asuntos, es lo mismo). Y tan importante como discutir sobre los potenciales, es tomar conciencia de las dificultades a las que la investigación se enfrenta.

Una larga introducción

¿Por qué me parece importante esa perspectiva, no centrada en un proyecto concreto? Con un par de ejemplos creo que lo entenderéis perfectamente. Uno, con el que quiero valorar los proyectos infaustos, es muy reciente; y el otro, sobre el potencial de la Sociología, es muy antiguo, así que empezaré por el más antiguo.

En 1981 un dirigente campesino, Antonio Aguirre, con quien habíamos compartido sesiones de debate y movilizaciones en defensa de los intereses de los agricultores, recién elegido presidente de la Cámara Provincial Agraria de La Rioja nos encargó la realización de un informe sobre la situación de los agricultores. Buscó financiación debajo de las piedras y, siguiendo la metodología del sociólogo Mario Gaviria, montamos un equipo mamotrético que yo tuve que coordinar y gestionar. Yo entonces ni siquiera me podía considerar sociólogo en términos estrictos; había abandonado el periodismo, y con el periodismo la carrera de Ciencias de la Información, atraído por la combinación de investigación comprometida y movilización ecologista que era Gaviria. Bien, el resultado de aquel trabajo, que duró casi un año, fue un gigantesco informe que se publicó en 1984 en dos tomos enormes, con el título de El Campo Riojano, que creo ha sido bastante útil a los investigadores riojanos en las siguientes décadas ( https://goo.gl/dzqa77 ).
Uno de los capítulos que yo realicé trataba sobre la competencia por el uso del suelo entre actores diversos, que estaba provocando el encarecimiento del precio de la tierra para los agricultores. Es un tema que acabábamos de descubrir meses atrás, analizando la problemática de lo que entonces se llamaba el Suelo Rústico, y luego No Urbanizable, para la revisión del Plan General.

Bastantes años más tarde, en 1999, ya sociólogo formalizado, en trance de convertirme en homo academicus, en un congreso de Sociología Ambiental al que asistí durante una estancia en Chicago, tuve ocasión de conocer a Ridley Dunlap, del que yo entonces no sabía nada, pero que enseguida descubrí era el Pope de la emergente Sociología Ambiental, y hoy lógicamente el gran patriarca global. Como la estancia la hacía precisamente para preparar los contenidos de una asignatura, Medio Ambiente y Sociedad, que iba a implantarse en una licenciatura nueva, Ciencias Ambientales, es decir para recopilar materiales y textos a los que aquí no tenía acceso o simplemente siempre desconocía, me apliqué a revisar todo lo que Dunlap había publicado, porque allí todo era accesible, y por supuesto me interesaban especialmente los primeros trabajos de aquella emergente Sociología Ambiental.

Pues bien, descubrí que en realidad esa rama había empezado a construirse en los Estados Unidos en la misma época, y exactamente con el mismo asunto (la competencia por el uso del suelo) en que lo habíamos tratado aquí. Llevábamos nosotros décadas hablando en prosa sin saberlo, como diría el poeta. Nos preocupaban los problemas ambientales, y preocupaban los problemas de los agricultores, e interesaban los problemas urbanísticos y de ordenación del territorio, y resulta que la interacción entre todos aquellos ámbitos de preocupación sobre los que habíamos trabajado entre 1977 en el Alfoz de Burgos, 1981 en el PGOU de Alicante, 1982 en La Rioja y 1984 en el Área Metropolitana de Madrid, constituía un topic sociológico importante, una de las fuentes de las que manaba la Sociología Ambiental…, en inglés, claro.

Lógicamente, con esto quiero decir dos cosas.

Una, a la que volveré, que conviene mirar hacia atrás cuando investigamos, más allá de lo que aparece en esa bibliografía reciente, o tópica, sobre un tema, que nos suele venir impuesta, y además hay que mirar fuera de la Academia, en la investigación aplicada, en los trabajos de consultoría, que a menudo son más interesantes que las publicaciones académicas de los journals.

La segunda, que los temas, los issues o topics de interés a la Sociología Ambiental están muy conectados con otras áreas o incluso disciplinas.

Respecto al interés de los proyectos infaustos, tengo un ejemplo que puede ser sugerente. Hace un par de años presentamos una propuesta al CIS, en la convocatoria para incorporar un módulo temático a una oleada del Barómetro. La trabajamos a fondo en mi grupo, y con la colaboración de colegas de otras universidades, porque teníamos una base previa importante en la revisión que habíamos hecho del histórico de preguntas del CIS para una investigación previa sobre actitudes hacia la energía nuclear en España que habíamos hecho para el anuario 2009 de la Fundación Encuentro. Habíamos observado el sepulcral silencio demoscópico del CIS sobre el cambio climático, por lo que nos parecía obvia la necesidad de ese módulo.

Lógicamente (la lógica la dedujimos después) el CIS no nos concedió el módulo, pues le pareció más urgente y acorde con los intereses nacionales un módulo sobre el dolor, casualmente propuesto desde el IESA-Andalucía. ¿Por qué digo “lógicamente”?. Porque la reflexión (que debe hacerse ante cada propuesta que fracasa) que hicimos a posteriori nos condujo a concluir que había una lógica. Sin duda no había sido un trato preferente a un centro digamos que mejor conectado, sino un comportamiento lógico, en la lógica de un gobierno que llegó al Poder negando el cambio climático, y que sigue teniendo entre sus apoyos económicos y sociales a no pocos negacionistas. Precisamente en el próximo número de Aposta Digital aparecerá un trabajo sobre el asunto, que puede interesaros leer. Bueno, no conseguimos el módulo, pero tenemos un artículo. El que no se consuela, es porque no quiere. Esperemos que cuando haya un gobierno más con menos negacionistas, el CIS se ocupe del que, junto al terrorismo, es considerado el principal problema global del planeta según datos del Pew Research.

Pero entremos en materia, en la materia que hemos propuesto. Estamos aquí para hablar de Medio Ambiente. Y lo hacemos en el marco de un programa de Sociología.
Por eso lo primero que tenemos que plantearnos es si tiene sentido que lo hagamos desde la Sociología.

