4.13.1977

Políticos y partidos ante la cuestión agraria (1977)


Serie de cuatro artículos sobre las posiciones de los partidos políticos ante la cuestión agraria, frente a las primeras elecciones democráticas.




REFERENCIAS:

Baigorri, A. (1977), "Los partidos políticos y la cuestión agraria. I. La izquierda", Esfuerzo Común, Num 250, pp. 9-11

Baigorri, A. (1977), "Partidos y políticos ante la cuestión agraria. II. El centro", Esfuerzo Común, Num. 251, pp. 12-13

Baigorri, A. (1977), "Partidos y políticos ante la cuestión agraria. III. Las Derechas", Esfuerzo Común, Num. 252, pp. 12-13

Baigorri, A. (1977), "Partidos y políticos ante la cuestión agraria. IV. La izquierda autogestionaria", Esfuerzo Común, Num. 253, pp. 8-9


2.28.1977

La in-seguridad social agraria (1977)


Artículo publicado en la revista Esfuerzo Común, editada por una cooperativa de trabajadores de Zaragoza y vinculada al carlismo.

"  Salvo los años de la postguerra, en que los productos agrícolas eran escasos y muy necesarios, la situación económica de los pequeños agricultores ha estado siempre por debajo de la de los obreros industriales. Incluso en ciertos casos los jornaleros han podido llevar un "tren de vida" mucho más alto, por varias razones. Rara vez el jornalero aspira a hacerse con tierra. Piensa que es inaccesible, y vive al día. Para el agricultor, por el contrario, la adquisición de tierras es una necesidad vital. Cada vez necesita ampliar más su explotación para poder sobrevivir. (...) 

Como técnica para la división de las clases trabajadoras y su posterior enfrentamiento entre sí, la S.S. ha cumplido una buena labor. (...)
 
Veamos un ejemplo de lo que puede costarles la S.S. a una familia media de agricultores, compuesta por padre, madre y tres hijos, que cultiven una explotación de unas 18 6 20 has. de regadio y 6 ó 7 has. de secano. Soncálculos aproximados, pero bastan para darse una idea. Esta familia, aparte de contribuciones, cuotas sindicales, etc., pagará al año en cotizaciones por la tierra a la Seguridad Social, sin recibir a cambio ningún beneficio, unas 50.000 pesetas. Al no estar protegidos en absoluto por el Estado, deben afiliarse a alguna Mutua privada donde recibir atención médica y asistencia en caso de accidentes u operación; pagará por ello al año entre 15.000 y 25.000 pesetas, como mínimo. Mas como estas sociedades están situadas en la capital, para cualquier urgencia es preciso conducirse por los médicos del pueblo, pagándoles cuotas que en cifras redondas son de alrededor de 4.000 pesetas al año. También es imprescindible estar conducido por los practicantes, para tener un buen servicio. Unas 2.000 pesetas anuales más. Y ahora debemos sumar a todos estos gastos las 28.000 pesetas anuales de cotización a la.Mutualidad laboral -ello si han elegido la base minima de cotización, y si sólo se ha afiliado el cabeza de familia, aunque la ley obligue teóricamente a todos los miembros-. A esta familia le cuesta pues su inseguridad social, porque en absoluto está totalmente asegurada aún con todos estos pagos, más de 100.000 pesetas al año.Naturalmente que esta situación, si no del todo paradisíaca, sí que resulta bastante beneficiosa para los grandes terratenientes y latifundistas, así como para los intermediarios, que se aseguran su vejez con una contribución mensual no agobiante para sus economías. Estos sí que pueden permitirse cotizar la base máxima, pagando a la Mutualidad unas 9.000 pesetas al mes.Cuando cumpla los 65 se encontrará con casi 50.000 pesetas mensuales, que, por mucha Inflación y mucha depreciación de la moneda que haya, seguirá siendo una buena paga; más para un jubilado, cuyas necesidades son menores. El agricultor medio, que ha elegido la base mínima de cotización, porque no puede· permitirse otras más altas, se encontrará con 12.000 mensuales, con las que, dentro de 10 años, tal vez no tenga ni para comer.(...)
sólo debe existir un régimen de la Seguridad Social, en el que tengan cabida desde el señor Oriol y Urquijo, si así lo desa, hasta el último peón agrícola, y en el que cada cual cotice por lo que realmente posea y gane, pero en el que también todos reciban los mismos beneficios. Pero esta reforma de la Seguridad Social es inseparable de una verdadera Reforma Fiscal, es impensable sin ella"

