9.09.1984

Alcalde, pónles un huerto (1984)

De cuando (todavía, y venía proponiéndoselo desde 1980) las izquierdas no veían bien los huertos urbanos (las derechas tampoco, claro). El artículo está cual se publicó en 1984 en el diario El Día de Aragón, pero he incluido la Addenda que añadí en una recopilación de algunos de mis artículos que ese periódico publicó unos años más tarde. 




ALCALDE, PONLES UN HUERTO

Artemio Baigorri


     No sé si es un hecho real, o la impresión responde más bien  a la afición que uno le tiene al tema. Pero cada vez que paso por  Zaragoza me da la sensación de que el número de parcelaciones  ilegales sigue aumentando compulsivamente.

     Entre la autopista vasco-aragonesa y el Ebro hay al menos  una docena, algunas muy recientes a juzgar por el estado de las  construcciones. Es ésta una zona de difícil acceso, a causa de la  compartimentación espacial que provocan las infraestructuras y el  río, y por tanto de difícil vigilancia. Pero no puede decirse lo  mismo de las márgenes de la autovía Zaragoza-General Motors, en  la que es fácil controlar la evolución del fenómeno. Basta, en  cualquier caso, con un recorrido aéreo entre Zaragoza y Alagón,  para comprobar el alcance real. A vista de pájaro casi no hace  falta cartografía para distinguir el perímetro del término muni cipal de Utebo, ocupado en su práctica totalidad por toda clase  de usos imaginables.

     Se trata de un hecho delicado, y supongo que por esta razón  la vigilancia no se extrema, ni por parte del Ayuntamiento ni por  parte de la DGA, a pesar de las campañas en cuatricomía y papel  cuché (que ya en Madrid y otras regiones se mostraron insuficien tes) realizadas contra las urbanizaciones ilegales. Al fin y al  cabo, los actuales usuarios de las parcelaciones (que no los  parceladores, adviértase el matiz) pertenecen al pueblo trabaja dor y socialista que ha votado al PSOE. Y hay que reconocerles en  principio, las matizaciones vendrán después, el mismo derecho  agozar y consumir la Naturaleza circundante que a los ricachos y  adjuntos.

     Estos, con todas las de la ley (que la ley es, casi siempre,  cuestión de dineros), se han montado la urbanización fetén en el  campo, el campo en la ciudad (esos modernos bloquecitos de baja y  tres con dúplex, que están muy bien pero sólo están al alcance de  unos pocos), o directamente el chalé aislado cumpliendo incluso  la normativa sobre parcela mínima. Pero el obrero español accedió  a las vacaciones de verano cuando las playas se pusieron imposi bles e higiénicamente peligrosas. Pudo acceder al coche cuando la  gasolina se puso por las nubes y la ciudad se hizo intransitable.  Accedió al piso en propiedad cuando éste se tornó colmena, o a la  Universidad cuando se ha hecho inútil. Y ahora que pueden algunos  -pocos todavía- acceder a la parcelita, final de esa larga elipse  iniciada al emigrar del campo, resulta que es ilegal casi todo  cuanto se proponen al respecto. Para que hablen algunos cretinos  y ex-ministros de «la envidia igualitaria»...

     Además los técnicos les vienen atacando con doble saña,  porque además de ilegales son pobres, hacen unas casetas muy  horteras y llenan las parcelas de chuminadas (hace ya unos años  esbocé en El Viejo Topo lo que podría ser una semiótica de la  cha-lé-bola, que un día hemos de profundizar). Y es que los  técnicos de estas materias, hijos del siglo, vanguardia de la  vanguardia, guay del paraguay, entienden por cultura popular  aquélla que elaboran unos cuantos listos a imitación de lo que  hacía el pueblo entre cincuenta y doscientos años atrás (lo que  también debía resultar bastante hortera a los «sabios» del momen to); y no la que hace el pueblo del siglo, esa vulgar clase media  alimentada espiritualmente por la TV y el "Pronto", obsesionada  por rellenar fachadas con azulejos de colorines y ladrillos  amarillos de caravista (osea el posmudéjar, por definirlo "a la  page").

     Léase en suma, todo ésto, como manifiesto que llama a permi tir al pueblo zaragozano el goce del campo, o natura, del que fue  expulsado hace cosa de veinte años. Justo cuanto los trajeron  aquí, a rellenar el Charco y hacer bulto en el Pilar.

     Pero hablaba de matices. Pues es inconcebible que por cier tos pruritos socializantes, y/o populacheros, se esté permitiendo  de facto la progresiva destrucción de la huerta de Zaragoza. Lo  que es grave no sólo por lo que de destrucción de suelo fértil  conlleva, sino sobre todo, en este caso, a efectos paisajísticos  y de ordenación urbana.