Si uno se mira los planes de estudios que conformaron a los sociólogos realmente existentes, en absoluto. Es cierto que en tiempos existía una materia que se llamaba Ecología Humana (en algunas universidades Ecología Humana y Población iban unidas) pero en realidad no tenía nada que ver con el medio ambiente, de verdad. Sólo se refería a un paradigma concreto de la Sociología, desarrollado en las dos primeras décadas del siglo XX en Chicago, que intentaba aplicar los principios de la Ecología y los Ecosistemas (exactamente de lo que hoy es la Ecología de Poblaciones) al estudio de la ciudad. Nada más.

Luego en España se dio una de esas casualidades. Irrumpió el ecologismo, en plena Transición, y el gobierno de la UCD echó mano de su sociólogo de cabecera, Díez Nicolás, que había hecho creo que su tesis y su proyecto docente sobre la Escuela de Chicago, y explicaba aquella Ecología Humana. “A ver, tú estudias eso de la Ecología, pues a Medio Ambiente”, debieron decirle, por los datos que conocemos. Son esas casualidades, que hacen, sin ir más lejos, que la gestión de las primeras preocupaciones medioambientales de un gobierno en España (la Comisión Interministerial de Medio Ambiente) se encargase a un sociólogo[2].

Pero es más gracioso. Porque resulta que algunos de los sociólogos de la Escuela de Chicago menos conocidos (completamente desconocidos, más bien), despreciados incluso a tener de algunas reseñas de sus libros en la época, sí que son auténticos pioneros en el análisis de las interacciones entre Medio Ambiente y Sociedad. Cabe citar a Thomas, o Mukerjee, despreciados como lo había sido en Europa el gran Patrick Geddes, a quien vetaron para la primera plaza de profesor titular de Sociología en Londres, y que tuvo que “retirarse” a Edimburgo. Geddes fue el primero en intentar sistematizar sociológicamente la interacción medio ambiente/sociedad.

En un ensayo que venimos trabajando, en el que hemos avanzado bastante en la tesis doctoral de Manuela Caballero y paseado por algunos congresos, y que espero verá pronto la luz como artículo (yo preferiría un libro, pero el monstruo ANECA manda), desarrollamos una genealogía de la investigación sobre medio ambiente y sociedad desde una perspectiva sociológica, incorporando a tantos olvidados por los manuales al uso. Porque también esto es gracioso, pues a la vez nos encontramos con facilidad con uno de esos latiguillos que de pronto tienen éxito, y como los memes, o las fakes news, se difunden hasta el infinito: el fake dice que los padres de la Sociología no se ocuparon de la dialéctica medio ambiente y sociedad. ¿Pero de dónde sale eso? De alguien que se mueva con pocos padres, será, o que sólo haya leído extractos pre-digeridos, aquellos libros de readings o fotocopias de fragmentos que se distribuían antes de las Leyes de Protección de las Editoriales.

Ese, justamente, es uno de los campos más vírgenes de la Sociología Ambiental, en el que hay mucho por trabajar: la recuperación de tanto material generado por la Sociología antes de que se diese por nacida esta subdisciplina. Y especialmente en otras lenguas distintas del inglés.

Eso de la Transdisciplinariedad

Un problema importante vinculado a esta temática es que nos enfrentamos a algo “afectado” por ese palabro tan incómodo de decir y teclear: la transdisciplinariedad.
Al enfrentarnos a la cuestión ambiental, estamos tratando sobre interacciones entre medio ambiente y sociedad, en dos sentidos: de un lado observando el medio ambiente como factor co-determinante de la estructura y la organización social; y de otra parte analizando los efectos/impactos de la sociedad sobre ese medio ambiente.

Esto implica de partida una concepción o paradigma muy particular de la Sociedad, una concepción en sí misma ambientalista. Implica entender la Sociedad actual como el producto de la interacción entre diversos factores, siendo uno de ellos la Naturaleza. Pero también implica entender que eso que llamamos Naturaleza es el producto también de la sociedad, esto es una construcción social. Porque si no lo entendemos así lo tenemos complicado, ya que el principio nuclear de la Sociología es intentar explicar los hechos sociales con otros hechos sociales.

Eso de la transdisciplinariedad es un término, además de difícil de pronunciar y teclear, sujeto a mucha confusión. Entre otras cosas porque algunos lo han intentado conectar con metafilosofías que salen del ámbito de la Ciencia, y a menudo rozan lo que ahora llamamos seudociencias.

En realidad la transdisciplinariedad sólo se refiere a la necesidad de tener en cuenta conocimientos, fundamentos y paradigmas de otras ramas de la Ciencia para poder tener una perspectiva superadora de las limitaciones de algunos campos de especialización. Henry Lefebvre planteó la necesidad superar de forma transdisciplinaria esa barreras en el Urbanismo; Edgar Morin respecto de la comprensión de los problemas ambientales; son cada vez más las temáticas que no caben en los cajones limitados de los paradigmas disciplinarios: el género, la comunicación, la inteligencia artificial...

Hay como tres escalones en ese proceso de acercamiento, desde las Ciencias Sociales y en particular la Sociología, a esa dialéctica transdisciplinaria Medio Ambiente y Sociedad: la Ecología Social, el Ecologismo/Ambientalismo, y la Sociología Ambiental. Todo está relacionado, pero todo hay que saber manejarlo de forma diferenciada.

La Ecología Social




Algunos hablamos de Ecología Social para referirnos a lo que fue un lento proceso de construcción de un paradigma ecológico en el ámbito de las Ciencias Sociales, y que vendría marcado por estos cuatro componentes, que nos pueden inspirar muchas de nuestras investigaciones, y que nos conectan con otras disciplinas como la Antropología o la Geografía Humana, o lo que en términos más generales yo llamé las Ciencias del Territorio[3]:
1.     Una tradición que podemos llamar ambientalista en la Historia del Pensamiento, que intenta enmarcar la acción humana en su medio, y que a mediados del siglo XIX toma forma científica en teorías como el organicismo sociológico de Spencer, el determinismo geográfico de Ratzel, etc. Una tradición que a través de autores como Reclus o Kropotkin, que desde la Geografía se adentran en la Antropología, llegaría a Patrick Geddes, quien como decía intenta la primera síntesis teórica socioambiental.
2.     La Ecología Humana, la he citado, aunque no tiene nada que ver con la Sociología Ambiental, como primer intento de aplicar los principios de la Ecología al estudio de las relaciones entre los grupos humanos y su entorno social.
3.     La tradición antropológica es un aporte muy rico, pues desborda el sociologismo con el que Durkheim lastró a la Sociología, esto es el citado dictum de explicar los hechos sociales sólo con otros hechos sociales. Las Ciencias Sociales se han venido enriqueciendo desde mediados del siglo pasado con los trabajos de Leslie White, Julian Steward, Marshall Shalins o Marvin Harris.
4.     La Ecología Social propiamente dicha, autoproclamada, es un intento de encontrar la fusión transdisciplinaria de las distintas raíces de las ciencias sociales, y de los necesarios aspectos de las ciencias físico-naturales, en un corpus científico que sirva para explicar justamente las interacciones entre medio ambiente y sociedad. Es la propuesta analítico-normativa, con clara intencionalidad política, del anarquista Murray Bookchin, que por supuesto no tiene nada que ver con la Ecología Humana.