REFERENCIA:
Baigorri, A. (1977), "La in-seguridad Social Agraria. El franquismo no cumplió sus promesas", Esfuerzo Común, Num. 248, pp. 3-5

2.09.1977

Los trabajos más duros (3): Los ciegos (1977)



"Viejas beatas, putas, obreros en paro, vagabundos, chulos,pobres y marginados en general buscan ansiosos cada díael resultado del sorteo de los ciegos del día anterior. Un aciertopuede solucionarles la vida durante un mes. Aunque, a decirverdad, los que más cupones compran siguen siendo aquéllos queconsideran que al comprar un cupón han cumplido la buena obradel día: señoras y señores empeletados que compran tiras enteraspara que el ciego de turno les deje tomar el vermout en paz.."


Referencia:
Baigorri, A. (1977), "Los trabajos más duros (3). Los ciegos", Andalán, Num. 151, p. 14

Enlace al texto

1.15.1977

El suelo agrario amenazado por la contaminación (1977)

 Algunas cosas son sin duda novedosas para la época, otras un poco naïf. Son 20 añitos. El otro artículo que se anuncia en portada también es mío.




EL SUELO AGRARIO AMENAZADO POR LA CONTAMINACION

COLONIZACION DE LOS CAMPESINOS POR LOS MONOPOLIOS CAPITALISTAS

Artemio J. Baigorri

Nos estamos ocupando bastante últimamente de problemas «ecológicos» —políticos y económicos en realidad— radicados en dos medios primordialmente, aire y agua. La contaminación de estos dos medios, principalmente el agua, son el fundamento de muchos trabajos periodísticos, manifiestos ciudadanos y libros aparecidos últimamente.

Existe, sin embargo, otro medio, el suelo, del que no nos ocupamos tan a menudo, y cuya contaminación es, a largo plazo, tan peligrosa como la del agua y el aire, por dos razones principalmente: su mayor densidad hace que si bien es más difícil de contaminar, una vez contaminado su purificación es muchísimo más difícil, larga y costosa; por otro lado, el hecho de que el suelo no sea directamente «consumido» por el ser humano, conlleva que su progresiva degradación no nos haya inquietado tanto como la del aire o el agua. Puede verse pues (o lo trataremos de hacer ver en la medida de lo posible dentro de este corto espacio), que debe ser mayor, y más urgente, la atención que prestamos a la contaminación del suelo. Objetivamente es lo que hay: pero hay más: la defensa del suelo, del agua, del aire, debe de estar englobada dentro de una estrategia revolucionaria. Pensar en una alternativa socialista al capitalismo es una pura frivolidad si no se tiene en cuenta los medios materiales con los que la economía debe contar. No hay alternativa posible, al menos racional, a un montón de basura. Y eso es lo que del capitalismo vamos a heredar si no nos apresuramos a evitarlo. Y evitarlo, o lo que es igual, englobar dentro de la lucha de clases la cuestión ecológica —que, creemos nosotros, es puramente económica—, equivale a presentar una alternativa limpia, al desarrollo puerco que sufrimos en la actualidad. Presentar esta alternativa, y luchar, en los niveles más inmediatos a nosotros, contra todo intento de explotación y degradación desmedida de los recursos no renovables más importantes con los que contamos: aire, agua y suelo.

Para el capital monopolista, el suelo no existe (al fin y al cabo, los miembros de las clases que detentan el capital viven rodeados de cemento, plástico y cristal); hay instrumentos de producción y reproducción del capital. Para alguno existe el suelo, pero tan solo es lo que hay bajo la nieve de sus estaciones de esquí, bajo el césped que rodea su chalet o en sus cotos de caza; es decir, algo que no corre peligro de muerte porque ya está fácticamente muerto. Fuera de ahí, lo demás es «tierra», un factor productivo más: suelo urbanizable, especie de masa informe donde mezclando semillas y ungüentos químicos crecen plantas; en cualquier forma, siempre algo sin vida, decíamos antes. Y desde luego, en tanto factor productivo, fuente de poder para sus poseedores, no olvidemos.