     Los únicos parajes rústicos más o menos atractivos con que  hoy cuenta Zaragoza, los únicos que vale la pena conservar, son  las huertas (y algunos sotos). Que ya han sido brutalmente mor disqueadas por autopistas, ferrocarriles, variantes, fábricas y  para colmo por el monstruoso Actur.

     Situada en el centro mismo del valle del Ebro, la ciudad no  precisa para su abastecimiento en fresco de una corona de huer tas, por lo que no hay que argüir razonamientos agroproductivos  (que ahí están); pero necesita la huerta como falso cinturón  verde. Porque si prescindimos de las huertas el entorno de Zara goza queda reducido a un auténtico desierto. «Sobre el monte  pelado / un calvario», que diría Lorca.
     Por lo que también debe leerse todo ésto como varapalo  ecologista y sensual a las autoridades, por permitir el goze  incontrolado y chapucero de la huerta feraz.

     ¿Qué nos queda entonces, tras este viperino ataque a disetro  y siniestro? ¿Es acaso este panfleto una suerte de crítica des tructiva y nihilista, que dicen?. No por cierto, porque aún nos  quedan unos cuantos miles de hectáreas de tierras comunales, al  sur de la ciudad, en suelos de secano y de pésima calidad agronó mica (en donde debiera haberse construído el Actur si es que,  cosa harto dudosa, realmente hacía falta). Por ahí debiera haber se orientado el crecimiento de Zaragoza, saltanto el Canal en vez  de el Ebro, a la búsqueda de suelos más baratos, públicos y  además más sanos para vivir. Es en estos terrenos, y no en las  huertas, donde debe plantearse la arcadia-findesemana apara los  zaragozanos.

     No debe preocupar que sean tierras malas, feas y hoy por hoy  sin agua. Las hemos visto, peores que éstas, convertirse en  vergeles por obra y gracia de la imaginación popular, en  Alicante, Cádiz, Madrid, Barcelona, y aún en algunas  urbanizaciones de secano en Aragón; así que con un poco de ayuda  veríamos aquí selvas.

     Pongamos las cosas en su sitio. Pues como decía Ortega  hablando de otro tema, «la realidad actual nos facilita  desgraciadamente el asunto», mientras Boris Vian aclaraba con más  estilo, por boca del Mayor: «Es una lástima que se pierda tan  buen alcohol».

     El caso es que tenemos en zaragoza un gran volumen de  población deseosa de salir al campo, de tener su trozo de tierra,  aunque sea pagando (en ciudades más postindustriales el fenómeno  de las urbanizaciones ha remitido, está ya casi saturado; ahora  crece la demanda de huertos y no de chalés). Tenemos unas cuantas  decenas de miles de parados y jóvenes desocupados (a los que me  resisto a llamar «parados» por cuanto aún no han «iniciado»  nada), todos ellos con ganas de sacarse unas pesetas, o una ayuda  al autoabastecimiento de la familia. Tenemos niños que en su vida  han visto al natural (sí, es cierto, aquí en Zaragoza) un pollo  con sus plumas puestas, y tenemos tierra abundante, sol y  posibilidades de llevar agua. Una gran operación de  aprovechamiento de parte de los comunales para estos menesteres  podría llegar a suponer la más poderosa transformación del  paisaje del sur de la ciudad, desde que Pignatelli llegó en barca  al puente de América.

     Parece además que sigue adelante, ya de forma institucional,  ese proyecto del que nos hemos hecho eco en alguna ocasión, y que  unos pocos chalados del ecologismo progresista venimos predicando  hace años: repoblar los pueblos abandonados, reconstruir  comunidades, reutilizar las tierras, pastos y recursos  abandonados, pero con un sentido económico y racional. Será  fantástico si llega a funcionar, porque permitiría salvar de la  locura cotidiana a no pocos jóvenes urbanos, y transformaría en  riqueza lo que hoy es ruina y abandono. Pero es evidente que por  ahora eso no puede llegar a todos. 

     Entretando hagámosles más habitable la ciudad al resto, con  poco gasto. Y no olvidemos a esa gran masa de gentes maduras (los  que llenan de contenido el concepto de «currela»), que ni son  niños ni jóvenes ni ancianos, obsesionados por hacer algo en el  poco tiempo libre que les deja la cadena de montaje, y para cuyo  esparcimiento ni ésta ni ninguna otra ciudad hace otra cosa que  construir gigantescos campos de fútbol o plazas de toros.

     Léase pues, en suma, todo ésto, como lo que en realidad es:  una llamada a los ciudadanos-jefes para que les den vicio a los  ciudadanos-electores.

     Alcalde, ramón, oye, que te lo vengo escribiendo por ahí  hace más de cuatro años. Que hace algunos más tú me hablabas de  «urbanizar el medio rural y ruralizar las ciudades», y ésta es  una oportunidad de oro. Date prisa, antes de que te fagocite tu  propia corte, o cohorte. Que estas cosas salen baratas y dan  mucho gusto al pueblo. Que con cuatro tubos, un chorrico de agua  y una azada se entretiene el personal hasta que caiga la bomba.  Anda, quió, pónles un huerto a los chicos.