Ambientalismo y ecologismo




Ya tenemos un escalón recorrido, seguramente el que ha despertado nuestra inquietud por investigar cuestiones medioambientales. Pero hay otro escalón, aunque hay quien lo salta hasta el siguiente, y como veremos está en su derecho, es legítimo.

Me refiero al compromiso ambiental, o en otros términos al ecologismo. Es legítimo que un investigador socioambiental se lo salte en el sentido de no compartir las actitudes proambientales. Pero no es legítimo que desconozca su enorme influencia en la totalidad de los temas ambientales de interés para la Sociología.

Cualquier problema ambiental al que nos enfrentemos lo abordaremos más eficazmente si conocemos cómo han surgido las ideas, los movimientos, las organizaciones que le dan forma. Y es importante entender que hablar de problemas ambientales implica conocer bien las cuatro fases que, a lo largo de los últimos doscientos años (algo más de lo que normalmente se cree) lo han conformado:
1.     Los antecedentes ideológicos y políticos de la preocupación ambiental, que se pierden en el romanticismo del primer tercio del siglo XIX.
2.     La contestación ecologista primaria, que se configura a mediados del siglo XX pero madura a finales de los años ‘60 en un movimiento ecologista que rápidamente quedará entretejido con los nuevos movimientos sociales de carácter contestatario o incluso revolucionarios de la época. Esta fase del ambientalismo alcanzará su cénit en los años ‘70, para decaer profundamente en la siguiente década.
3.     El conservacionismo, o ambientalismo es una respuesta que en realidad se desarrolla en paralelo de la contestación ecologista, pero que a partir de los años ‘80 se constituirá en ideología hegemónica en términos de ambientalismo integrado, en torno a conceptos como el desarrollo sostenible, que intentan demostrar la capacidad (frente a la crítica ecologista) del sistema capitalista para adaptarse al nuevo paradigma ecológico. El ambientalismo es el que, a partir de la primera Cumbre de la Tierra, marca la agenda internacional, y sobre todo marca los temas de investigación para los que (por ejemplo, y hablando en términos prácticos) se puede encontrar financiación, pública o privada.
4.     Los límites del ambientalismo. En el marco de la globalización, el ambientalismo se muestra cada día más incapaz de responder a los más grandes y profundos desafíos que la cuestión ecológica plantea en nuestro planeta en el nuevo siglo. La propia conversión de los grupos conservacionistas en grandes corporaciones que responden a intereses materiales muy concretos, e incluso en multinacionales de la ecología que construyen la preocupación ambiental en función de sus propios intereses, son algunas de las principales limitaciones que se observan. Esto ha hecho que, en la última década especialmente, el ecologismo haya renacido de sus cenizas. Frente al ambientalismo integrado global, han renacido los ecologismos de dimensión local, a menudo de corte radical. 

Elementos de Sociología Medioambiental: ¿hay algo específicamente nuestro?


Bien. Y en en este marco, ¿qué puede hacer la Sociología Ambiental como tal? Frente a la Ecología Social como intento transdisciplinario e incluso metacientífico de comprensión de los problemas de la sociedad y su entorno, la Sociología Ambiental intenta aplicar el instrumental analítico de la Sociología al estudio de las cuestiones ambientales, esto es desde la perspectiva de la especialización sociológica.

Y esto es importante tenerlo en cuenta. Hablamos de Sociología, ya no de Ciencias Sociales, porque además los presupuestos de abordaje van a depender precisamente de la base epistemológica, y los método y técnicas vinculadas, de los diversos paradigmas que encontramos en la Sociología. Es decir, no hay una forma sociológica de abordar problemas o cuestiones ambientales, sino diversas, según partamos del funcionalismo, el marxismo, el interacionismo simbólico y subsiguiente constructivismo social, etc. Yo, del mismo modo que soy profundamente desleal a las disciplinas, no tengo el más mínimo espíritu gregario (desgraciadamente, en cierto modo), por lo que practico el más sucio eclecticismo, tomo lo que me interesa de cada propuesta teórica según me resulte útil para explicar o aplicar. Pero lo habitual, en unas ciencias sociales cada vez más sectarias, es limitarse a uno de esos paradigmas.