Se da, pues, una clara y nítida contradicción entre los intereses de las clases dominantes o propietarias respecto al medio, y los intereses y necesidades del resto de la población, cuyo futuro como especie se halla amenazado bajo las perspectivas que actualmente se nos presentan.

El suelo agrario: potingues y ungüentos contra la productividad

Aun cuando la United Fruit Ltd, aliada a la Bayer por ejemplo, lleguen a suministrarnos para el postre unas pastillas que contengan el sabor y el poder nutritivo de 4 ó 5 bananas, seguirá siendo necesario en cualquier caso la previa producción de esas 5 ó 6 bananas, que no pueden salir de los laboratorios; seguirá siendo necesario un suelo donde cultivarlas. Pero vamos a referirnos a suelos más cercanos que los explotados por la United Fruit. El caso de la Ribera del Ebro es sintomático del problema y puede estudiarse paradigmáticamente. Proceder al análisis de los suelos, y a la enumeración y clasificación de las materias que atentan contra ellos, es tarea que sale de nuestra competencia, y entra dentro de la de ingenieros agrónomos, peritos químicos, geólogos, etc. Nosotros, a través de estas líneas, tan sólo pretendemos llamar la atención sobre el problema, así como mostrar cómo la raíz del mismo se halla en el sistema productivo que sufrimos, basado en la división de los hombres en clases y en la explotación de unas clases por otras para obtener beneficios en forma de plusvalía.

El concepto de «explotación agraria mínima viable», del que tanto gustan usar los economistas de cierta izquierda, va parejo a otros conceptos como el de «productividad máxima» o «rentabilidad de las explotaciones». Todos estos conceptos son eminentemente burgueses y surgen con el desarrollo del capitalismo urbano y su «agresión» a los espacios agrarios. Esta agresión implica, como desarrollamos en un trabajo todavía inédito, la colonización de estos espacios, que anteriormente habían permanecido un poco al margen del desarrollo capitalista (el campesino no es reaccionario respecto a la izquierda, sino respecto al propio pensamiento genuinamente burgués). Esta colonización sigue dos procesos diacrónicos. La primera fase de intromisión en los espacios agrarios se lleva a cabo mediante la mercantilización de su economía; es presentado como un avance por los economistas burgueses el que los campesinos entrasen en el mercado para su abastecimiento y la venta de sus productos. En segundo lugar, se reduce el contenido de sus actividades, es decir, se vuelve al campesino cada vez más incapaz de resolver sus cultivos por medios propios, con independencia del mercado y de los intermediarios.

A través de estos dos mecanismos el capitalismo se entromete en los espacios agrarios, explotando a los campesinos mediante el «intercambio no equivalente» —deberemos sintetizar, dado el carácter de este trabajo, los conceptos al máximo—. Mediante este sistema de explotación se extrae de los agricultores no sólo su trabajo excedente, sino también parte de su trabajo necesario, con lo que éstos deben volcarse a conseguir una mayor productividad. La productividad priva hoy en la agricultura, junto con la rentabilidad, sobre cualquier otro concepto.

El abandono de las tierras no es en absoluto nada nuevo. En las economías agrarias precapitalistas, la tierra se abonaba con desechos orgánicos, procedentes del ganado y de la propia población humana. Mediante la aplicación de este abonado, la productividad... el campesino se ve obligado a forzar, artificialmente, este crecimiento. El propio capital monopolista le brinda, consecuentemente con el segundo de los mecanismos que anteriormente hemos descrito, la posibilidad de hacerlo mediante los abonos complejos, inorgánicos. Curiosamente, los mismos monopolios que detentan la producción y distribución de abonos controlan la producción y el tratamiento genético de las semillas, así como la producción de todos cuantos productos químicos se hacen así necesarios. En este desmedido afán de productividad y rentabilidad dad, se ofrecen los abonos complejos, pero se comprueba cómo la utilización de éstos va haciendo al suelo deficitario en otras materias muy necesarias. Por otro lado, semejante proceso se sigue con la selección de semillas, y su tratamiento genético, encaminado a conseguir una mayor productividad por unidad de tierra. Sin embargo, se comprueba cómo los modernos maíces híbridos, por ejemplo, precisan seis veces más energía que los de hace 20 años; es decir, una cantidad de abonos complejos seis veces mayor. En este mismo camino va la introducción de maquinaria en el campo (imprescindible objetivamente). Con ella disminuye la demanda de mano de obra, que es atraída para su proletarización por los espacios urbanos industrializados. Esta disminución en la demanda conlleva pues, una vez abiertos de forma masiva los circuitos de emigración, una disminución en la propia oferta de trabajo. Y a pesar de la mecanización persisten una serie de usos, como el «abinar» y «esquilar» (quitar la yerba), para los que sólo el trabajo humano es válido. Y por otra parte, aumentan las enfermedades y plagas de los cultivos, como consecuencia de los continuos desequilibrios ecológicos que se provocan. Los grandes monopolios ofrecen entonces herbicidas, plaguicidas, fungicidas, etc. Todo este proceso, teóricamente, debe conducir a la plena integración de la economía agrícola dentro del sistema capitalista.