Posdata (esto del «pos» es que no hay manera de evitarlo): otro  día podemos hablar, si ustedes gustan, de cómo hacerlo bueno,  bonito y barato. 

9.IX.1984   Escrito en Tarragona, mientras analizaba la problemática de Salou como ciudad turística, y escribía una guía para turistas cultos que el Ministerio que pagaba todo nunca publicó

                                                                  
ADDENDA (1987) : Es curiosa la historia de las ideas. El tema de los huertos familiares viene de lejos. Cuando empecé a estudiarlo hacia el año 80 u 81, no me movía ningún afán inventor, sino la impresión que me causó el ver cómo los bulldozer arrasaban miles de huertos espontáneos en las márgenes del Llobregat y el Besós, coincidiendo con una estancia en Barcelona. Se hablaba entonces de huertos antihigiénicos que extendían enfermedades y que había que destruir para la limpieza de las ciudades. Así actuaban también en Madrid. Descubrí entonces que aquél fenómeno espontáneo, que como mecanismo de supervivencia ensayaban los charnegos en paro, no era sino la aplicación popular y espontánea de ideas largamente maduradas en la historia del agrarismo español, y puestas en marcha con carácter urbano en algunos países de Europa hacía un siglo.
     Cuando empecé a «predicar la buena nueva», algún amigo de entonces tachaba mis planteamientos de «rémoras falangistas» o algo así (luego se convertiría en propagandista de los huertos, y aún no pocos pensaban que él mismo se los había inventado), y los más comprensivos dejaban los calificativos en «populismo barato». Afortunadamente, mi primera propuesta al respecto la había publicado en "El Viejo Topo" y no en "ABC", y posiblemente eso me salvó de la espada flamígera.
     En 1983 realizamos un estudio sobre "Perspectivas y posibilidades de la agricultura periurbana en el Area Metropolitana de Madrid", a raíz del cual diseñábamos y proponíamos un plan de mejora del entorno metropolitano entre cuyos elementos fundamentales estaba el fomento masivo de huertos familiares de ocio, recreo y subsistencia. La reacción de los responsables del organismo contratante (la Consejería de Ordenación del Territorio de la Comunidad Autónoma de Madrid) fue censurar el estudio impidiendo su publicación cuando ya estaba en imprenta,e incluso atacarlo públicamente como reaccionario. Se decía que la prédica de los huertos familiares era un fomento encubierto de las parcelaciones y urbanizaciones ilegales, y se quedaban tan anchos. Evidentemente lo de los huertos no resultaba muy posmoderno.
     En Zaragoza se ve que participaban del mismo espíritu cateto, puesto que los comunistas del Ayuntamiento (que no sé cómo consiguieron un ejemplar del estudio de Madrid) intentaron al parecer desarrollar algo parecido para Zaragoza y no se les hizo ningún caso. A mí, en cualquier caso, siempre me extrañó que Sainz de Varanda no viese las posibilidades del tema; pero también es verdad que todo lo que tenía de buen político y gran persona lo tenía de tozudo, y además debía de estar ya un poco harto  de muchas cosas...Ni siquiera el Plan Joven (o al menos el llamado «primer borrador» al que he tenido acceso), demasiado cargado de referencias a una sociedad del ocio que no es la que más se ajusta a las ciudades industriales españolas (caracterizadas por la crisis económica y la escasez de trabajo, más que por la escasez de equipamientos y ofertas de ocio) ni siquiera ese proyecto recoje entre sus propuestas la posibilidad de crear huertos escolares, huertos de ocio para jóvenes naturistas, huertos de ayuda económica y supervivencia para jóvenes parados...
     El caso es que hace ahora sólo unos meses el mismo político madrileño que ponía a parir nuestro estudio (y que de hecho todavía tiene bloqueada su publicación, cuatro años después) tiene al parecer una aparición como la de San Pablo, y descubre que lo de los huertos familiares puede dar mucho juego...al menos hasta las elecciones regionales. Y se pone en marcha nada menos que un proyecto de 150 Has de huertos con un gran despliegue de medios. Y hasta Leguina sale en los papeles predicando la buena nueva y diciendo que ya lo decía él no sé cuando...
     Así pues Madrid, espejo maravilloso en el que pretenden mirarse últimamente (en fin, como antes) todas las grandes ciudades españolas, ha puesto por fin en marcha un programa de creación de huertos familiares. A ver si ahora en Zaragoza se animan un poco...

ADDENDA 2 (2018). Allí en donde yo proponía recuperar el paisaje con huertos, se han plantado viviendas...vacías.