Por lo demás, el número de temas posibles objeto de investigación desde la Sociología Ambiental es enorme, y lógicamente se ensancha a medida que los problemas ambientales se complejizan. Es imposible que ahora los abarque todos, e incluso seguro que se me escapan algunos que yo mismo he investigado. Yo tengo especial aprecio a algunos que creo haber introducido, como el ruido, el agua, o la competencia por los usos del territorio, pero hay muchos. Tanto para la investigación académica como para la investigación aplicada, que es en lo que los estudiantes más deberían pensar, porque los sociólogos deberían estar ahí, ayudando en la gestión de esos problemas. Yo los agruparía, como temas de investigación, en cinco grandes áreas.
1.     Las causas sociales del problema ecológico, esto es los modelos de desarrollo, la evolución demográfica, los sistemas de gestión energética, los hábitos de alimentación y consumo, los estilos de movilidad, que están en la base de los grandes problemas ambientales contemporáneos. Aquí incluiríamos el estudio de las actitudes ambientales.
2.     La construcción social de los problemas ambientales. Una de las perspectivas sociológicas más productivas en las últimas décadas se ha centrado en mostrar el relativismo de los problemas ambientales. Cómo la percepción que de éstos tenemos está condicionada por diversos hechos (e intereses) sociales. Los medios de comunicación, los científicos, los movimientos sociales y políticos, nos conducen a prestar mayor o menor importancia a los distintos problemas con independencia de su importancia objetiva. Esa debería ser una línea temática exclusiva de la Sociología, y permite mucho juego, aunque el fuerte peso cuali que suele caracterizar este tema lo hace compartido con la Antropología Social.
3.     Los conflictos ambientales constituyen también uno de los principales campos de estudio de la Sociología Ambiental. El análisis de su dinámica, estrechamente relacionada con el punto anterior, la definición de actores y agentes, la construcción de discursos y relatos, etc.
4.     La desigualdad ambiental ha de constituir siempre un lugar centrar en el estudio sociológico de los problemas ambientales, como la desigualdad social lo es en la Sociología. Los grupos sociales del mismo modo que se  enfrentan de forma desigual al acceso a los recursos económicos, disfrutan de forma desigual de los recursos naturales y, sobre todo, sufren de forma desigual los efectos de los desequilibrios ambientales. La injusticia social también se puede observar en relación a estas cuestiones, tanto en términos de estratificación social en una sociedad dada (en términos de clases y grupos de estatus), como en términos de desigualdad espacial. Los estudios de justicia ambiental, aunque compartidos con otras disciplinas (la Ciencia Política, el Derecho) son muy propios de la Sociología.

5.     La participación es otra de las grandes áreas de estudio de la Sociología Medioambiental. Los procesos de surgimiento, desarrollo y desaparición de las organizaciones ecologistas y ambientales, los niveles de concienciación social y participación en las organizaciones civiles de protección de la naturaleza, la burocratización y des-democratización de esas organizaciones, son algunas de las cuestiones que interesan, en el marco del estudio de los denominados nuevos movimientos sociales.


Hay una última cosa con la que yo tengo cierta obsesión, porque me tomo en serio la Sociología.

He hablado de tres componentes diferenciados, interconectados, pero que no deben confundirse. La Ecología Social es un paradigma sobre las relaciones entre medio ambiente y sociedad, compartido con otras disciplinas, pero la Sociología Ambiental es un ámbito estrictamente sociológico. Y por supuesto a mí personalmente me resulta mucho más atractivo y enriquecedor el navegar transdisciplinario en la dialéctica Medio Ambiente/Sociedad, pero la Sociología Ambiental es una subdisciplina propia de la Sociología, y que debería estar limitada a los sociólogos, aunque lamentablemente no siempre sea así, porque sólo los sociólogos (y sociólogas), mejor si lo hacen embebidos de los otros componentes, cuentan con las herramientas conceptuales, epistemológicas y metodológicas para abordar esos problemas en toda su complejidad.

El problema es la incompetencia de la Sociología (o de los sociólogos y sociólogas) para mantener una demarcación. Igual que permite el intrusismo, no es capaz de defender su papel y sus exclusividades.

Insisto, por tanto, en no confundir Ecología Social con Sociología Ambiental, porque una cosa es la cuestión ambiental (el issue, el topic), y otra la Sociología Ambiental.
De la misma forma, tampoco podemos confundir Sociología Ambiental con Ecologismo, ni siquiera en su forma light de Ambientalismo. Una cosa es el compromiso ecologista, otra la voluntad comprensiva transdisciplinaria, la Ecología Social si queremos ponerle etiqueta, y otra la Sociología Ambiental. Los sociólogos deben bailar entre las tres patas, pero sin confundirse, si quieren ser científicos.

Recuerdo el primer congreso de Sociología al que asistí, en Granada, en 1995, coincidía con las primeras sesiones sobre Medio Ambiente, promovidas por Mercedes Pardo. Me sorprendió que casi todo lo que oía eran discursos ecologistas, o proambientalistas. Y yo, que había pasado del ecologismo a la consultoría, y estaba migrando entonces de la consultoría a la academia (tan distintas) defendí entonces la necesidad de una Sociología ambiental con tópicos, métodos, competencia..., sociológicos. Es más aburrido, más limitado, pero necesario también. Y algunos de los colegas decían “pero éste de qué va, se ha pasado al enemigo...”

El único enemigo, para el científico, es el sectarismo. Max Weber se lo dejó aclarado para quien quiera hacer Sociología hace casi un siglo, en El político y el científico. Puedes hacer las dos cosas, puedes relacionarlas, pero no tienes por qué hacer las dos cosas en la misma acción. Esto es muy importante, porque precisamente abre el campo de trabajo de los sociólogos, el ámbito de investigación. Por ejemplo, unos de los trabajos que yo he utilizado a menudo son los que han hecho algunos sociólogos para el lobby nuclear. Investigaciones realizadas para legitimar lo nuclear, que vienen a intentar demostrar, dicho a lo bruto, que los españoles son antinucleares (pues mayoritariamente lo son) porque son tontos. Bueno, es una opción, decir esas cosas, y que un sociólogo las intente sustentar, si puede (creo que las hemos desmontado suficientemente en nuestros trabajos). Es su trabajo. Porque un sociólogo ambiental perfectamente puede trabajar para una compañía eléctrica que vaya a inundar un precioso valle y necesita de la Sociología para convencer a los afectados...

No es menos Sociología Ambiental la Sociología que se pone al servicio de quienes destruyen lo que llamamos Medio Ambiente, o ponen en riesgo nuestras vidas. Con la Ciencia Social, para sea digna de tal nombre, ha de pasar como con la Democracia, que implica defender el derecho a decir lo que piensan de quienes a mi juicio dicen barbaridades. Todo lo que hay que hacer es, como en el resto de las ramas de la Ciencia, es contrastar los resultados y desmontar los errores.

Muchas gracias por su atención









[2] Cierto que eso no significa mucho. Tras tres o cuatro ministros sociólogos, o asimilados, la Sociología probablemente sea la disciplina más maltratada en la Universidad, y lo que es peor, en Secundaria, donde sigue ignorada. Pero esa es otra.
[3] A.Baigorri, “Del urbanismo multicisciplinar a la urbanística transdisciplinaria. Una perspectiva sociológica”, Ciudad y territorio: Estudios territoriales, ISSN 1133-4762, Nº 104, 1995, págs. 315-328



Referencia: 
Baigorri, A. (2018): "¿Medio Ambiente y Sociedad, o Sociología Ambiental?. Dilemas en un campo de investigación transdisciplinario.", I Jornadas DEMOSPAIN. Democracia, Territorios e Identidades. Universidad Pablo Olavide, Sevilla, 20 de marzo de 2018 

10.20.2017

Generaciones y alcohol (2017)




Intervención en el Seminario "Exceso y ocio juvenil. La extraña pareja", organizado por la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, en el Centro Reina Sofía de Estudios de Juventud de Madrid.