A largo plazo, sin embargo, se dan varias contradicciones que el sistema capitalista es incapaz de resolver por sí mismo, dadas sus características. Por un lado, la utilización de cantidades cada vez mayores de abonos complejos es una realidad, y ello conducen a la par la necesidad de, si no aumentar, sí mantener la producción, así como la creciente superación de los hallazgos genéticos en lo que a semillas se refiere. En una tierra «virgen» la productividad aumenta si se le ayuda con abonos orgánicos. Esta productividad, manteniendo una constante de abonado, va aumentando, hasta llegar a un punto de producción óptima a partir del cual esta comienza a descender, siendo precisa cada vez una mayor cantidad de sustancias que añadir al suelo para que el índice de productividad no decaiga demasiado. En un sistema económico que administrase racionalmente los recursos, no se habría forzado el aumento de la productividad, con lo que podría mantenerse ésta en un índice óptimo, índice que en la actualidad se ha sobrepasado con creces. Cada vez son necesarias mayores cantidades de abonos complejos para conseguir el mismo kilogramo de maíz en idéntica unidad de tierra. Y las materias primas con las que se producen estos abonos constituyen recursos limitados, cuya formación requiere miles de años.

Por otro lado, la creciente utilización de herbicidas y plaguicidas conlleva la adecuación al medio de muchas de las especies afectadas por ellos, e incluso su fortalecimiento, con lo que progresivamente deberá aumentarse la potencia y cantidad de estos «potingues». Estos compuestos llevan productos químicos, tóxicos para hombres, fauna y flora, y al propio tiempo resistentes al ataque microbiano y la descomposición química que los habría de convertir en humus. No vamos a profundizar en el asunto, que, como decíamos líneas atrás, no nos compete. Bástenos señalar la contradicción existente entre los intereses de los grandes monopolios productores de estos productos y los intereses de la gran mayoría de la población, y del propio desarrollo y subsistencia de la especie humana. Semejantes problemas, además del ya descrito de la productividad, provocan la utilización irracional de los fertilizantes, de los cuales la acumulación de algunos de sus elementos puede ser altamente venenosa para el suelo y, en consecuencia, para el hombre. Es un problema a largo plazo. A un plazo más corto, la utilización masiva de estos productos, cuya producción y distribución dominan los grandes monopolios, acentúa la dependencia de los agricultores respecto de los espacios industriales.

El suelo urbano: «El cubo de la basura»

Dentro de los espacios denominados urbanos o industriales, la zona propiamente urbana, la ciudad, ocupa un área muy determinada rodeada por una frontera de basura, tras la cual todo es podredumbre. Hasta hace no demasiado tiempo, los tecnócratas del gran capital argumentaban que la solución a la contaminación producida por el desarrollo industrial se hallaba en la dilución. Así, los espacios urbanos descargaban sus desechos, humanos e industriales, en ríos y lagos, «con la esperanza de que los procesos regenerativos del agua en movimiento degradarían todos estos residuos». En la actualidad, ríos y lagos están sobresaturados de desechos, en una situación peligrosísima para la vida al no haber en el agua oxígeno suficiente para descomponer dichos productos. El resultado es —la contaminación galopante—.