Acceso al texto de la exposición:



Acesso a la presentación:

https://drive.google.com/open?id=0B-f5IoNerKTCblUwaGxnd08yT0E

Acceso al texto completo:

http://baigorri.blogspot.com.es/2017/09/generaciones-y-alcohol-una-perspectiva.html

4.12.2017

La contaminación acústica en zonas de elevada densidad de población (2017)




Agradecer la invitación. Este año se cumple justamente, y nada menos, que un cuarto de siglo (como de la Expo y las Olimpiadas, qué cosas), desde que construí mi primera reflexión, más que investigación propiamente dicha, sobre el ruido.

Y fue también justamente en unas jornadas municipales, concretamente en una asamblea de la FEMP sobre Actividades Molestas, así que su invitación tiene para mí una especial significación.

Más adelante intenté, presentando algunos trabajos en los Congresos Nacionales de Sociología, que desde la Sociología Ambiental y su entorno se abriese paso un campo de investigación sobre el ruido, sin mucho éxito en España, aunque en Latinoamérica sí lo han trabajado bastante.

Tuve ocasión luego de investigar en torno a uno de los fenómenos que más conflictos vinculados al ruido ha generado, y sigue generando en España: el ocio nocturno, y más en concreto el botellón.

Desde aquellas jornadas de 1992 sin duda hemos avanzado mucho. Entonces ni siquiera se trataba el tema monográficamente, sino como parte de aquel paquete que desde 1961 se llamaban actividades molestas, insalubres, nocivas y peligrosas.

Yo intenté entonces hacer ver que buena parte de las dificultades que presentaba la gestión del ruido (y no sólo en las grandes ciudades) se derivaban del hecho de que hasta entonces sólo se había abordado desde cuatro perspectivas (psico-bio-médica, técnica, jurídica y represiva-policial), pero estaba por abordar desde la perspectiva sociológica: entendía que unas cuantas de sus ramas (la antropología social, la psicología social, la ecología humana, teoría del conflicto, sociología urbana, etc.) tenían mucho que aportar. Y, dado que hasta entonces yo al menos no conocía un abordaje sistémico, intenté desbrozar las distintas temáticas en un ensayo que desde que Internet se abrió al público ha circulado libremente.

Intentaré responder ordenadamente a las cuestiones que me plantean

1.¿Cómo ha evolucionado el tema en este cuarto de siglo?




En la primera perspectiva hemos avanzado muchísimo. Ya se venía trabajando desde mediados del siglo XX (la preocupación por el ruido es incluso más antigua, viene de finales del XIX), pero las nuevas tecnologías han permitido avanzar mucho más. Creo que hoy lo sabemos prácticamente todo sobre el ruido, sobre cómo afecta a nuestros órganos, a nuestra salud incluso como inmunodepresor, a las relaciones interpersonales en espacios como los centros de trabajo, la escuela, hospitales, etc. ¿Realmente queda algo por averiguar? Lo dudo, aunque la Ciencia nunca se detiene si tiene fondos para ello.


En la segunda perspectiva los avances también han sido enormes. El fuerte desarrollo de la Física ha permitido a los ingenieros diseñar máquinas más eficientes, pantallas sónicas, a los arquitectos les han suministrado nuevos materiales con los que construir viviendas con una gran capacidad de aislamiento. Muchos de los que yo denomino ruidos metabólicos de la ciudad se han reducido, incluso minimizado. Han desaparecido lo que yo llamaba entonces ruidos disfuncionales (como la recogida bruta de basura por compactación, sustituida por recogida selectiva más eficiente y menos ruidosa, las alarmas de los coches, los avisos sonoros de las paradas de taxi…). Incluso en el transporte, a pesar de todo lo que nos lamentemos, se ha avanzado mucho en las líneas que entonces planteábamos. En unos casos reinventando el tranvía (no siempre con inteligencia y auténticos criterios de sostenibilidad de las tres patas ecológica, económica y social), en otros (menos, porque hay menos negocio en ello), en otros recuperando los más inteligentes trolebuses, promoviendo el coche eléctrico, etc. Dentro de la perspectiva técnica debemos incluir la música y todo lo relaciondo con ella en el ámbito de las Artes. La investigación, reflexión y experimentación en torno al ruido ha sido sustanciosa en las últimas décadas. Desde los aburridos experimentos de Pierre Schaeffer y la música concreta en los años 50, lo hemos oído todo.


La tercera perspectiva, jurídica, normativa, ha conocido un desarrollo impresionante. Vivimos en sociedades cada vez más normativizadas, pero en este ámbito, en cascada desde las directrices europeas a los mapas de ruido y ordenanzas municipales, pasando por Leyes del Ruido nacionales, las normas se han multiplicado. Plataformas de abogados especialistas han proliferado como las setas por todas las ciudades, en algunos casos son auténticos cazadores de denuncias, como los abogados de hospital en los Estados Unidos.


La cuarta perspectiva es la policial, represiva, buscando la forma más eficiente y efectiva de aplicar la normativa sobre los elementos productores de ruido, para evitar los impactos sobre la salud humana. Y también hemos avanzado, pero ya no tanto. A juicio de muchos ciudadanos, nada.

Ciertamente ha habido ya unas denuncias que han desembocado en penas de cárcel por ruidos, y algunos vecinos molestos llegan a ser multados por provocar ruido. Pero el hecho cierto es que estamos aquí reunidos justamente porque nuestras ciudades (y pueblos) siguen siendo muy ruidosos, en términos de ruido protocolario, y no se ha avanzado nada en la que debería ser la Quinta Perspectiva. Mientras la Acústica va por su 42 Congreso en España, nunca se ha celebrado uno que reúna a los científicos y científicas sociales que trabajan este tema.



2.Cuál es el papel que juegan los factores culturales/diversidad cultural en lo que respecta a la producción de ruidos o la reacción delante de estos?