Ya con anterioridad se venía practicando, si bien no masivamente, la eliminación de residuos industriales a través del suelo. Sobre todo los compuestos de nitrógeno y fósforo, difíciles de separar en las plantas depuradoras de aguas residuales. La eliminación de estos residuos a través del suelo era, es, incluso beneficioso, en tanto constituyen verdadero abono orgánico, mientras que su dilución en el agua es peligrosa. Con otros compuestos, si existe el nivel técnico preciso, puede realizarse un proceso parecido, convirtiéndolos en abonos mixtos. Sin embargo hay toda una serie de desechos minerales: En la actualidad, la precipitación de partículas procedentes en una fuente importante de contaminación por plomo de las tierras próximas a las carreteras, como consecuencia de la adición de plomo a la gasolina para aumentar el rendimiento de los motores. Esta contaminación del suelo de los espacios urbanos, inservibles ya para siempre para otras utilizaciones que las industriales, afecta, en muchos casos, como en el acabamos de señalar de los automóviles, al suelo de los espacios agrarios circundantes. Cuando un centro industrial se halla enclavado dentro de un espacio agrario no por intereses de la economía agraria de aquel espacio, sino por decisión de los centros de poder urbanos, el caso es semejante al de los espacios circundantes. Este problema ha sido tratado a menudo, en estas mismas páginas incluso, respecto al agua y el aire. Reviste el mismo interés respecto al problema que ahora nos ocupa, el suelo. Como caso ejemplar conviene recordar el caso del Bajo Aragón. En un trabajo colectivo próximo a aparecer en forma de libro, señalamos los problemas que para el suelo agrícola conlleva la excesiva acumulación de compuestos sulfurosos procedentes de la quema de carbón con fines energéticos en esa comarca.

Para todos estos problemas existen, o pueden hallarse, soluciones técnicas. Pero no puede encontrarlas el gran capital monopolista que promueve estos entuertos, porque sería atentar contra sus propios intereses. La salud del mundo como conglomerado de diversas materias es contradictoria con el desarrollo del sistema capitalista y la división de la sociedad en clases. Tan sólo en una sociedad donde las relaciones entre los hombres sean de colaboración puede curarse a la naturaleza del cáncer que lleva por dentro y por fuera. Como decíamos al principio, y sintonizando al máximo posible, una alternativa socialista que olvide todos estos problemas en aras de la productividad no puede ser ni racional ni viable.


Referencia: Baigorri, A. (1977). El suelo agrario amenazado por la contaminación. Esfuerzo Común. Num 246. pp. 6-7

1.14.1977

Apuntes para un nuevo sindicalismo agrario (1977)

De cuando estaban empezando a legalizarse los sindicatos, pero en el campo no había otros que la vertical Hermandad de Labradores y Ganaderos. Digo muchas tonterías, propias de mis 20 años, y alguna cosa con sentido, o eso creían quienes me publicaban. El otro artículo que se anuncia en la portada también es mío.


 

APUNTES SOBRE SINDICALISMO AGRARIO

Se encuentra recién nacida en nuestra región una polémica sobre sindicalismo agrario. Poco desarrollados los trabajos teóricos en este aspecto de la lucha de clases, y con todavía menos práctica sindicalista, el problema se encuentra poco menos que en un puntos muerto, aunque también posiblemente en los inicios de su desarrollo. Fernández Clemente en su «Aragón Contemporáneo» nos da noticia de un solo sindicato de mínima importancia dentro del sector agrícola antes de la implantación de la dictadura. Sin embargo, la observación del fenómeno menos nos lleva a plantearnos la base misma del sindicalismo agrarista. Sindicato, ¿de quién es?, ¿con qué fines?, ¿contra quiénes?, ¿con qué tipo de organización?

Sindicato de clase

El mayor error que podría cometerse en nuestra Región sería el desarrollo de un sindicato de clase malentendido, como sería un sindicato de jornaleros. Los trabajadores del campo, la clase trabajadora agrícola, no está únicamente compuesta por los trabajadores por cuenta ajena, sino también por los pequeños y medianos propietarios, algunos de ellos incluso contratantes de mano de obra aunque de forma no sistemática, sólo temporalmente. Un sindicato campesino, en primer lugar y desde luego, ha de ser «de clase». Y la clase campesina, repito, está compuesta por jornaleros, pequeños y medianos propietarios, es decir, por todos aquellos que de una forma u otra «venden» su fuerza de trabajo, aunque esta venta solo se vea aparentemente clara entre los jornaleros. Entenderlo de otra forma no sólo es injusto, sino también irracional, expresión de falta de análisis científico.

Contra la clase dominante

No es a los pequeños y medianos «empresarios» agrícolas a los que el «proletario» del campo debe enfrentarse, sino que todos ellos juntos deben enfrentarse a la clase dominante: latifundista, intermediarios, fabricantes de productos provenientes de la agricultura (conserveras, etc.), y en general, al capital en sus muchas manifestaciones exteriores. La clase dominante, a lo largo de estos treinta años, se ha empeñado en enfrentar a las clases medias del campo con los trabajadores por cuenta ajena, siendo sus intereses confluyentes. Los intereses de toda la clase campesina, jornaleros, pequeños y medianos propietarios, son los mismos.

Dentro de una agricultura racional, estos pequeños y medianos agricultores no necesitarían en absoluto mano de obra, por obra y gracia de la necesaria mecanización. Esto los convierte, los está convirtiendo ya, en explotaciones tipo, explotaciones familiares donde con los propios brazos, y con la ayuda de maquinaria, bien propia, bien comunitaria, se realiza la explotación de determinada cantidad de tierra, de determinado número de Has. La determinación del tamaño de una explotación familiar de este tipo es algo muy relativo al tipo de agricultura, a la región en que se desarrolle y a otros fenómenos externos e internos, por lo que deben ser los mismos agricultores, ayudados de técnicos, los que lo determinen por sí mismos.

Reforma agraria

Con una Reforma Agraria de tipo burgués desaparecería el proletariado agrícola de nuestra Región, al pasar la tierra en su totalidad a manos de los que la trabajan, esto es, repartiendo la tierra actualmente inculta, los nuevos regadíos que se construyan, es decir, mediante la expropiación de cuantas propiedades, grandes o pequeñas, no son explotadas directamente por sus dueños, o bien para su explotación utilizan determinado número de jornales. Toda esta tierra sería repartida entre los que actualmente trabajan para otros. Naturalmente que, en una Reforma de este tipo, es decir, burguesa, el Estado compra la tierra a sus actuales propietarios, a un precio justo, y la cede, o la vende con grandes facilidades, a los colonos que se instalen en ellas.

En este momento la clase campesina se homogeneiza; todos son propietarios, todos son «empresarios», pero siguen interesados, enfrentados a los del capital, sin existir intereses encontrados entre sí mismo; ni siquiera a nivel aparente (como puede suceder hoy), al ser una clase homogénea. Es en este momento cuando el sindicato es propiamente «de clase», aunque a nivel profundo ya lo fuese antes.

Un sindicato campesino ha de serlo pues de todos aquellos que cultivan la tierra de forma directa, ya que son explotados por la clase capitalista, a través de intermediarios, fabricantes de piensos y conservas, y del propio Estado burgués, cuya transformación debe estar entre los objetivos finales del sindicato.

Respecto a los fines que un sindicato campesino debe perseguir, son los mismos que los de cualquier otro sindicato por un lado, la consecución de «parcelas» de bienestar social, que han de arrebatar a los capitalistas. Por otro, y a más largo plazo, la transformación de la sociedad capitalista en socialista, así como trabajar en la preparación de las bases sobre las que se ha de fundamentar la estructura agrícola en la nueva sociedad para que la producción sea mayor, y desaparezca de forma total la explotación del hombre por el hombre o por el Estado. En este sentido, todo sindicato que no cuente con un sector crítico dentro del mismo se transforma en un instrumento al servicio de la clase dominante, ya que al perseguir solamente mejoras de tipo económico, convirtiéndose en un movimiento economicista, se olvida bajo los augurios del capital, de su fin último, que es la transformación de la sociedad.

Contra el capitalismo

Un sindicato agrícola debe enfrentarse a la clase capitalista en todas sus manifestaciones, desde el Estado burgués que apoya cuantas campañas lanza el capital para conquistar más beneficios, hasta el más mínimo intermediario que medra gracias al trabajo de los campesinos.