Que hay factores culturales detrás del ruido es más que evidente con que nos fijemos en un hecho: desde que existen registros de indicadores, hace apenas dos décadas, dos países encabezan el ranking del ruido: Japón y España. Como las tasas de suicidio, la tasa de ruido permanece constante, en términos relativos.



Tiene que ser cultural, porque en armonía con ese ranking de países, el ranking de ciudades más y menos ruidosas del mundo vemos cómo entre las primeras los primeros puestos se los reparten ciudades de países asiáticos y latinos. Mientras que las segundas se concentran en lo que podemos llamar (pues no es exactamente el Norte) la Europa protestante.


Nuestra reflexión más temprana sobre el ruido manejaba básicamente una dualidad: el debate entre modernidad y tradición. Una modernidad adoradora del ruido como expresión del progreso, la fuerza, el vigor de las máquinas, frente a una tradición anclada en el silencio, en la circunspección. El monje trapense frente al coqueto aerodinámico rocanrol caramelo de ron que retrató Tom Wolfe fascinado por el ruido.

No obstante, yo entreveía ya que los problemas serios habrían de venir en el futuro, como así ha sido, por lo que llamo el ruido protocolario, esto es el generado por la mera interacción social, especialmente por los procesos sociales que tienen funciones muy concretas en la creación y permanencia de las redes y grupos sociales.

Naturalmente, en el 92 no habíamos recibido los 5,5 millones de inmigrantes de todos los rincones del mundo, que complejizan la Ecología Humana de nuestras ciudades. Por lo que ahora ese tipo de problemas nos parece que se están multiplicando. Y en cierto modo así es. Pero en realidad llevamos conviviendo con ellos muchos años.


Quiero detenerme en visualizar apenas 2 minutos, exactos, de una película que a algunos de los más mayores puede que les suene, o tal vez no la película pero sí la escena. En España nos hemos olvidado de que, dentro y fuera de nuestro país, nuestros movimientos migratorios han generado ese tipo de problemas.

[no hay acceso on line al fragmento citado, pero parte se recoge en el tráiler de la película, escena de fiesta en el bar, que puede accederse aquí:]

Naturalmente, ahora es mucho más complejo. Los choques culturales son crecientes, porque el número de culturas que conviven se ha multiplicado. Porque todos los sonidos protocolarios tienen carga cultural, a veces incluso subcultural (como ocurre con los jóvenes, o con ciertos localismos), los relacionamos con todo un conjunto de elementos que vinculamos a nuestros referentes identitarios[1].




3.   ¿Por qué es interesante disponer de una perspectiva sociológica cuando hablamos de ruido?



Ante responsables municipales yo creo que el principal argumento es la evidencia de que al final lo que el ruido genera fundamentalmente son, más que daños concretos físicos o psíquicos (que también los hay), conflictos. Y ningún gobernante, ningún regidor, quiere conflictos.

Ahora mismo, en todo el país, no creo que haya menos de un millar de plataformas ciudadanas luchando contra expresiones de ruido diversas, que normalmente son protagonizadas por otros ciudadanos, no por el aparato productivo. A unos no les gustan las campanas de los católicos, a otros no les gustan las sardanas bajo su ventana toda la tarde del domingo (no sé si seguirá siendo así), a otros les molestan las sevillanas, los moteros, los botelloneros, los alternativos montándola, los aragoneses del piso de al lado hablando como si riñesen… Estamos mil tribus  cada cual con su juerga y su jerga, y las ciudades no han previsto eso. Las ciudades se formaron por grupos étnicos muy definidos, y luego la burguesía las construyó y ensanchó homogéneas, para un modelo único de urbanidad[2].   

Otro aspecto importante por el que la Sociología puede aportar a este tema es la desigualdad, y cómo ésta incide, también, en el impacto que el ruido tiene en la salud de las personas. Yo, como verán, no soy muy partidario de los mapas del ruido, creo que han sido un despilfarro enorme, pero si han tenido alguna virtud es la de evidenciar que también en esto del ruido hay clases. Se me dirá que quizás los puntos que más sufren el ruido son el equivalente a las Gran Vía de cualquier ciudad, donde suelen vivir las clases altas. Pero eso no es cierto.

En primer lugar, porque las clases altas tienen medios para utilizar todos los avances técnicos a que he hecho referencia para librarse del ruido.

En segundo lugar, porque la residencia de las clases altas hace mucho tiempo que salió del centro de las ciudades, de las Gran Vía (hoy dedicadas a oficinas) para alojarse en urbanizaciones de lujo, bien aisladas de los generadores de ruido. Hoy las grandes y principales víctimas del ruido son los ancianos empobrecidos que no pueden huir de los cascos antiguos, en los que se juntan sus nuevas funciones (marcha, protesta, etc) con su ocupación ecológica por gentes de otras culturas (inmigrantes) o de subculturas que viven el ruido de otra forma (jóvenes, artistas, etc).


Y en tercer lugar, porque la capacidad de respuesta es también desigual. Cuando empezamos a estudiar el fenómeno del botellón, en Badajoz, había fundamentalmente tres focos, claramente diferenciados por clases sociales. Curiosamente, la secuencia de desaparición de los tres focos (bueno, canalización hacia otros megafocos) se correspondió estrictamente con la estratificación social: el primero fue el de la placita en la zona pija del centro, después el de las clases medias del ensanche moderno, y el que más tiempo resistió es el que estaba ubicado junto a unos bloques de viviendas sociales en el borde del casco antiguo. Obviamente la capacidad de acceso a los medios, los responsables políticos, los altos funcionarios, no es igualitaria.

Por lo demás, hace muchos años que los sociólogos ambientales que trabajan en temas de justicia ambiental vienen mostrando cómo son las clases bajas quienes tienen que soportar normalmente infraestructuras altamente productores de ruido como aeropuertos, circunvalaciones, nudos intermodales, etc. La OMS ha analizado cómo la afección de los distintos niveles de ruido conforma una pirámide. Por supuesto que una gran mayoría sufrimos problemas digamos de confort por causa del ruido, molestias. Pero muy pocos llegan a enfermar por ello, y aún menos a morir. Y hay una fuerte correlación social en esa pirámide.


Podríamos extendernos más, sobre todo a nivel teórico, pero no creo que haga al caso en un día que quiere ser tan práctico como es el Día del Ruido. Pero sí que quiero hacer referencia a otro proceso social que pone de manifiesto que cuando los problemas sólo se abordan en sus vertientes técnicas, pero no en las sociales, se suele terminar metiendo la pata, generando un problema al intentar arreglar otro. Es lo que el sociólogo americano Robert K Merton llamaba los efectos indeseados de la Acción Social.

Es evidente que las Leyes Antitabaco han supuesto en España y en el mundo un paso notable en la lucha contra esta droga (aunque como vemos al estudiar los hábitos de los jóvenes, esté aumentando el consumo entre chicas jóvenes), y prohibir fumar en los bares podríamos decir que fue algo bueno, hoy lo reconocen, sobre todo, los hosteleros que hace años hacían manifestaciones y decían que iban a arruinarse. Hoy trabajan mejor, respiran mejor, tienen que limpiar y pintar menos, y ganan más.

Pero la única consecuencia no ha sido ésa. Por un lado, hemos visto cómo los niños van con sus padres a los bares con más asiduidad que antes, socializándose en prácticas de consumo de alcohol y comida basura no siempre apropiadas. Pero sobre todo hemos visto cómo los bares y restaurantes han ocupado el espacio público de las ciudades (con la connivencia de los Ayuntamientos que creen ganar algo por las tasas de ocupación de terraza, cuando el balance a la larga será negativo), y lo han convertido en fumaderos (con los niños en medio), lo cual a su vez está generando graves problemas ambientales, y sobre todo convivenciales. Muchas de las plataformas antiruidos que han surgido en los últimos años se deben a eso.

Por tanto, aunque es cierto que ni el interés de mis colegas ha ido en esa dirección, ni las administraciones han tenido en cuenta hasta hoy la importancia del conocimiento sociológico para enfrentar este tipo de problemas, es obvio que su condición de problema social se ha incrementado. Y cuando nos enfrentamos a un problema social, es difícil que la técnica, la salud o la policía puedan resolverlo por sí solos.

4.Habla usted de “ruido visual” y de “ruido sonoro”. Puede explicar en qué consisten estos conceptos?



Bueno, el concepto de ruido visual es un poco abuso del término. Yo estudié Periodismo antes que Sociología (en los 70, en la UAB), y ejercí de periodista. Y aunque suspendí con un profesor penoso Teoría de la Imagen, aprendí algunas cosas sobre eso, por supuesto no de él, sino de textos de Umberto Eco o Roland Barthes. Al fin y al cabo, los problemas provocados por el ruido derivan de su impacto como contaminación comunicativa, pues es contaminación comunicacional, informacional. Limita la capacidad para captar otros mensajes a los que estamos intentando atender. Pues exactamente lo mismo ocurre en las ciudades con eso que llamo ruido visual, que también afecta a la comunicación.



Obviamente no tiene el impacto en la salud que tiene el ruido en sus manifestaciones extremas, aunque si se estudiase (yo no conozco estudios, no sé si desde la psicología se ha hecho algo) a fondo estoy seguro de que la contaminación visual, el ruido visual, también genera por lo menos estrés y ansiedad.  

Me refiero tanto el exceso comunicacional (que en unos casos es ruido, en otros redundancia pues algunos carteles nos persiguen de forma ubicua) como a los conflictos interculturales que, como ocurre con el ruido sónico, se producen. Naturalmente, y como ocurre con el ruido, es obvio que el exceso de imágenes en la calle podemos verlo como una expresión del progreso económico, del dinamismo social.


   

El proyecto de dos artistas austriacos, una performance que han repetido en distintas ciudades, tachando de un solo color todos los carteles, nos permite calibrar mejor la superficie de espacio visual, de entorno vital, que esa contaminación ocupa.


Una variedad del ruido visual es, durante la noche, el propio exceso de iluminación, que más allá de la cuestión energética ha generado en los últimos años un movimiento internacional, la iniciativa Star Ligth, por la reducción de la luz urbana para poder ver las estrellas, de nuevo, al menos fuera de las ciudades.

En 2014 estuve en el Congreso Mundial de Sociología, en Japón. Si recuerdan, después de la tragedia de Fukushima Japón detuvo todos sus reactores nucleares, 48, la mayoría siguen sin reabrirse y se ha planteado una estrategia de eliminación de la energía nuclear. Pero a lo que iba, la dependencia nuclear hizo que se establecieran medidas drásticas de ahorro, y entre ellas las calles semioscurecidas, apenas iluminadas. Era extraño, realmente extraño, acostumbrados como estamos a un exceso de luz. Pero se puede vivir, según pude comprobar, y se podía mirar al cielo por la noche.


5.Qué elementos de debate para el futuro pondría usted sobre la mesa para ayudar a ciudades como la nuestra a disminuir la incidencia de ésta problemática?


Va a ser muy difícil gestionar todo esto, por la creciente complejidad cultural. Es una paradoja enorme, que anunció el Cabaret Galáctico de la película de Georges Lucas (y que Sisa adaptó al berenjenal del inicio de la postmodernidad en los 90): cuanto más globales somos, más locales nos volvemos…

Hace cincuenta años emigrábamos y era honroso perder el acento, aunque tuviese consecuencias: después de pasar un año en Santa Coloma para estudiar ingreso de bachillerato (porque en mi pueblo no había dónde, y en Santa Coloma estaban mis tíos emigrantes), al volver al pueblo tenía que reñir con algunos porque decían que hablaba como una chica. En realidad sólo hablaba correctamente, y puede que hubiese cogido un pelín de acento catalán porque la mayoría de mis amigos del colegio eran de familias catalanoparlantes. Así que el resto de mi vida me esforcé en mantener acento no ya baturro, sino campuzo, rustico. Ahora llegan a la universidad mis alumnos no con acento regional, sino con el acento y sobre todo el habla inapropiada de su barrio, que la verdad es que suena fatal cuando les haces leer en voz alta un texto académico. Paradójicamente la Urbe Global, como yo denomino al poblamiento en la Sociedad Telemática, genera una cultura cosmopolita, pero a la vez recupera y entroniza los localismos, incluso los olvidados, incluso los peores.