Sindicato unitario

Llegado a este punto, parecería que lo más idóneo fuera sindicato unitario, y así algunas organizaciones sindicales creen que basta cambiar a las personas que están actualmente dentro de la Organización Sindical, y democratizar esta un poco para que la cosa funcione. Craso error. De ninguna manera puede dar resultado un sindicato único si su unión se ha realizado desde arriba. Nada es más deseable para el sindicalismo que la unidad, pero ésta sólo tiene sentido si se realiza desde la base, si es la base quien propone a los cuadros la unidad a través de sus representantes, y no al contrario, por decreto. Si somos realistas, veremos que de ninguna otra forma se podría trabajar mejor por la emancipación de la clase campesina que a través de un sólo sindicato, dentro de una única plataforma sindical. Sin embargo, es inalienable el derecho a la libertad sindical, tanto si no se sindica nadie como si en consecuencia del desempeño de tal derecho surgen 300 sindicatos.

Por otro lado, esta libertad sindical debe asimismo manifestarse dentro del propio sindicato, el cual ha de tener una estructura absolutamente democrática, y entre cuyas básicas condiciones están la elegibilidad y revocabilidad de los cargos, y ha de ser independiente del gobierno, para que realmente pueda ser representativo y reivindicativo. Un sindicato cuyos cargos no son el fruto de una elección democrática, o bien cuya organización está relacionada con el gobierno es un sindicato servil y tarde o temprano, terminará por no tener ninguna fuerza. Hemos de destacar además que, si en un sindicato se dan la independencia gubernamental y la estructura democrática, ya de por sí es una fuerza que tiende a la unidad con las demás fuerzas que luchan por la emancipación de las clases explotadas.

Relación con los partidos

El punto tal vez más conflictivo de la polémica sindical es su relación con los partidos políticos. Me coloco totalmente en contra del sindicalismo apolítico, porque conduce al economicismo, al abandono de alternativas globales. La mayor o menor dependencia del propio sindicato respecto de los partidos políticos es algo que, por otra parte, son los trabajadores los que lo han de decidir. En realidad, el problema desaparece si se realiza la unión sindical. No olvidemos, sin embargo, que en tal caso se corre el riesgo de que la dirección del sindicato caiga en manos del partido cuyos afiliados estén en mayor o menor número introducidos en el mismo. Es deseable que dentro del propio sindicato se dé la discusión política como una forma más de la formación de los trabajadores para su emancipación.

La Organización Sindical no cumple

Es en base a todas estas consideraciones que cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿Cumple la Organización Sindical Española (O.S.E.) todos los presupuestos para poder ser considerada un sindicato democrático, autónomo, y de clase? La respuesta es sencilla: No, y no es la simple sustitución de las personas que conforman su engranaje lo que llevaría a su transformación. Más bien, la simple libertad sindical, con la consiguiente desaparición de la O.S.E.

La desaparición de la O.S.E. implicará pues la desaparición de las Hermandades como sindicato. La defensa de los intereses de las clases campesinas deberían llevarla a cabo los propios campesinos a través de sus sindicatos libres. Sin embargo, propugnar la desaparición sin más de las Hermandades y todo cuanto representan es un error total. Las Hermandades no sólo representan el sindicalismo agrario sino que son delegaciones locales del Ministerio de Agricultura, y realiza una serie de funciones que en absoluto corresponden a un sindicato. Las Hermandades cumplen una labor administrativa, estadística, estimable. Si los sindicatos libres han de ser los representantes de las clases trabajadoras del campo, en alguien debe delegar el Estado su representación. ¿Es función de un sindicato el reparto del guarderío de los campos, del agua, la ordenación y planificación de los cultivos, la realización técnica y administrativa de una reforma agraria? Pienso que no. Que se vaya a llamar Delegación Local del Ministerio de Agricultura o Delegación Local del Instituto de Reforma Agraria es indiferente. Son problemas semánticos. Las funciones serán parecidas. Así pues, parece poco adecuado hablar en términos globales de la sustitución de las Hermandades por los Sindicatos libres.



Referencia: Baigorri, A. (1977). Apuntes para un nuevo sindicalismo agrario. Esfuerzo Común. Num 246, pp. 4-5