Yo insistiría en la idea de que el ruido, especialmente el ruido protocolario que genera conflictos de convivencia, ya no es un problema técnico, sino un problema social. Hemos exaltado la diversidad, y ahora hay que gestionarla. Y para eso sólo hay un camino, en estas complejas sociedades: el ejercicio de la ciudadanía, que sólo puede pasar, precisamente, por una educación para la ciudadanía en unos valores que sean comunes a todos, y que no pueden ser consensuados en su aplicación, sino aplicados desde el imperio de la ley.

La burguesía creó la urbanidad, para enseñar a las primeras oleadas de inmigrantes rurales a comportarse (digámoslo así, porque ese era el objetivo) en las ciudades burguesas. La clase dominante de la Sociedad Telemática no sabe, no quiere o no puede (la legitimidad está tan repartida hoy que es muy difícil tomar esas decisiones…) a imponer una Cosmopolitanidad, o Cosmopolitanía. Sabemos que no tenemos que poner mayúsculas en Wasapp o en Twiter, que es como un grito, ¿y no sabemos cuándo no gritar en el rellano o en la calle? La urbanidad fue eficaz durante casi un siglo, hasta el último tercio del siglo XX. Hay que encontrar el concepto, definir los contenidos... y aplicarla.
A mi juicio no se trata sólo de aprender a convivir con diferentes. Se trata de aprender a convivir a secas, y eso implica aprender, socializarse en, unos valores universales, entre los cuales está el respeto al bienestar de los demás. Robert Putman, el padre de la teoría del Capital social (el papel de las redes sociales en la Economía y todo eso) al intentar aplicar su teoría a la diversidad cultural fruto de las migraciones, que cree buena a largo plazo (como así lo ha sido de hecho en el país que más lo ha experimentado históricamente, los Estados Unidos), plantea que el desafío para nuestras sociedades cada vez más diversas es "crear un nuevo y abarcador sentido del Nosotros". Donde Putman dice el Nosotros me da igual que pongamos las normas de urbanidad, el Super Yo que nos dice lo que está bien y lo que está mal. Todo forma parte del paquete: los ruidos, la suciedad en las calles, los perros peligrosos sin bozal, las celebraciones bestias de la victoria del equipo local, los restos esparcidos del botellón...

En realidad el ruido en sí mismo, en general, tampoco es ya tanto un problema técnico como social y político.

¿Por qué estamos un poco aturdidos, y nunca mejor dicho, con el ruido? Porque en la última década hemos dilapidado unos recursos ingentes que vemos ahora que no nos han servido para resolver los problemas. Llega el día del ruido, y nos lamentamos de lo mismo que hace cinco, diez o veinte años.

Los mapas del ruido han sido un auténtico negocio, y seguimos donde estábamos. España ha invertido desde 2004 cientos o miles de millones en aparatos, mapas, estudios... que ya está obsoletos, ¿y hay que volver a hacer? Yo pongo sobre la mesa dejar de hacer mapas de ruidos, y empezar a preguntar a la gente qué ruidos les molestan de verdad, no los que unos físicos han decidido que son molestos (o no, porque como no sobrepasan determinado umbral, pues te aguantas), y analizar quiénes provocan esos ruidos, y por qué. ¿Porque no saben que molestan (porque bien puede ser eso), porque en su pueblo parecían más machos, o más resueltas y dominantes, si gritaban mucho, porque lo manda su religión?

Los Estados Unidos resolvieron muchos de los problemas de este tipo por una vía inteligente y espontánea, que los sociólogos de la Escuela de Chicago, los llamados de la Ecología Humana, estudiaron a principios del siglo XX: por la vía de los barrios étnicos, que ahora nos parecería aquí una salvajada seguramente. Lo cual plantea otro tipo de problemáticas, pero resuelve muchos de los problemas de convivencia, como son los ruidos protocolarios. Pero llegaron las oleadas migratorias a ciudades que ellos mismos construían, y se fueron estructurando en el territorio en función de sus orígenes; pero aquí y ahora confluyen en espacios ya construidos, y habitados.
En fin, que lo veo complicado. Soy consciente de que venir hasta aquí para concluir eso no es muy eficaz, pero me temo que es lo que hay. Espero haber dejado al menos algunas cuestiones sobre las que reflexionar.




Referencia:
Baigorri, A. (2017), "La contaminación acústica en zonas de elevada densidad de población", Conferencia en las I Jornadas sobre la Contaminación Acústica. Ruidos y convivencia, L’Hospitalet de Llobregat, Abril 2017





[1] Por supuesto que no todo es cultural. Hay niveles de sensibilidad distintos, como hacia el dolor. Mi esposa no se entera cuando los perros de una granja cercana empiezan a ladrar entre las 6 y las 7 de la mañana, yo sí. Se ha estimado (fuente Nuvolati) que entre un  8-12% de la población son (somos, debiera decir) más sensibles. Dicen los especialistas médicos y psicólogos que aún no es posible identificar a priori aquellos que son más sensibles, generalmente por razones genéticas. Algunos pensadores no están tan seguros de eso. Decía Schopenhauer que "el ruido es una tortura para los intelectuales, y la más impertinente de las perturbaciones". Y cuentan que también decía, aunque no he podido comprobarlo, que "la cantidad de ruido que uno puede soportar sin que le moleste está en proporción inversa a su capacidad mental". Sigo sin poder comprobarlo, pues es relativamente fácil encontrar esa cita en Internet, pero creo que todos la han tomado de mi trabajo, por lo que seguimos igual. Con lo que sigo sin poder averiguar si es cierta o no. Lo sea o no, por supuesto Schopenhauer sólo era un pensador (bastante triste), no un científico.
[2] Mucho estudio sobre el ruido, y sobre todo mucho análisis filosófico, comunicacional… sobre el silencio. Yo creo que tiene mucha relación primero con las modas New Age y luego, más recientemente, con las modas (en realidad derivadas) del slow… Esas formas cosmopolitas que quieren salirse de lo que mantiene viva la maquinaria de la urbe global… Hemos llegado a tal punto que ayer descubría un artículo, en una revista denominada de Estudios Culturales Feminista s, sobre los mecanismos antiruido, como los auriculares, y su relación con el cuerpo… Estamos alucinando, y sin embargo, no encontramos mecanismos claros para resolver los problemas sociales, los problemas de convivencia, faltan esos análisis. Cómo podemos? La Sociologia aplicada tiene mucho que hacer.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...